Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXVII
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XXVII

Leyla

Semanas después de aquel pequeño respiro con Dante, la calma se quebró.

El nonno falleció en su cama, rodeado de los pocos que pudo reconocer en sus últimos días.

Lo mantuvimos en la intimidad tanto como nos fue posible.

Fue un funeral precioso, íntimo, lleno de silencios más elocuentes que cualquier discurso.

Yo no lloré delante de todos, pero por dentro se me rompían pedazos que nadie podía recomponer.

Queríamos que fuese nuestro momento, nuestro adiós, sin embargo, alguien filtró la noticia.

Y como si la desgracia no fuera suficiente, la invitación al baile se ha convertido en algo mucho más peligroso.

Ahora somos un blanco, y yo lo sé mejor que nadie.

Se supone que debo permanecer oculta, protegida…

, pero no quiero esconderme. No he nacido para reinar entre las sombras.

No voy a permitir que el miedo dicte mi camino.

Los entrenamientos se vuelven más intensos.

Yo también. No sé en qué momento empiezo a descargar mi frustración en cada golpe, en cada disparo, como si pudiera expulsar con ellos la rabia que me consume desde la muerte del nonno .

Jensen y Luca han terminado obligándome a descansar algunos días; según ellos estoy forzando demasiado.

En los ratos de calma me he refugiado en el claro secreto, ese que Jensen me mostró. Justo en el que estoy ahora, balanceándome sobre un tronco caído. El aire huele a tierra húmeda y sal, y por un instante me permito bajar la guardia.

Hasta que escucho pasos entre la maleza. Mi cuerpo se tensa de inmediato. Desde que filtraron la muerte del nonno , la paranoia no me abandona. Ya no sé en quién confiar.

Entonces, entre los arbustos, aparece Aria. Sus ojos brillan traviesos y en la mano lleva una botella medio escondida. Nada de copas esta vez.

—Si vas a hacer de mártir, al menos hazlo con estilo —dice, dejando la botella sobre el tronco.

No puedo evitar sonreírle.

—¿Cómo has encontrado este lugar?

—Lo odio. Está lleno de bichos. —Se sienta a mi lado con un gesto fingidamente fastidiado—. Pero él está preocupado por ti. Quería venir, aunque esta botella lleva nuestro nombre, ¿no crees?

Suelto un suspiro que parece llevar semanas atrapado en mi pecho. Tomo un sorbo directamente de la botella y cierro los ojos.

—Esto debería ser un delito…, beber sin copa. Gracias por venir.

Aria no responde de inmediato. De pronto se inclina hacia mí y me envuelve en un abrazo fuerte, sin darme tiempo a huir. Y entonces me permito llorar. Lágrimas mudas que me queman la piel y que ella sostiene sin apartarse, como si hubiera esperado este derrumbe desde que pasó .

—No pienses que por llorar eres menos fuerte. Estábamos todos preocupados por ti. —Me aprieta con más fuerza, transmitiéndome el cariño que tantas veces me deja ver.

Me aferro a ella, agradecida en silencio por sus palabras. Poco a poco las lágrimas se van apagando y el nudo en mi garganta se afloja. Respiro hondo y, cuando al fin me aparto, Aria me tiende la botella de nuevo.

—Toma, que para eso la he robado. —Sonríe, y me doy cuenta de cuánto necesitaba esto.

—Si seguimos así, vamos a tener que hacer un gran pedido —bromeo, intentando sonar ligera.

—Cuanto más haya, mejor. Además… ahora eres la jefa. No hay a quien rendirle cuentas.

Nos echamos a reír y, por un instante, la tensión que me ha estado asfixiando se disuelve. El silencio que sigue no es incómodo. Es… íntimo.

—Hacía mucho que no estábamos solas —digo finalmente, mirándola de reojo.

—Lo sé —suspira, con esa seriedad que me cala hondo—. Y no me gusta. Parece que el mundo se ha empeñado en quitarnos los momentos sencillos, ¿sabes? Como si no tuviéramos derecho a ser solo… nosotras.

Sus palabras me golpean. Y sin pensarlo, le cojo la mano.

—Lo siento. He estado pendiente de demasiadas cosas y te he dejado de lado. Pero… ¿qué te parece si reservamos un día a la semana para nosotras? Vino, charla y nada de responsabilidades.

Una sonrisa auténtica le ilumina el rostro.

—Me has leído la mente. Ahora pásame esa botella, que ese día empieza hoy .

Reímos de nuevo, y mientras sus dedos aprietan los míos con firmeza siento un calor familiar que me reconforta. No será mi hermana de sangre, pero poco a poco se está convirtiendo en parte de la familia que estamos construyendo.

La botella se va vaciando entre risas y confesiones, y para cuando cae la noche estamos lo bastante achispadas como para que todo parezca más ligero. Me duele la cara de tanto reír.

—Oooh, han llegado los príncipes de blanca armadura a por nosotras —canta Aria de repente, señalando hacia los árboles.

Levanto la vista y allí están Viktor y Jensen, que llegan caminando hacia nosotras con el ceño fruncido.

—Y parecen realmente enfadados… —susurro, apretando los labios para contener la risa—. ¿No crees que deberían fruncir menos el ceño?

—Definitivamente. —Aria ladea la cabeza y finge analizar a Viktor—. Esa mandíbula siempre apretada… ¿no les dolerá?

Mi risa estalla y Jensen me clava la mirada, seria y gélida.

—Leyla, o te portas bien o serás castigada —dice con voz baja y grave.

—Aria, tú te estás ganando unos pequeños azotes. ¿Quieres que te enseñe modales? —remata Viktor con la misma calma peligrosa.

Las carcajadas se nos escapan a las dos sin remedio.

—Suerte, pequeña saltamontes —le deseo a Aria en un murmullo dramático, justo antes de que Viktor la cargue al hombro como si no pesara nada.

—¡Ahora sí que nos hemos metido en un lío! ¡Te quiero! —suelta, y me lanza un beso al aire mientras se retuerce de la risa.

No me da tiempo a reaccionar cuando Jensen imita a Viktor, se inclina ante mí y con facilidad me carga sobre su hombro .

—¡Ey! ¡Esto no es justo! —protesto entre risas, golpeando su espalda.

Él no dice nada, solo me mantiene firme contra su hombro y comienza a caminar hacia la casa con paso seguro. Desde allí arriba puedo ver a Aria todavía riendo y lanzándome miradas cómplices.

Y, pese al cosquilleo del vino y el mareo del vaivén, no puedo dejar de sonreír. Porque, por primera vez en semanas, me siento feliz.

El camino de vuelta se me hace eterno, entre risas ahogadas y el balanceo de su andar seguro.

Los trabajadores que andan por allí me miran, pero no dejo que me avergüence.

Cuando por fin me deja en el suelo, estamos en la habitación.

Me tambaleo un poco y apoyo la mano en su pecho para no perder el equilibrio.

—Estás disfrutando demasiado con esto, ¿verdad? —murmuro con una media sonrisa.

Él me mira en silencio, con esa calma suya, pero esta vez hay algo distinto en sus ojos.

—Es la primera vez en semanas que te escucho reír así. —Su voz es grave, tranquila.

Me quedo quieta, con el corazón desbocado. El vino me tiene con las defensas bajas, y antes de pensarlo demasiado, suelto:

—Creo que os debo una disculpa a todos. No he estado en mi mejor momento.

Un silencio pesado se instala entre nosotros. Jensen me toma de la barbilla con cuidado, obligándome a mirarlo.

—No tienes que cargar con todo sola —susurra, tan cerca que casi puedo sentir el calor de su aliento—. No pidas perdón, no siempre tienes que poder con todo.

Me muerdo el labio, el nudo en la garganta vuelve a apretar. Siento la necesidad de estar más cerca, apoyo la frente contra su pecho. Él no duda en rodearme con sus brazos, firme pero suave, como si supiera exactamente cuánto necesito ese abrazo.

—No sé qué haría sin ti —confieso apenas en un hilo de voz.

—No vas a tener que descubrirlo —responde sin soltarme.

Sus palabras me atraviesan. El silencio que nos envuelve late con algo más que consuelo; es un pulso contenido que lleva demasiado tiempo ardiendo entre nosotros.

Cuando levanto la vista, sus ojos ya están fijos en los míos. No sé quién se inclina primero, pero de pronto la distancia desaparece. Nuestros labios se encuentran en un roce suave, casi inseguro… y eso basta para desatarlo todo.

El beso se vuelve salvaje en un instante, urgente, parece que hubiera estado esperando en la oscuridad todo este tiempo. Me aferro a su camisa, buscando anclarme, mientras vierto en él todo lo que he callado: la frustración, la pérdida, la necesidad de sentirme viva otra vez.

Él responde con el mismo hambre, pero sujeta mi rostro con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Y eso me enciende aún más.

Jensen se aparta de golpe, aunque no deja de mirarme, sus labios aún rozando los míos como una tentación cruel.

—Mi chica sucia. Siempre dispuesta para mí. —Su voz es grave, cargada de deseo contenido—. Pero ahora no es el momento. No estás en condiciones.

Me muerdo el labio con rabia y frustración.

—Tú te lo pierdes —gruño, aunque su respiración entrecortada me demuestra que para él tampoco es fácil.

Sus ojos se oscurecen aún más.

— Zhizn’ moya… —susurra, con esa mezcla de ternura y peligro que me derrite—. Sabes que siempre quiero un pedacito de ti, pero tienes que descansar. Vamos a dormir. —Me tiende la mano, firme—. No me obligues a meterte en la cama.

Sé que tiene razón. Sin embargo, ya he llorado bastante por hoy. Y temo romperme si me abraza. Así que, tragando mi frustración, dejo que su mano se cierre sobre la mía.

Nos acurrucamos debajo de las sábanas, el calor de su cuerpo envolviéndome, y justo cuando mis párpados empiezan a pesar, lo escucho murmurar algo en ruso, tan bajo que casi creo que lo he imaginado.

— Moe serdtse…

Y aunque no entienda las palabras, se me clavan en el pecho como si me pertenecieran desde siempre. Me acurruco aún más contra él, dejando que su voz me arrope. Haciéndome sentir amada.