XXXV
Jensen
El murmullo del hotel se siente lejano, apagado, como si todo lo que hemos vivido todavía estuviera pegado a la piel. Hemos vuelto a la suite después de lo sucedido, cargando con un silencio que pesa más que cualquier palabra.
Lila se remueve en el sofá, sus párpados pesados se abren despacio. Cuando por fin se incorpora, su primera mirada va directa a Dante. Sus labios se curvan en una mueca de desprecio.
—¿Qué hace él aquí? —pregunta áspera, incisiva—. No pienso decir nada en su presencia.
Dante no responde. Ni una sonrisa ni una burla. Nada. Solo se levanta despacio, tiene los hombros tensos, y se marcha sin mirar atrás.
Luca lo sigue con la mirada, enfureciendo el gesto. Luego clava los ojos en Lila.
—Deberías agradecerle que estés aquí, libre al fin. —Se inclina ligeramente hacia ella, suelta cada palabra como un puñal—. Porque si fuera por mí, ellas estarían a salvo… y no tú.
Ella le lanza un bufido de desprecio. Luca se aparta, gira sobre los talones y abandona la sala tras su hermano.
El silencio queda espeso, hasta que Viktor avanza, su sombra imponente cerniéndose sobre ella.
—Te trajimos aquí por Dante. —Su voz es baja aunque cortante—. Pero escucha bien, Lila: como no me ayudes a encontrar a mi mujer… lo vas a lamentar.
Ella alza la barbilla, orgullosa, sin retroceder ni un centímetro.
—No pienso decir ni una palabra sin una garantía de que no volveré con él.
Me hierve la sangre. Doy un paso al frente antes de que Viktor pierda la paciencia por completo.
—Déjanos a solas —le pido en un gruñido.
Viktor gira la cabeza hacia mí, sus ojos helados taladrándome.
—¿Me estás pidiendo que confíe en ella?
Doy un paso más, los puños cerrados hasta doler.
—Son mi hermana y mi novia también. —Mi reclamo truena, ronco, brutal—. Son mi vida entera, Viktor. ¿Crees que no estoy de tu parte? Pero ahora mismo no piensas con claridad.
Por un instante creo que va a desafiarme. Sin embargo, al final, resopla, se le tensa la mandíbula y se retira sin más. La puerta se cierra con un golpe seco tras nosotros.
El silencio que queda tras su marcha me oprime el pecho.
Y entonces nos quedamos solos: Lila y yo.
Su mirada se clava en mí, desafiante, convirtiendo la habitación entera en un campo de batalla. Sus ojos oscilan entre el orgullo y la rabia.
Me acerco despacio, bajando el tono.
—Deberías dejar de estar a la defensiva —digo con firmeza—. Aquí estás a salvo. Era el plan desde el principio.
Ella suelta una risa amarga, quebrada.
—No me fío de vosotros.
Entrecierro los ojos, acercándome un paso más.
—La pregunta es… ¿deberíamos fi arnos nosotros de ti? —La dejo clavada en sus propios pensamientos—. Tienes mi palabra de que no volverás con él, incluso de que puedes quedarte con nosotros. He aprendido a tolerar a Dante, Lila. Tú también deberías.
Por primera vez, la veo tambalearse. Sus labios tiemblan, su respiración se entrecorta. Y las lágrimas aparecen, brillando en el borde de sus ojos.
—El plan era llevarse a Leyla… —confiesa rompiéndose—. No sé por qué se llevaron también a tu hermana, te lo prometo.
Un nudo me sube por la garganta, pero me obligo a mantenerme inmóvil.
—Sigue —le exijo en un rugido contenido.
—Solo sé que quería convencerla de que se casara con él… —Traga saliva, las lágrimas finalmente caen—. Una especie de unión entre familias. Tiene varias propiedades en la ciudad —me indica, y levanta la mirada hacia mí, desesperada—. Puedo darte las direcciones, pero no sé en cuál las tiene.
El mundo parece encogerse en torno a esas palabras. Por primera vez desde que todo comenzó, tengo un hilo al que aferrarme.
Me paso una mano por el rostro, intentando aplacar el rugido en mi interior. Pero ya no hay tiempo que perder. Saco el teléfono del bolsillo y llamo a los demás.
Unos minutos después, la puerta se abre. Viktor entra primero, con la expresión seria, seguido de Luca y por último Dante, que se detiene en seco al ver a Lila sentada frente a mí. La tensión se dispara de inmediato.
Levanto la mano, cortándola en el aire.
—Vamos a trabajar juntos. —Y mi promesa suena grave, firme, sin margen de réplica—. Ella no confía en nosotros y nosotros tampoco confiamos en ella…, pero ahora mismo es nuestra mejor baza.
Miro a Viktor antes de que diga algo más, y luego me giro hacia Lila.
—No quiero amenazas contra ella. Y tú… no tensarás más las cosas. ¿Está claro?
El silencio es pesado, todos nos medimos, todos sabemos que las palabras cuestan más que el aire que respiramos.
—Estamos en el mismo barco —digo con firmeza, mirándolos a todos, uno a uno—. Vamos a encontrarlas.
Viktor asiente, lento, con el rostro sombrío. Luca lo sigue, más rígido, aunque sin discutir. Dante… Dante no aparta la mirada de Lila. Y ella tampoco de él. Hay fuego en esos ojos, están liderando una guerra muda que ninguno quiere poner en voz alta, pero una que todos podemos ver.
Nadie dice nada. Nadie se atreve.
Entonces Lila respira hondo y rompe el silencio.
—Eric tiene varias propiedades en la ciudad. —Su garganta aún tiembla, aun así, ya no esconde nada—. Una casa en Garden District, un almacén en el puerto y un club privado en Bourbon Street. No sé en cuál de ellas las tiene…, pero sé que usa los tres.
Viktor da un paso hacia la mesa, apoyando las manos sobre ella.
—Entonces iremos uno por uno. —Sus palabras caen como martillazos.
Viktor se incorpora, su mirada helada repasa los nombres de los lugares como si fueran blancos en una diana.
—Deberíamos dividirnos. —La propuesta es pura estrategia, fría—. Tenemos un par de hombres en la isla, podríamos apoyarnos en ellos.
Pero Luca niega de inmediato, con un gruñido que corta el aire.
—No. — Se cruza de brazos, rotundo—. Eso no nos ha funcionado antes. Si nos dividimos, perdemos fuerza. Vamos a ir juntos, también son nuestra familia.
Nadie lo contradice. Tiene razón. Esta vez no podemos permitirnos el mínimo error.
—¿Y qué hacemos con ella? —pregunta Dante mirando a Lila.
Todos los ojos se clavan en ella. Lila nos devuelve la mirada sin apartarla, aunque su respiración se acelera.
Viktor responde sin vacilar, como si ya lo hubiera decidido.
—Nos la llevamos. —Sus palabras son claras—. Pero que quede claro: no habrá intercambio de rehenes. Volverá a casa con nosotros.
Todos giramos instintivamente hacia Dante. Él se limita a mantener la mirada en ella, en silencio.
—Ella te lo prometió —digo, y le doy una ligera palmada en la espalda en señal de apoyo.
Lila parpadea, y diría que por fin comprende que no la vemos como una moneda de cambio. Que, pese a todo, está aquí porque alguien apostó por ella. Y esa certeza suaviza sus facciones, derritiendo un poco esa coraza que parecía imposible de quebrar.
—Si vais a empezar… —señala casi un suspiro—, lo mejor sería hacerlo por la propiedad más alejada. Si Eric intenta ganar tiempo, las más próximas estarán más vigiladas.
Asiento, procesándolo, y cuando ella vuelve a hablar, esta vez más firme, es como si acabara de tomar una decisión importante.
—Pero hay algo más. —Traga saliva, sus ojos recorren a cada uno de nosotros antes de detenerse en Dante suavizando la mirada al contemplarlo de nuevo—.
Hay otra propiedad. No aparece en sus registros porque está a mi nombre.
Un sitio que usamos…, que él usaba como escondite pr ivado —nos informa, y sus ojos bajan al suelo, dejando entrever que no es un sitio al que le agrade volver.
El impacto se palpa en el aire. Viktor se inclina hacia delante, su voz sigue sin relajarse.
—¿Dónde?
Lila entrelaza las manos, nerviosa, pero no retrocede.
—En las afueras, cerca del pantano. Nadie más lo conoce. Si Eric quiere jugar sucio… las tendrá allí.
El silencio que sigue es unánime. Todos lo sabemos: ese es el lugar al que iremos primero.