Bajamar Capítulo 5
6%

Capítulo 5

Miedo.

Me gustaría describirlo de otra manera, recurrir al eufemismo de que al mar le tengo respeto, pero sería una pobre estratagema para negar la realidad.

Al mar le tengo miedo. Pánico.

He vivido sin saberlo hasta que me mudé a Lekeitio a los treinta y ocho años de edad. Porque bañarme en la playa o nadar unas cuantas brazadas mar adentro nunca me generó desasosiego. Y sigue sin hacerlo.

Es la distancia a tierra firme la que activa en mi mente un clic, una alerta de peligro inminente que me bloquea por completo.

La primera vez que lo experimenté fue en la trainera.

Solo llevaba unas semanas en mi nueva casa cuando Cristina me animó a apuntarme al club de remo. Ella es una de mis compañeras en el ambulatorio. Se ocupa de la limpieza en el turno de mañana y me contó que les faltaban integrantes en el equipo de veteranos.

Su propuesta me sonó a música celestial. ¿Qué mejor manera de sentirme parte de un pueblo marinero que salir a remar en una embarcación similar a las que se lanzaban a la caza de las ballenas hace ya muchos siglos?

La San Nicolás es una trainera mixta. Trece remeros y un patrón. Diez hombres y cuatro mujeres.

Somos una minoría. En el Cantábrico se estilan más los equipos de un solo sexo, pero en los últimos años comienzan a admitirse las tripulaciones mixtas en la categoría de veteranos.

No lo dudé ni un segundo. Remar era cumplir un sueño que había dormido demasiados años en un cajón de Madrid.

Porque de niño, cuando el verano me llevaba a Lekeitio en los que eran los meses más felices del año, nunca quería perderme las regatas. Mi padre, tampoco.

Salíamos los dos de casa con nuestras camisetas blancas y buscábamos un otero elevado cercano al faro de Santa Catalina.

Me fascinaba tanto jolgorio alrededor de una prueba náutica.

La música, las bocinas, los cohetes… Pero si algo se me quedaba grabado en la memoria durante el resto del año era el colorido.

Aficiones llegadas de todo el Cantábrico, cada una defendiendo el color de su equipo, colonizaban los muelles y hacían del puerto una fiesta que todavía no había acabado cuando llegaba la hora de volver a casa.

—¿Podré remar con ellos de mayor? —solía preguntar mientras regresábamos—. Yo soy muy fuerte. Seguro que conmigo consiguen ganar.

La respuesta de mi padre acostumbraba a ceñirse a un «claro que sí» , que hoy creo que significa que apenas me escuchaba.

Bastante tendría con su propio dilema. Y es que no sería sencillo explicarle a mi madre que, un año más, se había dejado llevar por el optimismo de nuestros vecinos y había perdido cinco mil pesetas apostando por una trainera local más tacaña en resultados que en promesas de éxito.

Y ahora, treinta años después, yo formaba parte de aquello.

Quizá hubiera llegado tarde para remar en la primera división, pero defendía igualmente el color blanco de Lekeitio.

Sin embargo, el romanticismo en el que había envuelto la idea se fue a pique en cuanto puse los pies en esa embarcación estrecha y tan inestable que parecía dispuesta a volcarse al menor traspiés.

Sus doce metros de eslora, o de largo que diríamos los de tierra adentro, contrastan con el escuálido metro y pico que tiene de ancho.

—¿Siempre se mueve tanto? —Me arrepentí en el acto de aquellas palabras.

Fueron las primeras que pronuncié a bordo de la San Nicolás.

Cristina se rio. Suerte que fingió tomárselo a broma.

Las olas del Cantábrico no ayudan. Y tampoco lo hace la seguridad con la que veo a mis compañeros enfrentarse a ellas.

Preferiría que también ellos estuvieran asustados y optaran por regresar a puerto cuando el mar se dedica a embestirnos.

Ellos, en cambio, siguen adelante. Siempre adelante.

Ver que la costa va alejándose y que no tienen intención de regresar por intenso que sea el oleaje me genera una incertidumbre que a duras penas logro disimular.

Estoy seguro de que Cristina, que comparte banco conmigo, verá mis sudores fríos y mi mirada perdida en un mundo de miedos que trato en vano de desterrar a golpe de remo.

Lo paso mal. Sí. Fatal. Pero no quiero dejarlo por nada del mundo. Se lo debo a mi yo de niño, se lo debo a mi padre, que sería feliz si pudiera verme remar desde el cementerio de la Almudena. Y que a buen seguro apostaría por nosotros a escondidas de mi madre.

Aquella tarde de febrero prometía ser de las amables, si es que se puede llamar así a esas en las que el mar está sereno y apenas hay olas a las que enfrentarse. Porque si algo he aprendido desde que estoy aquí es que, incluso en días así, el Cantábrico te pone a prueba.

La isla de Garraitz, que en mi infancia siempre conocí como la de San Nicolás, quedó atrás muy pronto. A partir de allí cada una de nuestras paladas nos apartaba más y más del abrazo de la tierra firme. Y de la seguridad que ella me brindaba.

— Bat, bi. Bat, bi… —De pie en la popa, Patxi marcaba el ritmo. Era nuestro patrón. Pescador jubilado, en sus años mozos fue el remero más popular de Lekeitio. La anchura de sus hombros todavía daba buena cuenta de ello y era clave para manejar con fuerza el timón al llegar a la ciaboga.

Nuestros brazos seguían su ritmo con una docilidad que convertía la trainera en un inmenso ciempiés marino. Trece patas de madera moviéndose con precisión.

Mi mente, en cambio, volaba una y otra vez de vuelta a las marismas del Lea.

El tacto cálido de la piel sin vida…

La mirada hermosa congelada para siempre…

El beso amargo de mis maniobras de reanimación…

La muerte era cruel.

Muy cruel.

El mundo entero seguía girando al mismo ritmo mientras una vida había sido segada.

—¿Qué haces luego? —La voz de Cristina me devolvió a la trainera—. Te invito a cenar. He comprado una degustación de quesos no quesos. Me vendrá bien un médico cerca por si me sientan mal.

La risa de mi compañera apenas logró hacerme esbozar una sonrisa de compromiso.

—Es broma, Jon. Están muy ricos. Tienes que probarlos. Los hacen con soja fermentada y no tienen nada que envidiar a los fabricados con leche de animales maltratados.

En otras condiciones podría haber aceptado. El menú de casa de Cristina, con su tofu, seitán y muchas hojas verdes en el plato, no conectaba demasiado con mi naturaleza omnívora, aunque el mejor ingrediente sin duda era ella: ácida, picante y siempre divertida.

Pero esa noche no me apetecía. Tenía ganas de estar solo.

Además, las cenas en su casa eran peligrosas.

Acababan a menudo al filo de una línea que no quería traspasar.

Morena, con unos ojos muy negros y el pelo oscuro, recogido habitualmente en una cola de caballo, era realmente muy atractiva.

Su cuerpo, menudo y atlético, delataba sus muchas tardes de remo.

Destilaba seguridad en sí misma y la firmeza propia de una mujer de cuarenta años con las cosas claras.

Aceptar su invitación podía lanzarle un mensaje equivocado.

—Gracias, Cristina, pero estoy cansado. Creo que me voy a ir a casa.

La limpiadora no insistió. Guardó silencio unas cuantas paladas antes de volver a hablar, esta vez en voz baja.

—Os he oído esta mañana… —Comprendí de inmediato a qué se refería—. ¿Crees de verdad que lo de Lea no ha sido un accidente?

Una ola alzó violentamente la proa, obligándome a contener la respiración.

Creo que lo que más desasosiego me causa es nuestra orientación en la trainera.

Remamos siempre de espaldas al sentido de la marcha.

El patrón es el único que ve lo que está por llegar.

Los remeros solo atisbamos lo que va quedando atrás.

Es como navegar con una venda cubriéndote los ojos.

—No. No ha sido un accidente —confirmé esforzándome por parecer sereno a pesar del pánico que atenazaba mi garganta. ¿Era una sola ola o venían más detrás? ¿Y si estaba levantándose una galerna de esas que arrasan la costa y hunden embarcaciones?

—Es muy fuerte lo que estás diciendo… ¿Quién puede haber hecho algo así?

No respondí. Llevaba todo el día haciéndome la misma pregunta.

—Jokin salió con ella —susurró la limpiadora señalando con la mirada al hombre que remaba dos filas más allá—. ¿Lo sabías? No me extrañaría que hasta hubiera por ahí alguna denuncia.

—¿Maltrato? —pregunté bajando la voz. Cristina había conseguido despertar mi interés.

—Bien no la trataba, desde luego.

El patrón alzó una mano para llamar nuestra atención.

—Vamos, vosotros dos… Basta de cháchara. Aquí se viene a remar. Ya hablaréis más tarde tanto como os dé la gana. ¿No veis que perdéis el ritmo?

Jokin Mendibe…

Conocía a aquel tipo de vista. Poco más.

Era cuatro o cinco años menor que yo. No llegaría a los treinta y cinco, aunque cualquiera le habría echado más de cuarenta.

Saltaba a la vista que no se cuidaba. El tono enrojecido de su piel, las arañas vasculares que poblaban su nariz, la tos seca que se le escapaba cada pocas paladas…

Un hombre de bar y noches largas. De vaso en una mano y cigarrillo en la otra.

Itziar, la inspectora de la policía local, era su hermana, aunque se frecuentaban poco. Cada uno tenía su mundo y estos eran bien diferentes.

Y ahí estaba Jokin, remando como uno más. Quizá su mente se encontrara también lejos de la San Nicolás, pero a simple vista no parecía afectado por lo sucedido a su ex hacía solo unas horas.

Una nueva ola me devolvió a la realidad inmediata.

La proa se elevó en el aire antes de impactar con fuerza contra el mar.

Mi mirada buscó la seguridad de una tierra firme que se encontraba más lejos de lo que hubiera deseado. Quería gritar, pedirles a todos que dieran media vuelta y que me llevaran al muelle. No me veía capaz de seguir adelante.

—¿Estás bien, Jon? Te veo muy blanco. ¿No te marearás?

La pregunta de Cristina no me ayudó. Sentir mis miedos al descubierto solo logró amplificarlos.

Quise responder de inmediato, pero apenas brotó de mí un suspiro sordo.

Me concentré en la respiración. Sabía que aplacarla era clave para recobrar la calma.

¿Cuántas veces les explicaba a mis pacientes que se trataba de la mejor terapia de choque para detener los ataques de pánico?

Conté hasta cuatro mientras inhalaba, de nuevo cuatro manteniendo el aire dentro, exhalé contando cuatro…

Y entonces la pala del compañero de delante chocó contra la mía.

—¡Qué haces, hombre! ¿Dónde tienes la cabeza? —exclamó indignado.

Estaba tan concentrado en lo que me sucedía que había descuidado por completo el ritmo del remo.

—¡Perdón! Lo siento —mascullé mientras trataba de recuperar el compás.

El patrón me dirigió una mirada severa.

—Aquí se rema todos a una. No vale estar pensando en la lista de la compra… ¿Acaso no ves que el fallo de uno se convierte en un problema para todos?

Asentí avergonzado.

El teléfono de Patxi acudió a mi rescate. Una potente bocina náutica que indicaba que había recibido un mensaje.

—Seguid —indicó mientras lo sacaba del bolsillo.

Lo vi fruncir el ceño y parpadear con aire de incredulidad.

Levantó la mirada hacia nosotros y dio orden de girar de inmediato.

Regresábamos a puerto.