XLI
Jensen
No siento las horas en el cuerpo. Solo la ansiedad ardiéndome bajo la piel.
El motor ruge mientras dejamos atrás la carretera estrecha. El GPS marca apenas unos kilómetros. Nadie habla.
Miro por el retrovisor, Viktor parece un animal enjaulado, tiene los puños presionando sobre las rodillas, la rabia está punto de estallar.
Lo veo en sus ojos. Dante masca chicle, un gesto insolente que no logra disfrazar la tensión en sus hombros.
Luca no aparta la vista de Mia, que viaja encogida en el asiento, aunque esta vez sostiene su mirada.
Y Lila mantiene la cabeza baja, como si procesara en silencio cada movimiento.
Sé que esas dos ya se conocen. Y no dejo de pensar en Mia. ¿Qué es realmente para Eric? ¿Una amante? ¿Una pariente? No… no puede ser. Hemos sido amigos demasiado tiempo; habría sabido de ella. ¿O no?
La señal nos lleva hasta lo alto de una colina que desciende hacia una finca apartada. Desde aquí se distingue el edificio principal: blanco, impecable, y detrás un arco de flores improvisado. Dos hombres armados custodian la entrada .
Una música suave flota en el aire. Y entonces, la veo.
Leyla, vestida de blanco, avanzando hacia el jardín con Aria agarrada a su brazo.
—Ya ha empezado —señalo con la garganta atorada.
Viktor se inclina hacia delante, clavando los ojos en la escena.
—Si ese bastardo la obliga a dar un solo paso hacia ese altar… —Su voz se quiebra de pura rabia.
—Le mato ahí mismo —termino yo, sin titubear.
—Tranqui, Terminator. —Dante zanja el tema, serio, más serio que nunca—. Habrá para todos.
Detengo el coche entre los árboles, escondido. El silencio es más denso que nunca. Nos miramos los unos a los otros.
Aprieto el arma contra mi muslo, obligándome a enfocar.
—Dante, Luca, vosotros os encargáis de los de la entrada. Viktor os cubre las espaldas. Yo voy por detrás… con ellas —indico, y me vuelvo hacia Mia. En sus ojos arde un fuego extraño, decidido.
—¿Sabes disparar?
Ella asiente con un gesto firme.
Le tiendo un arma.
—Protegerás a Lila. Me da que os conocéis mejor de lo que admitís.
Mia agarra la pistola, y por primera vez no parece temblar.
El plan está sobre la mesa. Y no hay vuelta atrás.
Descendemos por la ladera como sombras, el barro húmedo amortigua nuestros pasos. El único sonido que se escucha es la melodía cada vez más cercana.
Uno a uno, en silencio, enroscamos los silenciadores en las armas. El metal se ajusta con un clic seco, casi solemne.
Dante es el primero en moverse. Un destello malicioso cruza sus ojos antes de apretar el gatillo. La bala impacta entre las cejas del guardia. El cuerpo cae de golpe, rígido. Dante ríe bajo, como si fuese el mejor día de su vida.
—Uno menos.
Luca, a su lado, apunta con la calma de un verdugo. Su primer disparo revienta el hombro del segundo guardia, haciendo que el arma caiga al suelo con estrépito. No le da tiempo a gritar. El segundo tiro le atraviesa el corazón. Preciso. Mortal.
—Dos —cuenta, frío, sin inmutarse.
Un tercer hombre aparece corriendo desde la casa, con el arma en alto. No llega a disparar. El tiro de Viktor lo derriba de inmediato, dejando un agujero perfecto en el centro del pecho.
—Tres. —Su voz retumba, grave, implacable.
Nos miramos rápido. El camino está despejado y nos movemos hacia delante.
El aire huele a flores cortadas y pólvora. La música sigue sonando en el jardín, como si la muerte no hubiese tocado a la puerta.
Y entonces lo vemos.
Eric, erguido bajo el arco de flores, lleva un traje negro impecable, y los ojos brillando de arrogancia. A su lado, Leyla vestida de blanco, demasiado pálida, demasiado rota. Aria agarra su brazo, con la furia contenida en su mirada.
Eric gira brevemente la cabeza y sonríe al vernos.
—Ya estamos todos —anuncia, y oírle es un veneno suave—. El que alguna vez fue mi amigo…, el que me robó a mi primera prometida —sus ojos se clavan en Viktor, destilando odio— y… vosotros no sé ni quiénes sois.
—Tu peor pesadilla, hijo de puta —ruge Dante, apuntándole sin dudar.
Eric ríe bajo, su risa es un filo que corta el aire.
—Veo que también ha venido la zorra que nunca pudo ser mi amante. —Su mirada se desliza sobre Lila como una caricia repulsiva. Luego se detiene en Mia, y sus labios se curvan en una mueca torcida—. Ah, y… mi letal y dulce hermanita.
El silencio estalla como un disparo. Todos se giran hacia ella. Viktor, Luca, Dante, incluso yo. Incredulidad pura.
Mia no tiembla. Sus ojos marrones son un estallido de ira..
—No me llames así nunca más.
Eric apenas tiene tiempo de reaccionar. Más hombres armados salen de la casa, gritos, disparos.
El jardín se convierte en un infierno. Dante y Luca se mueven como demonios, disparando en ráfagas precisas, se oyen carcajadas y maldiciones mezcladas con el silbido de las balas.
Viktor es un muro, cada tiro suyo derriba a un enemigo antes de que pueda acercarse.
Entre el caos, Mia avanza. Fría. Letal. Como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.
Eric alza el arma, pero ella aprieta el gatillo primero.
Su mirada sigue el movimiento. El disparo que ejecuta es perfecto, ella debe saberlo porque percibo satisfacción en su mirada.
Nos ha engañado a todos. A escasos metros Eric cae de rodillas en cuanto la bala lo atraviesa.
Jadea sorprendido, no parece creer que haya sido capaz de dispararle. Es un momento casi poético.
El tiempo parece detenerse durante unos minutos, intenta hablar, pero no lo consigue, entonces se escucha como susurra un nombre, como si tuviera algo importante que decir justo antes de morir.
—Aria…
—Ni lo sueñes —gruñe Viktor, interponiéndose.
Pero Eric lo ignora. La sangre le brota de la boca. Con la voz rota; casi suplicante vuelve a llamarla.
—Aria…, por favor.
Ella da un paso, blanca como un fantasma. Viktor intenta detenerla, aunque ella lo esquiva.
Eric alza la mano manchada de sangre, la mira con un brillo extraño, más humano de lo que jamás se ha mostrado.
—Te quise, ¿sabes? —dice en apenas un hilo de voz—. Fuiste la única… que vio algo en mí…
La sangre burbujea en su garganta, aun así, logra forzar un último susurro, tan débil que casi se pierde en el viento:
—Está viva.
El aire se enfría de golpe. Viktor frunce el ceño. Dante y Luca se miran, confundidos.
Aria se queda helada. El color huye de su rostro, sus labios tiemblan y sus ojos se abren como si acabara de ver un fantasma.
—No… no puede ser —balbucea con miedo, retrocediendo un paso.
Eric exhala por última vez, su cuerpo cae inerte frente a nosotros.
El jardín, cubierto de cadáveres, queda en silencio. Solo el vestido blanco de Leyla ondea bajo el viento, manchado de sangre que no es suya.
No me paro a pensar lo que acaba de pasar, no sé quién de los dos da primero el paso, pero al fin tengo a Leyla entre mis brazos. Ella tiembla, solloza, y yo me limito a hundir la cara en su cuello, a olerla, a sentirla. Necesito saber que esto es real, que está viva, que la tengo de vuelta.
Cuando nos separamos, un brazo más fuerte que el mío se interpone. Dante la atrapa contra su pecho, y el alivio en su rostro es tan brutal que casi duele verlo.
—Qué susto nos has pegado, principessa —confiesa quebrándose, incapaz de soltarla .
Luca se acerca también, acariciándole el hombro, y su sonrisa arrogante se derrite por un segundo.
—Te hemos echado de menos.
El reencuentro debería bastar para aliviar la tensión, pero mis ojos se desvían hacia atrás. Aria sigue sentada en una de las sillas del jardín improvisado, con la mirada perdida. Murmura palabras que no alcanzamos a entender, atrapada en un estado de shock del que ni Viktor consigue sacarla.
Más allá, Lila permanece apartada, observándolo todo en silencio. Y entonces la veo a ella: Mia. De pie en la colina, con las llaves del coche en la mano. Me mira fijamente y asiente una sola vez, agradeciendo haber estado presente en esto.
Una punzada me atraviesa el pecho. Algo que no sé nombrar.
—Chica lista —me digo a mí mismo, sin apartar los ojos de ella.
Me giro un instante hacia el grupo.
—Nos han robado el coche —afirmo con algo de rabia atravesándome—. Tendremos que coger uno de los que hay aquí.
Dante levanta la vista hacia el camino con una carcajada amarga.
—Sabía que no era de fiar. —Da una palmada en la espalda de su hermano—. Ahora entiendo por qué te gusta.
Luca sonríe mientras niega con la cabeza.
Viktor ni siquiera responde, sigue aferrado a Aria, intentando arrancarla del trance en el que ha caído.
Lila no aparta la mirada de Leyla. Entre ellas hay algo que no necesitamos escuchar: una conversación muda, la de dos personas que compartieron más de lo que sabemos. Al final, las lágrimas caen por su rostro en silencio. Se acerca despacio y susurra un «perdóname» que se rompe en el aire.
Leyla duda un instante, pero luego la abraza con fuerza. El nudo en el pecho se les deshace en silencio, ninguna de las dos dice nada más.
Respiro hondo, observo la escena solo un segundo y después señalo los vehículos estacionados junto a la finca.
—Vámonos. No quiero perder ni un minuto más aquí. Volvamos a casa.