XXXIII
Jensen
El bullicio del baile es un disfraz tan perfecto como peligroso. Desde mi posición, a unos pasos de Viktor, no pierdo de vista la multitud. Sonrisas falsas, brindis, máscaras demasiado cuidadas. Todo huele a trampa.
Entonces veo a mi hermana.
Avanza entre la multitud con paso firme, la determinación se marca en cada gesto. Y lo noto al instante: no viene hacia mí. Va directa hacia Viktor.
Sola.
El estómago se me encoge de golpe. Leyla le habrá pedido que me busque, lo sé. Entonces… ¿dónde demonios está ella?
—Viktor… —murmuro, la tensión me araña la voz.
Él sigue mi mirada y se queda rígido, entendiendo lo mismo que yo. Algo va mal.
No lo pienso. Empiezo a abrirme paso entre la gente, con un único objetivo en mente: encontrarlas antes de que sea demasiado tarde.
Y entonces algo ocurre .
Las luces titilan, un parpadeo breve, casi un aviso. Y de pronto, oscuridad.
El vals se para en seco. El primer grito rompe el aire, seguido de otro, más desesperado.
—¡Mierda! —rujo, acelerando el paso a ciegas.
Un silbido agudo se percibe entre el caos.
De las esquinas comienza a expandirse un humo blanco, espeso, que se arrastra por el suelo antes de elevarse y tragárselo todo.
—¡Gas! —chilla alguien, y el salón entero estalla en pánico; copas reventando contra el mármol, sillas volcadas, cuerpos empujándose en estampida.
—¡Leyla! —Mi grito se quiebra en la garganta cuando el humo me quema los pulmones.
La gente corre, tropieza, se empuja; un mar de máscaras desesperadas que me arrastra en direcciones opuestas. Mi corazón golpea tan fuerte que ahoga todo lo demás. El aire es fuego en mis venas, pero sigo adelante.
Solo una certeza me quema desde dentro: ella está aquí. Y no la encuentro.
El humo aún me arde en la garganta cuando consigo salir del laberinto de gente. Mis ojos lloran por el escozor, y lo único que veo claro es la puerta de salida. Me lanzo hacia allí, empujando, maldiciendo, gritando su nombre.
Nada. Ni rastro de Leyla. Y tampoco de Aria.
Cuando al fin alcanzo el exterior, la noche me golpea con su aire fresco. El caos continúa en la escalinata, invitados huyendo como animales en estampida. Escucho mis propios latidos del corazón en mis oídos mientras busco entre las caras. Nada. Ellas no están.
El coche negro nos espera en el punto acordado .
Dante ya está dentro, con Lila desmayada contra su hombro. El gas hizo efecto demasiado rápido. Su expresión burlona ha desaparecido; ahora solo queda un gesto serio que rara vez le he visto.
Luca entra a los pocos segundos, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. No dice nada.
Viktor llega detrás de mí, el rostro desencajado pero la voz firme.
—Tranquilos. Encontrarán la salida.
Me dejo caer en el asiento frente a él. Niego con la cabeza, mi voz es apenas un gruñido.
—No están, Viktor. Aria estaba cerca de ti. Debería haber salido ya.
El silencio que se extiende en la limusina es más pesado que el humo del salón. Solo se escucha la respiración agitada de todos y la tos de Lila al moverse un poco en sueños.
—Tienen que venir. Lo harán, estoy seguro —dice Luca finalmente, con una rigidez en la voz que suena más a plegaria que a certeza.
Pero los minutos pasan. Y las puertas no se abren.
Cada tic del reloj del salpicadero es un martillazo. Una eternidad en la que mi rabia crece, salvaje, indomable.
De pronto, Viktor estalla.
—¡Joder! —ruge, golpeando el respaldo con un puñetazo seco. Su rostro se contrae, desgarrado, más vulnerable de lo que nunca lo había visto. Su garganta se quiebra al pronunciar lo inevitable—: No van a venir.
La certeza se clava en mi pecho como un cuchillo.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy perdiendo lo único que no puedo permitirme perder.
El silencio se rompe de golpe con un rugido que no reconozco como mío hasta que siento el ardor en mi cuello.
—¡Maldita sea! —Golpeo la puerta de la limusina con el puño, una, dos, tres veces, hasta que mis nudillos laten con furia.
Dante me observa en silencio, más serio de lo normal, incluso con Lila recostada en su hombro. Luca aprieta la mandíbula, los ojos se le oscurecen y acaban clavados en el suelo. Nadie dice nada. Nadie se atreve.
El aire dentro se espesa hasta doler.
—No… —me revuelvo, inquieto—. No se las han llevado.
Viktor me sostiene la mirada, y por primera vez lo escucho murmurar en ruso, áspero, bajo, como si escupiera veneno:
— Chyort voz’mi… oni ikh ukrali…
«Maldita sea… las han secuestrado…», es lo que brama mi amigo.
—¡Que no se las han llevado, joder! —rujo, furioso, casi desgarrándome los pulmones. Golpeo el cristal, golpeo el asiento, como si la violencia pudiera traerlas de vuelta.
El silencio que sigue es insoportable. Cierro los ojos, intento respirar, pero lo único que consigo es ver su rostro, escuchar su voz, recordar la promesa que le hice.
Y ahora esa promesa está rota.
Dante es el primero en hablar, su afirmación suena más grave que nunca:
—Las encontraremos. Cueste lo que cueste.
Luca levanta la mirada hacia Lila, que duerme profundamente, su respiración es apenas audible. Junta los labios, serio.
—Ella sabe algo —deduce al instante, con la voz punzante—. Cuando despierte, tendremos respuestas.
El silencio vuelve, pero ya no es el mismo: todos tenemos claro el objetivo. Ir a por ellas .
Quizá Luca tenga razón. Nuestra única esperanza es esperar a que Lila despierte. Verla así, desplomada como si nada hubiera pasado, me despierta una furia incontrolable, aunque no tenga la culpa. Siento que podría arrancarle las respuestas a la fuerza con tal de recuperarlas.
Mis nudillos siguen palpitando por los golpes, mi pecho se agita con cada respiración rota. Tengo la sensación de que, si me quedo quieto un segundo más, voy a reventar.
Viktor rompe la tensión, su tono es bajo, seco, pero cargado de intensidad:
—Le prometí que nunca le volvería a pasar nada, y ahora se la han llevado… Si le hace algo lo mataré con mis propias manos —suelta, sus puños están apretados.
No dice nada más, pero en el fondo de sus palabras puedo ver su vulnerabilidad. Aria es su otra mitad.
Dante asiente despacio, sus ojos oscuros están clavados en mí, como si me jurara que me sostendrá si llega el momento de perder la cabeza. Luca, en cambio, no aparta la vista de Lila, su mandíbula se tensa como una trampa a punto de saltar.
Aprieto los dientes, conteniéndome, dejando que la rabia se condense dentro de mí. Porque sé que pronto va a necesitar salir. Y cuando lo haga, alguien va a desear no haberse cruzado con nosotros.
Dante se aclara la garganta y añade sin una pizca de burla esta vez:
—Que quede claro: cuando las encontremos, nadie se interpondrá entre nosotros y ellos. Y si hace falta, yo mismo les arranco la piel a tiras.
La intensidad en su voz arranca una breve mirada de Viktor; un gesto de aprobación.
Cierro los ojos un segundo y casi sonrío a pesar de todo.
Joder, me siento afortunado de tenerlo de nuestro lado.
Cuando Dante deja a un lado las bromas… da miedo de verdad.
Y ahora mismo, esa cara de depredador solo confirma lo que todos pensamos: alguien va a pagar caro por haberse atrevido a tocarlas.