Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXII
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Leyla

Despertarme con él a mi lado se está convirtiendo en uno de los mejores momentos de mi día. Una sonrisa se me escapa sin querer.

Y entonces la memoria me golpea con fuerza: el baño; quise chillar de la emoción cuando sentí sus manos masajeando mi pelo.

Creo que es lo más bonito que alguien ha hecho jamás por mí.

Y lo que vino después…, me muevo y una punzada me recorre el cuerpo.

Nunca había tenido ese tipo de sexo, y aún no sé si me gusta o no.

Lo único que sé es que con él se sintió diferente, intenso, y diría que lo necesitaba para sacar algo que lo estaba consumiendo por dentro.

Lo noté en cómo se le endurecía la mirada en ciertos momentos, como si cargara con un secreto que no quería compartir conmigo.

Puedo esperar a que me lo cuente. Confío en que lo hará.

Miro el reloj, pero enseguida decido que no importa la hora. Prefiero quedarme un rato más, acurrucada en su calor, fingiendo que nada más existe.

Me acerco un poco más, rozando su brazo con la punta de los dedos. No reacciona al principio, pero cuando le paso la mano por el pecho gruñe y me atrapa la muñeca con suavidad .

—¿Intentas aprovecharte de mí mientras duermo? —Su voz suena ronca, grave, y me eriza la piel.

—Cabe la posibilidad, ahora nunca lo sabrás —respondo con un atisbo de burla, aunque mis mejillas arden.

Abre un ojo y me dedica esa sonrisa torcida que me derrite.

—Podemos repetir lo de anoche —dice arqueando las cejas, juguetón.

Le doy un manotazo suave en el hombro y finjo indignación. Él aprovecha para rodearme con un brazo y atraerme contra su pecho.

—No te rías de mí. Fue… diferente —murmuro, bajando la mirada.

Él me levanta la barbilla con un dedo hasta obligarme a mirarlo.

—¿Diferente para bien o para mal? Nunca haría nada que no quisieras, Leyla.

Sus labios rozan los míos, primero despacio, luego en un beso que empieza a crecer hasta que no puedo pensar en nada más. Termino riéndome contra su boca cuando sus manos bajan por mi cintura y me hacen cosquillas.

—¡Basta! Para bien, ¿vale? ¿Es eso lo que querías oír? —Me retuerzo y trato de escapar, pero él no me suelta.

—Creo que un «es el mejor sexo que he tenido nunca y quiero repetirlo todos los días contigo» sonaría mejor —responde entre risas. Y lo peor es que sé que habla en serio. Estos momentos, cuando estamos solos, me hacen sentir que con él lo quiero todo.

Después de un rato, me convence para bajar a desayunar. Vamos al comedor, la casa permanece en un silencio total. Me siento frente a él y me apoyo en la mesa con el codo.

—¿Qué quieres desayunar?

Su mirada se clava en mí con una intensidad que me hace tragar saliva.

—Depende. ¿ Tú estás en el menú?

Sus ojos se oscurecen al decirlo, como si detrás de la broma hubiera algo mucho más real, mucho más peligroso. Aún me sorprende cómo me da un vuelco al corazón cada vez que me dice cosas así.

Me muerdo el labio y niego con la cabeza, aunque la sonrisa se me escapa sola. El muy idiota sabe perfectamente cómo ponerme nerviosa.

Lo observo mientras se sirve el café, tan seguro de sí mismo, y me descubro pensando en lo natural que se siente esta rutina. Como si siempre hubiera sido así. Y me gusta la idea.

Aunque no lo admita en voz alta, y mucho menos ante él, sé que me estoy pillando. Quién diría que el mismo estúpido baile que me ha traído hasta aquí también me llevaría hasta él.

Cuando doblamos la esquina del patio, los veo a todos ya reunidos: Dante, apoyado contra la valla con los brazos cruzados y esa sonrisa de «vaya horas»; Viktor, revisando el maletín de armas como si estuviera en un quirófano; Luca, girando una navaja entre los dedos, distraído pero con la vista siempre atenta…

, y Aria, sentada sobre un bloque de madera, afilando una daga con aire aburrido.

—Llegáis tarde —gruñe Viktor sin levantar la mirada de las armas.

—No es que lleguen tarde, es que ella no aguanta el ritmo —espeta Dante, y la carcajada que suelta después hace que me suba el rubor por las mejillas.

Jensen se detiene a mi lado, tan tranquilo, y le lanza una mirada a Dante que basta para tensar el ambiente.

—Cuidado con lo que dices. —Su tono es bajo, peligroso, cargado de esa amenaza que nunca necesita terminar.

Dante levanta las manos, fingiendo inocencia, pero la chispa de burla no desaparece de su cara .

—Solo digo lo que veo. No hemos empezado el entrenamiento siquiera y ya le tiemblan las piernas.

Antes de que yo pueda abrir la boca, Aria chasquea la lengua y levanta la vista de su daga.

—Vaya, Dante, qué obsesión la tuya con mirar las piernas de mi chica. Empiezo a pensar que lo tuyo ya es fijación. Aunque no me extraña, son preciosas —dice lanzándome un beso al aire.

Su comentario arranca una risa contenida de Viktor mientras Luca resopla con fastidio. Jensen aprieta la mandíbula, y yo… yo aprovecho para alzar la barbilla, sin dejar que me vean insegura y sonrío con malicia.

—Tranquilo, primo, que si me tiemblan las piernas no es por el entrenamiento. —Dejo caer la frase como si nada, pero la insinuación se queda en el aire.

El silencio que sigue es glorioso. Dante se atraganta con su propia soberbia, Aria abre mucho los ojos y se tapa la boca para no soltar una carcajada, a Luca directamente se le escapa un «¡joder!» entre dientes, y Viktor solo rueda los ojos, como si deseara que todos maduráramos de una vez.

A mi lado, Jensen suelta una risa baja, grave.

—Joder, y lo bonitas que quedan rodeando mi cuello —reconoce disfrutando del momento, siguiéndome el rollo, orgulloso.

Dante, cómo no, no sabe quedarse callado.

—Vaya, principessa , no sabía que te gustara tanto hacer prácticas nocturnas… con razón llegas tan agotada al día siguiente. —Sonríe con esa ironía venenosa suya, buscando provocarnos.

Siento la sangre subirme a la cara mientras el silencio se espesa. Dante mantiene la sonrisa, ladeo la cabeza en su dirección.

—No seas tan gallito, primo… Deberías probarlo alguna vez.

Él se ríe, aunque no con diversión, sino con esa chispa oscura que me hiela un poco la sangre.

—Créeme, principessa , con la que quiero hacerlo todavía no está disponible. —Hace una pausa, su mirada se ensombrece—. Pero la tendré pronto.

El aire se corta de golpe. Puedo sentir la tensión recorrer al grupo entero.

Jensen se queda helado, sus ojos se clavan en él con una mezcla de sorpresa y furia contenida.

Aria parpadea, incrédula; Luca baja la navaja como si al fin algo le hubiera sacado de su desinterés, y Viktor alza una ceja, interrumpiendo por un segundo su ritual con las armas.

El silencio se hace pesado, incómodo. Todos sabemos que está prometido, así que… ¿qué demonios quiere decir eso?

Viktor gira una de las armas entre los dedos y se incorpora con gesto cansado.

—Por el bien de mi prometida, hablaremos más tarde sobre esa afirmación. —Su mirada se endurece mientras nos recorre a cada uno de nosotros—. Ahora basta de tonterías. Tenemos trabajo por hacer.

Aria deja la daga sobre el bloque con un clac sonoro y se gira hacia Viktor con esa sonrisa que siempre logra desarmarlo.

—Siempre tan… diplomático, cariño —dice, con voz ligera pero cargada de complicidad. Se inclina y le roza los labios con un beso rápido, casi en secreto—. Por eso te quiero tanto: solo tú puedes escuchar algo así y seguir queriendo hablar de entrenamiento después.

El comentario arranca la risa contenida de Luca, y Jensen suelta un resoplido, aunque sigue mirando fijamente a Dante.

Yo, en cambio, me quedo quieta, observando con atención cómo ella lo mira, cómo él apenas parpadea antes de devolverle la sonrisa…

Es imposible no notar que están completamente enamorados, y me conmueve ver cómo su complicidad lo hace a él más humano, más cercano.

Luca se aclara la garganta, haciéndome salir de mis pensamientos, y vuelve a girar la navaja entre los dedos con esa media sonrisa torcida que nunca deja ver del todo si bromea o va en serio.

—Eres un jodido suicida, Dante. —Hace una pausa, negando con la cabeza—. Vas a hacer que nos maten a todos.

El filo de sus palabras corta el ambiente más que la propia daga. Nadie se atreve a responder enseguida.

El silencio se vuelve insoportable. Jensen da un paso al frente y, antes de que nadie pueda detenerlo, su puño impacta directo en la mandíbula de Dante. El chasquido seco retumba en el patio, arrancando un jadeo colectivo.

Dante cae hacia atrás medio segundo, pero enseguida se ríe, incluso con sangre manándole de la comisura del labio. Se limpia con el dorso de la mano y alza la mirada hacia Jensen con esa chispa peligrosa en los ojos.

—¿Qué pasa, Terminator? —escupe, pronunciando la palabra como si fuera veneno—. ¿Los celos te hacen perder el control?

Jensen no responde. Avanza otro paso, la furia tensándole cada músculo del cuerpo.

—Solo espero, por tu bien, que no hables de mi chica. —Su voz es grave, rasgada por la amenaza.

El aire se corta de golpe. Nadie se atreve a moverse. Viktor aprieta los puños a los lados, Aria entreabre los labios como si fuera a decir algo, pero la conmoción vence, y Luca… Luca simplemente niega con la cabeza, como si ya supiera adónde va a parar todo esto.

Dante escupe un hilo de sangre al suelo y sonríe, maníaco.

—Joder, estáis locos si pensáis que me gusta la principessa . —Se sacude la camisa con una calma exagerada, y después se frota las manos como un niño a punto de abrir un regalo—. Bueno, ¿empezamos el entreno para que pueda devolvérsela en el ring ?

El muy cabrón sigue sonriendo, nadie diría que acaba de recibir un derechazo que hubiera destrozado a cualquiera.

Jensen no aparta la mirada de Dante, y él sigue sonriendo como si la violencia fuera un juego privado entre los dos.

Antes de que Viktor o cualquiera diga nada, decido romper la tensión.

—Se cancela el entrenamiento con armas. —Mi voz suena más firme de lo que esperaba, aunque por dentro el corazón me retumba en las costillas—. Vamos a boxear.

Las cabezas se giran hacia mí. Viktor parpadea, sorprendido; Aria deja entrever una sonrisa traviesa como si le pareciera la mejor idea del mundo; Luca suelta un resoplido divertido, y Jensen… me dedica una mirada oscura, cargada de advertencia.

Dante se ríe, secando con el pulgar la sangre de su labio y asiente despacio.

—Eso sí que me gusta, principessa . —Su tono arrastra cada sílaba, lleno de promesas de caos.

Viktor suspira como si quisiera estrangularnos a todos, pero termina por cerrar el maletín y sacudir la cabeza.

—Perfecto. Que corra la sangre en el ring y no aquí.

La sala de operaciones huele a sudor, cuero y sangre seca.

El cuadrilátero ocupa el centro como un altar de violencia, iluminado por lámparas industriales que lanzan sombras duras contra las paredes de hormigón.

Quién diría que hace un par de semanas había estado aquí divirtiéndome con Jensen, burlándome de sus golpes y riéndome entre las cuerdas. Ahora, el aire pesa distinto .

Cada vez que mi puño impacta contra el saco en la esquina, la vibración me sube por el brazo y me retumba en el pecho.

Mantengo un ritmo tranquilo, pero el roce áspero del pantalón justo entre mis muslos me arranca un escalofrío.

Todavía estoy sensible después de lo de anoche, y la fricción me recuerda demasiado bien lo que hicimos.

Al otro lado, Jensen se ajusta las vendas en silencio, tiene los músculos tensos como cuerdas a punto de romperse.

Dante, en cambio, se ríe como un maníaco, con esa sonrisa torcida que nos saca de quicio. Provocador, insaciable, con ese aire de alguien que arde por el caos.

No hay árbitros, no hay reglas. Solo dos hombres que llevan demasiado tiempo esperando este choque. El resto de nosotros sigue en silencio con expectación.

—Vamos, Terminator… —Dante abre los brazos, inclinándose hacia él, con la voz cargada de burla—. Dame todo lo que tengas.

Trago saliva. Espero que cuando suban al ring y se quiten la rabia de encima, consigan al menos tolerarse…

, aunque sea a base de golpes. En el fondo, Dante tiene esa maldita gracia que lo hace imposible de ignorar.

Siempre picando, siempre buscando la chispa que encienda a los demás.

Supongo que lo mejor será seguirle el juego…

porque intentar pararlo sería quitarle su encanto.