Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXIII
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Jensen

La lona rechina bajo mis pies cuando subo al ring . El sonido es seco, áspero. El aire apesta a sudor, a metal oxidado y a rabia contenida. Preparo mis guantes golpeándolos el uno contra el otro y hago crujir mi cuello antes de encararme con mi oponente.

Dante me espera en la esquina contraria, apoyado en las cuerdas, con esa sonrisa torcida que tanto me saca de quicio. No es arrogancia, es provocación calculada. Sabe exactamente cómo tocar las narices.

No hay árbitro. Solo él y yo. Y el resto observándonos.

Echo un último vistazo. Leyla se muerde el carrillo de nervios. Le guiño un ojo antes de golpear, pero sigue tensa.

—¿Listo, Terminator? —suelta Dante, ladeando la cabeza como si esto fuera un juego.

No le respondo. Solo avanzo hasta él. Mi puño impacta primero contra su estómago. El sonido es hueco, contundente. Dante se dobla un segundo, suelta aire… y luego se ríe, tosiendo sangre.

—Joder… —Se limpia la boca con el dorso de la mano mientras se endereza—. Esta vez no me voy a quedar atrás.

Su gancho va directo a mi labio, rompiéndolo. Noto el sabor metálico en la lengua. No siento dolor, solo rabia. Y sonrío para que lo vea.

Él me devuelve la sonrisa.

Somos dos maníacos midiéndonos. Parecemos dos animales enjaulados, dando vueltas alrededor del otro.

No veo a nadie; todo se difumina aparte de nosotros. Pero me imagino a Aria aferrada al brazo de Viktor, que nos mirará con ganas de ser el siguiente. Luca a su lado, también estará disfrutando del espectáculo.

Solo oigo mi respiración y el impacto de los puños chocando contra carne y hueso.

Dante ataca de nuevo. Es rápido. Más de lo que parece. Esquivo el golpe, lo agarro del torso y lo empujo contra las cuerdas. Su risa me roza el oído, caliente, provocadora.

—No puedes controlar esos celos, ¿verdad, primo? —jadea, intentando exasperarme incluso ahora.

Le devuelvo un cabezazo que lo hace tambalearse.

Este momento se define en sangre, sudor y respiraciones agitadas. El ambiente está tan cargado que podría cortarse con un cuchillo.

No sé cuántos minutos pasan. Me devuelve otro gancho. Otro cabezazo. Ninguno de los dos cae. No buscamos ganar. Solo imponer nuestro lugar, saber quién está dispuesto a perder.

Finalmente, conecto un último golpe limpio por debajo de la barbilla que lo manda contra la lona.

Dante queda tendido apenas un segundo. Luego se incorpora despacio, se acerca a mí y apoya su frente contra la mía. Ambos jadeamos, empapados en sudor y sangre.

Soy el primero en romper el silencio .

—Sea quien sea la chica…, iremos contigo a la guerra por ella. —Hago una pausa, necesito oxígeno—. Pero deja en paz a la mía.

Sigue apoyado contra mí, cogiendo y soltando aire.

Se separa y asiente despacio. En su mirada veo que algo ha cambiado.

—Seguiré con mis bromas, no puedo evitarlo —confiesa—. Aunque es un detalle por tu parte, Terminator. Te dije que acabaríamos siendo amigos.

Alargo el brazo y le aprieto la nuca en un gesto rápido, casi en un abrazo.

Luego, con media sonrisa torcida, dejo escapar una palabra en alemán. Una sola. Una que Viktor y yo compartimos desde niños. Una que significa más de lo que cualquiera aquí podría entender.

— Brüder.

Dante parpadea y se ríe.

—No soy tan idiota como crees. He entendido eso.

Mi mandíbula se tensa. No me lo esperaba.

Por primera vez, empiezo a pensar que este cabrón podría llegar a ser de los nuestros.

Dante aún tiene la frente apoyada en la mía cuando una voz irónica corta el momento.

—Bueno, bueno…, qué conmovedor. —Luca da una palmada lenta, con esa sobriedad oscura que siempre anuncia problemas—. ¿Habéis terminado ya con vuestra pelea de gallos? Estáis empezando a hartarnos con tanta tontería.

Me giro despacio. Ya sabía que estaba esperando su momento para confesar.

—Creo que ha llegado mi hora de hablar —continúa, girando una estúpida navaja entre los dedos—. Y como no quiero que me destrocéis la cara tan bonita que tengo más adelante, mejor pongo las cartas sobre la mesa.

Dante resopla y se aparta. Yo clavo la mirada en Luca, desafiándolo.

—Tenemos demasiados frentes abiertos —dice—. Y algún que otro secreto podrido. Empecemos por lo fácil: el abuelo está enfermo.

El golpe no viene de un puño, pero duele igual.

Aprieto la mandíbula. Viktor y yo lo sabíamos. Aunque el resto no.

Miro de reojo la reacción de Leyla. Se tensa un instante; sus ojos enrojecen y parece morderse la lengua en un intento por no desmoronarse. Nadie la verá caer.

Aria se lleva una mano a la boca. Dante se sorprende. Incluso Viktor cierra los ojos un segundo, como si le doliera.

Luca sonríe, disfrutando su momento.

—Y ya que mi hermano mayor nunca cuenta nada… lo haré yo. —Inclina la cabeza hacia Dante—. Hubo un tiempo en que teníamos una mejor amiga. Lila. Bueno, siempre fue Lulú para nosotros.

El nombre me golpea como un bofetón. No me atrevo a mirar a Leyla de nuevo.

—La hija de la ama de llaves —continúa—. Crecimos con ella. Era como una más… hasta que dejó de serlo. Se fue a Minnesota a estudiar, y solo ellos dos saben qué pasó. —Apunta a Dante con la navaja—. La versión corta es que él la dejó marchar.

Dante no sonríe. Parece una estatua. Lo que hay en su mirada no es rabia, es algo más oscuro.

—Pero el destino es un cabrón —añade Luca, encantado—. Y ahora resulta que ella está con los Riina. —Chasquea la lengua—. Y mi hermanito ha decidido que no piensa dejarla escapar otra vez.

Aria baja la mirada. Viktor aprieta los dientes. Yo respiro despacio, conteniéndome .

Luca sonríe, satisfecho, como si no acabara de encender la mecha de todas nuestras guerras. Puede que sea más callado que su hermano, pero la sonrisa arrogante es la misma; diría que hasta más maquiavélica.

Dante levanta la cabeza despacio, enfrentándose a nosotros. La sangre le recorre la comisura del labio, y, aun así, no se la limpia. Primero me mira a mí. Luego a Viktor. Por último, a Luca. Y deja a Aria y a Leyla fuera.

Cuando habla, su voz es baja, tensa, peligrosa:

—Si supieras el horror que está viviendo, tú también irías a por ella.

Leyla parece unir las piezas y ahoga un suspiro. Sabe de lo que está hablando Dante. Lila no era solo una amiga. Era la chica que la metió en todo este infierno. La primera que le tendió la mano… y la primera que la dejó sola.

Y ahora es otra pieza más del tablero.

Otro peón en la guerra que se avecina.