XXV
Jensen
Llevo días observándola.
Leyla va en piloto automático. No está siendo la misma de siempre. Le falta esa chispa. Ella es fuego, y no soporto verla así.
No quería pedir consejos. No soy ese tipo de hombre. Pero al final terminé preguntando a Aria y a Viktor qué demonios podía hacer para animarla.
Aria me miró con esa paciencia infinita, y me dijo que lo que Leyla necesitaba era un respiro. Algo que la sacara del peso de la familia, de la enfermedad del abuelo, de los secretos.
Viktor, en cambio, fue directo. Siempre lo es.
—Hazla reír, cabrón. Hazla sentirse viva otra vez.
Después, se quedó mirándome con esa seriedad suya antes de añadir:
—Recuerdo lo enfadada que estaba cuando la dejaste tirada y me la dejaste a cargo —suspiró—.
Creo que sería buena idea que tuvierais una cita, hermano.
Te quiero, pero… habéis pasado de ser desconocidos que se acuestan una noche, a jefe y empleada, y de pronto a estar aquí, en mitad de este infierno.
Joder, no sé cómo decirte esto sin que su ene mal, es que os estáis conociendo en vuestra peor versión…
y aun así os estáis enamorando. Quizá darle un toque extra, uno romántico, no vendría mal.
Aria se quedó mirándolo, igual de sorprendida que yo. Luego alzó una ceja y soltó:
—Cierra la puerta al salir.
Por primera vez en mi vida los escuché. De verdad. No hay relación que admire más que la de ellos.
Así que aquí estoy días después. Preparando una cita.
No quería nada típico. Ni cenas con manteles de lino, ni vino caro. Ella no necesita eso de mí. Leyla necesita aire. Libertad. Algo que la haga olvidar, aunque sea por unas horas, todo lo que carga sobre los hombros. Que puede respirar sin que el mundo se le venga encima.
Explorando la isla encontré un lugar apartado, escondido entre la maleza. Una cala pequeña, invisible desde las rutas principales. Agua clara, arena fina, rodeada de rocas que la convierten en una especie de secreto. Nadie más la conoce, ni siquiera los trabajadores.
Es nuestra.
He pasado las últimas horas asegurándome de que estuviera perfecto. He limpiado la zona y he encendido unas antorchas improvisadas para cuando cayera el sol. He traído una manta grande y comida sencilla —pan, frutas, una botella de vino—. No es lujoso, pero es real. Y quiero que sea solo para ella.
Mientras termino de acomodarlo todo, pienso en lo extraño que resulta. Yo, el tipo que solo sabe matar y dar órdenes, organizando una cita como un adolescente. Me descubro sonriendo como un idiota, imaginando su cara cuando lo vea.
Y pienso en que quizá esto sea para mí también .
Porque necesito verla brillar. Necesito hacerle recordar que seguimos siendo los mismos que éramos antes de venir aquí.
Cuando regreso a la mansión y toco a su puerta, me recibe con esa expresión mezclada de sospecha y cansancio. Tiene ojeras y lleva el pelo recogido en una coleta improvisada…, pero aun así me quita el aliento.
—¿Qué pasa? —pregunta, arqueando una ceja.
—Vístete cómoda —respondo cruzándome de brazos. Intento sonar tranquilo, aunque la curva que hace su boca cuando sospecha me desmonta por dentro.
—¿Cómoda? —repite, desconfiada—. ¿Esta es otra de tus pruebas raras de entrenamiento? Porque te juro que no pienso correr por la playa otra vez.
No puedo evitar soltar una risa baja. Me acerco, la enredo por la cintura y murmuro junto a su oído:
—Confía en mí, nena. Esta vez no voy a hacerte sudar… al menos no de esa manera.
La veo enrojecer, y le doy una palmada en el culo para alentarla.
Se me escapa una sonrisa al verla ruborizarse. No importa cuántas veces lo haga, nunca me canso de ese color subiéndole por las mejillas. Me dan ganas de besarla ahí mismo, pero me contengo. Si cedo cada vez que me lo pide el cuerpo, nunca saldríamos de esta habitación.
—Dame diez minutos —gruñe.
—Te doy cinco.
Le lanzo una mirada de advertencia, aunque en el fondo me divierte verla correr hacia el armario como si de verdad le fuera la vida en ello.
Me apoyo en el marco de la puerta mientras la escucho maldecir entre cajones y perchas. Y me descubro sonriendo de nuevo como un idiota. Nadie más en este mundo consigue arrancarme eso sin proponérselo. Nadie.
Cuando al fin aparece, con un short y una blusa sencilla, siento que se me seca la boca. No necesita nada más. Nunca lo ha necesitado.
—Perfecta —se me escapa.
Ella me fulmina con la mirada, como si sospechara que me estoy burlando, pero no digo nada más. Prefiero guardarme la verdad: que jamás he visto a nadie tan hermosa sin esforzarse en absoluto.
Camino delante, sin soltarle la mano. La noto nerviosa, expectante. Cada pocos pasos me pregunta a dónde vamos, y cada vez me limito a apretar su mano en respuesta.
Avanzamos por un sendero escondido entre la maleza, uno que encontré días atrás buscando el mejor lugar. El aire huele a sal y a hierba húmeda, me noto nervioso.
—Jensen —dice—, ¿vas a decirme qué planeas o tengo que empezar a sospechar que me vas a matar?
Suelto una carcajada baja.
—Créeme, zhizn’ moya …, antes me matarías tú a mí.
Ella también ríe. Es el sonido más bonito que he oído nunca. Y ella es la chica más bonita que he visto nunca.
Cuando la vegetación se abre y aparece la cala secreta, noto cómo se le corta respiración. La mesa improvisada, las velas que conseguí sin que Viktor se diera cuenta, la botella de vino que Aria se encargó de «prestarme»… Todo está en su sitio.
—Dios… —susurra, llevándose una mano al pecho.
La observo en silencio. Esa expresión de asombro, de alegría contenida. Me giro hacia ella y veo cómo le ruedan lágrimas por las mejillas.
—Quería que te relajases un poco después de todo lo que ha pasado.
—Me acerco a ella con cuidado y la abrazo desde atrás—.
Espero que esas lágrimas sean de felicidad porque la otra opción es que esto es un desastre y me niego a pensarlo.
Si no, mataré a Viktor y Aria por el consejo —gruño cerca de su oído.
—Es lo más bonito que han hecho por mí nunca, gracias —me confiesa, separándose un poco para depositar un suave beso en mis labios.
Me mira. Y lo hace de verdad. Juraría que puede ver todo lo que escondo. Y no he estado tan asustado en mi vida.
Porque ella es todo lo que no estaba buscando… y todo lo que no puedo permitirme perder.
Nos quedamos un minuto mirándonos el uno al otro como si no existiera nada más.
Sus ojos son un puto imán. Nunca me había sentido así. Con cualquier otra, todo era simple: cama, sexo, silencio. Pero con ella…, joder, con ella me descubro queriendo memorizar hasta la forma en que se acomoda un mechón detrás de la oreja.
—Vamos, antes de que se caliente el vino. Lo que sería una verdadera desgracia —digo al fin, porque si sigo así voy a terminar confesándome.
La guío hasta la mesa improvisada y tiro de la silla para que se siente. Ella me lanza una sonrisa ladeada.
—¿Desde cuándo eres detallista? —pregunta, arqueando una ceja mientras acaricia con los dedos la copa de vino.
Me encojo de hombros.
—No lo soy. Pero por ti me descubro haciendo cosas que jamás había imaginado.
—Cuidado, cariño. Voy a pensar que te estás enamorando .
Ella suelta una risa suave. ¿Está tanteado el terreno? No me han preparado para esto. Y ahora mismo no sé cómo contestar así que me limito a sonreír.
La observo mientras prueba el vino. Y me maldigo mentalmente por no decir nada más.
Pero las palabras me queman en la garganta, y antes de que pueda detenerme, suelto:
—Si estar obsesionado con que seas mía, si querer tenerte cerca a cada puto segundo cuenta como amor… entonces quizá esté empezando a sentirlo.
Sus ojos se abren un poco, sorprendidos, y me obligo a sostenerle la mirada.
—No lo entiendo del todo. Pero desde el primer momento en que te vi, algo en mí cambió. Y si hoy estoy aquí contigo es porque quiero averiguarlo. Quiero explorar esto más que cualquier otra cosa en mi vida.
Me quedo en silencio, esperando que se ría, que me diga que soy un idiota o que lo ignore. Sin embargo, no hace nada de eso.
Leyla se levanta despacio, y por un momento pienso que va a alejarse. En cambio, rodea la mesa y, sin previo aviso, se acomoda sobre mis piernas. Su calor me invade de golpe, su olor, su cercanía. Me clava esos ojos que me tienen de rodillas desde el primer día.
—Entonces no lo entiendas —susurra, acariciando mi mejilla con la yema de los dedos—. Solo siéntelo. Porque yo también lo estoy sintiendo, Jensen. Y, sí, da miedo, pero contigo nada duele.
No me da tiempo a procesar lo que acaba de decir. Sus labios buscan los míos y la beso como si me fuera la vida en ello. Parece que podríamos verter todo lo que sentimos en ese beso .
Este beso se siente diferente, como si fuera el primero. No tiene nada de apresurado ni de salvaje, aunque mi cuerpo arda por ella. Es un beso que dice más que cualquier palabra.
Cada roce de su boca contra la mía es una promesa muda.
Cuando finalmente nos separamos, mi respiración es un caos, y ella me mira con los labios hinchados. Esta es mi versión favorita de ella: sonrojada, temblando y completamente mía.
—Deja de mirarme así —pide, bajando la vista, aunque no hace el más mínimo intento de apartarse.
Sonrío de lado, llevando el pulgar a su barbilla para obligarla a alzar el rostro de nuevo.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a devorarme. —Su voz tiembla, pero la chispa de desafío sigue ahí, esa que me enciende cada maldito día.
—Porque voy a hacerlo, mi chica sucia. Siempre quiero hacerlo. —Mi confesión sale más grave de lo que esperaba. Y no me refiero solo a su cuerpo; lo sabe. Ella siempre sabe leer entre mis palabras.
Se queda callada, observándome. Luego suspira, y en lugar de apartarse, se acurruca más contra mí, apoyando la frente en mi cuello. Mis brazos se cierran solos alrededor de su cintura.
El silencio que nos envuelve no es incómodo. Es… pleno. Desearía poder quedarme en este lugar, escondidos de todo lo demás.
Ella inspira hondo contra mi piel, como si tratara de memorizar mi olor.
—Gracias por esconderte conmigo un ratito, este lugar es maravilloso —afirma.
—Y aún no has visto lo mejor —respondo, apretando un poco más su cintura—. Creo que deberíamos comer antes de que se haga de noche.
—¿Estás diciéndome que has cocinado? —Arquea una ceja, divertida.
—Si a cocinar te refieres a traer picoteo y un par de sándwiches, entonces sí. —Lo digo con el pecho inflado de orgullo, como si hubiera preparado un banquete.
Su risa estalla en el aire, clara y libre, y me juro que voy a sacarle muchas más de esas.
—Ese vino no es… —empieza a decir, alzando la botella para leer la etiqueta, y abre los ojos de par en par—. ¡Madre mía, se lo has robado a tu hermana! ¡Será posible! —Sigue riendo, negando con la cabeza.
Me encojo de hombros con una sonrisa ladeada.
—Si Aria me lo hubiera querido dar, lo habría hecho. Técnicamente, me ahorré el trámite de preguntarle.
—Técnicamente, eres un ladrón. —Me lanza una mirada de falsa indignación antes de beber un sorbo.
La observo mientras sus labios rozan el cristal de la copa, y pienso en lo feliz que se la ve.
La cena transcurre entre risas, burlas y silencios que no pesan. Cuando el sol empieza a hundirse en el horizonte, recogemos lo que queda y caminamos de vuelta con su mano enlazada a la mía.
Al llegar a la casa, la rutina del bullicio familiar nos recibe de golpe. Apenas cruzamos el umbral, Vinnie aparece en el pasillo con una sonrisa traviesa y un sobre rojo entre los dedos.
—Justo a tiempo, tortolitos. Esto acaba de llegar.
Leyla frunce el ceño, y yo siento cómo se me tensa la mandíbula al reconocer el sello en la solapa.
El aire ligero de la cita se quiebra en un segundo.
—Han movido ficha —suelto al fin, con voz grave.
Le tiendo la carta para que la lea. No se amedrenta. Alza la mirada hacia mí con calma, colocándose la máscara… y decidiendo que es hora de ser fuerte.
—Hay que reunir al resto.
Algo en su tono me atraviesa. No hay miedo ahí. Hay determinación.
Me acerco, le cojo la cara entre las manos y apoyo mi frente contra la suya. El mundo desaparece en ese momento. Solo estamos ella y yo, respirando el mismo aire.
—Juntos —le recuerdo.
Asiente, enredando los dedos en mi camisa, firme, sin dudar.
—Juntos.
Se inclina primero hacia mí para besarme. Me tomo mi tiempo para explorar su boca, enredando nuestras lenguas. Y la sostengo en mis brazos. No es solo un beso. Es mucho más: la promesa de que, si todo arde, arderemos juntos.