Bajamar Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuando arribamos a los muelles había un hombre esperándonos.

—¿Cómo están los hijos de Poseidón? —saludó tendiéndonos la mano para ayudarnos a saltar a tierra firme.

Se trataba de José Ignacio Aresti, el empresario de la construcción que patrocinaba nuestra trainera.

Llevábamos su nombre grabado en la proa y también en nuestras camisetas.

Nunca antes lo había visto y, sin embargo, iba a convertirse en el protagonista de unos días que azotaron Lekeitio con fuerza.

El patrón se fundió en un abrazo con él.

—¡Aresti! ¿Cómo así por aquí arriba?

—Mi mujer, ya sabes. O le dejo la casa para ella sola un par de veces al año o me echaría a patadas.

Mejor seguir encontrando excusas para salir de Marbella de vez en cuando —bromeó con un fingido tono victimista—.

Pero si llego a saber que me iba a encontrar este clima infame, me quedo en el sur.

A mis setenta ya no estoy para aguantar esta lluvia que me amargó la infancia.

Levanté la mirada hacia el cielo. Estaba oscuro, y no tanto por lo avanzado de la tarde como por las nubes plomizas que amenazaban con un buen chaparrón de un momento a otro.

—¿Vienes al congreso? —le preguntó Patxi.

—Lo he montado yo —se jactó el empresario.

El congreso… En los últimos días todo el mundo hablaba de él.

Primer Congreso del Turismo Sostenible lo habían bautizado y nadie tenía muy claro de qué se trataba.

No existía un programa oficial, ni tampoco una sede donde estuvieran previstas conferencias o mesas redondas. Lo único que sabíamos, o al menos se rumoreaba, era que venían unos influencers norteamericanos con millones de seguidores en redes sociales.

Observé que la visita de nuestro patrocinador no despertaba un especial entusiasmo entre mis compañeros de tripulación. La mayoría se limitó a saludarlo y continuó recogiendo sus trastos para irse a la ducha.

—Esperad, no os marchéis todavía. Quiero invitaros a una ronda. Es lo mínimo que puedo hacer para celebrar la magnífica temporada que hicisteis el año pasado. Qué menos que una caña y unas rabas para agradeceros que defendáis mi nombre por todos los puertos del Cantábrico.

—Algo querrá. Este no nos invita porque sí —comentó en voz alta uno de los más veteranos.

Si el constructor lo oyó, hizo ver que no se había enterado.

Se limitó a señalar el bar más cercano.

—Vamos, en el Muga mismo, no nos compliquemos. Seguro que os esperan en casa. Un aperitivo y os dejo en paz.

Algunos hicieron amago de marcharse, pero el patrón salió al rescate de Aresti.

—Venga… Todos estamos muy liados, pero un brindis no nos va a cambiar la vida. Que José Ignacio no viene de Marbella todos los días.

Me sorprendió la elección del lugar. Si algo no falta en el puerto de Lekeitio son las tabernas, y el Muga no es un bar cualquiera.

Se trata de la sede no oficial de la también no oficial asociación contra la invasión turística.

Alberto ha protagonizado algunos vídeos virales por expulsar de su establecimiento a familias de visitantes armadas únicamente con flotadores y neveras de playa.

Un cartel que reserva el derecho de admisión en todos los idiomas imaginables ocupa buena parte de su puerta.

Y ese era precisamente el bar al que Aresti se disponía a entrar.

Me sorprendió que nadie le avisara de que no era la mejor idea. Tantos años en su exilio marbellí debían de haberlo desconectado de la realidad local, porque ser dueño de un hotel y de un buen número de pisos turísticos no parecía la mejor carta de presentación en un lugar así.

Me lo confirmaron los rostros de la media docena de clientes que se giraron hacia la puerta en cuanto la empujó.

Busqué a Alberto con la mirada. Secaba un vaso de sidra con un trapo blanquirrojo y la media sonrisa se le congeló en cuanto reconoció al constructor.

— Arratsalde on . Ponme un par de raciones de rabas y gildas para todos. —Aresti se giró hacia nosotros—. ¿Qué queréis beber? ¿Sacamos unas sidras o preferís cerveza? ¿Unos crianzas?

Antes de que tuviéramos tiempo de responder, Alberto dejó su vaso y se apoyó en la barra con las dos manos.

—Fuera de aquí —escupió remarcando cada palabra.

—¿Cómo dices?

—Que salgas ahora mismo de mi bar. —El tabernero nos señaló a los remeros—. A ellos podrás comprarlos. A mí, no.

Aresti lo observó desafiante.

—¿Vas a impedir que estos héroes locales, los tripulantes de la trainera de tu pueblo, puedan celebrar que la temporada que les espera será brillante?

Me sentí rehén de la situación y, por el gesto incómodo de mis compañeros, comprendí que no era el único. Aresti no había improvisado todo aquello. La elección del Muga no había sido casual. Nos utilizaba como escudos humanos para poder acceder a territorio enemigo.

—No son ellos quienes sobran y lo saben perfectamente. Y tú también sabes que los que estranguláis el pueblo no sois bienvenidos. —El hijo de Lourdes salió de la barra y cogió al empresario por el brazo—. Vamos, largo de aquí.

—No me toques —siseó José Ignacio Aresti sacudiéndoselo de encima.

Después miró a los clientes y les mostró una sonrisa que resultó forzada—.

Quiero que seáis conscientes de que con el congreso de estos días nos jugamos mucho.

No vengo a convenceros de nada, pero sí a pediros que entendáis que Lekeitio se juega su futuro.

Estamos ante una oportunidad histórica para posicionarnos como un destino sostenible y verde.

—¿Sostenible? —le interrumpió una mujer—. ¿Te parece sostenible expulsarnos de nuestras casas?

Aresti alzó la mano para detenerla, pero varias voces más se sumaron para reforzar el mensaje de la clienta.

—Escuchadme bien —clamó el empresario, dejando caer su máscara de amabilidad.

Los señaló uno a uno con un dedo acusador—.

Sí, vosotros. Los que os oponéis a todo por sistema.

Que a nadie se le ocurra hacer ninguna tontería estos días.

Cuando acabe mi congreso montad la pantomima que os venga en gana, pero mientras tengamos aquí a los visitantes nada de pancartas ni mierdas de esas vuestras. Nada de amenazas…

—Aquí el único que amenaza eres tú —se le encaró otro cliente.

—No es una amenaza, es una advertencia —le corrigió el constructor sin dar un solo paso atrás—.

¿Qué pretendéis? La pesca se acaba. De algo tendrá que vivir esta costa.

¿Sabéis cuánta gente trabaja gracias al turismo?

Deberíais estar agradecidos, pero no, la cosa es renegar de cualquier progreso.

Si fuera por vosotros todavía estaríamos en la Edad Media.

—¿Agradecidos? —protestó otro—. ¿Sabes cuánto subió mi alquiler el año pasado? ¿Sabes cuántos amigos nacidos aquí han tenido que mudarse a Amoroto o incluso a Markina porque cada vez más pisos se dedican al alquiler turístico? ¿Quieres que te demos las gracias?

El tono iba in crescendo. La tensión, también. Alberto volvió a tomar del brazo al constructor y le señaló la puerta imitando su falso tono amistoso.

—Sal de mi bar, por favor. No me hagas llamar a la policía.

Aresti decidió que había tenido suficiente.

—Os lo he advertido. Que conste —sentenció alzando el dedo.

Después abandonó el establecimiento y se giró hacia nosotros—.

Ya veis lo que tengo que aguantar. Yo, que siempre he querido lo mejor para el lugar que me vio nacer.

—Hizo una pausa para pasarle el brazo por los hombros a Patxi, el patrón—.

Está bien, os lo contaré aquí fuera. Hubiera preferido hacerlo en otras condiciones, pero voy a daros una buena noticia. He organizado una regata este sábado.

Mi estómago se encogió.

¿Una regata?

¿El sábado?

¡Eso era dentro de solo cinco días!

No me sentía preparado para algo así. Y mucho menos después de lo que acababa de vivir a bordo de la trainera.

Me giré hacia Cristina, que comprendió la pregunta que iba implícita en mi mirada.

—No, claro que esto no es habitual —me aclaró en voz baja—. El calendario de la temporada viene fijado por la federación. Esto es algo que se acaba de sacar de la manga.

—Participaréis la trainera de Ondarroa y vosotros —continuó el empresario—. Estoy intentando animar también a los de Urdaibai. Para mañana sabremos si se apuntan. Y atención al premio: los ganadores están invitados a pasar un fin de semana en Marbella. Con todo pagado.

—¿Vuelos incluidos? —preguntó el patrón.

—No te pases, Patxi… Tres pisos enteros para vosotros solos en Puerto Banús. Es un pedazo de premio. Y lo tenéis ganado. Sois los mejores. Esto es solo una manera de haceros un regalo.

—No sé si estamos preparados. Hace solo unas semanas que hemos vuelto a remar. Además, tenemos a los dos mejores de baja —le advirtió Patxi.

—Solo una milla —concedió Aresti, antes de corregirse a sí mismo—.

No, menos aún. Pondremos la ciaboga un poco más allá de la isla.

Nada más. Hasta los infantiles podrían con ello.

Solo quiero que mis invitados puedan hacerse a la idea de lo que es un día de regatas.

Es algo que no puede faltar si queremos mostrar al mundo las maravillas que tenemos aquí.

Mientras el empresario continuaba tratando de convencernos, una silueta llamó mi atención hacia las sombras del puerto.

Parecía el border collie de Lea.

Nos observaba desde la distancia con el rabo entre las patas.

Me aparté del grupo para llamarlo.

—Ven, Sua. Toma… —susurré estirando la mano.

El perro alzó las orejas al oír mi voz. Dio varios pasos vacilantes y soltó algún bufido, pero cuando creía que estaba decidido a venir se alejó a la carrera hacia las calles del casco antiguo.

Conforme su silueta se perdía entre las casas de pescadores, me dio la impresión de que cojeaba.

—¿Qué pasa? —me preguntó Cristina acercándose.

—Me ha parecido ver a Sua.

—¿A quién?

—El perro de Lea.

Me apoyó la mano en la espalda.

—Te ha dado un buen palo lo de esa chica.

—Era él —aseguré.

—Es probable, pero si ha salido corriendo no lo alcanzaremos a pie. Estará bien, no te preocupes.

Regresé con ella junto al resto del grupo, donde Aresti seguía a vueltas con su regata.

—Yo paso. No somos monos de circo —le interrumpió Jokin antes de dar la espalda al patrocinador para perderse en el interior del Muga.

—¡Espera! —gritó Aresti—. Ándate con ojo. ¿Me oyes? Que aquí nos conocemos todos y las malas decisiones pasan factura.

Jokin se giró hacia el empresario.

—¿Qué insinúas? —preguntó con cara de asco. Después escupió al suelo, muy cerca de los pies de Aresti.

—Esto lo vas a pagar. ¿Me oyes? ¡Lo vas a pagar!

Al ver que otros también comenzaban a retirarse, Patxi salió una vez más al rescate del constructor.

—Venga, no seamos tan estrechos de mente.

José Ignacio lleva doce años patrocinando esta trainera.

Sin él hoy no estaríamos aquí. A ver quién pone dinero por un equipo de veteranos.

Solo nos está pidiendo que salgamos a remar el sábado.

¿Y acaso no es lo que hacemos cada semana?

Tomadlo como un entrenamiento diferente.

Además, será divertido. Y después podemos quedarnos al campeonato de marmitako.

—¡Pero si eso es en julio! —señaló Cristina.

Yo todavía no había coincidido con el certamen. Cuando veraneaba en Lekeitio con mis padres todavía no se celebraba, pero sabía a qué se referían. Lourdes lucía orgullosa en su puesto la placa que la identificaba como finalista de la última edición.

—Algunos de los participantes en el campeonato del pasado verano van a competir este sábado en una edición extraordinaria. ¿No lo sabíais? —señaló el patrón.

—Mi hermano está apuntado —corroboró Marta, una de las remeras.

Aresti sonrió a modo de respuesta.

—Van a alucinar los yanquis. Les encantan los lugares auténticos y nosotros vamos a demostrarles que Lekeitio no es un destino sin alma, como tantos otros, sino un pueblo que respira al ritmo de la tradición y la cultura marinera.

Este verano vamos a ser el destino de moda en internet. Ya lo veréis.

Si esperaba una ovación, no la consiguió. Quienes tenían algún negocio hostelero tendrían algo que celebrar.

Pero no los demás.