XLIV
Leyla
Días después sigo notando que Jensen no es el mismo.
No me malinterpretes: sigue estando a mi lado, pendiente de cada detalle, pero…
hay algo en él. Una tensión en sus gestos, en su manera de evitar mirarme demasiado tiempo cuando cree que no lo noto.
No hablamos mucho y siento que hay algo que me esconde.
Lo intercepto en el pasillo, justo cuando parece dispuesto a escabullirse otra vez.
—¿Qué pasa contigo, estás huyendo de mí? —pregunto, cruzándome de brazos.
Jensen sonríe con ese gesto que me derrite y me irrita al mismo tiempo.
—Justo venía a buscarte.
—No me mientas. —Doy un paso hacia él—. Llevas días raro.
Me sostiene la mirada un segundo y, en lugar de responder, se pasa una mano por la nuca. Suspira y finalmente suelta:
—Ven conmigo. Vamos a dar un paseo.
Mi ceño se frunce, pero le sigo hacia la entrada .
El camino serpentea entre los árboles, iluminado por los últimos rayos de sol.
No digo nada, aunque la curiosidad me corroe.
Jensen camina delante de mí, con paso seguro.
Estamos yendo hacia el claro. A nuestro lugar seguro.
Y, sin saber por qué, siento un nudo en la garganta.
Los nervios me tienen la piel en llamas.
Cuando la arboleda se abre, mis ojos se fijan en el rincón: una pequeña casa de madera, con las ventanas adornadas con cortinas claras que se agitan suavemente con la brisa. Parece sacada de un cuento.
—¿Qué es esto? —pregunto en voz baja, incapaz de apartar los ojos.
Jensen no responde de inmediato. Se acerca, toma mi mano con firmeza y me guía hacia la puerta.
—Ven, quiero enseñártelo.
Dentro, el aire huele a madera y pino. Hay un pequeño sofá, dos copas preparadas y una estantería con botellas en una mini bodega. No es un lugar para dormir, es un refugio íntimo, hecho para estar, para compartir. Mis ojos se llenan de lágrimas antes de poder contenerlas.
Cuando giro hacia él, me encuentro con Jensen arrodillado frente a mí. Mi respiración se corta en seco. Él toma mi mano, con los ojos fijos en los míos, y su voz retumba grave, cargada de emoción.
—Te quiero. No sé exactamente cuándo pasó, pero sé que la conexión que tenemos está ahí desde el día que te vi por primera vez en el Baile Anual de Máscaras.
Estabas sola, asustada…, y aun así había fuego en tus ojos.
Y en ese momento supe que quería arder contigo.
Después te reclamé como mía… y te perdí.
Pasé meses buscándote, casi pierdo la esperanza, hasta que apareciste en mi oficina en el peor momento de mi vida.
Estaba ciego y, en cambio, siempre supe que eras tú.
Cuando todo explotó, entendí que te seguiría a cualquier parte.
Joder, zhizn moya , no hay nada que no haría por ti.
Quemaría el mundo y te follaría sobre las cenizas si me lo pidieras.
Estoy loco por ti, Leyla, y no quiero vivir ni un solo día más sin reclamarte oficialmente como mía.
—Hace una pausa y su sonrisa es la más honesta que le he visto jamás—. ¿Quieres casarte conmigo?
El corazón me da un vuelco tan brutal que me mareo. El anillo brilla en la pequeña caja que sostiene en su mano, como si todo se hubiera detenido solo para ese instante. Me pellizco sin pensar, aterrada de que todo esto sea un sueño, de que en realidad haya muerto junto a Eric.
Jensen carraspea, aún arrodillado, esperando mi respuesta. Me río entre lágrimas, dándome cuenta de lo dramática que estoy siendo, y suelto el aire en un suspiro tembloroso.
—Madre mía… Te quiero, probablemente desde aquel primer ataque de ansiedad en el que fuiste mi ancla.
Yo también sentí algo en el baile. Pasé meses obsesionada con encontrarte, y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida —confieso temblando, aunque inevitablemente sonrío—.
Y respondiendo a tu pregunta: ¡Sí! Me casaré contigo. Te quiero.
Me abalanzo sobre él antes de que pueda ponerme el anillo. Lo beso lento, profundo, con todo el amor que me desborda, como queriendo grabarlo en mi piel. Jensen me rodea con sus brazos y me sostiene con la misma fuerza con la que ha sostenido mi mundo.
Cuando el anillo ya brilla en mi dedo, Jensen me mira como si acabara de marcarme como suya. Esa chispa en sus ojos me enciende, y la emoción se transforma en deseo puro.
Lo beso con hambre, desesperada, y él responde con un gruñido bajo que vibra en mi pecho. Me levanta como si no pesara nada y me deja caer suavemente en el sofá. Su cuerpo cubre el mío, firme y ardiente, y por un segundo solo puedo perderme en la sensación de su piel contra la mía.
Sus labios bajan por mi cuello, mordisqueando, chupando, dejándome sin aliento. Sus manos recorren mis costados y tiran de mi ropa con una impaciencia feroz. Le ayudo, me arqueo bajo él, hasta que la tela desaparece y me quedo desnuda bajo su mirada.
—Dios…, eres perfecta, y toda mía —murmura con una reverencia oscura.
Su boca atrapa uno de mis pezones, lo lame y succiona, mientras su otra mano acaricia mi muslo, abriéndome lentamente. Gimo alto, perdida, y lo siento sonreír contra mi piel antes de bajar más, hasta que se hunde entre mis piernas.
Su lengua me acaricia con un ritmo que me enciende, lento al principio, torturante, hasta que mi cuerpo se retuerce pidiendo más. Me agarra fuerte de las caderas para mantenerme quieta mientras me devora, chupando y lamiendo, alimentándose de mí.
—Jensen, por favor… —suplico entre jadeos.
Él levanta la cabeza, sus labios húmedos y los ojos ardiendo.
—Quiero que te corras en mi boca primero.
Obedezco porque no puedo más. Sus embestidas con la lengua se intensifican, succionando justo donde más lo necesito, hasta que un grito me rompe y me corro en su boca, temblando. Él no se aparta hasta que me exprime toda, tragándose cada gemido, cada estremecimiento.
Sube de nuevo, hasta que sus labios se funden con los míos y me saboreo en su boca. Siento su erección dura presionando contra mí, y me estremezco de anticipación.
—Te necesito —murmuro con los ojos brillantes—. Te quiero dentro.
Sin apartar su mirada de la mía, se acomoda entre mis piernas y me penetra con una embestida lenta, profunda, que me roba el aire. Ambos gemimos, la sensación de al fin haber llegado a casa .
Se mueve dentro de mí con fuerza, cada estocada es más profunda, más intensa, hasta que el sofá cruje bajo nuestro peso. Me aferro a sus hombros, dejando mis uñas marcas en su piel. Él me agarra de la cadera y cambia el ángulo, golpeando justo en el lugar donde me deshago.
—Mía. Siempre mía. Mi chica sucia —gruñe contra mi oído, acelerando el ritmo.
El orgasmo me golpea de nuevo, violento, haciéndome gritar su nombre. Mi cuerpo se sacude debajo de él, y segundos después lo siento correrse conmigo, profundo, enterrándose por completo mientras un rugido grave se escapa de su garganta.
Caemos exhaustos, piel contra piel, sudorosos y temblando. Jensen besa mi frente, aún dentro de mí, y susurra con voz ronca:
—Mi mujer.
Sonrío contra su cuello, aún sin aliento.
—Tuya. Siempre tuya.
Aún tardo en recuperar el aliento. Tiene una sonrisa arrogante al mirar el brillante anillo que luzco en el dedo. Se aparta despacio para ayudarme a vestirme. Sus dedos recorren mi piel más de lo necesario, como si no pudiera resistirse a tocarme.
—No creas que he acabado contigo —advierte, abrochándome la blusa con calma provocadora—. Pero ahora toca la otra parte de la sorpresa.
—¿Otra? —pregunto, arqueando una ceja.
Me mira con esos ojos ardientes, pero lo que dice después me derrite más que cualquier caricia:
—Te quiero. Y desde hoy, voy a repetírtelo siempre. Hasta que te canses de escucharlo.
Sonrío, incapaz de evitarlo, y lo beso de nuevo, ligero pero lleno de ternura .
Minutos después salimos de la casita y caminamos juntos hacia la mansión.
La brisa de la noche nos envuelve, fresca.
Cuando llegamos, las luces cálidas iluminan el salón y ahí están ellos: Dante y Luca, ya sentados con copas en la mano; Lila que sonríe tímidamente; y, por supuesto, un banquete esperándonos.
Dante levanta su vaso en cuanto nos ve.
—¡Por fin! Estaba a punto de empezar sin vosotros. Espero que la pedida haya sido digna de mi futuro discurso de padrino.
Luca le da un codazo y sonríe, cómplice.
Me siento junto a Jensen, con el corazón desbordado. Falta una parte importante de mi familia, pero sé que pronto haré una llamada que lo cambiará todo.
Dante y Lila se miran de vez en cuando, hay fuego puro entre ellos. Los asuntos sin resolver aún están ahí, aunque también la chispa de algo que ninguno podrá seguir negando por mucho tiempo.
Luca alza su copa, solemne, con esa calma que siempre transmite.
—Brindemos. Por nuestra nueva familia.
Y Dante sonríe de lado, incapaz de resistirse a añadir:
—Y por ese anillo, principessa . Es digno de ver. Mis respetos, Terminator.
Las risas llenan la sala, ligeras, como un soplo de aire fresco tras tanta oscuridad.
Miro a Jensen. Él me devuelve la mirada con esa intensidad que me deja sin aliento, y sé, sin necesidad de palabras, que estamos en el mismo punto: juntos en todo, hasta el final.
Alzo mi copa. Mi garganta arde de emoción, pero me obligo a hablar.
—Os quiero, chicos. Sé que faltan dos personas muy importantes aquí y que la boda no se celebrará hasta que vuelvan. Aún seguimos en peligro y quedan cuentas por saldar…, pero, mientras estemos juntos, podremos con todo.
Los cristales chocan, el sonido se eleva y se mezcla con las risas. Por un instante, todo es perfecto.
Bebo un sorbo de vino, saboreando el calor que me recorre. Cierro los ojos y me grabo el momento en la piel.
Porque, pase lo que pase después, esta noche nos pertenece.
Y sé que no importa cuántas sombras vuelvan a levantarse, mientras lo tenga a él y a ellos, nunca volveré a estar sola.