Capítulo 18
Mansión de Alban, encaramada en el acantilado, Foisic
Todavía me cuesta creerlo: estuve a punto de morir, aplastada bajo una roca, chafada como una crêpe. ¿Estoy a salvo aquí?
Una cosa es segura: la lista de personas que me la tienen jurada ha crecido. Angadrem me la tiene jurada.
Anoche no me quedé al postre. La marquesa de chocolate no me tentó. Las miradas asesinas que me lanzaba Angadrem me quitaron las ganas. Fingí un cansancio repentino y subí a mi habitación con Rimbaud y su hueso de mentira. El sueño no tardó en vencerme. Dormí como un tronco.
En esta mañana de finales de julio, me despierto empapada en sudor, con la certeza de que algo terrible se está fraguando en las sombras. Alguien intenta matarme. Esa roca que cayó desde lo alto del acantilado no fue producto de mi imaginación. Ni este chichón en la cabeza.
Los rayos del sol que entran por el gran ventanal emplomado prometen un día espléndido.
Sin embargo, me siento inquieta. A la luz de los últimos acontecimientos, presiento sombrías repercusiones.
Porque no puedo evitar pensar que Alban me oculta oscuros secretos.
Tendrá que explicarme por qué mi llave con cabeza de león abre todas las puertas de su casa.
Y además, ¿qué significa ese «me gusta» que le dijo a Angadrem refiriéndose a mí? Él no sabía que yo estaba escuchando. Es un completo sinsentido, vamos. A veces, las sutilezas del francés se me escapan.
Llaman a mi puerta. Rimbaud salta de su cesta y ladra.
—Soy yo, Jade. ¿Puedo entrar? —llama Alban desde el pasillo.
Me incorporo rápidamente e intento alisarme el pelo. Como esperaba, el aire del mar no le ha sentado bien: está completamente encrespado.
—Sí, adelante. Estoy despierta.
Con una bandeja en la mano, Alban entra en la habitación. Mi perro lo recibe como a un rey, brincando a su alrededor con la lengua fuera. No estoy de acuerdo con Angadrem: mi basset, como ella lo llama, no babea, se refresca.
—Tranquilo, Rimbaud. Deja de saltar, que vas a tirar a nuestro amable anfitrión —lo regaño.
—Es poco probable —se ríe Alban—. ¡Desayuno para la señorita!
—¡Oh! Qué amable, pero no tenías que...
—¡Chitón! Nada de protestar, solo come.
En la bandeja que coloca a los pies de mi cama hay una taza humeante de chocolate, crêpes, mermelada de frutos rojos y un vaso de zumo de naranja recién exprimido. Un agradable aroma a azahar inunda la habitación. Todo tiene una pinta increíblemente apetitosa.
—Bueno... ¡En fin! Te dejo con tu desayuno —añade Alban con las manos a la espalda—. Puedes quedarte en la cama todo el día si quieres. No te molestaré. Si necesitas un médico, dímelo, no saldré de casa...
Se balancea de un pie a otro y me dedica una sonrisa incómoda.
—Estoy bien. No estoy enferma —protesto enseguida—. No pienso quedarme en la cama.
—Anoche parecías cansada. Si estás... indispuesta.
Se detiene. Con la cara colorada, finge interesarse por la mesita de noche.
—¿Indispuesta?
—Sí... Una cosa... que os pasa cada mes... a vosotras las mujeres... —tartamudea.
Respira hondo y continúa:
—Angadrem dijo...
—Sí, te escucho —suspiro, mientras su silencio se prolonga—. ¿Qué dijo?
—Dijo que no debía acercarme a ti... en todo el fin de semana... porque podrías estar un poco... susceptible.
¡Maldita sea esa chica!
—Pero si no tengo la regla —protesto, indignada—. Soy muy accesible y estoy operativa al ciento cincuenta por ciento.
Nada más pronunciar estas palabras de doble sentido, me arrepiento. Como era de esperar, Alban ha captado la alusión sugerente, porque se pone rojo como un tomate.
—En realidad, lo que quería decir era... que me encuentro genial ahora mismo...
Mientras tose y casi se atraganta, guardo silencio.
—Vale. Olvida lo que has oído —corrijo, sin saber cómo explicarme—. Me daré prisa en comer y vestirme.
—Tómate tu tiempo, Jade. Reúnete conmigo cuando hayas terminado. Estaré en las antiguas caballerizas.
Acto seguido, se da la vuelta y sale disparado.
Me habría gustado detenerlo para hablar de la llave y las cerraduras con cabeza de león, pero el pobre hombre está al borde de la apoplejía.
Además, tengo un aspecto horrible. No tengo valor para enfrentarme a su mirada con este pelo revuelto y este viejo camisón.
Su madre, la del retrato, es tan hermosa con su largo cabello rubio y sedoso; no me siento a la altura.
Quizá sea hora de gastarme la fortuna en un vestuario nuevo. El mío es ridículo. Angadrem iba tan elegante ayer. Para eso tendré que ir a Quimper. Aparte de una tienda de segunda mano en la Plaza de los Pescadores, no he visto ninguna otra tienda de ropa en Foisic.
Tras el desayuno y el aseo, le pongo la correa a Rimbaud y salgo de la mansión.
Ya hace calor. Ni un soplo de viento agita los árboles.
Su aroma resinoso satura el aire. La paz y la calma reinan en el parque, lo que me permite oír voces a lo lejos.
Me guían hasta las antiguas caballerizas, detrás de la torre almenada.
Por cómo Rimbaud gimotea y tira de la correa, supongo que Corentin le está haciendo compañía a Alban.
En efecto, al atravesar la doble puerta del viejo edificio, los veo inclinados sobre dos bicicletas.
El alegre reencuentro entre mi perro y el niño resulta conmovedor. Me deja vía libre para acercarme a Alban.
—¿Haciendo bricolaje? —pregunto.
—¡Si es que a esto se le puede llamar así! —refunfuña—. Estoy arreglando estas malditas bicis.
Mientras forcejea con el manillar de una bicicleta negra enorme, echo un vistazo alrededor.
Su Peugeot 208 ocupa un rincón de lo que parece un hangar.
Monturas y bridas cubren una pared, vestigios de una época en la que la gente viajaba a caballo.
El resto del espacio está abarrotado con un revoltijo de objetos oxidados, herramientas de jardinería —incluido un tractor cortacésped— y un banco de bricolaje.
—¿Algún problema? —insisto, al ver a Alban sudar la gota gorda intentando enderezar el manillar.
Corentin se ha llevado a Rimbaud fuera y nos ha dejado solos.
—Esto está torcido —gruñe, claramente de mal humor—. Y a la otra bici se le ha salido la cadena.
—¡Bah! No es para tanto. Tenemos tu coche si queremos dar una vuelta.
—¡Pues no! Me gustaría enseñarte la zona en bici.
—Es una idea estupenda. ¿Quieres que te eche una mano? —me ofrezco, llena de buena voluntad.
—Mejor que no —suelta con una risita boba.
—Oye, un poco de respeto, por favor —replico indignada—. ¿Tengo que recordarte que me dejé la piel en una escuela de ingeniería de diseño mecánico?
—Puede que sí, mi querida Jade, pero cuando se trata de tu seguridad —y de la mía—, prefiero ocuparme yo mismo.
Tras decir esto, suelta un gruñido siniestro, masculla unas cuantas maldiciones y, haciendo fuerza contra el manillar, por fin consigue enderezarlo.
—¡Listo! —exclama triunfante—. ¡A por la siguiente!
Le da la vuelta a la bici rosa y la apoya en el suelo. Me imagino que esa es para mí. Desde detrás, lo dejo pelearse un rato con la cadena, que se niega a engancharse en los piñones del cambio. ¡Ja! El señor fanfarrón parece estar pasándolas canutas.
Cansada de esperar, localizo un destornillador en el banco de trabajo, lo cojo y me arrodillo a su lado. Con la punta de la herramienta, sujeto la cadena en su sitio para que pueda colocarla dando vueltas a los pedales.
—Gracias, Jade —dice satisfecho—. Ahora toca inflar las ruedas.
—¿Inflemos? —bromeo—. No quisiera interferir en tus proyectitos, mi querido Alban.
Fingiendo no ver su ceño fruncido —ni sus manos llenas de grasa—, continúo:
—Por cierto, quería hablarte de la llave que encontramos ayer en mi tablero de ajedrez.
Espero un momento a que me pregunte algo. Nada. Silencio sepulcral. Sin más, coge un compresor de debajo del banco y lo enchufa.
—Entonces... ¿esa llave? —masculla por fin tras inflar una rueda.
—¿Sabías que abre y cierra todas las puertas de tu mansión?
Se queda paralizado y clava sus ojos verdes en mí.
—¿Qué quieres decir? No te entiendo —dice con voz inexpresiva.
Le hablo de las cabezas de león grabadas tanto en mi llave como en sus cerraduras. Luego le describo con qué facilidad pude abrir y cerrar cada una. Durante todo mi relato, él sigue trabajando.
—¿Llevas la llave encima? —pregunta una vez terminado el trabajo.
—Sí —respondo, dando unos golpecitos en el bolsito bandolera donde llevo el llavero.
—¡Vamos a comprobarlo!
Tras limpiarse las manos con un trapo viejo, sale a grandes zancadas de las antiguas caballerizas.
Desenchufo el compresor y lo sigo hacia la mansión.
Por el camino, nos cruzamos con Corentin, a quien le resumo rápidamente la situación: la reina blanca del tablero de ajedrez que encontré en mi desván y que abrió el cajón, la llave con el león que contenía junto con el mensaje críptico, y por último, las cerraduras de aquí.
Naturalmente, omito la parte de la roca que casi me convierte en una crepe bretona.
—¡Eso es genial! —exclama—. ¡Por fin podremos abrir la puerta cerrada de la torre!
—¡Guau! —interviene Rimbaud, trotando detrás de nosotros.
Soy la única que no se entera de nada. ¿De qué puerta habla?
Creía haberlas probado todas, y ninguna estaba cerrada con llave.
Cuando Alban nos lleva hasta la puerta del espejo en el rellano del segundo piso, sigo sin entender nada.
Una vez cruzamos el umbral, entramos en la habitación donde Alban guarda sus maquetas de barcos.
Sin dudarlo, su sobrino y él empiezan a bajar por la escalera de caracol.
Estos dos están claramente compinchados; yo estoy completamente perdida.
Bajamos hasta la planta baja de la torre y entramos en una estancia circular de piedra, totalmente vacía.
En un muro ciego hay empotrada una puerta que parece retarnos a abrirla.
—Aquí también hay una cabeza de león —anuncia Corentin, agachado sobre la cerradura.
—Solo falta comprobar si tu llave funciona —dice Alban, volviéndose hacia mí.
¡Desafío aceptado!