Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXXI
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XXXI

Leyla

Salimos corriendo en dirección al claro.

No me esperaba que, después de mi comentario, Aria chillase de esa manera; ni siquiera me ha dado tiempo a reaccionar.

Simplemente me ha agarrado de la mano y ha tirado de mí hasta sacarme del entrenamiento.

Supongo que las dos sabíamos perfectamente a dónde teníamos que ir para hablar de esto.

La sigo entre los árboles, el sol se filtra en ráfagas de luz entre las ramas. Ella gira la cabeza de un lado a otro como si estuviera buscando algo. De pronto se agacha, aparta un pequeño seto y eso es… ¿una cesta?

—Ah, aquí está —susurra, triunfal, sacando una manta y una botella con dos copas. Se sienta con la naturalidad de quien ya lo tenía todo planeado y da unos golpecitos a su lado—. ¿A qué esperas?

Suelto una carcajada negando con la cabeza mientras me siento a su lado.

—No sé si quiero saber qué hace eso aquí .

—Para que lo sepas, tienes un novio que es un genio. Recuérdame darle las gracias después. —Sirve el vino en ambas copas y me pasa una—. Y ahora… cuéntamelo todo.

Alzo una ceja, jugueteando con el borde de la copa.

—No creo que quieras saber los detalles morbosos.

—Oh, claro que sí. Obviaré que se trata de mi hermano —responde sin un segundo de duda, inclinándose hacia mí con ojos brillantes de curiosidad.

Me muerdo el labio, pero al final cedo y le resumo todo lo que ha pasado esta mañana con Jensen. Sus reacciones son un espectáculo en sí mismas: desde los suspiros dramáticos hasta llevarse la mano al pecho como si estuviera escuchando la confesión de un romance prohibido.

—Tengo que decir dos cosas. —Alza la copa y la choca con la mía—. Primero, brindemos por ese orgasmo.

No puedo evitar soltar una risa mientras bebemos.

—Y la segunda… —Me señala con el dedo, los ojos abiertos como platos—. ¿¡En serio que mi hermano iba a decir «te quiero»!?

Me encojo de hombros, algo acalorada.

—Eso creo…, ha sido todo muy rápido.

Aria se deja caer de espaldas sobre la manta con un chillido entre divertido y frustrado, y de pronto se incorpora de nuevo, con esa mirada que parece atravesarme.

—¿Y tú le quieres? —me insta, sin rodeos.

Le sonrío tímidamente, bajando la vista antes de atreverme a asentir despacio.

—Sí.

Su reacción no tarda ni un segundo: me atrapa en un abrazo cómplice que me arranca una risa nerviosa. Después se aparta lo justo para mirarme a los ojos y levantar su copa.

—Estoy muy feliz por vosotros. Y créeme, tienes suerte.

No te lo digo porque sea mi hermano… —hace una pausa con media sonrisa, como buscando las palabras exactas—, te lo digo porque lo conozco mejor que nadie.

Jensen no es de medias tintas: si ha empezado a abrirse contigo, es porque ya te ha elegido. Para siempre.

El corazón me da un vuelco y bebo un sorbo de vino, más para disimular la emoción que para otra cosa.

El murmullo de nuestras risas todavía flota en el aire cuando regresamos del claro. Aria camina a mi lado con las mejillas encendidas, y yo intento recomponer la cara para que no se me note demasiado.

Dante es el primero en percatarse. Deja de golpear el saco y nos mira con esa sonrisa suya que siempre anuncia problemas.

—Bueno, bueno… —canta, ladeando la cabeza—. ¿Qué reunión secreta me he perdido? ¿Y se puede saber por qué no me habéis invitado? Después de lo de Atrani pensé que ya éramos del mismo equipo… —Se lleva la mano al corazón como si le hubieran traicionado—. Me siento herido. Muy herido.

Pongo los ojos en blanco, incapaz de contener la sonrisa. Aria directamente estalla en una carcajada, y sin previo aviso se acerca a Jensen y le da un pequeño coscorrón en la cabeza, como quien le recrimina un secreto que solo ella conoce.

—Uuh, eso no me lo esperaba —se mofa Dante, aplaudiendo la escena—. ¡Choca, pequeña! —Aria corre hacia él y chocan sus manos.

Me muerdo el labio para no reírme.

Jensen gruñe por lo bajo, llevándose la mano al lugar del golpe, mientras Viktor se cruza de brazos y le lanza una mirada larga.

—Joder, tío… —murmura simplemente con una media sonrisa se ca—. En qué lío te habrás metido.

Dante casi se dobla de la risa, pero antes de que siga, Luca deja caer los guantes sobre el banco y resopla como un padre agotado.

—Basta ya de circo, bambini —dice en tono firme, echándonos una mirada a cada uno—. ¿Queréis pelearos o vamos a seguir comportándonos como si no estuviéramos a punto de ir a una misión suicida?

Su tono serio corta de raíz las risas, aunque a Dante aún se le escapa una leve carcajada.

El eco de sus palabras me golpea de lleno, haciéndome bajar de golpe de la nube en la que estaba. Inspiro hondo, intentando recomponerme.

—Tiene razón —acepto finalmente, y mi voz suena más seria de lo que esperaba—. Podemos bromear todo lo que queramos, pero… en un par de semanas estaremos volando a Nueva Orleans. Necesitamos entrenar y pensar en la estrategia.

El silencio dura apenas un instante. Después, Viktor se adelanta al centro del ring , ajustándose los guantes con un tirón brusco.

—Entonces dejemos de perder el tiempo. —Su recriminación corta el aire como un látigo.

Dante sonríe con esa mueca torcida que siempre anuncia problemas.

—Os voy a machacar. ¿Quién quiere ser el primero? —gruñe, chocando los guantes uno contra otro.

En cuestión de segundos, los cuatro estamos en movimiento. El eco de los golpes resuena por todo el edificio, mezclado con jadeos, choques y algún que otro insulto.

Luca nos observa con los brazos cruzados, hasta que no aguanta más y se lanza a la lona.

En un movimiento rápido le encaja una llave a Dante que casi lo manda contra las cuerdas.

El grito ahogado de este hace que Aria estalle en carcajadas desde su posición, pero esa distracción le cuesta caro: Viktor aprovecha el margen y la derriba con un giro limpio dándole un sonoro beso al terminar.

1Las risas y los bufidos llenan la sala, y por un momento parece más un juego que un entrenamiento. Pero todos sabemos lo que significa en realidad. Cada golpe es preparación, cada caída una lección, cada segundo juntos un recordatorio de que lo que nos espera.

Mientras me limpio el sudor de la frente, una certeza se asienta en mi cabeza: esto no puede quedarse aquí. Cuando todo esto pase, cuando volvamos, entrenar juntos tiene que seguir siendo parte de nosotros. Porque en este ring no solo aprendemos a pelear…, aquí aprendemos a ser un equipo.