XXX #2
Con un movimiento rápido, me pongo sobre ella y la beso en los labios, en un beso ardiente.
Mi mano sigue haciendo círculos sobre su clítoris, tengo la polla durísima.
Mientras seguimos besándonos, agarra mi dureza para reemplazar mi mano.
Se acaricia el clítoris contra mí. Ella juega y yo la dejo.
Jadeamos al unísono, cuando no puede más empieza a metérsela poco a poco sin despegar nuestras miradas.
Cuando está completamente envainada me muevo suavemente sobre ella.
Es un momento íntimo, es algo más que sexo .
Joder, es lo más perfecto que he hecho nunca. Es lento, intenso, tan íntimo que siento que nos pertenecemos de una forma que no se puede explicar.
¿Esto es hacer el amor?
La respuesta está en sus ojos cuando me mira, con lágrimas brillando de placer y algo más: confianza, rendición, un nosotros que no necesita palabras.
No hace falta nada más.
En silencio me pide subir la intensidad. Sus uñas se clavan en mis hombros, su cuerpo se arquea bajo el mío para recibirme más profundo. Ya no hay calma, ya no hay suavidad: ahora es hambre.
Su respiración entrecortada me arrastra con ella, y yo cedo, marcando el ritmo que nos consume.
Se vuelve más salvaje, nos besamos con hambre con urgencia. Somos dientes, manos y jadeos.
De pronto la giro de lado con un movimiento firme, su espalda abandona el colchón y sujeto sus muñecas con mis manos.
—Mía. Mi chica sucia —jadeo contra su cuello antes de hundirme otra vez en ella, más salvaje, más profundo.
La suelto despacio solo para guiarla con un empuje suave, hasta ponerla a cuatro patas frente a mí.
Su cabello cae sobre sus hombros, su espalda se arquea ofreciéndose entera.
Me quedo un instante mirándola, devorándola con los ojos, antes de tomarla de la cadera y volver a hundirme en ella con un golpe que nos arranca un gemido a los dos.
Me quedo un instante mirándola, hasta que mi mirada baja a su culo redondo, perfecto.
—Joder… —gruño entre dientes, apretando más fuerte su cadera—. Algún día voy a probar esa entrada, zhizn’ moya.
Ella se estremece bajo mis palabras, y ese simple gesto me enciende todavía más. No espero más: me hundo otra vez en ella con fuerza, arrancándonos un gemido compartido.
—¿Por qué esperar si puedes hacerlo ahora? —Su voz vibra con pura lujuria.
—Joder…, creo que he muerto —afirmo, y la miro con incredulidad, con deseo ardiendo en cada fibra de mi cuerpo—. ¿Estás segura?
Ella asiente, mordiéndose el labio inferior con esa mezcla de nervios y excitación que me vuelve loco.
La vuelvo a girar con suavidad pero con firmeza, colocándola boca arriba y subiendo sus piernas hasta que su culo queda en la posición perfecta para mí.
—Puede que te duela un poco —le advierto con voz ronca, escupiendo sobre la zona para lubricarla antes de empezar a abrirme paso lentamente.
Ella gime bajito, estremeciéndose.
—Tócate, mi chica sucia. Date placer, quiero verte disfrutar mientras te abres para mí. ¿Entendido?
Su asentimiento tembloroso es suficiente para prenderme más. Mis ojos no se apartan de los suyos, leyendo en ellos esa mezcla brutal del dolor y placer que está sintiendo. A cada jadeo suyo, entro más profundo, más seguro, hasta que ya no hay barrera que nos separe.
Creo que me voy a volver loco. Me hundo una y otra vez en ella con fuerza, hasta que la sensación me arrastra al límite. Me corro dentro de su precioso culo, mientras de su cuerpo brota un líquido que la sorprende incluso a ella.
—¿Me he meado? Joder qué vergüenza —susurra tapándose la cara con las manos.
Aparto sus manos y la obligo a mirarme, todavía jadeando.
—No. —Sonrío, con la voz quebrada por la intensidad—.
Te has corrido, y ha sido el momento más maravilloso que he visto nunca.
¿Te quier… es duchar tu primero? —Casi dejo escapar lo que llevo guardado en el pecho, aunque me contengo.
No es el momento. Pero la quiero, ¿no es así?
Qué otra cosa puede ser esta sensación que estoy sintiendo dentro del pecho.
Ella me mira un instante, con una expresión que no termino de descifrar. Después, se levanta, me regala un beso casto en los labios y desaparece hacia la ducha.
Me quedo ahí, embobado, con el cuerpo aún temblando. Ha sido brutal. Si antes estaba obsesionado con ella, ahora sé que se ha grabado en mi corazón para siempre.
Mientras la oigo tras la puerta del baño, me hago una promesa silenciosa: si alguien se atreve a tocarla, será lo último que haga. Y que encontraré un mejor momento… para decirle lo que siento.
◆◆◆
El olor a café recién hecho y pan tostado aún me sigue en la memoria cuando entramos en la zona de entrenamiento. Leyla camina a mi lado, lleva el cabello húmedo recogido de cualquier manera. Apenas ha habido palabras durante el desayuno: nos toca ir a entrenar.
—Míralos, los últimos en bajar. —Dante sonríe desde el ring , con los guantes ya puestos, y levanta los puños como si fuera a celebrar algo—. La próxima vez recordad que las paredes no son de papel.
Le guiña un ojo a Leyla, que se pone roja de inmediato. Yo, en cambio, aprieto la mandíbula. No estoy de humor para que me estropee la mañana.
Ella sube al ring junto a Aria. Apenas han empezado a calentar cuando de pronto escucho un chillido ahogado de mi hermana.
—Lo sentimos, tenemos que saltarnos el entrenamiento. Cosas de chicas —anuncia Aria, tirando de Leyla hacia la salida mientras ambas se ríen como si compartieran un secreto.
Viktor aparece a mi lado, con los brazos cruzados.
—¿Hay alguna novedad por la que mi prometida se haya vuelto loca? —pregunta sin apartar la vista del ring vacío.
Me encojo de hombros.
—Puede que… haya dicho algo a medias. Y que después me haya arrepentido de soltarlo en ese momento.
Él deja escapar un resoplido, pero no insiste.
Desde el otro extremo de la sala se oye la voz de Dante, golpeando el saco como si no hubiera un mañana.
—¿Es que nadie quiere pelear hoy o qué pasa aquí?
—Vamos, fratellino … —interviene Luca, ajustándose los guantes con calma—. Voy a darte el gusto. Pero no me pegues en la cara, ¿eh?
Dante sonríe de oreja a oreja.
—Eso no te lo prometo.
Los dos suben a la lona entre empujones y risas, y en cuestión de segundos la sala se llena del eco de sus golpes.
Los guantes chocan, Dante y Luca se mueven en círculos sobre el ring , lanzando diversos intercambios de golpes.
Viktor y yo observamos desde abajo, en silencio, mientras la tensión de hace un momento se disuelve entre los puños de nuestros ahora primos .
Nos miramos, asintiendo uno en dirección del otro, y subimos a pelear con ellos.
El cuadrilátero retumba bajo nuestros pasos.
Cuatro pares de guantes, un mismo objetivo: estar listos para lo que venga.