XXIV
Leyla
El nombre me golpea como un puñetazo directo en el estómago.
Lila.
No.
No puede ser.
No es ella. No es la misma.
Durante un instante, las voces a mi alrededor desaparecen.
Solo escucho el eco de ese nombre, que me arrastra de nuevo a Minnesota: a una habitación llena de libros, risas ahogadas y secretos susurrados bajo las sábanas.
Ella fue la primera que me tendió la mano tras la muerte de mis padres.
La que me convenció de ir a aquel baile de máscaras que cambió mi vida.
Y a la que, de alguna manera, dejé atrás.
Con el tiempo, poco a poco, fui descubriendo la otra cara: que me traicionó.
La misma chica que me confesaba sentirse atrapada, que aseguraba que su familia nunca la dejaría huir. La que escondía los moratones de su novio tras sonrisas que nunca terminaban de llegar a sus ojos.
Levanto la mirada y me encuentro con Dante. Tiene la mandíbula tensa, los ojos oscuros y el cuerpo todavía parece vibrarle por la pelea .
No sonríe. No bromea.
Y entonces lo entiendo: para él tampoco es solo un recuerdo.
Me sorprendo a mí misma al sentir pena por ella en lugar de odio.
Y, como si no fuera suficiente, la otra verdad golpea con la misma fuerza: el abuelo está enfermo. La bilis me sube por la garganta. Es demasiado todo junto.
Se me corta el aire. La presión en el pecho crece. Y sé lo que viene. Otro ataque, como los del principio.
Noto la mirada de Jensen clavada en mí. Lo sabe.
Sus fuertes dedos me agarran del brazo, arrastrándome hacia la salida antes de que pueda caerme.
El tiempo afuera es más fresco, aun así, apenas puedo respirar. El aire me raspa la garganta, mis manos tiemblan y siento cómo el suelo se abre bajo mis pies.
—Nena, mírame.
La voz de Jensen es ligera, firme. Es como un ancla lanzada en mitad del naufragio.
Me empuja suavemente contra la pared, sin brusquedad, solo para sostenerme. Sus manos se posan en mis hombros, cálidas, pesadas, reales.
—Déjame ser tu centro —ordena, pero su tono es tan suave que me estremezco—. Aférrate a mí.
Levanto la vista a duras penas. Sus ojos verdes me atraviesan, tan intensos que no hay sitio para el miedo mientras me miran.
Siempre sabe cómo sacarme de mis episodios.
Le rodeo el rostro con las manos, acariciando su piel áspera por la pelea, recorriendo sus facciones como si necesitara convencerme de que está aquí, de que es real.
—Así… —susurra, inclinando ligeramente la cabeza contra mis manos, creo que mi contacto también le da paz .
Intento respirar hondo, pero el aire todavía me cuesta. Él se inclina un poco más, hasta que su frente roza la mía, y acompasa la respiración despacio, exagerada, para que la siga.
—Dentro… —me guía, su voz grave vibrando contra mis labios—. Fuera…
Sigo el ritmo. Una, dos veces. Mi pecho deja de quemar tanto, aunque sigo temblando.
—Eso es, nena —me anima—. Estoy aquí. Quédate conmigo.
Me da un beso en la frente mientras mis manos siguen en su rostro, mis dedos rozando sus cicatrices, su mandíbula tensa, el calor que desprende. Me sorprendo con lágrimas ardiendo en los ojos que no caen.
—Sé que ha sido un golpe duro, pero puedes con esto —dice, su afirmación hecha promesa—. No estás sola, estamos aquí.
Trago saliva, la respiración poco a poco vuelve a encajar en mi pecho. Y justo entonces siento unos brazos más delgados rodearme por la espalda.
—Te tenemos —murmura Aria contra mi hombro, con esa suavidad que solo ella tiene—. Creo que tú y yo necesitamos una buena copa de vino.
Cierro los ojos un segundo, atrapada entre el calor de Jensen y Aria. Con ellos cerca, me siento en casa.
El frío me sigue arañando los pulmones, pero Jensen y Aria hacen de escudo. Y entonces los veo: Dante, Viktor y Luca, cruzando la puerta del gimnasio hacia nosotros. No dicen nada al principio, solo se acercan con esa presencia que lo llena todo.
Viktor es el primero en romper el silencio. Se inclina un poco; su sombra enorme me cubre como un refugio.
—No soy mucho de abrazos —admite con voz grave—, pero hasta el líder más valiente a veces se desmorona. Y cuando lo hace… la manada se mantiene en pie por él.
Me rodea con un brazo fuerte, sólido, como si pudiera sostenerme siempre que lo necesitara.
Dante se acerca después, con esa sonrisa torcida que esta vez no implica burla, sino complicidad.
— Principessa… —susurra antes de inclinarse y apretarme contra su costado.
Su cuerpo huele a sudor, pero no me importa. No necesita decir nada más. En su silencio hay una lealtad que no había visto antes en él.
Luca llega el último, midiendo el momento. Suspira teatralmente, sin embargo, sus ojos brillan serios; demasiado serios para ser él.
—Qué diablos…, si todos se están poniendo sentimentales, yo también.
Me rodea de golpe con los brazos, tan fuerte que me arranca un jadeo.
—Y… siento habértelo soltado así.
Baja la voz lo suficiente para que entienda que habla de verdad.
Entre todos ellos, rodeada de brazos distintos y fuerzas opuestas que ahora se unen, me siento atrapada en algo que nunca pensé que tendría de nuevo: una familia.
Una pequeña, rota y leal…, pero mía. Estoy sintiendo que al fin tengo un hogar.
◆◆ ◆
El pasillo hacia la habitación del abuelo me parece interminable. Cada paso me hace temblar como si las baldosas se hundieran bajo mis pies. No sé qué voy a encontrar detrás de esa puerta, y la incertidumbre me carcome.
Me siento culpable. Ciega. Todo este tiempo he estado tan ocupada sobreviviendo, tan centrada en Jensen, en nosotros, en los fuegos cruzados, que no supe ver lo obvio: que Enrico se estaba apagando. Y ahora la culpa me araña por dentro.
Trago saliva. Mi corazón late demasiado rápido, tanto que me pregunto si se escucha en todo el pasillo.
— Zhizn’ moya. —La voz grave de Jensen me alcanza por la espalda, siento su calor firme detrás de mí—. No tienes que hacerlo sola.
Asiento, aunque no estoy segura de nada. Sus dedos rozan mi mano y la aprieto con fuerza, como si de repente fuera la única forma de no dar la vuelta y salir corriendo.
La puerta está ahí, a unos centímetros. Y al otro lado, la verdad que llevan semanas ocultándome.
Giro el pomo sintiéndome nerviosa, como si al final la razón por la que vine aquí, lo que tengo que ser para los demás, estuviera más cerca de lo que pensaba.
El clic metálico retumba demasiado fuerte en mis oídos. Por un segundo me quedo quieta, con la mano aún sobre el pomo, incapaz de empujar. No estoy preparada.
La voz de mi madre me llega como un recuerdo fugaz, hablándome sobre lo importante que sería algún día, que podría con todo, pero jamás pensé en tener que llevar un imperio yo sola.
En cambio, ahora estoy a punto de perder a una de las pocas personas que me quedan, y solo puedo pensar en que debería tener más tiempo con él.
Que no lo llegaré a conocer del todo. Y eso me aterra más que cualquier enemigo.
Un suave roce en mi espalda me ancla al presente. Jensen no dice nada, no me apura. Su silencio lo dice todo: estoy a salvo incluso en mi miedo.
Respiro hondo, y al fin empujo.
La habitación se abre ante mí, oscura, con ese olor a medicamentos que se te mete en la piel. Mis ojos recorren el lugar hasta encontrarse con él, y la imagen me corta el aliento.
Al fondo de la habitación no está el hombre que conocí hace apenas unos meses.
No se parece al gigante que llenaba la sala con su sola presencia, el que imponía respeto incluso sentado en silencio.
Ahora parece más pequeño, hundido en las sábanas, con la piel cetrina y el cabello blanco apelmazado contra la almohada.
Sus ojos están cerrados, los párpados tan finos que casi puedo ver las venas debajo.
Cada respiración es un esfuerzo, un ruido áspero que se me clava en el pecho.
Doy un paso, luego otro, el corazón golpeando contra mis costillas como si quisiera huir. No quiero que me vea así, con miedo, pero tampoco sé cómo esconderlo.
Me muerdo el labio para no romperme ahí mismo.
Jensen se queda detrás, a mi espalda, como un guardián. Y de pronto entiendo que este momento no es solo el final de algo, sino el principio de todo lo que me espera.
Me acerco despacio, sin entender cómo ha empeorado en tan poco tiempo. Extiendo la mano con timidez, dudando de si tocarlo pudiera romperlo, y rozo ligeramente sus nudillos fríos.
— Nonno… —Mi voz se quiebra, apenas un susurro.
Sus párpados tiemblan. Un estremecimiento leve, casi imperceptible, pero suficiente para que contenga el aliento. Poco a poco abre los ojos, enturbiados por el cansancio, aunque todavía intensos, todavía los de un hombre que nunca ha cedido ante nadie.
Me mira, y por un segundo siento que estoy desnuda frente a él, que puede ver mis miedos, mis dudas, mi fragilidad. Y entonces, con una media sonrisa que parece sacada de otro tiempo, deja escapar una frase ronca:
—Ya era hora, piccola .
Las lágrimas me arden detrás de los ojos. Ahora entiendo a mamá cuando decía que su padre era tierno con ella incluso cuando le reprochaba algo. Solo espero que la haya perdonado.
Su mano tiembla, pero se aferra a la mía con más fuerza de la que esperaba.
—Siento mucho habértelo escondido —susurra, con una voz cansada que aún guarda autoridad.
Trago saliva. No sé qué contestar.
—Entiendo por qué teníais que hacerlo… —admito al fin, siento la garganta rota, con cada palabra pesando en mi pecho.
Él asiente despacio. Sus ojos se cierran un instante, como si el esfuerzo lo agotara, y cuando vuelven a abrirse, un brillo distinto asoma entre la opacidad del cansancio: orgullo, reconocimiento.
—Eso significa que entiendes lo que está en juego. —Su aliento es áspero, pero cada sílaba golpea como un martillo—. El miedo te recuerda que eres humana…, lo que hagas con él es lo que decidirá si estás hecha para sobrevivir.
Mis dedos aprietan los suyos, queriendo atrapar este momento, esa fuerza que se me escurre entre las manos como arena.
Siento el nudo en la garganta crecer, porque sé que me está entregando algo más que un consejo: me está entregando su legado.
Y no creo sentirme preparada para ello, pero me prometo a mí misma esforzarme lo máximo posible.
Su mano aún sujeta la mía cuando sus ojos, cansados, se desvían hacia el fondo de la habitación.
Jensen está allí, de pie, con la espalda recta y la mandíbula firme, como si no fuera capaz de dejar de cuidarme. No se mueve, no interrumpe, aunque sé que no ha dejado de vigilarme ni un segundo.
—Veo que te dejo en buenas manos —murmura el abuelo, volviendo a mí con un destello de alivio en su mirada apagada—. Tus padres estarían orgullosos, piccola .
Un nudo me sube a la garganta. Aprieto sus dedos con suavidad, como si pudiera grabar ese instante en mi piel.
—No es lo que querían para mí, pero lo intentaré, nonno . Te lo prometo.
Él asiente ligeramente, los párpados le caen con lentitud. La respiración se vuelve más pesada, más irregular y entiendo que necesita descansar.
Con cuidado suelto su mano y me incorporo, tengo la culpa aún clavada en el pecho, aunque también noto una fuerza nueva latiendo en mis venas.
Camino hacia la puerta en silencio. Al girarme, lo veo con los ojos cerrados y siento que este puede ser de los últimos recuerdos que guarde de él.
Jensen me espera fuera. Lo miro, sintiéndome agradecida por esos pequeños gestos que siempre tiene conmigo. Y recuerdo una frase de uno de mis libros favoritos: «A veces, el amor callado es el que más se escucha» .
Creo que esa es la definición perfecta de lo que Jensen transmite sin proponérselo. No necesita palabras grandiosas ni promesas imposibles. Solo está, no te deja caer.
Él se inclina despacio y roza mi frente con sus labios en un beso cálido, protector, que me arranca el aire de los pulmones.
—Te tengo, nena —murmura contra mi piel—. Siempre.