XXX
Jensen
El motor del barco resuena en la distancia antes de que aparezca su silueta tras la marea oscura. Estoy en el embarcadero con Viktor, los dos en silencio manteniendo la vista en el horizonte. No necesitamos hablar: sé que piensa lo mismo que yo. Cada salida que hacen es un riesgo.
Cuando por fin atracan, la primera en bajar es Aria, cargada de bolsas y sonriendo como si nada. Dante sale detrás, exagerando un gesto de agotamiento, como si cargar paquetes fuese de lo peor. Pero mis ojos no se apartan de Leyla.
Camina despacio, fingiendo estar relajada, pero yo la conozco: tiene los hombros demasiado tensos y la mirada esquiva. Algo pasó en Atrani.
Viktor sigue mi línea de visión y murmura:
—¿Lo notas también?
Asiento. Me guardo las preguntas para después. No es el lugar ni el momento. Lo único que hago es acercarme y cogerle las bolsas sin pedir permiso. Sus dedos rozan los míos y me lanza una sonrisa breve, cansada, que no logra engañarme .
La acompaño mientras avanzamos hacia la casa. Por dentro, una certeza me golpea: cada día estamos más cerca del baile y cada detalle importa.
El aire nocturno huele a sal y a brisa fresca cuando subimos por el muelle hacia la villa. El murmullo de las olas queda atrás, sustituido por las voces de los guardias que vigilan la entrada.
Dante estira los brazos con exageración.
—Esto está lleno de parejitas, me encanta —se queja en tono teatral, mirando a Aria que se engancha del brazo de Viktor y a mí que camino junto a Leyla—. ¿Y a mí, no viene nadie a buscarme?
Aria suelta una risa breve y Viktor lo fulmina con los ojos.
—Tu hermano nos está esperando para cenar —dice, seco, mientras empuja la puerta del salón—. Si te consuela…
—Oh, perfecto. —Dante aplaude una vez, fingiendo entusiasmo—. Justo lo que necesito: un encuentro romántico con mi querido hermano menor.
Leyla se tapa la boca para ocultar la risa y yo ruedo los ojos. La ligereza de Dante siempre llega en los momentos más tensos, aunque a veces sea insoportable.
Dentro, el comedor está listo: la mesa larga iluminada por la luz cálida de las lámparas, el olor de la pasta recién hecha y el vino abierto llenando el aire.
—Vamos, será mejor que nos sentemos —murmura Viktor, señalando los asientos.
Dante ocupa el suyo como si fuera un trono.
—Qué bonito, la familia reunida de nuevo. ¿Alguna novedad, hermano? —Dante levanta la copa en dirección a Luca con una sonrisa burlona.
—De hecho, sí —responde él con tono seco—. Hemos estado revisando posibles salidas de la mansión, en caso de que tengamos que evacuar durante el baile.
Dante carraspea, girando la copa entre los dedos.
—Ya veo. Pues ya que no preguntas supongo que no te importa, pero yo también tengo novedades. Hemos ido de compras y…, tíos, encontramos una tienda de máscaras que daba un mal rollo increíble. Menos mal que salimos rápido.
Al otro lado de la mesa, Leyla se pone rígida, es un movimiento apenas perceptible, pero yo lo noto.
Aria deja escapar una risa nerviosa.
—¿Tú también lo has sentido? Yo juraría que, al salir, alguien nos estaba siguiendo. Incluso me ha parecido ver una silueta cuando subimos al barco.
—Pensé que era la única —murmura Leyla, bajando la vista hacia su copa—. Desapareció enseguida…, creí que eran imaginaciones mías.
El silencio que sigue es breve, pero suficiente para que todos lo notemos.
Viktor deja los cubiertos sobre el plato con un golpe seco.
—¿Por qué no lo habéis dicho antes? —Mira a su chica en busca de una explicación.
—Porque no era nada claro —responde Aria, encogiéndose de hombros mientras toca su mano por encima de la mesa—. Además, no íbamos a montar un drama en mitad de Atrani por una sombra. —Su tono es suave en un intento por tranquilizarlo.
—Una sombra que os siguió hasta el barco —replica Viktor, con esa voz grave que corta el aire.
Dante se inclina hacia adelante, buscando aligerar el ambiente.
—Vamos, no dramaticéis. Estábamos juntos. Si alguien nos hubiera querido hacer algo, habría tenido que pasar por encima de mí.
—Y aun así lo habéis sentido los tres, no me gusta —intervengo por primera vez, con la mirada fija en Leyla. Ella baja los ojos hacia el plato, jugueteando con la copa entre los dedos.
—Quizá fuera un turista curioso —dice Leyla finalmente, aunque su voz suena más débil de lo que pretendía.
La mesa se queda en silencio unos segundos, hasta que Dante carraspea y levanta su copa otra vez.
—Bueno, ya sabéis lo que dicen: si alguien os observa es porque sois demasiado guapas. Así que brindemos por eso.
Las risas son forzadas, pero el gesto cumple su función: el ambiente se afloja un poco pese a que la tensión siga flotando.
Y viendo la cara de Leyla puedo asegurar que no ha sido simple imaginación.
Me sirvo un poco de vino, creo que se me está empezando a pegar la manía. Además, el nuevo cargamento ha llegado hoy y no podemos desperdiciarlo.
Viktor sigue con el ceño fruncido, pero no insiste. Está claro que en cuanto tenga ocasión hablará con Aria. Quizá incluso mande a unos hombres a inspeccionar la otra isla. Dante y Luca deberían quedarse por aquí también.
Aria intenta retomar una conversación ligera, aunque la tensión todavía se respira en el aire.
—Dante, Luca…, deberíais quedaros esta noche. En Atrani estáis más expuestos de lo que pensáis —les advierto, rompiendo el silencio.
Dante ladea la cabeza, con esa sonrisa descarada que nunca pierde .
—Puede que, si la principessa nos da permiso, nos quedemos a vivir por aquí. Creo que hay alguna casa libre cerca de la de Viktor y Aria.
—Me parece una buena idea —responde Luca, encogiéndose de hombros—. Aunque no quiero compartirla contigo.
Dante suelta una carcajada y Aria resopla entre divertida y cansada.
Al otro lado de la mesa, Leyla apenas toca el plato. Asiente cuando sus primos hablan de quedarse y murmura algo sobre llamar a Matteo para que les prepare lo que necesiten, pero su mente parece lejos de aquí. Cada tanto se pierde en sus propios pensamientos, como si aún estuvieran en Atrani.
La observo en silencio. Me prometo que, cuando todos se retiren, no dejaré pasar la oportunidad. Quiero respuestas. Y las quiero de ella…, aunque no pienso presionarla.
Cuando por fin se levantan de la mesa, cada uno se despide con una mezcla de cansancio y rutina. Dante y Luca se marchan a sus respectivas habitaciones. Mientras que Viktor y Aria desaparecen por la entrada principal.
Subimos a la habitación sin cruzar palabra. Leyla entra primero, deja las bolsas sobre el sillón y se agacha para desatarse los zapatos, haciendo como si yo no existiera.
—No tienes hambre, no hablas y llevas toda la noche como si no estuvieras aquí. —Mi voz suena más dura de lo que pretendía.
—Estoy cansada, Jensen. Solo quiero dormir —afirma. Su respuesta es baja, cortante.
Camino hacia ella despacio, hasta que su espalda tropieza con la pared. Apoyo una mano junto a su rostro, inclinándome lo suficiente para que no pueda escapar de mí. Sus ojos me esquivan buscando cualquier sitio al que mirar que no sean los míos.
—No —contesto, y no admito réplica—. Esta vez no vas a esconderte detrás del silencio. Quiero que me digas qué ha pasado.
Ella aprieta los labios, como si luchara contra sus propias palabras. Mi otra mano se posa en su barbilla, firme pero sin brusquedad, obligándola a mirarme.
—Mírame, zhizn’ moya —susurro, y aunque mi voz suena dura, la preocupación me traiciona—. Si algo te está persiguiendo, no pienso dejar que lo lleves sola. Menos ahora, cuando estabas empezando a estar mejor.
Leyla respira hondo, diría que soltar lo que guarda le cuesta más que estar todo el día fuera.
—Han sido demasiadas cosas —murmura al fin, sus ojos brillan en la penumbra—. Sí, estaba asustada…, aunque no quiero darle más vueltas. Estoy agotada, solo quiero meterme en la cama y que me abraces.
La firmeza que había en mi pecho se resquebraja de golpe. Sigo con la mano en su barbilla, pero ya no la obligo a sostenerme la mirada, la acaricio con el pulgar y asiento.
—Está bien. No tienes que decirme más esta noche. Pero al menos déjame asegurarme de que todo está en calma. Mandaremos a alguien a peinar la zona —le aseguro.
Ella asiente despacio, con ese gesto frágil que me parte por dentro. La suelto solo para poder rodearla con los brazos, pegándola contra mi pecho. Se rinde ante al abrazo, hundiendo el rostro en mi cuello como si quisiera desaparecer allí.
Cuando levanta la mirada, mis labios buscan los suyos.
La lleno de besos, suaves al principio, hasta que siento cómo su tensión se va deshaciendo entre mis manos.
La ayudo a quitarse la ropa con calma, sin apartar mis ojos de los suyos, y después me despojo de la mía.
No hay prisa: solo el silencio compartido, solo nosotros.
Cuando termino, tiende su mano hacia mí. La tomo sin dudar, y juntos nos metemos bajo las sábanas abrazándonos hasta que la negrura de la noche nos consume.
Me despierto con el sol filtrándose entre las cortinas.
Abro lo ojos y me encuentro a Leyla aún dormida.
Su cuerpo sigue encajado al mío como si fuéramos dos piezas de un imán imposibles de separar.
Anoche nos quedamos dormidos, no pude sacar más información sobre lo que pasó, aunque me alegra ver que ha podido descansar en paz.
Me inclino despacio, rozando su pelo con mis labios. No quiero despertarla, pero tampoco puedo evitarlo: mi mano se desliza hasta su cintura, acariciando la piel desnuda bajo la sábana.
Leyla suspira en sueños, sigo moviendo mis manos por sus pechos con caricias suaves casi imperceptibles. La beso en el cuello, lento, dejando que el sabor de su piel me encienda por dentro.
Ella abre los ojos poco a poco, todavía somnolienta, nuestros ojos se encuentran mientras acaricio uno de sus pezones ya duros y me lo meto a la boca.
Leyla suelta un jadeo. Mientras sigo succionando bajo la mano libre hasta encontrar su humedad y empiezo a tocarla con caricias suaves hasta que su espalda se arquea.