Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXVI
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Leyla

La mesa de la sala de reuniones nunca me había parecido tan larga. El sobre rojo descansa en el centro como una advertencia silenciosa. Todos lo miran, pero nadie se ha atrevido a tocarlo.

—Os he hecho venir aquí porque ha llegado esto. —Mi voz resuena grave mientras apoyo ambas manos sobre la madera. Rompo el sello y despliego la tarjeta con calma, aunque por dentro me hierva la sangre—. Ha llegado la hora de vernos cara a cara con Eric.

Un murmullo recorre la mesa, apenas contenido.

—Será en el Baile Anual de Máscaras —continúo—. Lo que significa que habrá que estar atentos. Cualquier desconocido podría ser el enemigo. Se prohíben armas, pero… —miro a Viktor— tú te encargarás de ver qué puede pasar desapercibido.

Él asiente sin rechistar con la mandíbula tensa.

—Aria, Vinnie y tú vais a trabajar en los contactos de la isla. Necesito saber si alguien más de nuestra lista ha recibido la invitación. No podemos ir a ciegas .

Todos asienten. El ambiente está cargado de tensión cuando Dante se reclina en la silla con una sonrisa torcida.

— Principessa , se te olvida lo más importante —asegura, levanta una ceja y se señala a sí mismo—: los esmóquines. Estoy jodidamente guapo con uno de esos puesto.

Un bufido general recorre la mesa. Leyla rueda los ojos, aunque un amago de sonrisa se le escapa.

—Imbécil —murmura Luca a mi lado.

—¿Qué? —finge indignación Dante, alzando las manos—. Es la verdad… Además, voy a por mi chica.

La risa contenida de Viktor rompe la tensión por un segundo, y hasta Aria se cubre la boca para no soltar una carcajada.

Yo dejo que dure lo justo antes de intervenir.

—No vamos a divertirnos, pero tiene razón: necesitaremos ropa adecuada. —Clavo mi mirada en todos—. Vamos a jugar en su terreno, con sus reglas. Y no pienso permitir que ninguno de los nuestros salga herido.

El silencio cae como una losa. En ese instante, la voz rasposa del abuelo resuena al fondo de la mesa. Ha tenido un buen día y ha insistido en venir.

—No olvidéis quién está a cargo. —Sus ojos se clavan en todos, duros pese al cansancio—. Haréis lo que ella os diga.

Trago saliva. Que el abuelo me defienda delante de todos me da un empujón inesperado. Siento la presión de tantas miradas sobre mí, pero no bajo la cabeza.

—Ya lo habéis oído —digo, obligando a mi voz a sonar firme.

Desvío la mirada hacia el otro lado de la mesa—.

Luca, Jensen, vosotros os encargaréis de revisar la seguridad del perímetro y posibles rutas de escape en caso de que algo salga mal.

Jensen conoce la casa, así que os vendrá bien trabajar juntos en eso.

Ambos asienten sin rechistar, y esa confianza silenciosa me sostiene un poco más.

Finalmente, mis ojos se detienen en Dante. Él sonríe como si ya supiera lo que viene, y eso solo me da más razones para no titubear.

—Y tú, primo… —dejo que la tensión se estire un segundo, lo justo para que todos contengan la respiración—, necesito hablar contigo. A solas.

Un murmullo curioso recorre la mesa, pero nadie se atreve a preguntar. Dante solo arquea una ceja y me dedica esa media sonrisa cargada de misterio que siempre me pone de los nervios.

—Lo que tú digas, principessa .

Cuando la reunión se disuelve, el resto se marcha con rapidez. No es hasta que el murmullo de las voces se extingue que me vuelvo hacia Dante. Él sigue ahí, como si me hubiera estado esperando todo el tiempo.

—Quiero que hablemos de Lila. Sea cual sea el plan que tienes, olvídalo. Vamos a trabajar juntos —le advierto, y mi voz no tiembla.

Dante se queda mirándome, serio por primera vez en mucho tiempo.

—Te sienta bien tomar las riendas, principessa . No sabía que fueseis amigas… Dejé de observarla hace tiempo.

Respiro hondo.

—Íbamos juntas a la universidad. Estuvo a mi lado cuando murieron mis padres… Nunca supe en qué estaba metida. Solo que tenía un novio, o algo así. No la trataba bien. Quise ayudarla, pero me dijo que correría peligro si hablaba. Así que me callé… incluso cuando vi los golpes .

Los puños de Dante presionan contra la mesa, con la mandíbula marcada por la rabia.

—Me odia. Y lo entiendo —admite en voz baja—. Pero la he visto apagarse poco a poco. Aunque no quiera saber nada de mí, necesito sacarla de ahí. Lo intenté una vez…, me llevé una paliza. El que la vigilaba me conocía de antes y lo dejó en una advertencia.

Me acerco un poco más, obligándole a mirarme.

—Ayuda a Jensen y a Luca con los planes de actuación.

Lo mejor será que tu hermano la saque de allí.

A ti y a mí dudo que quiera vernos. Necesito que lo entiendas, Dante.

No puedes poner en riesgo a todos por una imprudencia.

Te prometo que la sacaremos. Habla con Vinnie; seguro que tiene algo para dormirla y que sea más fácil. Tú puedes con ella.

Él me observa, hasta que finalmente asiente.

—Sabía que me caías bien, principessa . Tienes madera de líder. Te prometo que no nos pondré en riesgo. Pero prométeme tú una cosa: no te acerques a ese cabrón. Deja que seamos nosotros los que te protejamos. La reina es la pieza más importante del tablero.

Me quedo en silencio, con el corazón acelerado por la intensidad de sus palabras. Al final asiento despacio.

—Lo prometo —susurro—. Y para que lo sepas, tú también me caes bien.

No sé quién se mueve primero, si él o yo, pero acabamos abrazándonos. Sus enormes brazos me dejan sin aliento, aun así, me refugio en ellos. Y mientras me sostiene, me prometo en silencio que, de una forma u otra, le ayudaré a ser feliz.

Cuando nos separamos, descubro un nuevo brillo en su mirada, como si hubiera derribado una de sus murallas por un instante.

Y me doy cuenta de algo: Dante no es solo el hombre fuerte y arrogante que todos ven.

Detrás de ese constante humor hay alguien que carga con más de lo que admite, alguien que necesita que otro confíe en él.

Me quedo mirándole más de lo normal, tratando de descifrarlo, y, como siempre, es él quien rompe el silencio.

—Ya sé que soy guapo, pero deja de mirarme así o tendré problemas con Terminator. —Su sonrisa ladeada me arranca una risa involuntaria.

Le doy un empujón suave en el pecho.

—Anda, ve a trabajar antes de que cambie de opinión sobre ti.

Él hace un gesto burlón, como si me rindiera pleitesía, y empieza a alejarse sin perder la sonrisa. Lo sigo con la mirada y, sin querer, noto cómo se me escapa otra. Estos pequeños momentos, tan insignificantes en apariencia, son los que me impulsan a seguir adelante.