Capítulo 4
El puerto pesquero se veía animado. El sol que los meteorólogos anunciaban no había logrado derrotar a las nubes bajas, aferradas como tantos días a una franja costera que aman con locura.
Sin embargo, que no lloviera ya era motivo de celebración y más que suficiente para que aquellos muelles que fundían las calles del casco antiguo con el mar estuvieran más concurridos que bajo el pesado sirimiri de otras jornadas.
Los barcos habían regresado ya de sus pesquerías y coloreaban la dársena con sus cascos azules, rojos y verdes. Algunos marineros permanecían a bordo, limpiando las cubiertas y remendando las redes que volverían a emplear solo unas horas más tarde.
Llené los pulmones del aire cargado de salitre y me dirigí al puesto.
Como cada mediodía.
Tardaba veinte minutos del ambulatorio a casa. Veinte minutos que incluían la parada para saludar a Lourdes y llevarme conmigo el pescado del día. Y todo eso a pie.
¡A pie!
En Madrid, en esa otra vida que ahora me parecía tan lejana, la manecilla larga del reloj daba casi una vuelta completa antes de que llegara de mi barrio de la Estrella al hospital Ramón y Cajal, donde trabajaba.
¡Una hora!
—¡Jon! Ya pensaba que hoy no vendrías.
Era Lourdes, claro. Ella es así. Pescadera de las de toda la vida, de las que lo mismo te cantan la bajada de precio del rape que la entrada de sardina fresca.
A sus sesenta y muchos años sigue abriendo cada día su pescadería, o quizá no deba llamarla así…
Porque ¿cómo se le llama a una mesa varada en los propios muelles y repleta de género recién salido de las bodegas de los pesqueros?
En Lekeitio todo el mundo la llama simplemente «el puesto de Lourdes». Y no es el único. Están también el de Mila y el de Maite, pero esta última ya solo abre cuando el barco de su hijo descarga anchoa.
Miré el reloj.
—Es la hora de siempre —objeté.
—¿Ah, sí? Pues se me estará haciendo larga la mañana…
Toma. Te he preparado un par de verdeles —me dijo entregándome una bolsa de plástico—.
Tú los conocerás como caballa. Los puedes hacer al horno.
Con una buena fritada de ajos y vinagre te chupas los dedos.
Y añádele también una cayena, que al pescado hay que darle alegría.
Saqué la cartera para pagar, aunque sabía que era en vano.
—Ni se te ocurra. Le prometí a tu madre que iba a cuidarte y cada día te veo más flaco. ¿Ya comes algo?
Me hubiera reído de no haber tenido la cabeza en lo sucedido en las marismas del Lea.
—Siempre estás igual, Lourdes —protesté—. La báscula marca lo mismo que cuando llegué.
No mentía. No había perdido ni un solo kilo desde que me mudé al norte.
Medía algo más de metro setenta y tenía una complexión delgada.
Eso era todo. Quizá correr no fuera el ejercicio que más me convenía, pero mi cabeza lo necesitaba para seguir adelante.
Había intentado ganar algo de músculo con el gimnasio, pero me resultaba claustrofóbico y aburrido.
Si a eso se sumaba el pelo casi siempre revuelto, más por dejadez que por intención, era fácil entender que Lourdes me viera peor de lo que estaba.
—Pues pesará mal esa báscula. Te digo yo que estás más delgado. ¡Salta a la vista!
Sacudí la cabeza con un suspiro.
Mis primeros recuerdos de Lekeitio están vinculados a esa maravillosa mujer y a su tarta de fresas con nata, con la que nos daba la bienvenida cada año.
Mis padres le alquilaban dos habitaciones para todo el verano. Llegábamos en cuanto el colegio nos daba las vacaciones y nos quedábamos hasta septiembre. Las fiestas de San Antolín, con sus gansos y todo lo demás, nos decían que había llegado la hora de regresar a Madrid.
La pescadera vivía —y todavía lo hace— en pleno puerto. Un piso sencillo. Tres dormitorios, salón, cocina y dos baños. Nada más. Sin lujos ni estridencias.
Madre soltera en un mundo que todavía no entendía de esas libertades, la recuerdo siempre pegada a su puesto. Madrugando para ir a la lonja en busca del pescado del día.
Guardo buenos recuerdos de aquellos años.
La playa estaba a un paso del piso de Lourdes.
Y también los bares donde tomábamos el aperitivo antes de subir a la habitación.
Lo único que no me gustaba era que el puesto del pescado dormía cada noche en el portal.
Odiaba su olor. Pero incluso eso es pasado.
Hoy la pescadería ambulante se guarda en la cofradía de pescadores, y el bajo de su casa lo ocupa la tasca sin pretensiones de Alberto, el único hijo de quien fuera nuestra anfitriona tantos veranos.
Aquella rutina estival cambió el año que soplé diez velas.
Fue entonces cuando estrenamos la casa del camino del faro.
Todo un acontecimiento.
De pronto teníamos dos viviendas: la de Madrid y la de la costa. El orgullo con el que mi madre lo contaba a la salida del colegio me hizo comprender que se trataba de algo importante. Habíamos pasado a engrosar el exiguo club de familias que disponían de una segunda residencia.
A Lourdes aquello le partió el corazón.
Nuestras visitas anuales nos habían convertido en familia, en unos de esos primos lejanos emigrados a la ciudad que regresan al pueblo por vacaciones.
Temía no volver a vernos. Nosotros también la echábamos de menos.
Quizá por ello, y no porque realmente fuera necesario, mi madre le encargó que se pasara semanalmente a ventilarnos la nueva casa.
Fuimos muy felices aquellos veranos, pero con el paso del tiempo mi hermana y yo dejamos de acompañar a nuestros padres.
Las vacaciones de los cuatro pasaron a ser las de una pareja ya veterana que continuó refugiándose en Lekeitio de los calores de Madrid hasta que una neumonía se llevó a mi padre.
Y ahora ese pueblo marinero tan acostumbrado a nuestras ausencias se había convertido en mi hogar, ya no estival, sino de todo el año.
—Creo que me he dejado las llaves de casa —lamenté después de buscar hasta en el último bolsillo.
—Ay, esa cabeza tuya… Pídeselas a san Pedro —bromeó la pescadera señalando la hornacina desde donde la imagen del santo preside la vida portuaria.
—No creo que baje a abrirme la puerta… ¿No tendrás tu copia por ahí?
—Si me las devolviste la última vez que te las presté, aquí estarán.
—Lourdes no me miraba. Se había girado hacia un operario municipal que se afanaba en limpiar los adoquines cercanos a los puestos de pescado.
Agua a presión que los blanqueaba ligeramente antes de precipitarse muelle abajo, formando una cascada efímera—. ¿Eso es lejía?
El limpiador, un chico joven al que el uniforme, de un estridente color amarillo, quedaba varias tallas grande, titubeó unos instantes antes de responder.
—Es agua.
—Agua con lejía. ¿Crees que no sé reconocer el olor? —espetó la pescadera—. Venga, fuera de aquí con esa manguera. ¿No ves que cae al mar y estás contaminando el puerto? Dile a tu jefe que de limpiar todo esto nos ocupamos nosotras cada día, que no hace falta que aparezcáis por aquí.
El muchacho torció el gesto.
—A mí me han mandado que…
—¡No me repliques! Vas donde el concejal y le cuentas que Lourdes Gorrotxategi ha dicho que la lejía se la aplique en su casa, que de la nuestra ya nos ocupamos nosotras. ¿Verdad, Mila?
La vecina levantó la mirada del pescado que estaba despachando y asintió levemente.
El joven todavía tardó unos instantes en tirar la toalla, pero finalmente recogió sus trastos.
—Me tienen frita con el congreso ese que han montado —suspiró Lourdes cuando lo vio alejarse—.
Mira qué delantales y qué gorros más monos nos han traído esta mañana.
—Se volvió hacia el puesto vecino y llamó la atención de la pescadera—.
¡Mila! ¿Tú piensas ponerte este uniforme que nos han enviado los del ayuntamiento?
La otra se encogió de hombros y rezongó por lo bajo sin dejar de limpiar salmonetes. Tampoco parecía hacerle ninguna gracia, pero lo suyo era más callar que armar bulla.
—Lourdes… Mis llaves —recordé. Estaba deseando llegar a casa y que terminara aquel día horrible.
—Tienes razón. Perdona. Es que ya me dirás… —La pescadera abrió un cajón y comenzó a rebuscar en el interior—. ¿Ya te has enterado de que la hija de María Jesús se ha matado?
María Jesús… La hija de… La hermana del que se casó con la mayor de los del estanco… El chico de los que compraron la casa de la carnicera…
Esa era mi nueva realidad. Había dejado una ciudad donde más allá de nuestro portal todos éramos completos desconocidos para mudarme a un lugar donde todo estaba conectado.
En Lekeitio existía una línea de unión, fina, finísima a menudo, que ligaba a unos con otros.
Incluso cuando parecía imposible trazarla, Lourdes conseguía hacerlo.
—Lea —apunté cuando vi que la pescadera dirigía la mirada hacia la ferretería marinera que la madre de la víctima atendía un par de esquinas más allá. Su persiana estaba bajada.
—Pobrecilla —lamentó ella—. Se ve que se ha caído y se ha abierto la crisma. Era de las tuyas… También salía a correr bien temprano. Vaya manías tenéis… ¿No sería mejor que hicierais deporte cuando el sol está bien alto? Mira ella, la pobre. Se ha tropezado por andar haciendo el cabra a oscuras.
Tragué saliva. ¿Qué tenía que hacer ahora? Aclararle que en realidad se había tratado de un asesinato significaba abrir una verdadera caja de Pandora. Los vientos cargados con la noticia barrerían cada rincón de Lekeitio en cuestión de minutos.
No, era mejor esperar a que el forense hiciera su trabajo y fueran los diarios quienes comunicaran a todos la horrible noticia.
Porque si de algo estaba seguro era de que la autopsia no dejaría lugar a la más mínima duda. Lea Alzaga había sido asesinada. Y pronto todos en Lekeitio sabrían que entre nosotros se escondía alguien capaz de dar rienda suelta a los peores instintos del ser humano.