Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXXVIII
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XXXVIII

Leyla

La hora de la cena llega envuelta en un silencio extraño.

El estómago me ruge, pero el miedo lo aplasta todo.

Escucho el chirrido metálico de una llave girando y, en cuanto la puerta se abre, levanto la pata de la silla y golpeo con toda mi fuerza.

Oigo un quejido ahogado. No me quedo a comprobar a quién he alcanzado; salgo corriendo, con los pies descalzos sobre la madera fría.

Voces. Vienen del salón. Voces que reconozco.

Me detengo en seco al llegar y descubrir la escena: Aria, atada a una silla, el rostro pálido pero sus ojos vivos. Y frente a ella, Eric.

—¿De verdad pensasteis que podíais engañarme? —Su voz es seda envenenada, los labios curvados en una sonrisa cruel—. Creísteis ser más listos que yo… y acabé llevándome a dos. Aunque con ella… —añade rozando la mano de Aria, lento, calculado—, tenemos un pasado, ¿sabes?

Aria desvía la mirada, su respiración se agita. Doy un paso hacia ella, los ojos clavados en los de Eric.

—Déjala. ¿Qué quieres?

Él se ríe, bajo, como si disfrutara con cada palabra.

—Ya te lo dije: casémonos —repite, y recorre descaradamente con su dedo la muñeca de Aria antes de soltarla—. Aunque ahora que tu amiguita está aquí… quizá prefiera quedármela a ella.

Su mirada se clava en mí de golpe, sus pasos me rondan como un depredador jugando con la presa.

—Dime, ¿qué estáis tramando? Mis hombres no tienen ninguna actualización sobre tus amigos. Ni un movimiento. Nada. ¿A qué jugáis? ¿O es que, tal vez —se inclina y sus labios rozan mi oído—, no van a venir a buscarte?

Lo miro fijamente. No le creo. Sé que estarán armando un plan. Son más listos que él.

—Como sabes… tenemos a alguien que ha trabajado contigo. Es cuestión de días que vengan y te maten.

Eric tamborilea los dedos contra la mesa, pensativo, como si estuviera tanteando mi convicción.

—Esta propiedad no está registrada. Nadie debería saber que estáis aquí. —Me estudia con la mirada entrecerrada—. Lo que no entiendo es, ¿por qué os llevasteis a la otra chica?

Mi cuerpo se tensa. Intento mantener la voz neutra.

—No sé de qué otra chica me hablas.

El cambio es inmediato. En un parpadeo me tiene contra el respaldo, un puño aferrando mi ropa. Sus ojos arden a centímetros de los míos.

—No agotes mi paciencia, florecilla. —Cada palabra es un latigazo—. Dime dónde está.

—No lo sé —escupo las palabras.

El puño impacta contra mi cara haciendo que el mundo estalle en rojo; el grito ahogado de Aria atraviesa el aire .

Eric se aparta, ajustándose la camisa con calma, como si nada hubiera pasado.

—¿De verdad crees que soy tan tonto como para pensar que no sabes por qué se han llevado a mi hermana? —ruge, sus ojos negros como un abismo.

Mi gesto lo delata, por mucho que intente contenerlo.

Él lo entiende.

—Es cierto…, no lo sabes. —Su sonrisa se ensancha, helada, los ojos le brillan con una satisfacción perversa. Mueve la cabeza a un lado, como si estuviera compartiendo un secreto consigo mismo—. Después de tanto tiempo… ha conseguido escapar. Chica lista.

Hermana . La palabra se clava en mi mente como un cuchillo. ¿Desde cuándo tiene una hermana? ¿Por qué nadie sabía nada?

Eric rompe el silencio con un gesto de la mano, ligero, casi elegante.

—Siéntate, florecilla —dice, y vuelve a ese tono sedoso que hiela la sangre—. Cenemos.

El sabor metálico de la sangre me arde en la boca, pero Eric actúa como si nada hubiera pasado.

Se acomoda en la cabecera de la mesa y hace un gesto.

Uno de sus hombres aparece con una bandeja: pan, filetes, vino y algo de fruta fresca.

Lo coloca con torpeza delante de nosotros, haciendo de esta parodia de cena algo casi digno.

—Las familias siempre acaban encontrándose en torno a una mesa. —Eric sonríe, cortando un trozo de carne con calma quirúrgica—. Qué poético, ¿no?

Aria presiona los puños contra las rodillas, sus muñecas están enrojecidas por las cuerdas. No me atrevo a mirarla demasiado tiempo, por miedo a que él lo note.

Eric gira la cabeza hacia ella, sus ojos relucen con esa devoción retorcida .

—Tu padre siempre supo lo que hacía —deja caer, de forma casi melosa, venenosa—. Tú y yo éramos el futuro, Aria. La unión perfecta.

Ella escupe a un lado, con la mirada cargada de odio.

—Prefiero pudrirme antes que llevar tu apellido.

El golpe seco de la copa contra la mesa nos hace temblar. El vino se derrama en un hilo rojo, como sangre fresca.

—¡Te escapaste! —ruge, su máscara de calma resquebrajada al fin—. Me humillaste frente a todos, Aria. Creíste que podías burlar lo que estaba escrito.

Se levanta y la rodea despacio, para rozar con los dedos su cuello, probando su resistencia.

—Pero aquí estás otra vez. El destino no se rompe tan fácilmente.

El temblor de Aria es casi imperceptible, pero lo veo. Y le odio.

—Déjala. —Mi voz es casi un susurro, pero la rabia invade mi garganta.

Eric sonríe, se vuelve hacia mí, como si hubiera esperado esa reacción.

—¿Y qué me ofreces a cambio, florecilla? —pregunta inclinándose sobre la mesa, sus ojos encendidos—. Porque… —acaricia el hombro de Aria con la punta de los dedos— prefiero quedarme con ella. Es mía desde antes de que tú existieras en esta historia.

La única salida, la única forma de apartar sus manos de ella… es darle lo que quiere.

Trago saliva, conteniendo las lágrimas que amenazan con quebrarme.

—Entonces… me casaré contigo —pronuncio con aspereza, palabras que envenenan mi propia lengua—. Pero la dejarás marchar.

El silencio que sigue es brutal, absoluto. Su sonrisa vuelve, lenta, satisfecha.

—Sabía que lo entenderías.

Mis propias palabras retumban en mi cabeza: «Me casaré contigo ».

Eric no se sienta enseguida. Rodea la mesa como un depredador que acaba de acorralar a su presa. Sus dedos tamborilean sobre la madera hasta que se detienen justo frente a mí. Se inclina lo suficiente como para que su sombra me cubra entera.

—Repítelo. —Su voz es baja pero afilada como un cuchillo.

Me obligo a levantar la barbilla, aunque por dentro estoy temblando.

—He dicho que me casaré contigo —gruño, cada sílaba me sabe a ceniza.

Un destello de triunfo le cruza los ojos. Su mano atrapa mi mandíbula con fuerza, girándome el rostro hacia Aria.

—¿Has oído eso, preciosa? —susurra en su dirección—. Ella va a entregarse para salvarte. Qué noble, ¿verdad?

Aria aprieta los dientes, pero sus ojos se clavan en los míos, suplicando que no lo haga. Que no ceda. Que no me pierda.

Eric suelta una carcajada breve, seca, y vuelve a mi lado.

—El problema es… que ya me engañaste una vez, florecilla. Dijiste que ibas a pensarlo, que ibas a ser razonable. —Su dedo recorre el borde de mi plato vacío—. Y luego intentaste escaparte.

Su rostro se tuerce en una mueca de desdén.

—¿Cómo sé que esta vez no mientes?

Mi estómago se revuelve. Siento el pulso en las muñecas, fuerte, desbocado.

—¿Qué prueba quieres? —susurro, odiando cada palabra.

Eric sonríe y diría que ha estado esperando justo eso.

—Obediencia. —Corta un trozo de carne de su plato y me lo tiende en el filo del cuchillo, como si fuera un banquete real y no una farsa grotesca—. Empieza por cenar conmigo. Como mi futura esposa.

El filo roza mis labios. La humillación me quema la piel, pero no aparto la mirada. No puedo. Porque al otro lado de la mesa, Aria tiembla en silencio, y sé que mi rendición es su única salida.

Trago el trozo de carne como si fuera vidrio. El sabor metálico de la sangre me revuelve el estómago, pero no dejo que él perciba mi asco.

Eric se reclina por fin en su silla, satisfecho. Levanta la copa y brinda en el aire.

—Por nosotros —afirma, y sus ojos brillan con esa calma enfermiza—. Y por el principio de una nueva familia.

Aria cierra los ojos con fuerza. Yo clavo las uñas en mis piernas bajo la mesa para no romperme allí mismo.

Lo único que pienso es que tengo que ganar tiempo. Que Jensen y los demás deben estar buscándonos. Que no voy a ser su esposa, aunque ahora mismo tenga que fingirlo.

Pero Eric sonríe como si ya hubiera ganado.

Bebe un sorbo de vino y deja la copa sobre la mesa con un tintineo suave. Me observa en silencio un largo instante, hasta que la sonrisa vuelve a sus labios.

—¿Ves? No era tan difícil. —Inclina la cabeza, estudiándome como a un trofeo—. Poco a poco aprenderás. No tardaremos en casarnos, florecilla. Muy pronto todos sabrán que eres mía.

Siento que el corazón se me dispara. Él lo nota, claro que lo nota, y disfruta de cada segundo.

—Y tendrás que acostumbrarte a dormir a mi lado —advierte en un susurro casi íntimo, como quien comparte un secreto—.

A despertar conmigo, a obedecerme sin rechistar.

—Sigue acercándose a mí, rozando mi mejilla con los labios sin llegar a besarme—.

Te prometo que incluso algún día llegará a gustarte.

Aria contiene la respiración al otro lado de la mesa. Sus ojos me taladran, cargados de rabia, de impotencia.

Eric, satisfecho con mi silencio, se levanta despacio y rodea la mesa hasta situarse tras ella. Su mano reposa sobre el respaldo de la silla, y entonces… tira del nudo que aprisiona sus muñecas.

La cuerda cae al suelo con un golpe sordo.

—Puedes moverte, preciosa —asegura, y suena casi amable—. Considera esto un regalo de bodas adelantado.

Aria se frota las muñecas enrojecidas, pero no se levanta. Sus ojos, húmedos, siguen fijos en mí.

Yo trago saliva, cada vez más atrapada en esta farsa. Mi rendición empieza a costarme más de lo que puedo soportar, pero sé que era la única forma de darle un respiro a ella.

Eric se apoya en la mesa, con la seguridad de alguien que cree que todo está bajo control.

—Brindemos otra vez. —Su sonrisa es puro sadismo—. Por nuestra boda, florecilla. Y por que esta sea la primera de muchas noches juntos.

Levanta su copa hacia mí. Yo no muevo la mía. Solo me repito por dentro que esto no es el final, que tengo que resistir un poco más. Que los demás llegarán.

Aunque él parece convencido de que ya le pertenezco.

Eric ladea la cabeza y posa los ojos fijos en mí. Su sonrisa se curva, más torcida, más íntima.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo, florecilla? —susurra despacio, como si no quisiera que nadie más lo oyera—. Que esta misma noche dormirás en mi cama .

El corazón me da un vuelco, pero no permito que lo detecte. Lo miro de frente, tragándome el temblor, impasible. No puedo mirar a Aria, sé que me derrumbaré.

Es un farol, tiene que serlo. No puedo llevarle la contraria.

—Tengo muchas ganas… —afirmo, cada palabra me sabe a veneno.

Él ríe bajo, complacido, como si acabara de recibir la confesión más sincera.

—Así me gusta. Obediente —fanfarronea, aproximándose a mí, casi rozando mis labios, y añade—: Si te portas bien esta noche, puede que deje que tu amiga se marche.

Aria aprieta los puños sobre sus rodillas, sus ojos arden de rabia contenida. No me atrevo a mirarla aún.

Eric se separa despacio, recupera la copa y la alza otra vez hacia mí.

—Por la primera noche del resto de tu vida.

El cristal choca con un eco frío en el silencio de la sala.

Y yo solo puedo rezar para que mis mentiras aguanten lo suficiente hasta que lleguen ellos.

Eric deja la copa sobre la mesa y se reclina hacia atrás, con esa calma suya que es más dañina que cualquier grito.

—Me encantaría que durmiéramos juntos esta noche… —reitera, deleitándose con cada palabra—, pero prefiero esperar a la boda.

No respondo. Mantengo el rostro neutro, impasible, aunque por dentro todo mi cuerpo esté gritando de alivio.

Da una palmada suave y dos de sus hombres aparecen en el umbral.

—Acompañadlas a sus habitaciones —ordena con una tranquilidad que hiela.

Me pongo de pie despacio. Antes de que nos separen, me giro hacia Aria. Ella me sostiene la mirada con el fuego intacto en los ojos.

—Todo va a salir bien —murmuro .

Ella asiente una sola vez, tensa, sin dejar de vigilar cada movimiento.

Los guardias nos conducen por el pasillo. El eco de nuestros pasos retumba como un martillazo en mi pecho.

La puerta se cierra a mis espaldas con un golpe sordo. El sonido de la cerradura encajando es el recordatorio más cruel: sigo siendo prisionera.

Y en la oscuridad que me traga otra vez, solo puedo aferrarme a una certeza: ellos vendrán por nosotras. Tienen que hacerlo.