XXXVI
Leyla
Me despierta un silencio extraño. Ya no siento la presión en las muñecas: las cuerdas han desaparecido. Mis manos arden todavía por las marcas, pero están libres.
El alivio dura apenas un segundo. La puerta sigue cerrada. La habitación entera se siente como una jaula con barrotes invisibles.
Me incorporo despacio, tanteando el suelo frío con los pies desnudos. Todo está exactamente igual que antes: las cortinas cerradas, el aire demasiado quieto, como si el mundo allá afuera no existiera.
Eric. La idea de que haya entrado mientras dormía me revuelve el estómago.
Camino hasta la puerta. El picaporte cede un poco, pero no lo suficiente; está cerrada con llave desde fuera. Golpeo una vez, dos, conteniendo el grito en la garganta. Nadie responde.
—Mierda… —susurro, apoyando la frente contra la madera.
Me paso las manos por el pelo, desesperada.
De repente, escucho un crujido.
Me congelo .
Pasos. Lentos, pesados. Recorren el pasillo frente a mi puerta y se detienen justo allí.
Contengo el aliento.
La manilla no se mueve. Solo escucho una respiración amortiguada al otro lado. Y luego… una risa baja, casi infantil, que se desvanece a medida que los pasos se alejan.
Me desplomo en la silla, el corazón me late en las sienes.
Necesito saber cuántos estamos aquí dentro. No creo que pueda sola. Y me obligo a respirar despacio. Si quiero sobrevivir, no puedo perder la cabeza. Tengo que estar lista. Si Eric piensa que me doblegará, está equivocado.
Miro alrededor una vez más y agarro la pata de la silla con ambas manos, arrancándola con un crujido seco. Es rudimentaria, pesada, pero al menos tengo algo.
Me siento en la oscuridad, con la improvisada arma en el regazo, y susurro para mí misma:
—Espero que me encuentren pronto.
El silencio parece devorar cada rincón. Hasta que escucho unos leves golpes en la habitación contigua. Son golpecitos leves, apenas perceptibles, que resuenan en la pared a mi izquierda.
Me quedo rígida, con los dedos aferrados a la pata de la silla. La respiración se me corta en seco.
No estoy segura. Podría ser la madera crujiendo. Podría ser mi cabeza jugando conmigo. Pero entonces lo escucho otra vez. Más nítido. Un susurro ahogado, como de alguien intentando llamar sin ser descubierto.
Mis labios se separan, aunque no sale ningún sonido. El miedo me paraliza, mezclado con una chispa peligrosa de esperanza.
No estoy sola. Espero que no se haya llevado a nadie más .
Agarro con más fuerza mi improvisada arma y fijo la vista en la pared, los ojos abiertos de par en par en la penumbra.
—¿Quién anda ahí? —susurro con miedo.
La respiración se me queda atrapada en la garganta cuando escucho el sonido claro de una puerta abriéndose en la habitación contigua.
Y entonces, oigo una voz. Grave, calmada, teñida de amenaza.
—Te dije que no hicieses ruido.
Se me hiela la sangre.
La chispa de esperanza que acababa de encenderse se apaga de golpe, reemplazada por un terror helado.
Aprieto la pata de la silla con tanta fuerza que me crujen los dedos. Y me quedo inmóvil, conteniendo hasta el aire, sabiendo que cualquier movimiento puede delatarme. Tengo que averiguar quién está conmigo.
Solo espero que no sea uno de los nuestros.
Es imposible. Aria fue en busca de Jensen, él estaba con Viktor. Dante fue el primero en salir. Y Luca… Luca estaba arriba, lo vi, tuvo que lograrlo. Estoy segura.
O al menos… necesito estarlo.