XLII
Leyla
El rugido del motor se apaga cuando el coche frena frente al hangar. El silencio que sigue es extraño, casi doloroso después de tanta violencia.
Bajo del vehículo y el aire fresco me golpea de lleno. Cierro los ojos un instante, dejando que la brisa borre el olor a pólvora, a tierra húmeda, a miedo. Pero no desaparece. Está pegado a mi piel. Necesito una ducha interminable para arrancarlo de mí.
El avión privado nos espera, blanco e impecable bajo la luz del amanecer.
Camino despacio, como si mis piernas fueran de plomo.
A cada paso, las imágenes me asaltan sin permiso: el vestido sobre la cama, las manos de Aria atadas, la sonrisa torcida de Eric…
y el roce frío de sus labios sobre los míos.
Trago saliva y me obligo a mirar hacia adelante. Estoy viva. Eso debería bastar.
Jensen me sigue de cerca. Siento su mirada fija en mí, como si temiera que en cualquier momento me desmoronase. Y quizá tenga razón .
Me detengo al pie de las escalerillas del jet , acaricio el pasamanos metálico y dejo escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Estoy a salvo. Al menos por ahora.
Miro hacia atrás. Aria sigue de pie, clavada en el suelo, negándose a subir. Me acerco a ella y Viktor se aparta un poco, dándonos espacio.
—Ey, pequeña saltamontes…, ya estamos a salvo. Vámonos a casa —le digo, y la abrazo con suavidad.
Poco a poco, la rigidez en su cuerpo se afloja y sus ojos al fin se enfocan en mí.
—No voy a ir. —Su voz es baja pero firme. Viktor la mira, confundido.
—Tenemos que hablar —añade, y esta vez sus ojos se clavan en los de él, serios, casi suplicantes.
—Pero…
—Confía en mí. Te llamaré para contártelo todo, pero ahora necesito procesarlo —me pide, y no deja espacio a réplica.
Asiento despacio, tragando saliva.
—No olvides que vuestra casa os espera. Os quiero. —La abrazo otra vez, apretándola fuerte, queriendo grabar ese momento en mi piel.
Dante se acerca por detrás y carraspea con exageración.
—Vale, vale, que me pongo celoso. —Se encoge de hombros, con media sonrisa—. Te voy a echar de menos, pequeña. Vuelve pronto, sin ti el grupo de tres no será el mismo. Y si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarnos.
Aria suelta una risa suave, apenas un soplo, pero suficiente para que el aire pese un poco menos.
Jensen se adelanta entonces, con esa calma suya que siempre se siente más fuerte que las palabras. Pone una mano en mi hombro, otra en el de Aria.
—Sea lo que sea, lo resolveréis juntos. Llama cuando estés preparada.
Aria asiente en silencio. Sus ojos se humedecen, pero no deja que las lágrimas caigan.
Por último, Viktor se acerca, duda un instante, y la toma de la mano. Transmitiéndole todo su amor en un pequeño gesto.
Cuando finalmente subimos las escalerillas del jet , ellos dos permanecen atrás, firmes, como anclados al suelo. La puerta se cierra, aislándonos, y siento cómo todo lo vivido me golpea de golpe, como si recién ahora empezara a procesarlo.
El interior del avión se siente más cerca de casa. Suelto el aire contenido mientras todos toman asiento, cada cual con su propio peso encima.
Yo camino hasta el fondo, con pasos lentos, y me dejo caer junto a Jensen.
Pasa mis piernas por encima de él y me agarra por la espalda hasta que estoy completamente encima de su regazo.
Me acomodo sobre su pecho, encajándome en su abrazo.
Siento su calor, su latido firme bajo mi mejilla.
Jensen tira de una manta ligera y me cubre con ella, protegiéndome del frío… o quizá de todo lo demás.
Entonces, por fin, me permito romperme. Las lágrimas me queman los ojos, deslizándose una tras otra, empapándole la camisa. Lloro por todo lo vivido, por mis miedos, mi rabia, mi alivio, todo lo que había contenido hasta ahora.
Él no me interrumpe. No me suelta. Solo me acaricia la espalda en círculos lentos, constantes, prometiendo en silencio sostenerme.
Entre sus brazos me permito no ser fuerte. Me permito ser solo yo, hecha pedazos pero en casa.
Cierro los ojos y me aferro a él .
Tras unas horas de viaje llegamos a la isla. Saludo a mis hombres, alguno me pregunta por mi estado, ahora mismo no me apetece hablar por lo que soy breve y les digo que necesito descansar.
Al llegar a la puerta de la casa el silencio que me recibe es lo que necesito. Al fin respiro tranquila, aunque mi pecho aún está contraído por todo lo que ha pasado.
Camino despacio por el pasillo, rozando las paredes porque necesito comprobar que son reales, que siguen firmes, que nada se derrumba bajo mis manos. Cada rincón me resulta familiar y extraño a la vez, parece que hubiese estado fuera durante años y no solo unos días.
Cuando por fin llego al salón, me dejo caer en el sofá. El cuero frío me abraza y cierro los ojos. Las imágenes vuelven: Eric rozando mi cara, el vestido sobre la cama, la risa rota de Aria. Aprieto los puños con fuerza.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que siento pasos suaves entrando detrás de mí. Abro los ojos. Lila está de pie en el umbral, sus ojos me buscan, dudando. No dice nada al principio, pero basta con verla para que mi garganta se cierre.
—Tenemos que hablar —susurra finalmente.
Asiento despacio.
—Dame tiempo, necesito procesarlo todo. Dante o Luca te enseñarán dónde puedes dormir, en cuanto a la ropa pediré que te dejen algo sobre la cama. Podremos ir a comprar en unos días.
La decepción se dibuja en sus ojos, aun así, asiente sin protestar. Sus pasos se alejan poco a poco por el pasillo y me quedo sola otra vez.
Me abrazo las rodillas contra el pecho. Sé que tarde o temprano tendremos esa conversación…, pero no hoy. Hoy solo puedo permitirme seguir respirando.
◆◆ ◆
Los días siguientes pasan en una calma extraña. El sol, el mar y la rutina de la isla intentan envolverme, sin embargo, dentro de mí todavía revolotea un torbellino.
Jensen se levanta siempre antes que yo. Lo escucho moverse en silencio, cerrar la puerta sin hacer ruido, como si quisiera ocultar lo que hace a esas horas. Cuando regresa, finge normalidad, y yo me obligo a no preguntar.
Noto el peso de las conversaciones que no he tenido, de las heridas que aún siguen abiertas. Sé que están dándome el espacio que necesito.
Lila camina por los pasillos como un fantasma, evitando mi mirada cada vez que coincidimos.
No puedo seguir así. No con ella.
No puedo seguir esquivándola, fingiendo que no compartimos la misma casa, que no tenemos un pasado en común. Si quiero volver a confiar en ella merezco una explicación.
La veo sentada en el salón junto a la ventana, con la vista perdida en el horizonte. Así que respiro hondo y cruzo el salón a su encuentro.
—Creo que deberíamos hablar —digo, con la voz quebrada pero firme.
Ella no responde de inmediato, solo cruza los brazos sobre el pecho. Es su manera de protegerse, como siempre.
—Pensé que no querías —responde a la defensiva, fría.
Doy un paso más cerca.
—Creo que nos vendrá bien. No puedo seguir fingiendo que no ha pasado nada. Éramos amigas.
Sus labios tiemblan.
—¿Y qué quieres que diga, Leyla? ¿Qué lo siento? ¿Que me arrepiento? Eso no cambia lo que hice.
Mi pecho se contrae.
—Entiendo la situación en la que estabas, pero te ofrecí mi ayuda más veces de las que puedo contar.
El silencio pesa como plomo. Lila baja la vista, y por primera vez desde que volvimos la veo quebrarse.
—Cada vez que cierro los ojos lo veo… Siento mucho lo que estuvo a punto de pasarte. Aprendí a sobrevivir allí, ¿sabes? No es fácil elegir qué parte de ti debes sacrificar para sobrevivir.
Una rabia amarga me sube a la garganta, sin embargo, se mezcla con compasión. Sé por las cosas que tuvo que pasar.
—Sigo dolida contigo, fuiste lo único que tuve después de la muerte de mis padres —confieso, mis ojos están ardiendo.
Ella levanta la vista y muestra sus lágrimas brillando en silencio.
—Cada vez que te miro me siento culpable. Si hubiera sabido sus intenciones…
La distancia entre nosotras parece un abismo, pero lo cruzo. Me siento a su lado, dejando que mi enfado se disipe.
—No sé si algún día volveré a confiar en ti del todo —admito, dejando que las palabras calen entre nosotras—, aun así, lo intentaré. Por Dante. Se lo debo. Y si tú acabas siendo su felicidad… tengo que intentarlo.
Lila me mira, sorprendida, y al fin deja caer la coraza. Sus hombros tiemblan cuando me abraza, y yo la aprieto con fuerza, no porque esté todo perdonado, sino porque al menos hemos dado el primer paso .
Tras el reencuentro con Lila salgo de la casa. Necesito aire.
La brisa marina me golpea el rostro, fresca, salada, como un recordatorio de que sigo aquí. Inspiro hondo hasta que los pulmones me duelen un poco, siento que el mar puede limpiar todo lo que llevo dentro.
Camino por el sendero de piedra que bordea la casa. El cielo empieza a teñirse de naranja, y por un momento me detengo a observar cómo la luz se refleja en el agua, parece mágico.
Me siento en una roca frente al acantilado y dejo que mis pies cuelguen.
Cierro los ojos. Intento convencerme de que este silencio es real, de que ya no hay nadie acechando en las sombras.
Pero entonces me descubro temblando, porque en mi mente aún escucho la voz de Eric, aún siento sus labios donde nunca debieron estar.
Respiro hondo otra vez y me obligo a abrir los ojos. No puedo dejar que me robe más tiempo.
Debería llamar a Jensen, pero en cambio mis dedos marcan el otro número que me sé de memoria.
Tres tonos después…
—Siento molestar, sé que necesitas tu tiempo, pero… —empiezo, con la voz frágil.
Aria me corta antes de que pueda seguir.
—Eh, no digas eso. Eres una de mis personas favoritas, Leyla. Siempre voy a estar para lo que necesites.
Un nudo me comprime la garganta.
—El vino de la bodega te echa de menos…, yo te echo de menos.
—Lo sé —responde ella, y su voz se quiebra ligeramente—. Yo también a vosotros. Es que ahora mismo no puedo…, no podemos volver .
Hace una breve pausa. Puedo oír cómo respira, como si se preparara para decir algo que aún no se atreve. Espero a que hable sin presionarla.
—En realidad iba a llamarte yo. Necesito que me ayudes a buscar a alguien. —Su tono cambia, más bajo, más íntimo—. Pero aún no quiero que los demás lo sepan, ¿vale?
Frunzo el ceño, mi pecho se encoge.
—¿Estás metida en algún lío?
—No, tranquila. Confía en mí. —Guarda silencio unos segundos, preparando su respuesta—. Te lo explicaré cuando llegue el momento, te lo prometo.
El mar ruge bajo mis pies, sin embargo, lo único que escucho es el eco de su voz y ese secreto que tengo que guardar.
—Está bien —acepto—. Te ayudaré, envíame los detalles. Aquí estoy para lo que necesites.
Al otro lado de la línea, Aria se mantiene callada, como si luchara consigo misma.
—Gracias, Leyla. De verdad.
Sonrío, aunque los ojos se me humedecen.
—Te quiero, mi pequeña saltamontes.
La respuesta llega inmediata, firme, como si necesitara que lo recordara siempre.
—Y yo a ti, eres como una hermana para mí.
Cuelgo despacio, quedándome con el pitido en el oído, lo que hemos vivido juntas pasa por mi cabeza. Respiro hondo, dejo que el aire salado me relaje. Pase lo que pase siempre estaré para ella.