XX
Leyla
El problema de anticiparse a la jugada es que nunca descansas del todo.
Incluso dormida, mi cabeza organiza posibles estrategias.
Necesito anticipar riesgos, calcular movimientos, prever cualquier error.
Cada decisión que tome puede ponernos en peligro, y la presión me hace sentir que soy mi peor enemiga.
Estoy construyendo algo más grande que yo misma y, aun así, no estoy segura de estar a la altura de mis propias expectativas.
No pedí esta vida, pero ahora que la tengo debo luchar por ella, con cada fibra de mi ser.
Mis ojos se van directos al hombre que tengo al lado.
¿Siempre ha sido tan guapo?
La luz ilumina cada línea de su cuerpo y me quedo atrapada en la forma en la que respira, tranquilo, como pocas veces se deja ver. Tenerlo cerca me calma…, pero al mismo tiempo lo único que quiero es que me toque, que me abrace, que me haga olvidar todo lo demás.
Como si pudiera leerme la mente, Jensen abre los ojos, su mirada se enfoca en mí. En un segundo, su mano se desliza por mi cintura para acercarme a él. Un gemido se escapa sin querer cuando siento el calor de su caricia.
—No me mires así —murmura con la voz ronca, esa que me hace perder el control.
Tira de mí hasta que quedo tumbada sobre él, atrapada entre su fuerza y su calor. Su boca roza la mía apenas un instante, suficiente para encenderme por completo. Mi respiración se acelera, mi cuerpo se arquea buscando más y parece que me falte el aire si no me toca.
—¿Cómo se supone que te miro? —susurro de forma entrecortada, incapaz de apartarme.
Su sonrisa es peligrosa antes de hablar.
—Como si quisieras que te comiera viva —responde en un gruñido, antes de volver a besarme con una intensidad que me arranca un gemido—. Como si ya supieras que eres mía.
Baja uno de los tirantes de mi camisón y va trazando besos hasta mis pechos. Jadeo cuando toca uno de ellos hasta endurecerse. Sin apartar los ojos de mí se lo mete a la boca, lo que me hace jadear. Me subo a horcajadas sobre él en busca de fricción.
—Mi chica sucia. Siempre dispuesta para mí. —Su voz suena aún más grave.
Sus manos agarran mis caderas y me obligan a moverme contra él, frotándome una y otra vez hasta que siento el calor arder entre mis piernas. La fricción me humedece cada vez más.
—Jensen… —Su nombre sale entre jadeos.
Él sonríe contra mi piel y, en un movimiento brusco, me da la vuelta quedando debajo de él. Levanta el camisón por encima de mis caderas.
—Jodidamente perfecta… —afirma. Sus ojos se han oscurecido, ahora parecen azul noche—. Deja que me ocupe de ti como es debido.
Sus labios bajan hasta mis piernas. Cuando su lengua me toca, siento que estoy acabada. Me devora como si fuera lo mejor del mundo. Y me alaba como a una puta reina. Así me siento al menos.
Cada lamida y cada succión me llevan al borde del abismo hasta que no puedo más. Mis dedos se enredan en su pelo mientras me dejo ir. Me corro en su boca como nunca antes.
Sin darme tiempo a recuperarme Jensen trepa por mi cuerpo, con su boca buscando la mía. Su erección roza mi entrada y se cuela en ella sin previo aviso.
—Mía —ruge en mi oído, hundiéndose dentro de mí.
Me aferro a sus musculosos hombros mientras empieza a moverse. Que nadie me diga que no es la mejor parte. Araño su espalda con fuerza con cada embestida. Su ritmo es brutal, y cualquiera diría que desea marcarme desde dentro.
—Más… —suplico con voz entrecortada. Él obedece y se ríe engreídamente.
Nuestros cuerpos chocan una y otra vez, el sonido húmedo mezclado con mis gemidos y su respiración entrecortada llenan la habitación. Siento cómo la presión crece en mi vientre, más y más fuerte, hasta que me rompo otra vez, explotando alrededor de él.
Él gruñe contra mi cuello, sus embestidas se vuelven erráticas, más rápidas, hasta que finalmente se derrumba dentro de mi interior, temblando, llenándome por completo.
Le doy un casto beso y me dirijo a la ducha. Los nervios mañaneros se han disipado, me envuelve una extraña calma al caer el agua sobre mi cabeza.
Cuando salgo de la ducha, lo encuentro tumbado en la cama, con la mirada tranquila. Me detengo un instante, admirando la seguridad que irradia, el calor que siempre logra transmitirme sin decir una palabra .
—Si nos quedamos así, llegaremos tarde —le digo, divertida, mientras me pongo la ropa de entrenamiento—. Es hora de ponernos en marcha.
—Has sido tú la que me ha entretenido —responde, con los brazos en alto y una sonrisa que mezcla orgullo y complicidad.
No puedo evitar sonreír, recordando la intensidad de lo sucedido hace apenas unos minutos.
Aún siento el calor de sus manos en mí, el temblor de mi piel bajo su toque.
Un ligero rubor sube a mis mejillas, y creo que él también lo nota, porque su mirada se torna traviesa y engreída.
Decido devolverle la jugada: pongo los ojos en blanco y, con toda la intención, le ofrezco una vista perfecta de mi culo mientras termino de vestirme.
—Si seguimos así, volveré a follarte —me advierte con tono mordaz, sus ojos brillando con desafío—. Y esta vez ese culo no se me escapará.
Un escalofrío me recorre mientras sus palabras golpean mi mente y mi cuerpo. Me muerdo el labio para no responder con otro gemido, así que, antes de que pueda atraparme de nuevo, doy un pequeño salto y corro hacia la puerta.
—Corre todo lo que quieras, cariño. La próxima vez, te perseguiré y te follaré ahí mismo. —Su voz está cargada de promesas y una amenaza tácita.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza; despierta algo en mí que me hace sonreír por dentro.
La idea me fascina, pero ahora mismo sigo corriendo, con el corazón latiéndome con fuerza hasta que llego a la sala de operaciones.
Respiro hondo, dejando que la adrenalina se transforme en concentración: es hora de entrenar.
Apenas cruzo la puerta y tropiezo con alguien que me detiene en seco.
—Ey, principessa —dice Dante, ladeando la cabeza con una sonrisa traviesa—. ¿Ya has decidido deshacerte de ese guardaespaldas tuyo, o qué?
Me quedo unos segundos en blanco, y entonces lo noto: Dante está duro como una roca.
Lleva una camiseta gris que se le pega al cuerpo sin dejar nada a la imaginación.
Tiene los bíceps acentuados ocultos bajo capas de tinta.
Cada una de ellas parece contar una historia.
Su pecho se ensancha con cada respiración y los abdominales se le marcan bajo la tela, dejando ver las seguramente incontables horas que pasa entrenando.
Su pelo es oscuro, un poco largo y recogido bajo una bandana negra, que le da un aire rebelde reforzando ese aura de chico malo.
Sus ojos son de un marrón penetrante y su mirada expresa confianza y arrogancia.
Puede resultar irritante… y lo peor es que lo sabe.
Si no lo conociese me intimidaría por su apariencia, pero en el fondo es como un golden retriever .
Y aunque me cueste admitirlo…, si no fuera mi primo, más de una vez se me habría pasado por la cabeza tirármelo contra la pared.
Sacudo la cabeza al instante, casi indignada conmigo misma. Genial, lo último que me faltaba: empezar a fantasear con Dante. Seguro que es por la maldita amenaza de Jensen que sigue rondándome la cabeza, mezclada con la adrenalina del momento.
—Ni lo sueñes —respondo, cruzándome de brazos mientras pongo los ojos en blanco—. Y no te hagas ilusiones, no te librarás de Jensen tan fácilmente.
Si supiera que Jensen no es tan duro como aparenta, seguro que se llevarían bien… al final, los dos parecen más intimidantes de lo que son .
—¿Te refieres a Terminator? —ríe Dante, negando con la cabeza—. Ese tío es un estirado, pero quién sabe…, si se esforzara, quizá podría acabar cayéndome bien.
Antes de que pueda contestar, la puerta se abre y entran Viktor y Aria.
Van tomados de la mano, caminando al mismo paso acompasado, se puede notar la complicidad entre ellos.
No hay habitación en la que entren donde no se perciba que, de algún modo, están hechos el uno para el otro.
Al verme, Aria se suelta rápidamente de su mano y corre hacia mí, envolviéndome en un abrazo lleno de energía.
Me contagia su entusiasmo al instante, siento que de repente la tensión en mi pecho se aligera.
Mirando a nuestro alrededor, noto que aún faltan dos personas más para completar el equipo.
La sensación de anticipación crece; necesito que Jensen aparezca.
Pero, en lugar de él, aparece Luca, el hermano de Dante.
Su presencia es imposible de ignorar: alto, con facciones marcadas y un cabello perfectamente despeinado que le da un aire despreocupado pero irresistible.
Sus ojos claros y su sonrisa confiada, mitad traviesa, mitad enigmática, irradian un magnetismo natural, como si fuera siempre el centro de todas las miradas.
Camina con paso seguro, aún es un misterio para mí, aunque no puedo evitar sentir curiosidad por conocerlo más a fondo.
Y, por fin, ahí está mi chico: alto, de hombros anchos y mandíbula marcada.
Se mueve con esa mezcla despreocupada y de alerta constante.
Su mirada atraviesa la sala hasta encontrarse con la mía, y un cosquilleo me recorre el cuerpo.
Todavía siento el recuerdo de la mañana ardiendo bajo mi piel, y eso hace que mi respiración se acelere solo con verlo.
—¿Te acuerdas de lo que dije antes sobre Dante?
Olvídalo…, al lado de él, todo parece un malentendido divertido— .
Con el equipo al completo, me siento más ligera. Sonrío, aunque soy consciente de que hay mucho trabajo por delante, pero por fin las piezas empiezan a encajar. Ya no me siento sola; hay una fuerza compartida que me da seguridad y confianza para lo que viene.
Y entonces, como si no me pudiera permitir ni un segundo de solemnidad, Dante se inclina hacia mi oído con esa sonrisa cargada de picardía.
—No me habías dicho que había dos —susurra, señalando descaradamente a Jensen y a Viktor.