Bajamar
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Capítulo 1
Aquella mañana no llovía. Solo hacía frío.
Un frío gélido que calaba hasta los huesos.
Se asomaba por cada resquicio de mi ropa técnica para recordarme que no corría por la Costa del Sol ni las playas de Tenerife.
Porque de todos los lugares posibles había escogido el norte.
No se me había ocurrido otro rincón donde volver a comenzar que un pueblo vasco varado a la orilla de una ría donde el cielo llora un día sí y otro también.
Pero aquella mañana no llovía y era la bruma que flotaba sobre las marismas la que se colaba en mis pulmones con cada zancada. Partículas de agua que envolvían mi carrera y me contagiaban la paz que había llegado buscando.
Era mi momento, mi ritual, mi manera de arrancar cada jornada.
El ser humano aprendió a correr para cazar.
Y para huir.
Yo también huía. Lo hacía aquella mañana de febrero y todavía lo hago.
Si algo me han enseñado los meses que llevo en Lekeitio es que, por muy lejos que escapes, por mucho que te esfuerces por que tus pasos sean cada día más rápidos, el pasado es una sombra decidida a no dejarte marchar.
A veces te permite llevar ventaja, pero nunca dejará de perseguirte.
Los diques del viejo molino de marea quedaron atrás y con ellos se esfumaron las últimas notas de salitre que empalagaban el ambiente.
El abrazo de las aguas dulces y saladas todavía se alargaría unos metros, entre carrizos y árboles más propios de la franja costera que de los bosques del interior de Bizkaia.
Aquella senda era mi gran descubrimiento. Cuando de niño veraneaba en Lekeitio mis paseos se limitaban a ir del apartamento hasta la playa y de esta a las tabernas del puerto. Unas rabas, un mosto, y vuelta a casa. El río era un mero paso obligado para llegar de un lugar a otro.
Nada más.
Ahora, en cambio, el Lea, ese cauce del que un año antes apenas recordaba el nombre, se había convertido en mi válvula de escape.
Sentí un cosquilleo en el estómago. Estaba llegando a la zona donde la marisma se estrechaba antes de hacerse río definitivamente en el barrio del antiguo hospital.
Pronto saldrían a mi encuentro, tendidas entre la senda y el agua, las barcas que duermen todo el año a la espera de la fiesta de San Antolín.
Pero el motivo de que mi corazón se acelerara no eran ellas.
Tampoco de las zancadas que inconscientemente había comenzado a alargar.
Mi cuerpo buscaba anticipar el momento luminoso que daba sentido a mis mañanas e imprimía un ritmo feliz a mi trote.
Sabía que tras algún recodo del camino la vería.
Ella tampoco fallaba a su cita.
Cada día, antes de la salida del sol, en esa hora fría vestida del gris pálido del amanecer, nuestras carreras se cruzaban.
Lea era más madrugadora. Cuando yo todavía iba, ella ya regresaba.
Sé que llegaba hasta el salto de agua de la ferrería de Bengolea, porque cuando mis pasos me llevaban a dar la vuelta frente a la cascada su aroma todavía flotaba en el ambiente.
Notas cítricas, frescas como el ambiente invernal que nos envolvía, y reconfortantes como primavera adelantada al mismo tiempo.
—Habrá salido más tarde —me dije a mí mismo al ver que no aparecía.
Algunos días eran así. Nuestro encuentro no se producía antes de las barcas dormidas, sino más allá.
Mis nervios brincaban al compás de mis pisadas, más veloces cada vez.
Corría con el firme propósito de que el encuentro de hoy no fuese uno más.
Si todo iba bien, nuestra conversación no se quedaría en un mero saludo, ese «aupa» que se emplea por aquí cuando te cruzas con alguien con quien no tienes más palabras que compartir.
Me había costado horas de insomnio, días de lucha contra mis inseguridades, pero estaba decidido a hacerlo. Las miradas cruzadas durante los últimos días me decían que ella también sentía curiosidad por mí.
Al menos curiosidad.
Quería invitarla a un café…
Llevaba semanas escogiendo las palabras para acercarme a ella, el momento adecuado para hacerlo. Me horrorizaba la posibilidad de incomodarla. Solos en medio de una marisma. Al alba. Lo que yo encontraba romántico es probable que a ella le pareciera amenazador.
Quería mostrarme amable y cercano, pero respetando su espacio. En caso de duda, lo dejaría estar. Un día más.
Pero pasaban los minutos y seguía sin haber rastro de ella.
Empezaba a temer que esa mañana en la que por fin había decidido dar el paso fuera uno de los escasos días en los que no salía a correr.
—Lea —la llamé en voz baja.
Sonaba tan bien, tan bonito…
La chica con nombre de río y ojos de miel.
Algunas ventanas iluminadas en el palacio de Zubieta me hicieron suspirar.
Mi timidez no deseaba público para nuestro encuentro.
Pero ni siquiera eso iba a frenarme.
Me lo estaba repitiendo a mí mismo cuando el corazón se me aceleró.
Sí, ahí estaba. Era Lea. Fiel a nuestra cita al alba.
Las palabras que traía ensayadas y que temía no ser capaz de pronunciar sin trabarme, se me atragantaron.
Porque se trataba de ella, sin ninguna duda.
Conocía bien ese chubasquero rojo que se dibujaba entre los carrizales.
Estaba agachada. No era la primera vez que la veía atándose los cordones. Esa asignatura de la infancia no la había aprobado con nota.
Tragué saliva a duras penas.
Era mi oportunidad.
—Hola, Lea —dije mientras me obligaba a detenerme en lugar de seguir adelante y dejarlo para otro día, como tantas otras mañanas.
Algo en su postura me hizo fruncir el ceño.
—¿Lea?
La expresión de su rostro me confirmó que algo no iba bien.
Esos ojos que tantas veces había visto en sus vídeos.
Esos labios entreabiertos en un grito mudo…
—¡Lea! —llamé dejándome caer de rodillas—. No, Lea… No. ¡Tú no!
Sentí que todo se hacía añicos. Había vuelto a suceder.