Bajamar Capítulo 3
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Capítulo 3

—Una presión aquí, en el pecho. Sobre todo por la noche. Me falta el aire, y si intento respirar hondo es cuando me sobreviene el pinchazo.

Mujer, cuarenta y ocho años. Era la undécima paciente de una larga lista.

El electrocardiograma no mostraba ningún tipo de anomalía. Tampoco la auscultación.

La mujer continuó detallando los síntomas de lo que parecía un evidente cuadro de ansiedad. El segundo que atendía esa jornada, y mis propias estadísticas decían que todavía llegarían más, una verdadera epidemia en los últimos tiempos.

—¿Trabajas? —pregunté comenzando a rellenar un formulario en el ordenador.

—Soy profesora de Educación Primaria en un centro público de Markina.

Odio los partes de baja, pero me enfrento a ellos varias veces al día.

Casillas y casillas que rellenar sobre temas puramente administrativos y sin interés médico alguno.

Me roban horas de consulta, de contacto con los pacientes y de poderles dedicar tanto tiempo como merecen.

Sin embargo, son una herramienta indispensable para un médico de familia.

—¿Podrás darme la baja? —preguntó la mujer con una mirada tan suplicante como huidiza. No la conocía, era la primera vez que acudía a mi consulta, pero su historial hablaba de una larga sucesión de episodios de ansiedad.

—La estoy preparando. Te veré de nuevo en dos semanas y valoraremos.

Voy a recetarte un ansiolítico suave, pero tómalo únicamente en caso de necesidad.

Prefiero que te enfrentes a ello con ejercicios de meditación y algo de deporte.

No te encierres en casa. Sal a la calle, camina mucho, corre, anda en bici…

Tu cuerpo puede convertirse en el mejor aliado para ayudar a tu cerebro.

—Lo haré —aseguró la paciente poniéndose en pie—. Gracias.

Terminé el parte de incapacidad temporal antes de salir al pasillo.

—¿Jesús Mari Goienetxe? —llamé buscando al anciano con la mirada.

Es uno de los habituales.

Acude semanalmente a que le ajuste la dosis de anticoagulante.

Un tipo parco en palabras, al que es habitual encontrar junto a su caña de pescar en el paseo de la Tala esperando a que alguna lubina se anime a alegrarle la tarde.

Ni siquiera allí consigo arañarle más conversación que cuando acude a consulta.

Y si deja escapar alguna palabra de más, es para lamentarse de que ya no quedan peces, que las horas se van sin que ninguno pique el anzuelo…

Eso sí, el cubo de las capturas siempre a buen recaudo, no sea que alguna mirada indiscreta descubra que su fortuna es mejor de lo que él admite.

—¿Jesús Mari? —insistí asomándome a los bancos del otro lado del pasillo.

Nada.

El único tipo que aguardaba su turno negó con la cabeza y señaló la puerta de la sala de curas.

No era paciente mío.

Me dirigí al mostrador de recepción.

—Tienes cara de necesitar un café. —Era Nerea, la administrativa del ambulatorio. Estaba de pie junto a la cafetera, esperando a que su taza se llenara.

—Con uno no creo que sea suficiente.

Mi compañera me dedicó una mirada cargada de preocupación.

—No deberías haber venido. ¿Qué menos que permitirte a ti mismo el día libre después del susto que te has llevado? Estás tocado, se te ve a la legua.

Apreté los labios. No necesitaba cerrar los ojos para ver con claridad a Lea.

Su chubasquero rojo entre el ocre apagado de los carrizos, su boca entreabierta, el tacto, todavía cálido, de su piel cuando le busqué el pulso desesperadamente…

Pero si había algo que se me había grabado a fuego era esa mirada, carente ya de vida, clavada en mí mientras le realizaba un masaje cardiaco desesperado.

Igual que la de Mónica en aquella maldita carretera que me la arrebató para siempre. Todavía no había pasado un año de la muerte de mi novia, de las maniobras de reanimación que tampoco sirvieron de nada. Y ahora la muerte volvía a sacudir mi vida.

—¿Pero estás seguro de que la han matado? —me preguntó Nerea entregándome la taza—. ¿No se habrá caído? Es muy fuerte, eh. Aquí no pasan esas cosas.

—La he examinado, Nerea. Sé diferenciar un golpe accidental de una agresión. Nadie se rompe el cráneo por un tropezón.

—Madre mía… Oye, ¿no será que tú, al venir de Madrid, ves cosas que no son?

—¿Qué piensas que es Madrid? En todos mis años de médico mi primer homicidio lo he visto aquí.

—¿Qué tramáis? —se oyó una voz a nuestra espalda.

Era Mikel, uno de los enfermeros del ambulatorio. O quizá deba decir «el» enfermero. El único hombre en un oficio que, al menos por allí, seguía teniendo nombre de mujer.

—Jon, que dice que lo de Lea Alzaga ha sido un asesinato.

Mikel negó con la cabeza mientras introducía una cápsula en la cafetera.

—No sabes lo que has hecho, insensato. Darle gasolina a Nerea… Ahora tendremos teorías de la conspiración para un mes.

—¡Será víbora el tío! —se rio la aludida propinándole un empujón.

—Oye… Un respeto a la ancianidad —protestó él.

Mikel siempre bromeaba a cuenta de su edad.

Solo tenía cincuenta y cinco años, pero le gustaba explotar el hecho de ser el más veterano del ambulatorio.

Una condición que había convertido en escudo y en personaje.

Y eso a pesar de que no lucía una sola cana, ni la más mínima muestra de alopecia.

De no ser por esas gafas de presbicia que se dejaba caer hasta la punta de la nariz antes de mirarte, nadie le hubiera concedido su título de anciano oficial.

Nerea, en cambio, trataba de restarse años a fuerza de maquillaje y ropa juvenil. Pero sus cuarenta y ocho estaban ahí. En las marcas de expresión, en las raíces que a veces asomaban en su cabello y en ese cansancio que algunas mañanas se le instalaba bajo los ojos.

El enfermero se llevó el café a los labios y me observó con gravedad.

—Esperemos que te equivoques, Jon. En Lekeitio no necesitamos asesinos sueltos.

—¿Cuál es tu teoría? —me planteó Nerea—. Yo apostaría por un violador oportunista. Una mujer sola, en un entorno apartado…

El enfermero exageró teatralmente un suspiro.

—¿Ves? Lo que te decía. No se le pueden contar estas cosas, que es muy peliculera.

Nuestra compañera no tuvo tiempo de responder antes de que la puerta del ambulatorio se abriera.

—Disculpen… ¿Para entregar una muestra de orina?

—No. Lo siento. El laboratorio ya se las ha llevado —indicó Nerea.

—No puede ser. Nadie me dijo nada de horarios…

Era una de mis pacientes. No recordaba su nombre, pero estaba seguro de habérselo recalcado. Antes de las nueve. Después ya no se recoge muestra alguna… También la recordaba más pendiente de su móvil que de mis palabras.

Suspiré y aparté la mirada. No ganaba nada señalándoselo.

—¿Y ahora qué hago con esto? —continuó la mujer.

Vi encogerse de hombros a Nerea.

—¿Tú cómo estás? —me preguntó Mikel en voz baja.

—No soy yo a quien han matado de un garrotazo…

—Ya, ya… Pero ahora me preocupo de los vivos. ¿Estás bien? No es agradable salir a hacer deporte y darse de bruces con una situación así. ¿La conocías?

—Solo de vista —expliqué, sin añadir que me hubiera gustado conocerla mucho más.

—¿Y crees realmente que la han matado? ¿De qué trabajaba esa chica? ¿No es la de los vídeos?

—Sí. También se dedicaba a guiar excursionistas por la zona. Observación de fauna silvestre y eso. Lo de los vídeos no creo que le diera dinero —apunté.

—Eso de ser influencer tiene sus peligros —intervino Nerea regresando a la conversación.

No sé cómo terminó la discusión a cuenta de la muestra de orina, pero la paciente acababa de marcharse abandonando su frasco sobre el mostrador—.

Una profesión de alto riesgo. Os lo digo yo.

¿No habéis visto que cada dos por tres asesinan a alguna reina de las redes? La semana pasada, en México…

—Nerea, que Lea era influencer, no activista. Publicaba vídeos sobre la naturaleza en nuestra comarca. Pájaros alimentando a sus polluelos y jabalíes rebuscando en la basura… —la interrumpí.

—Que no te engañe. Eso es lo que quería mostrar.

Una máscara para conseguir likes y seguidores.

Lo que nos enseñan en las redes es mentira.

A ver cuánto le importaban esos polluelos cuando se apagaba la cámara.

—Nerea sacudió la cabeza para reforzar su mensaje—.

Yo ya no me creo nada. Son vidas de cartón piedra.

—Sigue sin ser un motivo para que alguien quiera hacerle daño —apuntó Mikel.

—Pues alguien se la ha cargado —zanjó Nerea mientras se soltaba la coleta y se la recogía de nuevo en lo alto de la cabeza.

La puerta volvió a abrirse.

Se trataba de mi paciente, el del tratamiento anticoagulante. Llegaba diez minutos tarde. Ahora se me solaparía con el siguiente y me haría atender a los demás con retraso durante el resto de la mañana.

—Al menos te ha regalado un descanso para conspirar con Nerea —me animó Mikel—. Yo os dejo tranquilos. Tengo que salir a hacer algunas curas a domicilio.

Apuré el café y eché un vistazo al reloj. Todavía quedaban varias horas por delante. La mañana amenazaba con hacerse tan larga como un año entero sin vacaciones.