Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XXI #3
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XXI #3

La levanto en brazos de nuevo, esta vez con toda la intención de devorarla, y la llevo hasta la cama.

La deposito sobre las sábanas, desnuda, y me inclino sobre ella sin apartar la mirada.

Sus labios siguen húmedos, enrojecidos por mi beso, y el contraste con el vapor que todavía se aferra a su piel me enloquece.

Con un movimiento lento, me deshago del resto de mi ropa, dejándola caer al suelo. Sus ojos recorren mi cuerpo con ese brillo que me vuelve salvaje.

—Jensen… —susurra, necesitada.

—Ni lo intentes, nena. —Mi voz es ronca, cargada de deseo. Le doy una palmada suave pero firme en el clítoris, arrancándole un jadeo ahogado—. Ya no hay vuelta atrás. Voy a castigarte, y mañana, cada vez que te muevas en el entrenamiento, recordarás a quién le pertenece este dulce coñito.

Sus pezones están tensos por el contraste de temperatura, y su piel, erizada. La giro con brusquedad y le doy un azote en el culo. Ella ahoga un gemido, con la boca abierta en forma de jadeo .

—Vamos a contar hasta cinco. Si no puedes más, toca mi pierna.

La primera bofetada no cuenta, así que empiezo de nuevo.

—Uno. —Su boca deja escapar un pequeño sollozo.

—Dos.

El aire se carga de lujuria. Ella no me toca, así que continúo.

—A partir de ahora, no volverás a ponerte en riesgo, ¿me entiendes ? —Le doy el tercer azote, más fuerte. Ella gime; es un sonido mezclado de dolor y placer que me pone aún más.

—Mírate…, si sigo así, probablemente acabes corriéndote.

Necesito comprobarlo. La giro otra vez, para que mis dedos rocen su entrepierna.

—¿Si meto un dedo aquí, estarás empapada, zhizn’ moya? —le gruño.

Ella asiente, con las mejillas enrojecidas.

Le doy un cuarto azote, directo en el clítoris.

—Cuatro. Si te pregunto algo, contestas. —Me inclino y le paso la lengua suavemente donde acabo de golpearle, aliviando el ardor—. ¿Entendido?

—Por favor… —jadea.

—¿Por favor qué? Dilo. —Le doy la última palmada antes de que pueda responder.

—¡Cinco! Necesito que me folles…, que me marques como tuya y que me hagas correrme —me pide, temblando, cargada de desesperación.

—Mírame. Quiero ver la cara que pones cuando por fin te corras. Pero no va a ser todavía. Primero voy a calmar este coño enrojecido.

Me acomodo entre sus piernas, con nuestra ropa ya olvidada en el suelo.

Le separo los muslos y comienzo a succionarla y lamerla con calma, provocándola.

Mis dedos se hunden en ella y su cuerpo se arquea de inmediato, estremeciéndose con cada caricia.

Con cada jadeo suyo subo la intensidad, porque cada sonido que escapa de su garganta me hace perder la cabeza.

El recuerdo de su risa con Dante cruza mi mente como un cuchillo y un chispazo de celos me recorre por dentro.

Antes de darme cuenta, la penetro de golpe, hundiéndome en ella hasta el fondo en un solo movimiento. Ella suelta un grito ahogado, sus uñas se clavan en mis brazos y su cuerpo se arquea contra el mío.

Mis embestidas son duras, rápidas, sin compasión. La agarro del cuello y la obligo a mirarme mientras la follo como si quisiera borrar cualquier huella que no fuera la mía. Ella jadea, gime y mueve sus caderas con desesperación para alcanzarme, adaptándose a mi ritmo.

—Eso es, mírame. —Aprieto los dientes, perdido en ella—. Quiero ver tu cara cuando te corras para mí.

Su cuerpo tiembla, se retuerce bajo el mío, y de pronto siento cómo se estrecha alrededor de mí con fuerza. Al final, se rompe gimiendo mi nombre con la voz hecha trizas. Ese espasmo perfecto me arrastra sin remedio: la intensidad de su orgasmo deja paso al mío.

Me hundo hasta lo más profundo y me derramo dentro de ella al mismo tiempo que la siento convulsionar en mis brazos. Nuestros gemidos se mezclan, brutales, desgarrados, como si el mundo se detuviera en ese instante.

—Mía —gruño contra su oído, jadeando, reclamándola mientras nuestros cuerpos tiemblan al unísono—. Recuérdalo siempre.

Sé que ella también se ha corrido; lo noto en la forma en la que sus músculos me comprimen. En su respiración rota y temblorosa. Me retiro despacio, con un gruñido ahogado, y voy al baño a por una toalla. La limpio con calma, con suaves caricias.

Cuando regreso, la encuentro con los ojos entrecerrados, luchando contra el sueño. Me inclino sobre ella, dejando un rastro de besos por su piel hasta atrapar de nuevo su boca en un roce suave.

—Buena chica —afirmo contra sus labios, antes de cubrirla con la sábana.

Ella sonríe, cansada, y en cuestión de segundos se sume en un sueño profundo. Me tumbo a su lado y la atraigo contra mi pecho, envolviéndola con mis brazos. Su respiración se vuelve lenta, tranquila, me invade su serenidad.

Tenerla así me da paz, aunque en el fondo lleve un nudo en el pecho por todo lo que hemos descubierto esta noche. Sé que tarde o temprano tendré que contárselo…, pero no ahora. No quiero arrebatarle esta calma.

Con ese pensamiento rondándome, cierro los ojos. No necesito nada más: ella en mis brazos es todo lo que existe, todo lo que me pertenece. Y con esa certeza, por fin me dejo arrastrar por el sueño.