Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXXII
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XXXII

Leyla

Las semanas pasaron entre entrenamientos, planes y silencios cargados de tensión. Y ahora, casi sin darme cuenta, faltan apenas unos días para el baile.

Nunca pensé que volvería a aquel lugar. Hace un año que conocí a Jensen en Nueva Orleans, y las maletas abiertas frente a mí me hacen viajar inevitablemente al pasado. Pero esta vez es todo distinto. Soy distinta.

Los vestidos de gala descansan junto a las armas que Viktor ha conseguido: pequeñas, discretas, fáciles de ocultar. El jet de la familia está listo para despegar en cualquier momento.

El murmullo de la casa es distinto hoy. Más denso. Todos sabemos que no es un viaje cualquiera. Dante y Luca discuten al final del pasillo; sus casas en la isla estarán listas dentro de unas semanas.

Yo me siento en el borde de la cama, mirando mi máscara dorada aún envuelta en papel de seda. La compré en Atrani, pero ahora se siente como un presagio. Paso los dedos por el relieve dorado y pienso que en unos días estaremos llevándolas para algo mucho más grande que un simple baile .

Respiro hondo. Quiero convencerme de que todo irá bien, de que Jensen tenía razón cuando dijo que no permitiría que nada me pasara. Pero la verdad es que puede que ni siquiera él pueda salvarnos.

La llamada de Aria me saca de mis pensamientos. La sigo hasta el salón, donde ya están los demás reunidos. Viktor, de pie frente a la mesa; Dante y Luca, con los brazos cruzados en el sofá; Jensen, apoyado en la pared observándonos a todos en silencio.

—Es hora de repasar el plan una última vez —dice Viktor, su tono grave acalla cualquier distracción.

Me adelanto un paso para tomar la palabra:

—Luca y Dante irán juntos. —Miro a Luca directamente—.

Te acercarás a Lila e intentarás llevarla aparte para hablar.

Entonces le soplarás esto en la cara y la dejarás aturdida.

Después subirás al último piso a investigar.

Dante, estarás a unos pasos para cogerla y sacarla de allí.

No hay margen de error. Si la pierdes, deberás abandonar la estrategia.

Dante alza las cejas, con una sonrisa torcida.

— Principessa , espero que en ese plan tuyo entre echar un bailecito.

—Dante, la coges y te vas —respondo seca, lo que arranca la carcajada de Luca.

—Viktor y Jensen estarán atentos a cualquier movimiento sospechoso. Seréis nuestra sombra.

Viktor asiente en silencio, serio como siempre. Jensen, en cambio, clava los ojos en mí sin decir nada, pero el brillo en su mirada lo dice todo: no piensa despegarse de mi lado.

—Aria y yo mantendremos la cobertura, nos moveremos entre la gente. Nuestra salida será la del baño. Si algo se tuerce, cada uno buscará la salida que más le convenga .

—Ah, maravilloso. —Aria remueve el vino en su copa con gesto teatral—. O sea que, básicamente, si todo explota tengo que correr en tacones.

—Deberíamos haber entrenado eso también —ríe Dante, dándole un codazo.

Aria le fulmina con la mirada y Viktor carraspea, devolviendo la seriedad a la sala.

El aire se espesa de nuevo. Ya no queda nada que añadir: todos sabemos lo que nos jugamos.

Respiro hondo antes de hablar de nuevo:

—No hay segundas oportunidades. Quiero que me prometáis que vuestra prioridad seréis vosotros mismos. No os pongáis en peligro. —Miro a cada uno de ellos, deteniéndome un segundo en Jensen—. Os quiero a todos en el punto de encuentro en cuanto acabe el baile.

Dante levanta la copa medio llena y rompe el silencio con su tono burlón:

—Pues yo solo digo una cosa: si salimos vivos de Nueva Orleans, que alguien me compre un traje nuevo. Pienso salir manchado de sangre, con estilo… y con mi chica al hombro.

Un cojín sale volando desde el sofá y Luca le da de lleno en la cara. La carcajada que se escapa de Aria es contagiosa; incluso Viktor deja ver una sombra de sonrisa, aunque se apresura a borrarla.

La tensión se disuelve un instante. Entre bromas y empujones, cada día parecemos más una familia.

Siento un nudo en la garganta antes de darme cuenta, y mis ojos se llenan de lágrimas.

—Lo siento, principessa , no quería hacerte llorar —confiesa Dante, alzando las manos en gesto inocente—. Saldremos de esta.

Sacudo la cabeza, limpiándomelas rápido con el dorso de la mano.

—No, Dante. Pese a todo… son lágrimas de felicidad.

El silencio se extiende unos segundos, mientras que todos me miran raro. Respiro hondo y suelto lo que me pesa en el pecho:

—Al fin veo lo que somos: una pequeña familia. Y os quiero.

Dante se lleva la mano al corazón, exagerado.

—Dios, principessa , a mis brazos. —Me rodea con fuerza y, de paso, engancha a Aria—. Tú también, pequeña.

Aria protesta entre risas, pero no se zafa. Luca niega con la cabeza y se acerca, abrazándonos a todos con un suspiro resignado.

—Venga, no seáis tan melodramáticos —gruñe—, aunque yo también os quiero.

Al final, hasta Viktor y Jensen terminan cediendo. Se acercan sin una palabra, cerrando el círculo.

Y por un momento, todo es perfecto.

◆◆◆

El rugido de los motores llena la cabina, suave pero constante, como un recordatorio de que ya no hay marcha atrás. Nueva Orleans nos espera.

El aire aquí dentro huele a cuero y a nervios. Nadie habla demasiado: Viktor repasa mentalmente cada detalle del plan mientras Aria, a su lado, juega con sus dedos en silencio. Luca garabatea algo en una libreta y Dante escucha música con los auriculares puestos, tarareando por lo bajo.

Yo, en cambio, no consigo quedarme quieta. El simple pensamiento de volver al lugar donde todo empezó me eriza la piel. El baile. Jensen. El recuerdo de la primera vez. Y, entre sombras, la idea de volver a ver a Eric.

—Eh —me llama su voz ronca, sacándome de mis pensamientos. Jensen me observa desde el asiento contiguo, moviendo la cabeza—, ven aquí, zhizn’ moya.

No lo dudo. Me acomodo sobre su regazo, buscando el calor de sus brazos, sin importarme que los demás nos miren. Normalmente guardamos todo para la intimidad, pero hoy necesito contacto. Lo necesito a él.

Jensen me rodea con fuerza, como si me leyera la mente. Su barbilla se posa en mi cabello y sus dedos empiezan a dibujar círculos lentos en mi espalda.

Dante silba bajito.

—Vaya, vaya… y yo que pensaba que la principessa no era de cariños en público.

Aria le da un manotazo sin apartar la vista de su mano que aún sostiene la de Viktor.

—Calla, idiota.

Jensen ni se inmuta. Me aprieta más contra su pecho y roza mi cuello con los labios, depositando un suave beso, como desafiándolos a todos. Yo cierro los ojos, dejando que el ritmo constante de su corazón me envuelva.

En sus brazos siempre estoy a salvo. Sus dedos siguen acariciándome, suaves, hasta que el sueño termina por vencerme.

El aterrizaje es ligero, pero el peso en el estómago no se aligera. Afuera, Nueva Orleans brilla como si no escondiera secretos.

El hotel nos recibe con luces cálidas y un silencio elegante. El personal lleva nuestras maletas, pero ninguno de nosotros parece relajado; estamos demasiado atentos a cada esquina, a cada desconocido que cruza el vestíbulo.

Subimos directamente a las habitaciones. El tiempo corre y el baile nos espera.

En cuanto cierro la puerta tras de mí, la realidad me golpea: el vestido colgado frente al espejo, la máscara dorada esperando sobre la cómoda y las armas ocultas bajo la tela como un recordatorio de lo que realmente vamos a hacer esta noche.

Me miro al espejo. Ya no soy la misma chica que vino hace un año.

Jensen aparece detrás de mí, ajustándose el traje, impecable. Su mirada se cruza con la mía en el reflejo.

—¿Lista, zhizn’ moya ? —Su voz grave, resuena a mis espaldas.

Asiento despacio, incapaz de apartar la vista de su reflejo en el espejo. Jensen se acerca, coloca una mano en mi cintura y me besa, un roce breve pero firme, suficiente para anclarme antes de salir.

La limusina nos espera frente al hotel, con las luces reflejándose sobre la carrocería negra. Subimos uno a uno: Viktor y Aria frente a nosotros, Dante con su sonrisa impertinente acomodándose demasiado cerca de Luca.

El ambiente dentro es espeso, cargado de un silencio que nadie parece querer romper… hasta que Dante carraspea teatralmente.

—Bueno, al menos espero que después de esta noche alguien me consiga un bourbon decente. Estoy harto de ese vino vuestro.

Aria suelta una risa, ligera como un soplo, mientras Luca pone los ojos en blanco. Jensen se limita a apretar mi mano.

El motor ruge y la ciudad comienza a desdibujarse tras los cristales oscuros .

Tras un largo trayecto, el vehículo toma el sendero de grava y el murmullo de la multitud nos alcanza. Las luces de la mansión se alzan entre los árboles como un faro dorado en la oscuridad.

La música resuena lejana, mezclada con risas y el destello de máscaras y vestidos brillando bajo los faroles de hierro forjado.

Mi corazón late con fuerza. El juego acaba de empezar.

El coche se detiene con suavidad frente a la escalinata y nuestro chófer abre la puerta.

Viktor es el primero en bajar, impecable tras la máscara oscura que cubre parte de su rostro. Aria le sigue, deslumbrante bajo la luz de los faroles. Después aparece Dante, con un gesto teatral, ofreciendo la mano a Luca como si fueran pareja, lo que arranca la carcajada contenida de mi primo.

Cuando Jensen me tiende la mano, la tomo sin pensarlo. El roce de sus dedos, firme y seguro, logra calmar el temblor en los míos. Respiro hondo y bajo con él; mis tacones repican contra la piedra, la máscara dorada oculta mi expresión.

La fachada de la mansión brilla bañada en luz y es más imponente de lo que recordaba.

Cruzamos el umbral juntos. Seis figuras enmascaradas entre las sombras. Nos miramos con un breve asentimiento compartido.

Bienvenidos al Baile Anual de Máscaras.

A partir de aquí sabemos lo que hay que hacer.

La música flota en el aire, elegante, casi irreal. El salón entero parece brillar, los invitados se desplazan en movimientos fluidos.

Entrelazo mis dedos con los de Aria y me obligo a caminar con seguridad, aunque por dentro todo me grita que debería dar media vuelta. Estoy escondida bajo este vestido, pero no consigo ocultar el temblor en mi pecho .

Nos separamos como estaba previsto: Luca y Dante se pierden hacia el fondo, Viktor y Jensen toman posiciones entre los invitados, no sin antes echarnos un último vistazo.

Avanzo con Aria a pocos pasos de mí, deteniéndonos cerca de una mesa cubierta de copas y bandejas de plata.

Aquí nadie sabe realmente quién es quién, pero se intuye: algunos ríen y chocan sus copas con un aire demasiado ensayado, otros se deslizan entre la multitud hacia las habitaciones del piso de arriba.

Mis ojos siguen instintivamente las escaleras. Entre la multitud distingo a Luca ascendiendo con calma, como si no tuviera prisa. Nuestros ojos se cruzan apenas un segundo; él asiente, y sé que su primer movimiento ha sido un éxito. Respiro hondo. Todo va según lo planeado.

O al menos eso creo… hasta que lo siento. Esa mirada.

Me giro despacio y ahí está.

Eric.

Lleva el rostro medio oculto tras una máscara negra, pero no me hace falta más. Ese color de ojos, esa forma de clavarme la mirada como si el resto del salón no existiera. Un escalofrío me recorre de arriba abajo. Es como volver un año atrás cuando no sabía nada sobre este mundo.

—Aria… —susurro, buscándola con desesperación. Señalo hacia la multitud, hacia donde estaba hace apenas un segundo—. Lo he visto. Sé que era él.

Pero ya no está. Ha desaparecido. Como un fantasma.

El vals sigue su curso. Los invitados sonríen, brindan, giran en círculos perfectos… y yo siento que me falta el aire. Observo a mi alrededor buscando a Jensen, aunque no lo encuentro. No está en ninguna parte .

Entonces las luces parpadean. Breve, casi imperceptible. El murmullo de la sala apenas se interrumpe, sin embargo, yo lo noto: esa mirada vuelve a buscarme.

Allí está otra vez. Entre las sombras, a metros de distancia. Eric me observa sin pestañear. Y luego, como si solo yo pudiera verlo, hace un gesto sutil en mi dirección.

Un paso hacia adelante.

Un movimiento de su cabeza negando.

Una invitación. Una advertencia.

Decido que es hora de un cara a cara y me vuelvo hacia Aria con el corazón desbocado.

—¿Te importa si voy al baño un momento? Necesito que busques a Jensen por mí.

Ella me frunce el ceño.

—Pero… dijiste que no nos separásemos.

—Solo un momento —insisto, bajando la voz—. Confío en ti. Encuéntralo. —Le doy un último apretón en la mano, instándola.

Dudo que me crea del todo, pero asiente al fin y desaparece entre la multitud, abriéndose paso con determinación.

Y yo… yo me dirijo sola hacia donde he visto a Eric por última vez.

El corazón me retumba en los oídos. Avanzo entre la multitud, siguiendo el rastro invisible que me ha dejado. Sé que está aquí. Lo sé.

Y entonces lo veo.

De pie, apartado en un rincón donde la luz de las lámparas de araña apenas alcanza. Sus labios se curvan en una media sonrisa al percatarse de mi presencia.

—Sabía que vendrías, florecilla. —Su voz grave se abre paso entre el bullicio como si estuviera hecha para encontrarme.

Aprieto los puños y doy un paso más cerca .

—¿Qué quieres de mí?

—Hagamos un trato —propone con un tono venenoso, casi seductor—. Cásate conmigo. Unamos a nuestras familias.

Su propuesta me hiela la sangre, pero no cedo. Con un movimiento suave, saco el arma de la abertura lateral de mi vestido y le apunto directamente al pecho.

—En tus sueños. Si das un paso más, disparo.

Eric arquea una ceja, sin rastro de miedo.

—La oferta sigue en pie —afirma, y su sonrisa se ensancha—. Lo que ocurrió hace un año no fue casualidad. Y lo que pasará esta noche… tampoco.

Un escalofrío me recorre. De repente, percibo movimiento a mi alrededor: dos figuras con máscaras oscuras avanzan hacia mí con disimulo. Los reconozco al instante. Son sus hombres.

El pánico me atraviesa, pero no dejo que lo detecte.

—¿Qué quieres decir con eso? —digo, y mantengo el arma firme.

—Que comience el espectáculo. —Su cabeza se inclina, está disfrutando del momento.

Y entonces pasa.

Las luces se apagan.

El vals se corta de golpe, sustituido por chillidos y maldiciones. La mansión queda completamente a oscuras salvo por el parpadeo débil de unas pocas velas en las paredes.

Un silbido corta el aire.

Un humo blanco comienza a extenderse desde las esquinas, denso, sofocante. Se desliza como una ola que se lo traga todo.

—¡Gas! —grita alguien antes de que el caos estalle. Copas que caen, sillas volcadas, gente corriendo a ciegas entre gritos.

La garganta me arde al inhalarlo, los ojos se me nublan. Aprieto el gatillo, pero un golpe brutal desvía mi brazo y el disparo se pierde en el techo.

—No luches, florecilla… —La voz de Eric me llega como desde un túnel—. Has firmado tu sentencia de muerte. Dulces sueños.

Forcejeo, pero me fallan las piernas. El mundo gira, los sonidos se mezclan y mi visión se deshace. Unas manos me sujetan con fuerza, levantándome del suelo.

Lo último que alcanzo a ver antes de caer en la oscuridad… es una máscara negra alejándose entre el humo.