XXI #2
Viktor se mueve, cada paso suyo retumba en la sala como un disparo.
—No importa cuánto lo intentes esconder —le señala fríamente—. Si descubrimos que juegas para otro, rezar no te servirá de nada. Vas a desear no haber nacido.
El sudor corre por su frente mientras asiente, temblando como un perro acorralado. Aunque sé que no va a soltar nada más, por ahora.
Lo empujo con un golpe seco en el pecho, lo bastante fuerte para que casi tropiece.
—Lárgate. Pero escucha bien: la próxima vez que te vea rondando sin dar la cara… no habrá segunda oportunidad.
El tipo huye a trompicones, corriendo hasta que se pierde en la penumbra del pasillo.
Viktor resopla, sigue con la mandíbula apretada como hierro.
—Sabía que algo no cuadraba. —Su mirada se endurece aún más—. Habrá que tener los ojos encima de las chicas.
Asiento, consciente de lo que no dice: de Aria se encargará él.
—Sí. Ya no podemos mirar hacia otro lado. Necesitamos respuestas. Habrá que buscarlas por nuestra cuenta.
Nos quedamos un instante en silencio, hombro con hombro, unidos en esto como siempre lo hemos estado.
Tengo que ir a ver a Leyla. Necesito verla. Pero lo que acabamos de descubrir me quema por dentro. Por ahora, ella no puede enterarse.
Entro en la habitación en silencio. La luz de la luna se abre paso entre las cortinas, tiñendo todo de un azul apagado. La encuentro tal como la imaginaba: tendida sobre la cama, aún con la ropa de entrenamiento, los vendajes medio deshechos de sus manos y el ceño fruncido incluso dormida.
Se me encoge el pecho al verla así. Le prometí que la cuidaría.
Cruzo la habitación sin encender las luces hasta entrar en el baño y dejo correr el agua caliente en la bañera, mezclándola con sales hasta que el vapor comienza a llenar el aire.
Cuando vuelvo a su lado, me arrodillo despacio junto al colchón y rozo su mejilla con la yema de mis dedos.
—Leyla… —susurro.
Ella se mueve murmurando algo entre sueños. Sonrío de lado y, sin pensármelo demasiado, paso un brazo bajo sus rodillas y el otro tras su espalda. Su cuerpo se acurruca instintivamente contra el mío en cuanto la levanto.
—Vamos, nena —digo contra su pelo—. Hoy ya te has castigado suficiente. Ahora me toca a mí cuidarte.
El vapor nos recibe en cuanto cruzo la puerta. Y por un instante, con ella en mis brazos, siento que todo lo demás desaparece quedando solo nosotros dos.
Siento cómo se estremece cuando nota el calor del ambiente. Sus pestañas tiemblan y abre los ojos despacio, todavía entre sueños.
—¿Jensen…? —inquiere medio confundida.
—Shh… —Rozo su frente con mis labios de nuevo—. Soy yo. Te tengo.
La acomodo sentada en el borde de la bañera y me arrodillo frente a ella. Con cuidado, empiezo a desatar los vendajes de sus manos, uno a uno. Están enrojecidos, golpeados hasta el límite. Me muerdo la lengua, pero la rabia me hierve por dentro.
Con paciencia, deslizo mis dedos por su piel y comienzo a desnudarla despacio, sin prisa.
Retiro cada prenda con cuidado, acariciando las marcas de sus brazos y los pequeños moratones que están empezando a formarse en su costado, intentando que mis manos alivien el dolor.
Las telas caen al suelo en silencio, y con cada movimiento me esfuerzo en no transmitir la furia que me consume, solo ternura.
Cuando por fin queda desnuda frente a mí, su vulnerabilidad me golpea en el pecho con la misma fuerza que su confianza. La sostengo un momento más entre mis brazos antes de ayudarla a deslizarse dentro del agua caliente.
—Te lo advertí, Leyla —digo en voz baja, casi en un gruñido—. No quiero volver a verte destrozándote así.
Ella sonríe con un atisbo de picardía, incluso agotada. Sus párpados pesan, sus músculos están rendidos, pero aun así encuentra fuerzas para provocarme.
—Si después vas a cuidarme, lo seguiré haciendo. —Su advertencia es suave, adormilada, y se nota en cada poro de su piel el cansancio que arrastra.
Alzo la mirada hacia ella y veo esa chispa tan suya en los ojos. Me inclino lo justo para rozar su frente con la mía, dejando que mi voz se hunda entre amenazas y promesas.
—Entonces me encargaré de que nunca olvides cómo te castigo después.
Pero mientras lo digo, mis manos se hunden con ternura en su cabello húmedo. Suspiro al sentir la suavidad entre mis dedos. Tomo un poco de champú y empiezo a masajearle el cuero cabelludo con movimientos lentos y profundos; casi reverenciales.
Sus hombros se relajan, su respiración se hace más lenta, y cada sonido que escapa de su garganta me tensa más el cuerpo. Enjuago su pelo, dejando que el agua resbale por su espalda desnuda. Me arden las puntas de los dedos al tocarla, su piel brilla en la penumbra y es suave a mi tacto.
Cuando por fin termino, le tiendo una toalla y la ayudo a salir de la bañera.
Ella se apoya en mí, y ese contacto basta para incendiarme entero.
El agua aún gotea por su piel mientras la envuelvo con la tela.
Paso la toalla por sus brazos, despacio, bajando por el cuello y la curva de su cintura.
El contraste entre el aire fresco y el calor de mis manos la hace estremecerse, y verla así me desarma.
Intento mantenerme calmado, pero cada roce es una prueba más de que estoy a punto de perder el control .
—¿Por qué no te quitas la camiseta y me dejas cuidarte a ti? —Su pregunta suena tranquila, casi como un reto.
No puedo resistirme. Obedezco despacio, dejando caer la tela al suelo, en cuanto quedo frente a ella la atraigo contra mí, aplastando su cuerpo húmedo contra el mío.
—¿Mi chica sucia está necesitada después de lo de esta mañana? —murmuro con una sonrisa torcida.
No le doy tiempo a responder. Mi boca atrapa la suya en un beso que estalla como la pólvora, hambriento, desesperado, lleno de todo lo que he estado conteniendo. Ella gime contra mis labios, y ese sonido es gasolina ardiendo dentro de mí. La poca cordura que me quedaba se hace añicos en un segundo.