Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XL
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Leyl a

Un roce suave en mi mejilla me arranca del sueño. Por un instante, casi me convenzo de que es Jensen, de que estoy de vuelta en casa, a salvo, enredada en sus brazos.

Pero entonces abro los ojos.

Eric.

Está sentado en el borde de la cama, inclinado sobre mí, con esa sonrisa torcida que me hiela la sangre. Sus dedos se apartan lentamente de mi piel, como si saboreara la decepción en mi mirada.

Se incorpora despacio, ajustándose la chaqueta, y da una palmada que resuena en la habitación cerrada.

—Ya estás despierta, florecilla. —Su tono es ligero, demasiado ligero—. Bien. Quiero que te prepares… porque en unas horas estaremos casados.

Su voz es tan firme, tan segura, que el aire se me atasca en los pulmones.

El corazón me golpea con tanta fuerza que apenas puedo respirar, pero consigo forzar la voz, áspera, controlada :

—¿Qué hay de nuestro trato? —Lo miro fijamente, sin pestañear—. ¿Cuándo soltarás a Aria?

Eric sonríe despacio, supongo que ha estado esperando la pregunta. Se acerca de nuevo a la cama, aproximándose lo suficiente como para que sienta su aliento.

—En cuanto los papeles estén firmados —afirma, su tono es dulce, casi burlón—. Primero me darás lo que quiero, después ella obtiene su libertad.

Su sonrisa se ensancha, cruel.

—Pero tranquila, florecilla, después de hoy, ya no tendrás que preocuparte por nadie que no sea yo. —Sella el pacto con un suave y repugnante beso casto sobre mis labios.

Ancla su mirada a la mía, siento ganas de vomitar, pero lo único que hago es sonreírle. No quiero empeorar las cosas.

Unos minutos más tarde, la puerta vuelve a abrirse. Aria entra cargando un vestido blanco, demasiado perfecto para la tragedia que encierra.

—Quiero que te veas impecable —dice Eric, rozando la tela con los dedos como si acariciara un trofeo—. Y qué mejor que ella para ayudarte. ¿No es irónico? —Su sonrisa triunfante me hiela la sangre antes de que se retire, dejándonos a solas.

Las muñecas de Aria se ven marcadas, enrojecidas, su respiración, entrecortada. El nudo en mi estómago me quema al verla, y sin pensarlo la abrazo con todas mis fuerzas. Ella se quiebra en mis brazos y yo la sostengo, limpiando sus lágrimas con torpeza.

—Todo va a salir bien, te lo prometo. —Mi voz tiembla, pero trato de sonar firme. Ella asiente, aunque sus ojos dicen lo contrario.

—Tenemos que pensar en algo —asegura en un ruego urgente.

Trago saliva, bajando la vista hacia el vestido.

—Solo espero que lleguen antes de que firme mi sentencia de muerte —murmuro, y me obligo a mirarla a los ojos—. Si te liberan antes, dile que le quiero, ¿vale? Y… abraza a Dante. Pídeles que no hagan ninguna locura. Si esto sigue adelante… no habrá vuelta atrás.

—No. —Aria sacude la cabeza con rabia contenida—. Se lo dirás tú. Tienes que hacerlo. No puedes quedarte aquí, no puedes rendirte.

Asiento, aunque no puedo permitir que la esperanza la destruya. Le sujeto el rostro entre las manos, obligándola a mirarme.

—Prométemelo, Aria. —Mi voz apenas se oye, pero no tiembla—. Pase lo que pase… te mantendrás a salvo. No te arriesgarás por mí. Y harás caso de lo que te diga llegado el momento.

Ella cierra los labios, la furia arde en sus ojos. Sé lo que está pensando, lo que querría gritarme.

—Por favor, prométemelo —insisto, presionando un poco más sus mejillas, rogándole.

Durante unos segundos se niega, sus ojos brillan por las lágrimas que no quiere soltar. Al final, suspira temblorosa y asiente con desgana.

—Está bien. Pero solo porque no pienso dejar que te pierdas aquí.

Le sonrío, pese a que por dentro me rompa. Es lo único que necesito: que sobreviva, aunque yo no pueda.

El vestido descansa sobre la cama como un cadáver de seda, demasiado blanco para un lugar tan oscuro. Mis manos tiemblan cuando rozo la tela, y me descubro pensando en cómo había imaginado ese momento tantas veces… con risas, con mi familia cerca, sería el día más feliz de mi vida.

Aria me observa en silencio, con los ojos enrojecidos por las lágrimas.

—Nunca pensé que sería así… —susurro, apenas audible. Trago saliva y me ob ligo a sonreír, me duele intensamente—. Pero me alegra que al menos estés aquí conmigo.

Ella da un paso, me toma las manos y las aprieta con fuerza, como si quisiera traspasarme.

—Saldrás de esta, Leyla. Lo haremos —jura con firmeza, aun así, tiembla—. Y cuando llegue el momento, lo vivirás a tu manera. Todos estaremos allí. —Fuerza una sonrisa tenue—. Por tu bien, espero ser yo la dama de honor.

Un nudo me cierra la garganta. Una lágrima me resbala antes de poder detenerla.

—Entonces prométeme lo mismo. Que cuando llegue tu día, seré la tuya.

Aria asiente, aunque lo hace a regañadientes, como si su corazón se negara a creerlo del todo. Me atrae hacia ella y me envuelve en un abrazo fuerte. Por primera vez en mucho tiempo, me permito hundir la frente en su hombro y cerrar los ojos.

—Y cuando lleguemos a casa beberemos vino —murmura contra mi cabello—. Y contaremos todo esto como una anécdota más.

—No me lo perdería por nada del mundo —respondo con un hilo de voz.

Nos mantenemos abrazadas, aferradas a esa pequeña mentira compartida, porque es lo único que nos sostiene.

Del otro lado del pasillo, unos pasos se acercan despacio.

La cerradura chirría.

Y el sueño se rompe.