Baile fatal en el castillo de Aglaia (Misterios de patas y peligro 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Al volver de la cueva, dejamos las mochilas, el primer volumen de Donde Todo Termina , los rollos de mapas y el tablero de ajedrez en mi habitación.

Después salimos. Me pregunto si habrá sido sensato aventurarnos con este tiempo.

Apenas ponemos un pie fuera, una ráfaga de viento nos empuja hacia atrás.

La biblioteca municipal está detrás de la iglesia.

Normalmente se tarda unos quince minutos en llegar a esta parte de Foisic.

Pero con las ráfagas aullando entre los tejados y frenándonos, avanzamos a paso de tortuga.

La lluvia cae sobre nosotros sin piedad; sus agujas heladas nos penetran hasta los huesos.

¿Quién diría que estamos a mediados de julio?

Está oscuro. Las farolas, equipadas con sensores de luz, se han encendido.

Sus conos de luz apenas penetran la lluvia arremolinada.

La temperatura ha bajado considerablemente, como si se hubiera abierto una ventana al otoño. Estoy helada hasta los huesos.

Con los dedos aferrados al abrigo, lucho por no salir volando.

He renunciado a abrir el paraguas y enfrento el diluvio con aprensión.

Corentin no parece más cómodo que yo. Ha metido a mi perro bajo su impermeable y no deja de hablarle.

Rimbaud gime sin parar. Sus largas orejas cuelgan lastimosamente y marcan el ritmo irregular de nuestra caminata.

Al acercarnos a un cruce, suena un crujido siniestro. Pasamos justo a tiempo de oír cómo una maceta se estrella en la acera detrás de nosotros. ¡Por poco! Comparada con esto, nuestra pequeña excursión en la cueva era pan comido.

De alguna manera, llegamos a la calle del Rompeolas. Está desierta. Al menos eso supongo, ya que no puedo ver nada a nuestro alrededor. La lluvia torrencial me ciega. Las ráfagas dificultan la respiración. Sobra decir que no estoy en mi mejor momento.

Vadeando charcos, nos dirigimos hacia el mar. El torrente fangoso que ha inundado la calzada corre en la misma dirección. El viento se ha intensificado. Me cuesta seguir el ritmo de Corentin. El abrigo, que ondea violentamente, frena mi avance.

Respiro aliviada cuando llegamos a la calle de Dios. En cuanto giramos hacia ella, el Todopoderoso nos concede Su misericordia. La furia de los elementos desatados se calma lo suficiente para que aceleremos el paso.

Tras rodear la iglesia románica de ladrillo rojo, entramos en un laberinto de callejones algo menos ventosos.

Así llegamos sanos y salvos a una pequeña plaza, en cuyo centro se alza una estatua de bronce de un pescador.

Con la cabeza levantada hacia el cielo oscuro, desafía la tormenta. ¿Cuántas habrá capeado en el pasado?

—¡Por ahí! —grita Corentin por encima del rugido de las ráfagas.

Señala una puerta encajonada entre una tienda de antigüedades y una de ropa de segunda mano.

Empapados de pies a cabeza, pero ilesos, la empujamos.

Una campanilla tintinea. Entramos en una especie de guardarropa.

Clavado en la pared, un cartel nos pide amablemente que nos quitemos los abrigos.

Encantados de librarnos de las prendas empapadas, obedecemos las instrucciones.

Tras limpiarnos los pies, entramos en una gran sala de techo alto.

Una estantería con libros recién adquiridos nos bloquea el paso.

Al pasarla, no tenemos más remedio que seguir un camino marcado por hileras de estanterías.

En cada esquina de este laberinto de papel, carteles colgantes indican el tema de la sección: Cocina, Jardinería, Bienestar, Misterio, Romance…

Cuando por fin aparece el pasillo Juvenil, Corentin se arrodilla frente a la fila etiquetada con la letra A. Me agacho a su lado y también busco algún libro de Thalia Axle. Rimbaud, con la nariz temblorosa, se ha colado entre nosotros y olfatea los lomos de los libros.

—Aquí no hay nada —se lamenta Corentin.

—Menos ruido, por favor —nos reprende una voz femenina áspera—. Esto no es una discoteca.

Me quedo paralizada. Mi perro gruñe. Avergonzado, Corentin se levanta.

—¿Has oído eso, Rimbaud? Tenemos que estar callados —susurra, y le lanza una mirada severa.

—Parece que toca enfrentarse al dragón —murmuro entre dientes.

—No tema, señorita. El dragón no escupe fuego —se ríe alguien a mi espalda.

Doy un salto al darme cuenta de que el blanco de mi comentario está justo detrás de mí.

¡Maldición! Lo he vuelto a hacer. Me giro en redondo y me encuentro cara a cara con la dueña del lugar.

Es tan diferente de las bibliotecarias de mi infancia.

La verdad, por cómo nos regañó, temía lo peor.

Pero esta guapa cuarentona de cabello castaño rojizo y liso tiene un aire agradable.

El verde parece ser su color favorito. En ella varía en tonos desde el jade de sus ojos amables hasta el caqui de sus botas, pasando por sus leggings oliva y su jersey pistacho.

Mi hermana Opale tendría un ataque al verla, porque detesta este color.

—¡Pero si es mi pequeño Corentin! —exclama, visiblemente encantada de verlo—. ¿Cómo estás? ¿Vienes a devolver el libro?

—Por desgracia, no, señora Trévien. No lo he encontrado. Debe de estar entre las pertenencias de mis padres. Pero no he tenido valor para buscar entre ellas.

Este chico llegará lejos, se lo aseguro. Mintió sin que se le colorearan las mejillas ni un ápice. Rimbaud parece tan impresionado como yo. Con la lengua fuera, lo observa embelesado.

—¡Pobre niño! —responde la bibliotecaria con una mirada de sincera compasión—. Tómate todo el tiempo que necesites. No corre prisa.

Suspira y luego se vuelve hacia mí. La sonrisa que la compasión había oscurecido brevemente vuelve a florecer en su rostro pecoso.

—Supongo que es usted la nueva propietaria de la Mansión Les Ibis —dice con amabilidad.

Con un nudo en la garganta, asiento en silencio.

—Encantada de conocerla, señorita Beaumont.

—¡Eh! Sí, eso es… Soy yo: Jade Beaumont… Hola, señora Trévien… Y lo del dragón… No quería decir eso… No se parece en nada a un dragón.

—No se preocupe. Hace falta más para ofenderme. De todos modos, nadie sabe realmente cómo son los dragones, puesto que no existen —se ríe.

Me tiende la mano. Se la estrecho.

—Llámeme Gwendoline. Lo prefiero —añade con calidez.

—Y a mí, Jade. Todo el mundo me llama por mi nombre de pila.

—Menos la señora Morvan. ¡Pero yo sí! —interviene Corentin con orgullo.

—¡Claro! La de correos es una cascarrabias —se ríe la bibliotecaria, antes de arrodillarse junto a mi perro—. ¿Y cómo se llama este teckel tan adorable?

Encantado de que le presten atención, el susodicho teckel se sienta sobre las patas traseras y lame la mano que se acerca a su hocico.

—Se llama Rimbaud —responde Corentin—. Le encanta que le rasquen detrás de las orejas.

—Hola, Rimbaud —lo saluda Gwendoline, siguiendo el consejo del chico—. ¿Así que tú eres el que aterroriza a los gatos del barrio?

—¡Guau!

—No es verdad. Es el perro más bueno.

—Te creo, Corentin. Aun así, Rimbaud se ha convertido en toda una celebridad local. Igual que tú, Jade. Todo el mundo habla de vosotros.

—¿Para bien o para mal? —pregunto preocupada.

—¡Bah! ¡Qué importan los cotilleos! En los pueblos forman parte del folclore. No puedes impedir que la gente hable. Y como puedes ver, tampoco puedes obligarla a leer. Llevo al menos tres días sin ver un alma en mi biblioteca.

—Por otra parte, el tiempo no invita precisamente a salir.

—¡Exacto! —replica ella—. Me gustaría saber qué os ha empujado a desafiar los elementos. Pronostican vientos de más de 100 km/h. Sois bastante atrevidos.

—Es por el libro que tengo que devolver —explica Corentin—. Quería saber qué pasa después.

—Sí, a Corentin le encantó el primer tomo —añado en su defensa—. Se pregunta cómo se las arreglarán los héroes para…

Al ver que Gwendoline hace una mueca, me muerdo la lengua.

—¡Venga ya! —exclama con su voz ronca—. ¡Eso cuesta creerlo!

Hace una pausa y sus ojos inteligentes van de mi joven amigo a mí.

—No había películas en la tele, así que pensasteis que bien podríais leer el segundo tomo de un libro que Corentin no ha abierto en un año —continúa tras un silencio en el que pude contar los tictacs de un reloj de pared.

—Más o menos —admito con una mueca, consciente de la debilidad de nuestro argumento.

Suelta una risa grave que relaja el ambiente al instante.

—Seguidme. Estaremos más cómodos hablando en mi despacho.