Capítulo 25
Mi segunda noche en la mansión de Alban ha sido un poco más agitada que la anterior.
A pesar de la ausencia de Rimbaud, no me costó conciliar el sueño.
Sin embargo, una terrible pesadilla perturbó mi descanso.
Los Cráneos Partidos me capturaban. Me llevaban a su sala de reuniones bajo el acantilado para jugar al Monopoly con ellos.
Por supuesto, no paraba de perder. Como usábamos dinero real, acabé arruinada, más pobre que las ratas, y obligada a vender Les Ibis al agente inmobiliario de cartón.
Son solo divagaciones de mi mente. Mi madre, psicóloga de profesión, las consideraría válvulas de escape que me permiten liberar el estrés del día.
No debería darles demasiada importancia.
Sea como sea, me dejan una sensación de malestar que ni la luz del sol que se filtra por la ventana consigue disipar.
Cuando salgo de mi habitación, ya son las once y me rugen las tripas.
La mansión está extrañamente silenciosa.
Ni ladridos ni gritos de niños. Aunque, pensándolo bien, ni Rimbaud ni Corentin son particularmente ruidosos.
Me dirijo a la cocina, donde encuentro a Alban ocupado preparando la comida.
¿Estoy decepcionada de que no me haya traído el desayuno a la cama? Un poco, la verdad.
—¿Has dormido bien, señorita Dormilona? —pregunta, inclinado sobre los fogones—. Vine a verte antes con una bandeja. No me atreví a despertarte.
—Deberías haberlo hecho. No me gusta quedarme en la cama hasta tan tarde.
—Pensé que la paliza de ayer te habría dejado dolorida. Necesitabas descansar para recuperarte.
—¿Dolorida? Qué va —presumo.
Al sentarme, el dolor estalla en cada músculo y me arrepiento al instante de lo que acabo de decir. Sin dejar de remover una extraña masa con su cuchara de madera, Alban me mira de reojo. Una sonrisa irónica se dibuja en su apuesto rostro.
—¿Qué? —espeto, molesta.
—Me ha parecido oír unos crujidos... ¡de articulaciones!
—Habrás estado soñando.
—Entonces, ¿lista para otra vuelta en bici? —murmura, burlón.
—Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Esta vez paso.
Suelta una carcajada.
—¿Qué estás preparando? —pregunto, llevando la conversación a terreno más seguro.
— Kouign patatez .
Retira la olla del fuego y vierte el contenido en un molde, que luego mete en el horno. Mientras tanto, me explica que está preparando un pastel de puré de patatas que comeremos con salchichas.
—Tiene buena pinta.
—¡Y lo está! ¿Quieres algo? ¿Crepes, chocolate caliente? —pregunta, volviendo a ponerse serio.
—Con un café y un vaso de agua me conformo.
—¡Muy sensata! Pronto nos sentaremos a comer. Corentin y Rimbaud han salido a dar un paseo por el parque. No tardarán. Antes de que vuelvan, me gustaría que habláramos un momento.
—Te escucho —suspiro mientras acepto la taza y el vaso que me tiende—. ¿Quieres hablar del libro que te quedaste anoche?
—No. Está en mi habitación y ahí se va a quedar. De todos modos, el resto de la historia no tiene mucho interés.
—¡Cuánta autoridad! Se nota que eres maestro de vocación.
—¡De primaria! —corrige con una ligera mueca—. He llamado a Maëlys esta mañana. Ha aceptado vernos esta tarde. Sería mejor que me dejaras llevar la conversación a mí.
—Ningún problema, señor maestro de primaria. Hazlo a tu manera. Al fin y al cabo, conoces a Maëlys mejor que yo. ¿Crees que se abrirá?
—Ya veremos.
— ¡Ya veremos! —lo imito con una pobre imitación de su voz grave—.
Esa no es una respuesta, querido Alban. Tendrás que ser un poco más metódico y organizado.
Si Maëlys es realmente miembro de los Cráneos Partidos, se negará a hablar.
Las sociedades secretas tienen muchos secretos que proteger. Podríamos toparnos con un muro.
—Confía en mí, Jade. Lo tengo todo pensado. Mi plan funcionará. Solo te pido que no interfieras en mis negociaciones.
—También puedo volverme a la cama —replico con sorna.
—Ni hablar. Necesito que vengas conmigo. ¿Trato hecho?
Asiento con un suspiro de exasperación. Alban permanece tenso hasta la hora de nuestra cita, tanto que no se entromete en mi conversación con Corentin, que está muy decepcionado por no haber podido leer el resto de Donde todo termina .
Como estoy en las mismas, nos quedamos haciendo conjeturas sobre el final.
El tiempo sigue aguantando. El sol reina en un cielo sereno.
Pero en lugar de volver a coger las bicis, tomamos el coche de Alban.
Corentin refunfuña un poco cuando lo dejamos en casa de sus abuelos, pero su tío no cede.
Ante sus repetidas súplicas, acepto dejarle cuidar de Rimbaud.
Promete traérmelo mañana por la tarde a Les Ibis, ya que tengo que volver allí para supervisar los trabajos de pintura.
Maëlys vive en el barrio del puerto, que, según Alban, es la parte más antigua del pueblo. Como todas las casas de su calle, la suya tiene una fachada con entramado de madera, muy alta y muy estrecha. Aparcamos enfrente. Alban apenas ha tocado el timbre cuando la puerta se abre de golpe.
—Pasad, os estaba esperando —nos dice la peluquera.
Hoy no viste nada extravagante. Lleva unos simples vaqueros y una camiseta blanca. Sigue con el pelo teñido de rosa, pero el piercing y el pintalabios azul han desaparecido. Tampoco se ha pintado la raya negra en los ojos azules, lo que le da un aspecto cansado.
Había imaginado que su interior sería tan extravagante como su salón. Me equivocaba. La seguimos hasta un comedor amueblado de la manera más convencional posible.
—¡Bienveeeenido a booooordo, marineeeero!
Aunque estoy acostumbrada a los graznidos roncos de la cacatúa, aún me sobresalto al oírlo.
Miro hacia él. Emocionado por nuestra presencia, el pájaro de plumas blancas con cresta amarilla se lanza a hacer piruetas alrededor de su percha de varios niveles.
Al final, Rimbaud hizo bien en no venir conmigo.
Dudo que un teckel y semejante pájaro se llevaran bien.
—Ya conocéis a Scuby —nos dice Maëlys—. No hace falta presentarlo.
—Parece en plena forma —responde Alban—. ¿Podríamos hablar donde no lleguen sus oídos indiscretos?
—Scuuu-bi-duuu-bi-duuu… Nada indiscreeeeto —grazna el pájaro.
—Vamos a la cocina. Allí no nos oirá —sugiere su dueña, y se dirige al loro—: Pórtate bien, Scuby. Vuelvo enseguida.
La seguimos a la habitación contigua. Mientras prepara té y corta rebanadas de pastel bretón quatre-quarts, yo hiervo en silencio.
¿A qué espera Alban para empezar la conversación?
Sentado a mi izquierda, mira fijamente el mantel a cuadros rojos y blancos.
Maëlys, por su parte, permanece callada.
Prometí no dirigir la discusión, pero… ¡al diablo con eso!
—Nos gustaría hablar contigo sobre los Cráneos Partidos —empiezo, pero un codazo en las costillas me corta en seco. ¡Ay!
—Jade tiene agujetas desde nuestro paseo en bicicleta de ayer, ¿verdad? —suelta Alban, y me lanza una mirada de advertencia.
—No es eso lo que me hace perder la voz —refunfuño.
—¡Qué lástima!
—Hacéis muy buena pareja —se ríe Maëlys.
—¿Eso nos convertiría en buenos reclutas para los Cráneos Partidos?
La pregunta de Alban borra de golpe la sonrisa divertida del pálido rostro de nuestra anfitriona. Deja las tazas de té y los platos de pastel y se desploma en una silla frente a nosotros.
—Yo… no sé de qué estáis hablando —tartamudea, visiblemente angustiada.
—Sabemos que formas parte de la Sociedad de los Cráneos Partidos. Os reunís bajo el acantilado. Mi abuelo y la tía abuela de Jade estaban entre vosotros. Así que Jade y yo tenemos nuestro lugar entre vosotros, ¿no es así?
¿Se ha vuelto loco? No tengo la menor intención de unirme a esta hermandad de chiflados.
—¿Quién… quién os habló de los Cráneos Partidos? —tartamudea Maëlys con voz temblorosa.
—Mi mansión tiene un pasadizo secreto que conduce directamente a la cueva donde celebráis vuestras reuniones.
La de Jade también. Estoy convencido de que si registrara tu casa, encontraría una puerta que conduce allí.
Quizás haya un halcón grabado en la cerradura.
O tal vez una serpiente, un carnero o un escarabajo… ¿Necesito dar más detalles?
—No estamos haciendo nada malo —se defiende, recuperándose de la conmoción—. Tienes que creerme, Alban.
—No me creo ni una palabra.
—Te lo juro, trabajamos por el bien de todos. Gracias a nosotros, la existencia del pueblo ha permanecido oculta durante tanto tiempo. Tu mansión, tu riqueza, tu pequeña paz… nada de eso sería posible sin nuestra hermandad.
—¡No me hagas reír! —se burla Alban, un poco pálido—. ¿Crees que voy a darte las gracias por matar a mi abuelo? ¿Quizás incluso a mis padres, y también a los de mi sobrino?
—Y por hacer que mi tía abuela huyera al otro lado del mundo —añado.
Por suerte, aparto la silla justo a tiempo para evitar otro codazo fuera de lugar. Para mi sorpresa, Maëlys baja los ojos, avergonzada, y clava la mirada en su taza. ¿Acaba Alban de descubrir la verdad?
Se instala un silencio incómodo, roto solo por el parloteo de Scuby desde la habitación contigua. Maëlys intenta llenarlo bebiendo su té y comiendo pastel. Ni Alban ni yo la imitamos. Yo prefiero no tocar mi merienda. A saber si está envenenada.
—Estáis hablando de una época pasada —se lamenta Maëlys cuando su plato queda vacío—. En los últimos diez años, casi todos nuestros miembros se han renovado. Con la vieja guardia, los métodos brutales también desaparecieron.
—No, Maëlys, no desaparecieron —gruñe Alban con una mueca amarga—. Hace dos días, Jade estuvo a punto de morir aplastada cuando uno de los vuestros empujó una roca desde lo alto del acantilado.
Nunca lo había visto tan enfadado. Una rabia vengativa parece haberse apoderado de él. Con el rostro pálido y los puños apretados, parece a punto de abalanzarse sobre ella.
—También estaba esa carta anónima de la que te hablé el jueves —insisto—. Tu loro la repitió palabra por palabra.
—Yo no tuve nada que ver con eso —protesta Maëlys mientras sacude la cabeza con desesperación—. Nunca he hecho daño a nadie.
—¡Pero tus hermanos y hermanas sí! Y lo sabes de sobra —truena Alban.
—No es cierto, ellos… nosotros somos inocentes. ¿Qué pensáis hacer? ¿Denunciarnos a la policía? Sería una mala idea.
—No tengo intención de hacerlo. Guardaremos el secreto.
A cambio, exijo que tus amigos dejen de atacar a Jade —declara con firmeza—.
He informado a mi notario de la situación.
Lo sabe todo sobre vosotros. Es de fiar.
Pero su silencio tiene límites. Si algo le sucede a Jade o a mí, no tendrá ningún reparo en exponer vuestra existencia al mundo entero.
Y de paso, se asegurará de denunciar vuestras viles fechorías.
¡Bien dicho! A juzgar por cómo Maëlys asiente mientras se hunde en su silla, Alban ha sido contundente.