Capítulo 8
—¿Conoces la casa que hay aguas arriba de la ferrería de Bengolea? —le pregunté a Nerea mientras esperaba a que la cafetera terminara de llenar mi taza.
—¿La casa-torre? —planteó la administrativa sin dejar de ordenar los volantes de las analíticas de primera hora de la mañana—. ¿Una de piedra que tiene más años que Matusalén?
—Esa misma. ¿Quién vive allí?
—El ricacho del pueblo. No lo conoces. Hace tiempo que se mudó a Marbella. Solo viene por fiestas y a cerrar algún negocio.
—¿Aresti?
Nerea se giró hacia mí con gesto de incredulidad.
—¿En serio…? Sabes más de Lekeitio de lo que yo creía.
—Es el patrocinador de mi trainera. Ayer pasó a saludar…
Esta vez Nerea asintió con una mueca divertida.
—Tienes razón. No me acordaba de que a los de aquí os pone pasta ese tío.
Todos los viajes pagados y equipación nueva cada año…
Menudos señoritos estáis hechos. Los que remamos en Ondarroa somos más humildes.
La pescadería Esparza nos paga unas simples camisetas y una cena en una cervecera al final de la temporada.
Pollo asado, lechuga y tarta de queso. El resto sale de aquí —indicó dándose unas palmadas en el bolsillo—.
Y si me das a elegir, prefiero que sea así.
Paso de que un tipo como Aresti blanquee su imagen a cuenta de ensuciar con su marca el casco de mi trainera.
—¿Ya estáis con vuestros piques? —se burló Mikel acercándose al mostrador para cambiarse de bata. La que llevaba puesta estaba manchada de sangre.
—Al menos nosotros no llegamos a las manos… Tú parece que vienes de matar a alguien —señaló Nerea.
El enfermero dibujó un gesto hastiado.
—El chico de prácticas… Menos mal que la paciente no era de las que se impresionan al ver la sangre, porque el chaval no atinaba con la vena. Vaya carnicería… ¡Y ahora está mareado! Creo que será mejor que lo pongamos a hacer electros o acabará costándonos una denuncia.
—Ya aprenderá, hombre —intercedí—. Todos hemos pasado por ahí.
El suspiro de Mikel mientras se abotonaba la bata limpia fue suficiente respuesta.
—¿Vive con alguien? —pregunté.
—¿Quién? ¿El nuevo? —El enfermero alzó hacia mí una mirada cargada de extrañeza.
Nerea se rio.
—No. Aresti —aclaró—. Cosas nuestras.
Mikel pareció recordar algo.
—Ay, Aresti… ¿Os habéis enterado de la que se ha montado esta noche?
Deduje que se refería al suceso en el Muga. Las noticias vuelan en Lekeitio.
—Estaba allí cuando Alberto lo echó de su tasca —dije.
El enfermero negó con la cabeza. No hablaba de eso.
—Han saboteado sus pisos turísticos. Cuando he pasado por los que tiene en la plaza, apestaban.
Los portales estaban llenos de pescado podrido…
Y por lo visto han puesto silicona en sus cerraduras.
Justo hoy que llegan los del congreso ese…
Ya veréis la que se va a liar. Me he cruzado con dos furgonetas de la policía que iban para allá.
—Qué manía con traernos más turistas —suspiró Nerea—. Como si no tuviera yo bastante papeleo ahora. ¿Tú sabes las horas que pierdo en verano dando de alta en el sistema a pacientes llegados de fuera?
Mikel fue más allá.
—Pues prepárate. Lo han llamado Congreso del Turismo Sostenible para maquillarlo un poco, pero no es más que la visita de unos americanos que vienen a pegarse la vidorra a cuenta de nuestros impuestos.
Parece que así hablarán bien del pueblo en sus redes sociales y como premio vendrán más turistas. Nunca les parece suficiente.
—¿Te cuento yo por qué? —intervino Nerea—. Porque Aresti necesita rentabilizar sus inversiones. ¿No ves que es dueño de medio pueblo? No le bastó con convertir en hotel el palacio de Zubieta. No. Él quería más y ahora tiene pisos turísticos por todo el casco antiguo.
—Antes de que existieran esas viviendas con licencia, Aresti ya se estaba preparando para su llegada —me explicó el enfermero—.
Durante años fue comprando inmuebles que su propia constructora iba reformando.
Sin prisa. En silencio y sin hacer ruido.
Y ahora tiene tanto el hotel como los pisos que le hacen la competencia.
No se puede negar que es una jugada maestra.
—Yo lo llamaría de otra manera —objetó Nerea—. Es un carroñero.
Mikel asintió levemente. No le quitaba la razón.
—Un carroñero, sí, y de los que no se conforman con nada.
No le basta hacer negocio en temporada alta y le duele tener vacíos tanto el hotel como los apartamentos gran parte del año.
Los visitantes nos identifican con la playa y no vienen más que en verano.
Por eso ha enredado al ayuntamiento para montar este sarao.
Y le saldrá bien. Habréis visto las noticias…
Ese vuelo directo desde Bilbao a Nueva York es una gran oportunidad.
—El enfermero frotó sus dedos para remarcar que hablaba de dinero —.
Dólares calentitos con los que llenar sus habitaciones los trescientos sesenta y cinco días del año.
—¿Y tú cómo estás tan enterado de todo eso? —le pregunté.
Mikel se enganchó la insignia con su nombre en la bata limpia.
—Uno que tiene sus fuentes —se burló antes de volver a perderse en la sala de extracciones.
—Su hermana trabaja en el ayuntamiento —me contó Nerea, que bajó la voz antes de continuar—.
Por cierto, ha venido la tía de Lea. Tenía analítica.
He tratado de sonsacarle, pero me da a mí que no tienen ninguna sospecha.
No, esa mujer daba por hecho que su sobrina se había matado de una mala caída.
Dice que la autopsia lo ha determinado así.
Me quedé de piedra.
¿La autopsia?
Había visto a Lea, había tratado de devolverle la vida mientras su cuerpo comenzaba a enfriarse… No necesitaba ser forense para saber que la habían asesinado. ¿Qué tipo de facultativo podría haber determinado una causa accidental en su muerte?
—A Lea la mataron —aseguré sin ocultar mi rabia.
—No sé… Mira, ahí tienes El Correo de hoy.
—Nerea empujó hacia mí un periódico doblado por la mitad—.
¿Tú ves algo de un asesinato? Nada. Y lo he leído de cabo a rabo…
Ni siquiera en las páginas que dedican a nuestra comarca viene nada.
¿No crees que si hubiera la menor sospecha de que lo de Lea fue un crimen vendría alguna noticia así de grande?
Quizá en Madrid estéis acostumbrados, pero aquí…
—¡Y dale con Madrid!
—Bueno, qué sé yo… Es que me sorprende que sigas empecinado mientras el forense y hasta la propia familia de Lea dan por hecho que murió por un desgraciado accidente.
—¿Tú crees que si se tratara de una mala caída su perro habría huido asustado? —planteé antes de detallarle mi encuentro con Sua. Al regresar de la ferrería había vuelto a toparme con él muy cerca del lugar donde Lea fue asesinada y noté que me seguía a distancia hasta casa.
—¿Desde las marismas hasta el camino del faro?
—Desde allí. Pero no me ha permitido acercarme. A la mínima se asustaba y salía corriendo… Supongo que, como no lee los periódicos, sigue buscándola.
Nerea sacudió la cabeza.
—Pobre animal. —De repente reparó en el reloj de pared—. ¿Has visto la hora? Tienes la primera consulta dentro de cinco minutos.
Una notificación me hizo sacar el móvil del bolsillo.
—Tu madre —apostó Nerea.
Y acertó, claro. Yo también lo hubiera hecho.
No fallaba. Cada día antes de que arrancara mi jornada laboral recibía algún collage pretendidamente inspirador.
—¿Cómo es el de hoy? —preguntó mi compañera asomándose a la pantalla—. Ay, un sol sonriente con un buenos días de colorines… Es monísima.
—Será mejor que me prepare otro café —mascullé guardando el teléfono.
—Espera. —Nerea retiró el tapón a una botella de vidrio—. Prueba esto. Lo ha traído Cristina.
Se trataba de un líquido transparente.
—¿Qué es? No me des orujo a estas horas, eh. A ver con qué cara entro a la consulta.
Nerea sacudió la cabeza mientras me vertía un chorrito en la taza.
—Prueba. No le hagas ese feo, que lo ha traído para nosotros con todo su amor.
Me lo llevé a los labios y lo escupí de inmediato.
—Puaj. ¿Qué es esto? ¿Agua con sal?
Nerea estalló en una carcajada.
—Agua de mar. Ha ido a buscarla a la playa. Ahora le ha dado por ahí. Dice que equilibra los electrolitos y que nos ve muy descompensados. Un vasito cada día y como nuevos.
—Está fatal —me reí poniendo en marcha la cafetera—. Oye, todavía no me has dicho con quién vive.
—¿Quién? ¿Cristina?
—No. Aresti.
—Y yo qué sé —respondió mi compañera—. Supongo que con su mujer, pero no tengo ni idea.
Hace al menos diez años que se marcharon a Marbella.
A ella no la he vuelto a ver. No suele venir por aquí.
Eso de vivir en una antigua casa-torre en medio de la nada no le hará ninguna gracia.
Cuando Aresti la compró todos dimos por hecho que querría montar otro hotel, pero no, el tío quería sentirse como un señor feudal vigilando sus propiedades desde las alturas.
—¿Tiene hijas o nietas?
Nerea se rio.
—¿Buscas dar un braguetazo? —En ese momento apareció Cristina. Llegaba de limpiar el despropósito sangriento de la sala de extracciones. Al reparar en ella, la administrativa chasqueó los dedos. Acababa de recordar algo—. Oye, tú trabajaste una temporada en la torre de Aresti, ¿verdad?
—Sigo haciéndolo. Lo que pasa es que cada vez menos. Me suele avisar unos días antes de su llegada para que le prepare la casa.
—¿Sabes si ha venido con alguien? —pregunté.
—Yo diría que no. Me pidió que solo arreglara un dormitorio, así que no espera compañía. A Carlota hace tiempo que no la veo. No quiere saber nada de Lekeitio.
—¿Te extraña? Aquí todos sabemos quién es, y en Marbella se las dará de marquesa, que es lo que le ha gustado siempre. Esa ya no vuelve por aquí ni para su propio entierro. —Nerea se giró hacia mí—. Menuda es la señora de Aresti… Trabajaba en la conservera, sobando anchoas, y mírala ahora.
Cristina apoyó el cubo en el suelo y se quitó los guantes para prepararse un té.
—¿Ya habéis tomado el agua? —preguntó señalando la botella.
—Sí. Gracias. Muy buena —me apresuré a responder.
Me miró desconfiada. Saltaba a la vista que no me había creído.
—Tómala cada día. Te vendrá muy bien. Ya verás… ¿Y a qué viene ese interés por las compañías de Aresti?
Por un momento estuve tentado de no decir nada, pero acabé explicándoles lo que había visto hacía poco más de una hora junto a la presa de Bengolea. La suave voz repitiendo un estribillo que no había logrado entender, la sombra abriéndose paso entre la niebla…
—¿Y dices que se ha esfumado? ¿Así, sin más? —preguntó Nerea entre risas—. Le habrá dado un ataque de vergüenza. A mí también me pasaría si fuera cantando por el bosque y de pronto me diera cuenta de que no estoy sola…
La limpiadora fue más elocuente.
—¿En Bengolea, dices? —me preguntó con expresión sorprendida.
—Sí. Entre los árboles de la orilla del Lea.
—¿Estás seguro?
—Completamente. ¿Por qué?
No entendía a qué venía su reacción.
—Es extraño. Hace tiempo que nadie las ve —observó en voz baja—. Pero, claro, allí están la ermita de Oibar y su cueva…
—¿Quieres hablar claro de una vez? ¿A quién te refieres? —espeté. Estaba consiguiendo ponerme nervioso.
—Lamias… —aclaró Nerea, saliendo a mi rescate—. A un paso de Bengolea hay una cueva con tres bocas. Te sonará muy raro todo esto, pero dicen que allí viven las lamias. —Esbozó una mueca cómplice—. A Cristina le encantan esas leyendas.
—No son leyendas —se defendió nuestra compañera—.
Pregunta por aquí y verás. Las lamias parecen mujeres, pero de cintura para abajo tienen patas de cabra —comenzó a explicarme adoptando un tono entusiasta—.
Y son muy presumidas. Se pasan el día a orillas del río, arreglándose el cabello con sus peines de oro.
—El próximo día que pases por la ermita de Oibar, coge el desvío y podrás ver sus huellas en la entrada de la cueva —añadió Nerea guiñándome el ojo. Menos mal que no era el único que mantenía la cordura—. Dicen que están ahí marcadas.
No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Mujeres con patas de cabra…? ¿Peines de oro? ¿Pero qué locura era aquella?
—Yo no andaría asomándome a su morada. Es mejor tener cuidado con ellas —me advirtió Cristina, muy seria—. Pueden ser muy vengativas si se las molesta. Y nunca, por nada del mundo, se te ocurra robarles su peine. Nunca.
—A ver… —Respiré hondo mientras mis manos se abrían para detener la espiral en la que había entrado mi compañera—. ¡Era solo una mujer cantando! Y cuando se ha dado cuenta de que no estaba sola se ha escabullido.
—Pues eso es exactamente lo que haría una lamia. No les gustan los humanos. ¿Te has fijado en si estaba peinándose?
Recordé la silueta que avanzaba entre los árboles. La niebla me había impedido ver más que una leve sombra de mujer. Lo supuse por el timbre de su voz más que por sus formas. De hecho, no podía asegurar que tuviera piernas humanas.
Me regañé a mí mismo por estar validando su fantasía.
—Era solo una mujer de carne y hueso y quizá tenga algo que ver con la muerte de Lea.
—¿Qué te hace pensar algo así? —intervino Nerea recobrando la seriedad.
—Porque me he desgañitado pidiéndole que se detuviera y solo ha apretado el paso hasta volatilizarse en la niebla.
Mis compañeras me observaron con gesto escéptico.
—Exactamente lo mismo que hubiera hecho yo si un tío empieza a llamarme a gritos en medio del bosque —señaló Nerea.
—Y yo —corroboró Cristina—. Cualquier mujer hubiera actuado igual. ¿De verdad no te lo habías planteado, Jon? Lamia o chica de carne y hueso, la has asustado.
Reconocí que no les faltaba razón, pero algo me decía que la mujer que cantaba junto al río no escapaba de mí por miedo.
No, por supuesto que no.
Si esa sombra huía era por proteger secretos que solo ella conocía.