XLIII
Jensen
Han pasado días desde que regresamos a la isla. Aunque la calma empieza a instalarse poco a poco, yo me siento más nervioso que nunca. No porque tenga miedo, que también. Voy a dar el salto más grande de mi vida.
He intentado darle espacio a Leyla, pero está empezando a darse cuenta de que algo pasa. Sonrío cuando me toca e intento parecer relajado, aunque por dentro estoy asustado. Invierto cada minuto de mi tiempo en preparar lo que quiero hacer.
He pensado en cada detalle: el lugar, el momento, incluso las palabras que voy a decirle. Y, aun así, cada noche cuando me tumbo a su lado, me descubro repasándolo todo, con el corazón martilleándome en el pecho. No quiero estropear nada.
No quiero fallar. Es el momento de decirle todo lo que siento.
Lo mantengo en secreto, todo está listo para mañana, por lo que primero tengo que hablar con mi mejor amigo y con mi hermana. Sé que algo les pasa y no quiero ser insensible, pero necesito hacerlo.
Estoy sentado contemplando el trabajo que hemos hecho, saco el teléfono y pulso el botón de llamar .
Tardan unos segundos en aparecer, pero cuando lo hacen, siento una punzada en el pecho. Viktor tiene los brazos cruzados, serio como siempre; Aria, en cambio, sonríe al verme, aunque hay un cansancio en sus ojos que no me pasa desapercibido.
—Ey, ¿ya me echas de menos? —empieza Viktor, arqueando una ceja.
—¿Desde cuándo hablas como Dante? —le digo, sorprendido.
Aria tarda un poco más en reaccionar, pero sé que me está leyendo la mente.
—Nos has llamado para algo importante, te lo noto. Cuéntanos. Si no es que por fin vas a declararte, no quiero saber nada —ríe por lo bajo.
Asiento despacio. El silencio que sigue dura apenas un par de segundos, aun así, se sienten como una eternidad. Una sonrisa se me escapa al pensar en todo lo que tengo planeado.
Aria es la primera en reaccionar: sus ojos se llenan de brillo y una sonrisa enorme le ilumina la cara. Las lágrimas caen por sus mejillas cuando habla.
—¡Es perfecta para ti! —exclama—. Dios, Jensen…, me alegro tanto por vosotros.
Viktor, en cambio, se reclina hacia atrás, frotándose la barbilla con gesto crítico.
— Du hast es verdient, glücklich zu sein —dice finalmente en alemán, con esa seriedad que nunca abandona.
Te mereces ser feliz.
Lo miro fijamente, y mi respuesta sale sola, en el mismo idioma que compartimos desde niños:
— Ich weiß, und ich will es nie verlieren.
Lo sé, y no quiero perderlo nunca.
—Eh, chicos, ¡no hagáis eso, que estoy aquí! —protesta Aria entre lágrimas, aunque sonríe al mismo tiempo.
Suspiro, bajando un poco la cabeza.
—Ojalá estuvierais aquí de verdad. Quería hablarlo con vosotros porque también sois mi familia. Sé que algo grave pasa y no os quiero presionar…, pero estoy aquí para lo que necesitéis.
La sonrisa de Aria se rompe y, de repente, está llorando desconsoladamente. Algo en mí se quiebra al verla así.
Viktor posa una mano en su hombro, serio, pero sus palabras me llegan con firmeza.
—Hablaremos de todo en cuanto sepamos más. Confía en mí.
Asiento despacio, tragando saliva.
Aria se limpia las lágrimas, me manda un beso hacia la cámara y susurra:
—Cuéntamelo todo cuando pase, ¿vale? Quiero cada detalle. Te quiero.
—Lo tendrás —le prometo, siento un nudo en la garganta.
La llamada termina, pero me quedo mirando la pantalla apagada unos segundos más, como si todavía pudiera sentirlos cerca.
Respiro hondo, necesito moverme, así que salgo en busca del único apoyo que tengo aquí.
Encuentro a los hermanos entrenando. Dante levanta la vista primero, con esa sonrisa socarrona dibujándose en su cara. Debe ver mi expresión.
—Vaya, no me digas que por fin vas a expresarme tus sentimientos. Mejor me siento, no vaya a ser que me desmaye. —Se sienta a la mesa, haciéndome un gesto para acompañarlo.
—No me gusta esa cara nerviosa —añade Luca, serio, aunque sus ojos me examinan con interés—. Dinos qué pasa.
Me dejo caer en la silla frente a ellos, apoyando los codos en la mesa.
—Bueno, yo… —me rasco la nuca, intentando juntar valor—, mañana voy a pedirle a Leyla que se case conmigo —confieso al fin, firme y sin titubear.
El silencio dura apenas un segundo. Dante estalla en una carcajada tan fuerte que hasta la mesa tiembla.
—¡Sabía que eras un maldito romántico! Joder, Terminator, ¿crees que la principessa te va a decir que sí? —Me da un manotazo en el hombro, todavía riendo—. Tengo que ser el copadrino… o el chico de las flores, vamos, dame algo que hacer —insiste sin dejar de sonreír.
—Cállate. —Luca le lanza una mirada severa antes de volverse hacia mí—. Me alegro, hermano. Eres bueno para ella. No podría imaginar a alguien mejor a su lado. Bienvenido a la familia.
Sus palabras encienden algo dentro de mí, un calor distinto al nerviosismo que llevo cargando días. Por un segundo me sorprendo al sentirlo: pertenencia. No porque haya luchado a su lado ni porque me haya ganado su respeto a base de sangre y fuego… sino porque he encontrado un lugar entre ellos.
Nunca lo había pensado, pero esas cuatro palabras me hacen sentir en casa.
Dante chasquea la lengua y su sonrisa se suaviza.
—Está bien, se lo pediré a ella. Es más comprensiva que tú. Pero quiero barra libre.
Ruedo los ojos, aunque no puedo evitar reír. Conozco bien su juego: su ironía y esas bromas constantes son su forma retorcida de decir lo que realmente siente.
—La pedida será mañana. Me encantaría cenar con vosotros después para celebrarlo.
Luca asiente con calma.
—Cuenta con nosotros. Siempre.
Dante me señala con el dedo, con esa chispa traviesa que nunca pierde.
—Más te vale que el anillo sea más grande que tu ego, o vas a quedar como un idiota.
Me echo a reír. Siempre sabe qué decir. Le tengo un cariño especial, pero no pienso confesárselo o su ego sí que se agrandará. Me despido de ambos con un abrazo. Los nervios ahora se sienten más llevaderos.
El anillo en el bolsillo me quema, como si me recordara cada segundo lo que estoy a punto de hacer. Estoy ansioso. No puedo esperar más para declararme a la mujer de mi vida. A mi preciosa futura esposa.