Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXIX
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XXIX

Leyla

La primera vez que vine a Atrani no me paré a observarla.

Llegué con prisas, con la cabeza en mil sitios y sin espacio para fijarme en lo que tenía delante.

Ahora, mientras camino por sus callejuelas empedradas, me obligo a bajar el ritmo.

El sol brilla sobre las fachadas de colores, la brisa huele a mar, y por un instante me permito pensar que soy solo una chica más que ha venido de compras a la costa amalfitana.

Por supuesto, esa ilusión se rompe en cuanto recuerdo que he venido a supervisar cómo va el hotel. Pero hoy no quiero que todo gire en torno a mis responsabilidades. Hoy, Aria, Dante y yo hemos decidido algo mejor: pasar el día entre tiendas. Quizá pasemos también por el spa .

—¿Sabes lo que más odio de las compras? —murmura Aria, con dos bolsas colgando de sus brazos—. Que siempre acabo gastando el triple de lo que pensaba.

—Eso es porque todo te queda bien —replico, sonriendo.

— Principessa , ¿pero me habéis visto en traje? Parezco sacado de una película de acción —dice con tono juguetón, bajándose las gafas de sol.

Aria y yo reímos al unísono. Hemos hecho bien en venir con él, sabe cuándo sacarnos una sonrisa.

El resto de la mañana se convierte en una sucesión de carcajadas, discusiones absurdas sobre qué vestido nos queda mejor o qué escote es «menos peligroso» —según Dante— para que nuestros chicos no mueran de celos.

Por primera vez en semanas siento que respiro de verdad, que el peso en mi pecho se disuelve poco a poco.

Dante insiste en acompañarnos al probador cada vez, apoyándose en la pared como si fuera nuestro crítico personal.

—Ese no —asegura con un gesto teatral cuando Aria sale con un vestido rojo—. Tu color es el verde, pequeña.

—Oh, por favor. —Aria cierra los ojos, pero la comisura de sus labios tiembla, divertida—. Si Viktor me viera con este no llegaría a la pista de baile. Pero tienes razón.

—Siempre la tengo. Y lo de no llegar a la pista de baile no es problema del vestido —suelta, y se ríe como un maníaco.

Yo salgo con un vestido negro de tirantes finos, y la expresión de Dante cambia: se cruza de brazos, levanta una ceja y chasquea la lengua.

—Tú…, mejor que no me pronuncie. Terminator me parte la cara si digo lo que pienso.

Aria y yo estallamos en carcajadas, obligándolo a taparse la cara con las bolsas como si no pudiera con nosotras.

Más tarde, cuando creemos que ya lo hemos visto todo, doblamos una calle estrecha y oscura.

Al fondo, casi escondida, una pequeña tienda nos llama la atención: el escaparate está lleno de máscaras venecianas, cada una distinta, pintadas a mano con un detalle tan minucioso que parecen susurrar historias propias.

—¿Soy la única que siente que nos estaban esperando? — pregunta Aria en voz baja.

Dante sonríe, aunque sus ojos brillan serios por un segundo.

—Entonces entremos. Quién sabe… quizá la máscara elija a la persona.

—¿Cuándo te has vuelto tan poético? —me burlo con la ceja levantada.

—Soy una caja de sorpresas, principessa .

La campanita sobre la puerta suena con un tintineo suave al entrar en la tienda, huele a madera vieja y barniz. El aire está cargado de un silencio reverente, como si cada máscara guardara un secreto que no quiere ser revelado.

Aria se lanza la primera, levantando una máscara plateada con incrustaciones de cristal.

—Mira esta. Si la llevo, todos pensarán que soy un ángel.

—O un demonio que sabe disfrazarse —responde Dante, haciendo que ella suelte una carcajada.

Yo paso los dedos por encima de una máscara dorada, sencilla pero elegante. Algo en ella me atrae.

—Esa tiene tu nombre escrito, principessa —dice Dante a mi espalda, con un tono extraño, casi reverencial.

Levanto la vista y lo miro de reojo.

—¿Y tú qué? ¿No piensas elegir una?

Él se coloca una máscara negra con bordes rojos, tan dramática que Aria y yo rompemos en risas. Dante se la baja despacio y sonríe.

—Bueno, alguien tiene que ser el villano de la historia.

Por un instante me quedo callada, mirando mi reflejo en el pequeño espejo de la tienda. Con la máscara dorada en mis manos siento algo extraño, como si me perteneciera de antes. Y aunque sacudo la cabeza para espantar esa sensación, no desaparece del todo.

—Venga, vamos a pagarlas, está empezando a darme mal rollo este sitio. —Aria me da un codazo suave, poniéndose la máscara plateada—. Como si alguien nos mirase.

Dante alza una ceja, divertido, pero su tono no acompaña del todo a la sonrisa.

—No me extrañaría…, demasiados ojos vacíos para una sola habitación.

Me estremezco sin querer y sujeto la máscara dorada contra mi pecho antes de acercarme al mostrador. Una anciana de cabello blanco aparece casi de la nada, como si hubiera estado esperándonos. Nos cobra en silencio, con una lentitud medida que me incomoda más que la penumbra del local.

Cuando por fin cruzamos la puerta, la campanita vuelve a sonar, pero esta vez el tintineo me parece más grave, como un aviso. El aire fresco de la calle me golpea y respiro hondo, con la sensación de haber salido de un sueño extraño.

—Bueno…, eso sí que ha sido raro. —Aria se ajusta las bolsas en los brazos y suelta una risa nerviosa.

—Raro o no, ya tenemos nuestras máscaras —afirma Dante, girando la suya entre las manos—. La pregunta es: ¿estáis listas para lo que venga cuando nos las pongamos?

—Por supuesto —contesto más rápido de lo que debería, aunque la inquietud no se me quita de encima.

Seguimos caminando calle abajo. Aria no tarda en hacer una broma sobre lo que dirá Viktor al verla con la máscara, y Dante vuelve a reír con esa risa despreocupada que parece llenar todo el espacio. Pero, por más que lo intente, la sensación de ser observada no se despega de mí.

Las calles de Atrani están llenas de vida, de turistas y locales, de aromas a café y mar. Sin embargo, cada sombra me parece demasiado larga, cada esquina, demasiado oscura. Aprieto las bolsas contra mi costado y acelero el paso sin decir nada.

Cuando por fin llegamos a la entrada del hotel, el murmullo de la gente y la calidez del vestíbulo me envuelven de inmediato.

El bullicio de los trabajadores, los arreglos florales en los pasillos, incluso la voz de Dante que se queja de cargar con tantas bolsas… , todo parece devolverme a la realidad.

Suelto un suspiro que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Dentro del hotel, la sensación desaparece como si nunca hubiera existido.

Aria lo nota. Me toma del brazo y me sonríe.

—¿Qué te parece si nos vamos al spa a relajarnos?

La miro y le devuelvo la sonrisa. Siempre sabe qué decir.

Primero cumplo con lo que me trajo hasta aquí: revisar las obras, hablar con los encargados y asegurarme de que Le Sirenuse sigue avanzando como debe. Pero lo hago con una ligereza extraña, como si cada vez fuese más fácil estar al mando.

El spa nos recibe con vapor perfumado y un silencio casi sagrado.

Nos dejamos caer en las camillas, las manos expertas de las masajistas deshacen cada nudo de tensión.

Luego pasamos a la piscina de chorros, donde reímos como niñas cuando el agua nos golpea la espalda con fuerza.

Dante no espera fuera, disfruta tanto como nosotras.

La tarde se diluye entre risas. Atrani, con sus calles estrechas y su belleza abrumadora, nos despide al caer el sol con un cielo teñido de naranja y rosa.

Cuando por fin embarcamos de vuelta hacia la isla, el cansancio me pesa en los huesos. Me acomodo en el asiento, con la brisa marina en la cara y el sonido del agua golpeando contra el casco. Cierro los ojos, dejando que la calma me envuelva.

Ha sido un día largo, pero por primera vez en semanas me he permitido disfrutar. El vaivén del barco y la brisa marina me adormecen, y por un instante me dejo llevar por la calma.

Entonces, al levantar la vista hacia el embarcadero, creo distinguir algo.

Una silueta solitaria, quieta entre las sombras, observándonos.

Parpadeo, forzando la vista contra el resplandor del atardecer, pero cuando vuelvo a mirar… ya no hay nadie. Sacudo la cabeza con una sonrisa cansada. Quizá sean imaginaciones mías.

Me recuesto de nuevo, cerrando los ojos mientras el barco se aleja de la isla.