Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XIX
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XIX

Jensen

Su cuerpo se acurruca contra el mío y siento cómo encaja a la perfección, como si siempre hubiera estado destinada a estar aquí entre mis brazos. Es extraño, su risa ahogada entre lágrimas me desarma por completo.

Nunca pensé que pudiera mostrarle este lado de mí, uno que creía enterrado bajo años de disciplina, dureza y cicatrices. Pero con ella… todo cambia. Por ella puedo llegar a ser el hombre que se merece. Lo único en lo que puedo pensar es en que no quiero que vuelva a sentirse sola nunca más.

Mi padre me enseñó a no ser débil, a no mostrar los sentimientos. Sin duda, Leyla se merece más de mí de lo que jamás me permitieron dar.

Entonces descubro algo que me sorprende: que incluso alguien como yo, hecho de sombras, cicatrices y silencios, merece tener a alguien especial.

La observo mientras se refugia en mi pecho, y la certeza me golpea con fuerza: quiero que esté conmigo para siempre. Quiero luchar por ella, protegerla y estar a su lado contra todo .

El murmullo de voces me saca de mis pensamientos.

Giro la cabeza y veo a mi hermana y a Viktor entrar de nuevo en la casa junto a Matteo, que guarda unos papeles bajo el brazo.

Leyla y yo nos separamos, pero no le suelto la mano.

Sus rostros reflejan ilusión, diría que ya se imaginan viviendo entre esas paredes aún sin renovar.

—La casa va a ser preciosa, Leyla —dice Aria con entusiasmo, y se lanza a abrazarla eufórica sin soltar a Viktor—. Matteo tiene ideas increíbles, no puedo creer que vayamos a tener algo así.

Viktor asiente con una leve sonrisa contenida.

—Gracias por esto. Por darnos la oportunidad.

Me sorprende verlo así; suele ser el más serio de los dos. Cruzo los brazos y dejo que una pequeña mueca se me escape. Esta chica está cambiándonos a todos poco a poco con su personalidad arrolladora.

Cuando levanta la mirada hacia mí, ya no veo al muchacho que tuve que rescatar tiempo atrás. Frente a mí hay un hombre, uno que por fin está a punto de tener todo lo que alguna vez soñamos y que, en el fondo, siempre supe que conseguiría.

Le sostengo la mirada unos segundos y dejo escapar una sola palabra en ruso, baja, apenas audible para los demás:

— Svoboda .

Libertad.

Él asiente de inmediato, y en ese gesto sé que ha entendido todo lo que no hemos dicho. No hacen falta más palabras; ambos sabemos lo que significa.

Aria, que nos observa con atención, rompe la seriedad del momento con una carcajada.

—¿Ves, Leyla? Te lo dije…, pasan los años y aún sigo sin entender el idioma.

Suelto un resoplido casi imperceptible y arqueo una ceja en dirección a mi hermana.

—Y mejor que no lo entiendas, sestra . —Dejo que la palabra en ruso pese entre nosotros, con un deje de ironía y complicidad—. Algunas cosas deben seguir siendo solo nuestras.

Ella me hace una mueca infantil, como solía hacer cuando éramos niños, recordándome que, aunque hayan pasado los años, ciertas costumbres nunca cambian.

Sé que tengo que hablar con ella sobre mis sentimientos hacia Leyla.

Ya no se trata solo de deseo ni de esa obsesión que me consume; lo que siento va mucho más allá.

Si alguien puede ayudarme a entenderlo, es ella.

No sé nada de amor ni de cómo demostrarlo, pero por primera vez sé que quiero aprender a hacerlo bien.

Mientras Leyla, Matteo y Viktor se concentran en los planos y discuten ideas, noto que hay un momento de calma. Me acerco a Aria con discreción y, con un leve gesto, la invito a seguirme a un rincón más apartado de la cocina.

—Necesito hablar contigo un momento, a solas —le susurro, y ella asiente siguiéndome.

Es el momento perfecto para pedirle consejo sin interrupciones.

—A que adivino —dice con una sonrisa traviesa—. ¿Es sobre Leyla? Ese corazón tuyo está empezando a abrirse, ¿no? —Mira hacia donde su amiga revisa los planos—. Es perfecta, Jensen…, y te entiendo. Yo también estoy empezando a enamorarme de ella.

Respiro hondo, tratando de poner en orden las emociones que me invaden.

—Sí…, es perfecta —afirmo, en un tono más bajo de lo habitual—. No es solo deseo o protección, Aria. Es… todo. No sé cómo mostrarle lo que siento sin arruinarlo. Nunca he sido buen o en esto del amor, y ella merece mucho más que un torpe intento.

Ella me observa con comprensión, apoyándose contra la pared.

—Si quieres que Leyla vea lo que sientes, tendrás que ser sincero y atento —asegura, con un gesto que mezcla paciencia y complicidad—.

Flores, citas…, tienes que encontrar tu propio lenguaje de amor.

Quizá lo tuyo sean los pequeños actos, los gestos que no necesitan palabras.

Yo siempre he sabido que me quieres, aunque nunca me lo hayas dicho.

La observo y siento claro que la quiero; siempre lo ha sido todo para mí. La miro con esa admiración que no puedo ni quiero ocultar.

—¿Sabes por qué sé que me quieres? —inquiere Aria con una mirada profunda—. Porque me dejaste tomar mi propio camino, incluso cuando sabías que nuestro padre se opondría.

Hace una pequeña pausa, midiendo cada palabra, y luego continúa con firmeza mientras señala en la otra dirección:

—¿Y sabes por qué Viktor sabe que le quieres? Porque le diste todo: un hogar, un nombre, un propósito. Le mostraste amor en acción, sin pedir nada a cambio. Así que déjame decirte algo: tú sabes lo que es el amor. Solo tienes que aprender a demostrárselo a ella.

Sus palabras me golpean con fuerza. Lo entiendo. Siento un nudo en la garganta y un calor que me abrasa el pecho.

Sin pensarlo, me acerco a ella y la rodeo con los brazos en un abrazo firme.

Suelta un pequeño suspiro de sorpresa, como si no esperara que yo fuera capaz de mostrar algo así, y por un instante la siento rígida contra mí.

Luego, lentamente, me devuelve el abrazo con más fuerza, apoyando la cabeza en mi hombro.

Puedo sentir su calor y su confianza; no hace falta decir nada más.

Es un momento de conexión silenciosa. Me recuerda lo importante que es tener a mi lado a alguien que me entiende de verdad .

Quizá traerlos haya sido, en sí mismo, la primera y más clara demostración de amor de Leyla hacia mí. Un gesto sutil, pero cargado de intención.

Cuando nos separamos del abrazo, todavía sintiendo el calor del instante, veo a Viktor y a Leyla observándonos con una mezcla de diversión.

—No quería interrumpiros —dice Leyla con una mueca irónica—, pero Viktor y yo hemos pensado que será mejor que mañana invitemos a mis primos. Necesito su ayuda y experiencia para preparar la estrategia. También debería estar Enrico…, cuanto antes, mejor.

Joder, su primo Dante me saca de mis casillas , pienso apretando los dientes. Siempre tiene que tener la última palabra, y esa sonrisa confiada me hace querer darle un puñetazo en la cara.

—Ten paciencia con Dante —me pide ella—. Le gusta sacar a la gente de quicio.

Suspiro y me masajeo la nuca, resignado. Sé que tiene razón; tendré que soportar a ese cabrón y sus infantilismos. Por un instante, me río por lo absurdo de la situación.

—Está bien —murmuro casi para mí mismo—. Intentaré portarme bien con él…, pero no prometo que su bonita cara no acabe recibiendo un puñetazo en algún momento.

Leyla suelta una carcajada que llena la estancia, echando la cabeza hacia atrás y rodando los ojos con diversión.

—Es posible —acepta entre risas—. Pero acabarás cogiéndole cariño.

Se dirige hacia la puerta de la cocina.

—Voy a llamar a Vinnie —anuncia mientras saca el móvil del bolsillo—. Les avisará, preparará los detalles y se asegurará de que mañana esté la sala de entrenamiento lista .

Mientras la veo salir, me reclino contra la encimera, consciente de que mañana será un día intenso.

Nos quedan pocos meses hasta el próximo baile anual.

No sabemos cuál será el siguiente movimiento de Eric, pero algo me dice que ese día ya está marcado en su calendario.

Lo conozco demasiado bien; aunque, pese a esperarlo, es impredecible, y nosotros debemos estar preparados.

Mi mirada se endurece y mi cuerpo se tensa con la certeza de lo que debo hacer. Si Eric intenta acercarse a ella, iré a por él. Nadie se atreverá a tocarla. Nadie podrá quitarme lo que me pertenece.

Aunque esté cambiando por ella, no soy menos letal. Sigo siendo el hombre que mataría por ella, el mismo que lucharía y la protegería hasta su último aliento. Ella me hace querer ser algo más, algo mejor.

Y mientras la veo alejarse por el pasillo, contoneando las caderas, una promesa silenciosa se forma en mi mente: cualquiera que ose acercarse, cualquiera que intente desafiarnos, descubrirá demasiado tarde que conmigo no se juega.