Bajamar Capítulo 7
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Capítulo 7

La mañana siguiente regresé.

Pasé por el puerto cuando el cielo apenas comenzaba a clarear y los muelles no se habían despertado aún.

Los barcos sí. Ellos ya no estaban. Ni ellos ni los pescadores.

Zarpan cuando todavía es noche cerrada para abrazar el amanecer en sus caladeros.

Algunas noches, cuando las pesadillas me vencen y me asomo a la ventana para cerciorarme de que sigo en Lekeitio, lejos de los recuerdos que me torturan, los veo hacerse a la mar en silencio.

Me arrulla observar sus luces de posición alejándose de tierra firme, ladrones de malos sueños arrastrándolos mar adentro, lejos de mí y de mi nueva vida.

Dejé atrás los muelles y las afueras durmientes del pueblo y corrí a lo largo de la playa.

Una figura solitaria atrapó mi atención durante unos instantes.

Vagaba como alma en pena muy cerca de una orilla donde las olas rompían con desgana.

Desde lejos podía parecer un ciego palpando el camino con su bastón, pero era solo un engaño de la vista.

Lo sabía porque lo veía cada mañana. Unas veces más cerca del mar, y otras casi al borde del paseo.

El cayado que empuñaba no era tal, sino un detector de metales con el que peinaba los arenales sin descanso en busca de monedas, relojes o quién sabe qué objetos perdidos por los bañistas de sol o de ola.

Un cazador de tesoros moderno. Un pirata sin barco ni parche en el ojo.

Detuve mi carrera al llegar al puente que salva la desembocadura del Lea. Ante mí se abría un mundo conocido, un lugar que hasta hacía pocas horas había representado la libertad más absoluta y en el que ahora me producía angustia adentrarme.

Sin embargo, debía hacerlo. No estaba dispuesto a permitir que el miedo gobernara mi vida.

Precisaba seguir adelante. Por mí. Por Lea. Mi carrera al alba sería a partir de ahora también la de ella.

Además, necesitaba respuestas.

¿Quién la había matado de una manera tan cobarde?

¿Quién? ¿Por qué? ¿Era una víctima escogida o simple fruto del azar?

Planteármelo me hizo sentir vulnerable.

¿Y si Lea solo fuera alguien que pasaba por allí? ¿Y si el primero en pasar esa mañana por aquel fatídico lugar hubiera sido yo?

Los jirones de niebla que danzaban un vals lento sobre la lámina de agua no quisieron responderme.

Ni ellos ni las gaviotas que dormían en el alero del tejado del viejo astillero de ribera.

Una bombilla desnuda colgaba de sus vigas y bañaba con sus tonos cálidos al anciano que trabajaba en él.

Un penetrante olor a alquitrán brotaba de aquella construcción sencilla, apenas un tejado a dos aguas sostenido sobre altas vigas de madera desprovistas de paredes.

Nunca había hablado con él, ni siquiera había llegado a detenerme a observarlo, como aquella mañana.

Pero siempre estaba allí, formaba parte de mi paisaje diario.

A falta de certezas, mi mente había construido su historia: un pescador jubilado que no se resignaba a su nueva realidad en tierra firme.

Restaurar el barco en el que fue feliz lo ayudaba a mantener el vínculo con la profesión que tanto amó.

No abandonar los exigentes horarios de su vida anterior lo mantenía vivo.

Respiré hondo y seguí adelante.

No había madrugado para espiar los metódicos movimientos de aquel hombre al que la cama expulsaba cuando el mundo aún dormía.

Me adentré, como cada mañana desde que llegué a mi nueva vida, en la senda que remonta el cauce.

El molino de marea, los eucaliptos, la bruma, el crepitar de la gravilla bajo mis pies…

Mi carrera no tardó en llevarme hasta el paraje donde había encontrado el cadáver de Lea.

Mis pasos se hicieron más lentos hasta que, por fin, se detuvieron.

Era allí. Exactamente allí.

Los carrizos aplastados delataban el espacio que ocupó el cuerpo. Un vacío que hacía unas horas estaba vestido de rojo. Rojo del chubasquero que Lea jamás volvería a ponerse, rojo del uniforme de los ertzainas que acudieron a dar cuenta de su muerte.

Mi mirada recaló en el palacio de Zubieta. Me observaba desde su privilegiado otero en la orilla opuesta de la marisma.

No se veía luz tras las ventanas del viejo caserón, flanqueado por dos torreones orgullosos.

El edificio dormía. Los huéspedes del hotel en el que José Ignacio Aresti lo había convertido, también.

De pronto me pareció oír algo.

Era un gemido bajo, lastimero. Venía de entre la maleza.

Las plantas se agitaron. Durante unos segundos no pasó nada más. Después asomó una cabeza entre ellas. Orejas erguidas, pelaje negro sucio de barro y restos vegetales.

—¿Sua? —Me agaché para ponerme a su altura—. Ven aquí, muchacho.

El animal dio un paso vacilante, después otro. Cojeaba claramente. Se acercó con movimientos cautelosos, deteniéndose cada poco tiempo para decidirse entre continuar o salir corriendo.

—Vamos. No tengas miedo —lo animé extendiendo la mano—. Tranquilo… Muy bien… Así. Solo un poco más.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, me fijé en la venda que llevaba en una de las patas delanteras. Estaba herido.

—¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha puesto eso?

Como respuesta, el border collie recorrió los últimos pasos que nos separaban y comenzó a oler mi mano.

Con un movimiento rápido la lamió. Un lametazo húmedo y cálido de reconocimiento que me encogió el corazón.

Era su forma de decirme que me recordaba de nuestros fugaces encuentros matinales.

Después se apartó, introdujo el hocico entre la maleza y gruñó.

—¿Qué pasa? ¿Qué has encontrado?

Antes de que pudiera acercarme, me ladró y se escabulló sin mirar atrás.

—¡Sua! ¡Vuelve aquí! ¡Sua!

Por más que lo llamé no regresó.

Estuve tentado de olvidar el resto de mi carrera matinal y regresar a Lekeitio.

Debía avisar a la inspectora de que el perro de Lea deambulaba por ahí.

Solo y asustado. No parecía un peligro para nadie, pero quizá lo fuera para sí mismo.

Después de vivir entre algodones con su dueña, le faltaba calle para sobrevivir en esas circunstancias.

Sin embargo, me dije que unos minutos más o menos no iban a cambiar gran cosa. Necesitaba completar el recorrido habitual. Solo así lograría pacificar, al menos en parte, mi mente atormentada.

Antes de continuar, me agaché en el lugar donde Sua había estado husmeando.

Aparté las malas hierbas y sentí en la epidermis la reacción urticante del contacto con alguna ortiga. Todo para comprobar que solo se trataba de un caramelo de goma.

No era extraño. Aquella ruta tan solitaria a esa hora cercana al alba se convertía durante el día en un paseo concurrido, popular entre abuelos y nietos que disfrutaban de un espacio natural próximo a las calles de Lekeitio.

La visión del dulce me desgarró el alma, un canto a la vida en un paraje donde la muerte había dejado su huella para siempre.

—¿Qué sucedió aquí? —me pregunté en voz alta mientras giraba sobre mí mismo.

No había nada que rompiera la quietud de un espacio que jamás volvería a ser el mismo.

Nada.

Solo el canto matinal de los mirlos y los graznidos quejosos de los ánades azulones.

El resto era silencio.

Mi carrera siguió adelante. Dejé atrás las barcas durmientes del día de gansos y las ruinas del antiguo hospital. También algunos caseríos dispersos y un par de molinos.

No miraba el reloj. No había ganas de hacerlo mejor ni de correr más rápido que el día anterior. Solo necesitaba estar allí.

La presa de Bengolea me recibió con su altivez habitual.

Era allí, en aquel muro acuático levantado siglos atrás para mover los engranajes de la ferrería vecina, donde acostumbraba a dar la vuelta para volver a casa.

Pero aquella mañana no tenía fuerzas para emprender el regreso. No todavía.

Introduje la mano bajo la cortina de agua y cerré los ojos. Sentí la caricia líquida y el tacto suave del muro cubierto de musgo.

El rugido de la cascada lo envolvió todo.

De pronto no había nada más. Ni el bosque que me rodeaba ni la niebla que danzaba sobre el agua.

Tampoco había testigos que vieran el llanto desgarrado que brotó de lo más profundo de mi alma herida.

Lloraba por la mujer con nombre de río, pero lo hacía también por mi novia, Mónica.

Y, sobre todo, lloraba por Sofía. Ella era la que volvía cada noche cuando cerraba los ojos. La que me despertaba de madrugada, envuelta en sangre, para gritarme que la había matado.

Era horrible. Había llegado a Lekeitio huyendo de la muerte y sus frías garras me habían dado caza de nuevo.

No sé cuánto tiempo estuve allí, de pie ante ese salto de agua que otras mañanas no era más que un lugar donde emprender el regreso.

Y si abrí de nuevo los ojos fue porque un sonido me sacó del trance.

Se trataba de una melodía, liviana como el aire y triste como un atardecer de otoño.

Una suave voz femenina flotaba sobre las notas graves de la cascada y se enredaba en ellas hasta acabar perdiéndose en un cielo pesado como el plomo.

Me pareció atisbar una sombra en la otra orilla. Una silueta que avanzaba lentamente entre los árboles. La niebla desdibujaba sus formas, las dotaba de una etérea irrealidad, pero había alguien allí. No había duda.

—¿Hola? —llamé alzando la voz para hacerme oír por encima del rugido del agua.

El canto cesó tan pronto como el saludo brotó de mi garganta.

La sombra también se escabulló río arriba. Pude oír sus pasos apresurados en la hojarasca. Ya no cantaba, solo se alejaba de mí.

—¡Espera! ¡Por favor! —exclamé antes de echar a correr tras ella. ¿Y si conocía a Lea? ¿Y si sabía qué le había ocurrido?

Dejé atrás esa barrera imaginaria que constituía para mí la presa y remonté el cauce con la esperanza de encontrar algún puente que me permitiera cruzar a la otra orilla. Necesitaba hablar con esa mujer.

Lejos de disiparse, la niebla se hizo más densa a medida que avanzaba contra la corriente.

La silueta todavía se dibujó un par de veces entre los árboles, pero enseguida acabó por desaparecer por completo.

—¡Espera! ¡Quiero hablar contigo! —grité con fuerza.

Un edificio tomó forma en la orilla opuesta. Sobrio, contundente, altivo incluso. Un farol encendido sobre su puerta desterraba la impresión de encontrarse abandonado.

Agucé el oído.

Nada. Ni pasos ni sombras esquivas.

Solo un silencio sepulcral.

Incluso el propio río había enmudecido. Dormía, domado por la presa, en un falso espejismo de serenidad.

Suspiré desanimado.

La había perdido.