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Leyla
El despertar llega como una punzada en el pecho. Me cuesta coger aire, como si hubiera estado tragando humo durante horas. Mi garganta arde y cada inhalación es un rasguño. Abro los ojos con dificultad, parpadeando hasta que la estancia empieza a tomar forma.
No es el salón del baile.
No hay música ni máscaras, tampoco multitud.
Es una habitación demasiado silenciosa, demasiado limpia. Las paredes son de un blanco pulido que me recuerda a un hospital, pero el mobiliario desentona: una cama amplia, cortinas pesadas, una lámpara de cristal encendida sobre mi cabeza. Todo huele a desinfectante… y a perfume caro.
Me incorporo con torpeza, pero el mareo me obliga a presionarme las sienes. Tengo las manos atadas… El vestido de gala sigue conmigo, aunque arrugado. Busco mi bolso con la mirada, mi arma…, nada. Solo yo, rodeada por ese silencio que parece observarme.
La última imagen golpea mi mente de golpe: Eric proponiéndome la alianza y después la negrura absoluta.
—Joder… —susurro con la voz rota .
Un sonido suave me hace girar la cabeza. Una puerta se abre despacio.
Es… él.
Eric.
De pie en el umbral, impecable con un traje oscuro y la máscara ya retirada, revelando esa sonrisa sádica.
—Buenas noches, florecilla —saluda en un tono demasiado calmado, como si yo acabara de despertar de una siesta y no de un secuestro.
Intento mover las muñecas, pero la cuerda me muerde la piel hasta arrancarme un quejido ahogado. La impotencia me recorre como un veneno que arde debajo de mí.
—Suéltame —escupo entre dientes, aunque la orden suena más frágil de lo que quisiera.
Entra despacio, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave, casi ceremonioso. Sus pasos retumban en el suelo en un compás calculado, como si cada centímetro de esta habitación le perteneciera desde siempre.
—No tienes de qué preocuparte. —Su sonrisa no se altera ni un ápice—. Nadie aquí piensa hacerte daño… siempre y cuando sepas elegir con inteligencia.
Me obligo a enderezarme, clavando los ojos en los suyos, aunque el nudo en mi estómago me quema por dentro.
—¿Y esa «elección» es casarme contigo? ¿Unir mi vida a la de un enfermo que maltrata y secuestra mujeres?
Su risa es baja, áspera, cargada de una paciencia venenosa que me revuelve el estómago de nuevo .
—No me llames enfermo, florecilla. —Ladea la cabeza, disfrutando de cada palabra—. Digamos que, si decides negarte, tengo una garantía extra.
Mi sangre se hiela.
—¿De qué hablas?
Eric se inclina sobre mí, apoyando una mano en el respaldo de la cama. Su rostro queda a escasos centímetros, sus ojos oscuros y fijos me devoran.
—No te preocupes…, nos ocuparemos de eso más tarde.
Su mano desciende con lentitud hasta rozar mi mejilla. Me estremezco como si me hubiera tocado con fuego.
Contengo la respiración, me obligo a no cerrar los ojos, a no retroceder. Pero la rabia me arde en las venas y me hace apretar los dientes hasta sentirlos crujir.
—No me toques. Me das asco. —Mi voz es un cuchillo de acero que apenas controlo—. Y te juro que voy a matarte con mis propias manos.
Eric sonríe, satisfecho, como si esa amenaza fuera el combustible que necesitaba.
—Ah, florecilla…, tus palabras me la ponen dura. Ese fuego…, esa furia es lo que más me gusta de ti. —Sus labios se curvan aún más, crueles—. No me extraña que él se haya enamorado de ti.
Ladea la cabeza, estudiándome como un gato que juega con su presa.
—¿Sabes qué es lo más irónico, florecilla? —pregunta con tono suave, casi burlón—. Mientras me acusas de ser un monstruo, tus hombres no son muy distintos a mí.
Frunzo el ceño, mordiéndome la lengua para no morder el anzuelo.
—¿Qué coño quieres decir?
Eric se agacha, sus ojos se encienden con una calma venenosa.
—Que vosotros también os habéis llevado a alguien que me pertenece. —Su sonrisa se expande, lenta, cruel—. A mi chica.
Un escalofrío me recorre la espalda. Lila. Tiene que estar hablando de ella. Al menos algo ha salido bien.
Pero no me da tiempo a responder porque sigue, y cada palabra se me clava como un cuchillo:
—Y lo peor… es que, en el proceso, tu primo Luca ha dejado escapar algo mucho más valioso para mí. Algo que necesito.
El corazón se me encoge.
—¿Qué algo ? —escupo.
No me contesta de inmediato. Se incorpora, da unos pasos como si disfrutara al prolongar mi angustia, y finalmente suelta:
—Digamos que no todas las verdades sobre mi familia han salido todavía a la luz.
El aire se me congela en los pulmones.
—¿De qué hablas?
Él sonríe, satisfecho al ver la grieta en mi seguridad.
—No tengas prisa. Todo llegará a su debido tiempo.
El silencio que sigue es un tormento. Eric se gira hacia la puerta, como si ya lo hubiera conseguido todo sin apenas esfuerzo.
—Así que piénsalo bien, florecilla. Yo tengo lo que quiero. Vosotros tenéis lo mío. Y tarde o temprano, alguien tendrá que ceder.
El clic de la cerradura al cerrarse suena como una amenaza que me encadena al vacío. Me quedo quieta, con la respiración desbocada, el corazón golpeando tan fuerte que me duele el pecho.
¿En qué momento fui tan estúpida de quedarme sola con él?
«Vosotros también os habéis llevado a alguien que me pertenece…».
Imito sus palabras con un susurro envenenado.
Habéis dejado escapar algo mucho más valioso …
Aprieto los puños contra la cuerda que me muerde la piel. Sé que hablaba de Lila. Pero… ¿qué es lo otro? ¿Qué mierda puede ser tan importante como para llamarlo valioso? ¿Será alguien más? ¿Una persona?
Mi mente quiere convencerse de que es otro de sus sucios juegos, otra de sus trampas para quebrarme. Por desgracia, la grieta ya está ahí. Y lo odio. Odio sentir que no tengo todas las piezas.
—Mierda… —gruño, tirando con fuerza de las muñecas hasta que el roce de la cuerda me arranca un quejido ahogado.
No pienso ceder. No voy a darle lo que quiere. Si cree que puede doblegarme con medias verdades, se equivoca.
Levanto la barbilla aunque nadie me vea, tragándome el temblor en mi garganta.
—Te juro que cuando salga de aquí, Eric, serás tú el que se arrodille.
El silencio me devuelve mi propia voz: áspera, rota… pero cargada de fuego.