Bajamar Capítulo 2
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Capítulo 2

—Será solo un momento. Podrás marcharte enseguida, una vez te hayan tomado declaración.

Agachada a mi lado, la inspectora de la policía local trataba de reconfortarme. Itziar Mendibe todavía no vestía su uniforme. Mi llamada la había sacado de la cama una hora antes de arrancar su turno. La ambulancia llegó con ella, pero era demasiado tarde.

Asentí con un gesto, incapaz aún de apartar la mirada de ese cuerpo que yacía a la orilla del río.

Me sentía roto, profundamente desubicado. No entendía quién podría ser capaz de algo así. La habían abordado en un lugar cobarde, entre las nieblas del alba y el silencio del bosque.

Un agente de la Ertzaintza, la policía autonómica, se dirigió a mí y me pidió que me identificara.

—Juan Aguirre —leyó cuando le mostré en el móvil una foto de mi carnet de identidad. No salgo a correr con la cartera. El teléfono acostumbro a llevarlo encima para escuchar música.

—Jon, por favor —le corregí. Me gusta mi nombre en euskera. La primera en llamarme así fue una paciente. Lo hizo cuando me mudé a Lekeitio hace ahora seis meses. Desde entonces nadie ha vuelto a llamarme Juan.

—¿Reside usted en Lekeitio?

—Sí. Trabajo en el centro de salud. Soy médico de familia.

—Y es de Madrid —dijo el policía devolviéndome el móvil.

—Así es.

—¿Conocía a la víctima?

—Sí… Bueno…, no. —No sabía cómo salir del lío verbal en el que me había metido.

¿Qué podría decirle? ¿Que sabía perfectamente que se llamaba Lea Alzaga, tenía treinta y cuatro años, un canal de YouTube sobre naturaleza en la costa cantábrica, algunos miles de seguidores y hasta un historial médico envidiable de no ser por una apendicectomía y una fractura de húmero?

¿Que corría cada día al alba y desayunaba en uno de los pocos bares del puerto que abrían temprano?

¿O quizá que, a pesar de saber todo eso sobre ella, jamás había cruzado con Lea más que un saludo de cuatro letras?

—¿La conocía o no?

—Solo de vista —me apresuré a aclarar. Mejor obviar todo lo demás si no quería que me tomaran por un peligroso acosador—. Me cruzo a menudo con ella cuando salgo a correr.

Mientras el agente hablaba conmigo, su compañero de patrulla inspeccionaba la zona y tomaba algunas fotografías del sendero y sus alrededores.

—Solo de vista —repitió el ertzaina con una mirada inquisitiva. Comprendí que no era una afirmación, sino una pregunta.

—Así es. Un gesto, un saludo y poco más.

—Claro, poco más —el agente repitió mis palabras por segunda vez como un eco molesto. Su tono comenzaba a incomodarme y a ponerme nervioso—. ¿Viene mucho por esta zona?

—A diario —respondí sin entrar en detalle sobre el motivo que me sacaba de la cama y conducía mis pasos hasta ese lugar.

—¿A diario? ¿Y siempre realiza el mismo recorrido?

—A veces llego hasta la ferrería, otras doy la vuelta un poco antes… Pero sí, vaya, la misma ruta.

La inspectora Mendibe, que asistía a la toma de declaración desde una prudente distancia, intervino para señalar que me refería a la ferrería de Bengolea, situada a unos cuantos kilómetros de Lekeitio.

—¿Podría decirme a qué hora ha salido de casa? —continuó el ertzaina después de tomar algunas notas en un simple folio doblado en cuatro.

Respondí que alrededor de las siete y cuarto de la mañana.

—¿Y ha encontrado a la víctima a las…?

—Debían de ser las ocho menos veinte… Un momento… —Consulté las llamadas en mi teléfono móvil. Había marcado el número de la inspectora a las siete y cuarenta y seis minutos—. Sí, la habré hallado entre menos veinte y menos cuarto.

El agente se mesó la barba antes de girarse hacia el cadáver de Lea, oculto ya bajo una manta térmica de color dorado.

—¿Es consciente de que al manipular el cuerpo ha comprometido nuestro trabajo?

Parpadeé incrédulo.

—Soy médico. Es mi obligación. ¿O acaso tendría que haberla dejado ahí tirada sin más? —pregunté sin ocultar mi irritación—. He intentado reanimarla, pero…

—Intentó reanimarla. Entiendo —apuntó secamente el policía. Sus dedos seguían peinando una barba poblada, de tonos rojizos, que contrastaba con una calva generosa.

Observé que su compañero no se apartaba más de un par de metros del cuerpo sin vida de Lea. Nada de adentrarse entre los arbustos que rodeaban la escena ni de perderse entre los carrizos. Nada de carreras apresuradas.

—¿No piensan buscar al asesino?

—¿Perdón? —Por primera vez el ertzaina no replicó mis palabras y me lanzó una mirada desafiante.

—Si en lugar de perder el tiempo conmigo, lo estuvieran buscando, es probable que lo hubieran encontrado. ¿Y si está todavía oculto por la zona?

—¿Por qué iba a buscar a un asesino? —continuó el policía—. ¿Qué es lo que no me ha contado?

No había visto ni oído nada extraño. Le indiqué, sin embargo, que el golpe que había provocado la muerte de Lea no ofrecía lugar a dudas. Alguien la había abordado por detrás y le había descargado un golpe en la nuca con algún objeto contundente.

—Vaya, no me había dicho que fuera usted forense…

—Y no lo soy. Soy médico de familia.

—¿Qué le parece, entonces, si esperamos a que un profesional dictamine lo que ha sucedido aquí?

Resoplé. Aquel tipo me estaba sacando de quicio. Lea había muerto a manos de algún desalmado y a él solo le preocupaba dejar claro quién ostentaba el poder en aquella situación.

—Un momento… —dije reparando en algo—. ¿Y Sua? ¿Alguno lo ha visto por aquí? A Lea siempre la acompaña un border collie negro con el pecho blanco. Muy activo. Se adelantaba a ella para saludarme, me seguía unos metros y después volvía junto a su dueña. Quizá él sí esté persiguiendo al asesino…

—Fantástico. Ahora también un perro policía… —masculló el ertzaina—. ¿Y usted por qué sabe el nombre del perro de una mujer a la que apenas conocía de vista?

—De sus vídeos. Lea aparece siempre con él.

El policía me observó con gesto de incredulidad.

—Lea Alzaga es algo así como una influencer local —le aclaró la inspectora Mendibe, acercándose a nosotros.

Un nuevo parpadeo del policía, una mirada suspicaz. Unas notas en el papel.

—Parece que para no conocerla tenía mucho interés en esta chica. La seguía en sus redes, corría por el mismo lugar que ella…

Yo apenas lo escuchaba. Seguía pensando en Sua.

—Oiga, no sé mucho de perros, pero tengo entendido que en una situación como esta no se hubiera separado de su dueña salvo que… —Señalé con inquietud los arbustos y carrizos que nos rodeaban—. Deberían echar un vistazo.

Aquel tipo me observó con gesto airado.

—Basta, doctor sabelotodo. Ya está bien de decirnos a los demás lo que tenemos que buscar. No soy uno de sus pacientes y el que está al mando aquí soy yo, ¿entendido?

La policía local se acercó y me apoyó las manos en los hombros.

—Jon, déjalos trabajar. Saben lo que hacen —me dijo bajando la voz.

Asentí lentamente, reconfortado en parte por el tacto cálido de las manos de Itziar.

—¿Más tranquilo? —preguntó el ertzaina guardándose las notas en el bolsillo—. Pues es todo. Puede retirarse, Juan —enfatizó cuanto pudo la jota de mi nombre en castellano—. Anóteme aquí su teléfono. Y no se marche muy lejos.