Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXXVII
80%

XXXVII

Jensen

No he podido pegar ojo.

Cada vez que lo intentaba, veía su rostro, sus labios temblando al pronunciar mi nombre, sus manos luchando contra las cuerdas. Y después… el vacío. Siempre el vacío.

Cuando el primer rayo gris cruza la ventana del hotel, ya estamos en marcha. No hay desayuno ni discusiones, solo armas cargadas, ropa oscura y un coche esperando en la puerta.

Lila va en el centro, encajonada entre Dante y Luca. Está encogida, aunque con la barbilla alzada, queriendo fingir firmeza. Le tiendo el teléfono y marca unas coordenadas con dedos temblorosos.

—Aquí —señala, su voz es apenas un hilo—. El trayecto es de unas dos horas.

Asiento sin mirarla. No puedo. Si pienso en todo lo que ha callado, en lo que todavía podría estar ocultando…, la rompería allí mismo. Quiero confiar en ella, pero no me lo permito. No cuando ellas siguen en peligro.

Viktor va a mi lado, con la mirada fija en la pantalla del móvil, revisando el mapa una y otra vez como si pudiera arrancarle respuestas con los ojos.

Sus dedos se mueven sobre la culata de la pistola en su muslo.

Está demasiado callado. Y sé por qué: cada kilómetro lo acerca más al pasado de Aria con Eric.

Dante es el que rompe el silencio, su voz más grave de lo habitual:

—Cuando lleguemos, lo hacemos limpio. Reconocimiento primero. Sin disparos, sin ruido, hasta estar seguros.

—Si está mintiendo, lo sabremos —gruñe Luca, la mandíbula tensa, los ojos clavados en Lila como un cuchillo.

Ella no responde. Solo traga saliva y aprieta los labios.

La carretera se va estrechando, tragándose las millas hacia un destino que ninguno conoce. El volante cruje bajo mis manos, mis nudillos blancos de tanto apretar.

El aire en el coche es tan denso que casi cuesta respirar. Nadie dice nada más. Ni falta que hace.

Necesito recuperarlas.

Hasta que un clic rompe la quietud.

Dante, con la misma calma insolente de siempre, conecta su teléfono al estéreo. Unos acordes conocidos llenan la cabina, demasiado vivos para el momento.

Temperature de Sean Paul.

Todos giramos la cabeza hacia él al mismo tiempo.

—¿Qué? —Levanta las cejas, medio sonriendo—. Esto está demasiado silencioso. Y no pienso pasarme la hora y media que queda escuchando cómo resopláis.

Luca niega con la cabeza, murmurando algo entre dientes. Viktor lo fulmina con la mirada, pero ni siquiera se molesta en apagar la música. Y, contra todo pronóstico, Lila deja escapar una risa breve, nerviosa, como si agradeciera el paréntesis .

Yo no sonrío, pero lo cierto es que el sonido alivia un poco el nudo que llevo en el pecho. Aunque solo sea por un instante.

La carretera serpentea cada vez más estrecha, devorada por un bosque denso que parece cerrarse a nuestro alrededor. Los árboles altos forman un túnel natural donde apenas se cuela la luz del sol.

Tras lo que parece que es más tiempo del previsto, el camino se abre al final… y allí la vemos.

Una casa pequeña, apartada, rodeada de maleza. Aunque las ventanas están cerradas, se ve una pequeña luz, parece habitado.

El coche se detiene unos metros antes, las ruedas chirrían sobre la grava húmeda.

Apagamos las luces y lo dejamos oculto entre los árboles. El motor se apaga y el silencio del bosque nos envuelve, apenas roto por el crujido de las ramas bajo nuestras botas al salir.

—Nos separamos en parejas —murmuro, bajando la voz por si alguien pudiera escucharnos desde dentro—. Reconocimiento primero. Nadie dispara a menos que sea absolutamente necesario.

Viktor asiente, serio, mientras sus ojos se clavan en la casa con un brillo oscuro. Luca ya tiene la pistola en la mano, con el dedo jugueteando demasiado cerca del gatillo. Dante, en cambio, parece divertirse con el plan como si fuera un juego.

Lila se queda a mi lado, rígida. La luz que parpadea en una de las ventanas se refleja en sus ojos, y juro que por un instante me parece ver miedo, verdadero miedo.

—Dijiste que estaba vacía —le recuerdo en un susurro, con dureza.

Ella traga saliva, sin apartar la vista de la casa.

—Lo estaba la última vez que vine.

No me gusta nada cómo suena eso .

Hago un gesto con la cabeza y nos movemos entre la maleza, cada paso es más lento, más medido. La casa está demasiado quieta, demasiado perfecta, como si esperara nuestra llegada.

Y en lo más profundo del estómago, lo sé: aquí vamos a encontrar algo.

Me dirijo primero hacia la puerta, que cede con un chirrido ligero. La madera está blanda por la humedad, como si llevara años sin cuidado.

Avanzamos en fila, las linternas cortando la penumbra. El aire huele a polvo y encierro…, pero no es una casa abandonada. Hay platos en el fregadero, una manta doblada sobre el sofá. Alguien ha estado aquí, no hace mucho.

Me muevo despacio hacia la sala principal, el dedo firme en el gatillo. Entonces, un ruido. Un roce rápido, como de tela contra tela.

La luz de mi linterna barre la esquina y la ilumina.

Una chica.

Se encoge al instante, llevándose las manos a la cara alcreer que vamos a disparar. Su cuerpo tiembla de puro susto. Por un segundo, nadie se mueve.

—Es mi musa… —murmura Luca, tan bajo que casi no lo oigo.

—¡No disparen! —pide, la voz quebrada, los ojos muy abiertos—. Yo… yo solo limpio aquí. ¡Lo juro!

Miro a Lila. No dice nada, pero lo veo: un parpadeo demasiado lento, la rigidez en la mandíbula. Se reconocen. No lo admiten, sin embargo, está ahí.

—¿Limpias una casa perdida en mitad del bosque? —Dante deja escapar una risa breve, incrédula.

La pelirroja sacude la cabeza con fuerza, intentando recomponerse .

—Me pagan por mantenerla…, nada más —se defiende, y sus ojos azules parecen un mar en calma, pero sé que está mintiendo.

Doy un paso más, bajo ligeramente el arma, sin apartar la mirada de ella.

—Entonces sabrás quién vive aquí.

Vacila. Solo un segundo, aunque es suficiente.

Viktor avanza hasta que su sombra la cubre por completo.

—Contesta. —Su voz es puro acero.

La chica se muerde el labio inferior. Sus ojos revolotean hacia Lila. Y Lila… aparta la vista.

Se conocen. Y pienso averiguar de qué.

—Creo que pasaremos aquí la noche —decido finalmente, sin pedir permiso a nadie.

La casa es pequeña, aunque hay espacio suficiente para todos.

—Ni de coña. —Dante rompe el silencio, su voz áspera—. No pienso dormir aquí.

—Entonces harás tú la primera ronda —respondo sin mirarlo—. Algo me dice que estas dos se conocen.

Viktor da un paso al frente, con los ojos inyectados en furia.

—¡Os lo dije! —ruge—. No es de fiar. Mi mujer está en peligro, y cada hora cuenta. —Me señala con el dedo, como si necesitara que yo cargara con su rabia—. Tú más que nadie sabes lo que significa tener a Eric de enemigo. Si a Aria le pasa algo… yo…

Por un instante parece que va a derrumbarse. Pero enseguida recupera la dureza y se vuelve contra Lila, fulminándola con la mirada.

—O nos cuentas todo ahora mismo… o no habrá rendición para ti.

El silencio es un puñal en el aire. Lila aguanta, pero la tensión se palpa en cada músculo.

Y entonces la pelirroja da un paso adelante.

—Para —ruega, de forma suave pero firme—. Le harás daño, y no creo que quieras hacerlo .

Se acerca despacio, coloca la mano en el brazo de Viktor. Él se queda inmóvil, clava sus ojos en ella, y después cede. Se da la vuelta sin decir nada y desaparece en una de las habitaciones, cerrando la puerta de golpe.

La chica inspira hondo, se gira hacia Luca y habla casi en un susurro:

—Gracias… por ayudarme a salir de aquella casa.

Él la mira fijamente, sin palabras, y al final solo asiente. Un gesto pequeño, pero suficiente para que ella se sonroje, bajando la vista.

—Os lo contaré todo —añade entonces, más segura—. Pero primero… deberíais comer algo. Nos vendrá bien a todos para calmarnos.

La pelirroja vuelve con un par de platos improvisados, pan duro y un poco de queso seco. Los deja sobre la mesa con un gesto nervioso. Nadie toca nada, aunque tampoco la interrumpimos.

—No es mucho, pero servirá para pensar con la cabeza más fría. —Su voz es suave, contenida.

Cruza la mirada con Lila un instante. Ese parpadeo vuelve, esa chispa de reconocimiento que ninguno admite pero que todos percibimos.

Me cruzo de brazos, esperando. Y al fin, habla:

—No puedo deciros dónde está Eric ahora. Nadie lo sabe nunca. Pero… —continúa, tragando saliva mientras sus dedos juguetean con el borde de la mesa— hay una propiedad más apartada. No siempre la usa, solo cuando quiere… convencer a alguien.

El aire se espesa de inmediato. Todos entendemos lo que significa «convencer».

Luca se inclina hacia adelante, la mirada centrada en ella.

—¿Dónde?

Ella titubea, como calibrando hasta dónde hablar. Finalmente asiente.

—Os lo diré. Pero tenéis que prometerme algo primero… —Sus ojos se clavan en mí, azules, intensos, casi suplicantes—. Que cuando lo encontréis, no me entreguéis a él.

Un silencio brutal llena la sala. Mi instinto me grita que está ocultando demasiado.

Decido apretar un poco más.

—Bueno…, ¿cómo dices que te llamas? ¿Y por qué huyes de él? —inquiero con fuerza—. No veo ningún coche más estacionado. Eso significa que has llegado aquí sola, a pie. Has tenido que jugar muy bien tus cartas para esconderte en un lugar así…, así que dinos quién eres.

Ella se muerde el labio, traga saliva, pero al final responde:

—Soy alguien que os vendrá bien tener de vuestra parte. —Sus palabras suenan medidas, calculadas—. Y como tú mismo has dicho, sé jugar mis cartas. Solo necesitas saber esto: quiero a Eric muerto tanto como tú.

Se inclina ligeramente hacia adelante, los ojos brillando con una determinación helada.

—Puedes confiar en mí…, aunque aún no sepas por qué.

Su voz llena la sala, firme pese al temblor de sus manos. Sus ojos recorren cada uno de nuestros rostros, como si midiera cuánto puede arriesgarse.

—Me llamo Mia —añade por fin, casi en un susurro.

El nombre queda flotando en el aire. Debería sonarme, lo intento…, pero, no, no creo conocerla. Y, sin embargo, hay algo en la manera en que lo dice que me inquieta.

Nadie responde, aunque veo que Luca la mira con una intensidad brutal, una que ninguno de los dos puede ignorar.