XX #2
Aria, que está al lado, lo escucha y suelta una risa clara que resuena por toda la sala.
Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar reírme también.
Dante tiene esa maldita habilidad de romper cualquier tensión.
Tanto Jensen como Viktor levantan la cabeza al instante, con la mandíbula apretada y la mirada fija en él.
Ya puedo oír mentalmente la sentencia de muerte que le van a firmar por «hacer reír demasiado» a sus chicas.
De pronto, un aplauso seco resuena en la sala. Todos giramos la cabeza. Luca nos observa apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
—Guardaos esas ganas de pelearos para el ring —dice con voz grave, sin necesidad de subir el tono.
El silencio dura apenas un segundo antes de que Dante suelte una risita.
—¿Qué te parece si les enseñamos cómo se hace, fratellino ? —plantea con esa chulería natural que parece que le corre por las venas.
Luca ni se inmuta. Solo arquea una ceja y, con una calma que roza lo insolente, se quita la chaqueta y la deja caer sobre una silla.
—Cuando quieras —responde, grave y sereno, como si lo que Dante ha propuesto fuera lo más natural del mundo .
La tensión sube de golpe, como una corriente eléctrica que atraviesa la sala. Y no solo entre ellos: Jensen entrecierra los ojos, apoyándose con descaro en una pared, midiendo cada movimiento, mientras Viktor cruza los brazos sobre el pecho, clavando la mirada en los dos hermanos.
—Perfecto —murmura Jensen con sorna—. Así calentáis y nos ahorráis tiempo.
—O mejor, que se maten entre ellos y ya entrenamos tranquilos —añade Viktor con esa ironía seca que lo caracteriza.
Dante sonríe como un demonio satisfecho, Luca no parpadea y el aire se llena de testosterona pura. Una maldita lucha de gallitos a punto de explotar.
—En serio, chicos… —intervengo, arqueando una ceja y cruzándome de brazos—. Por si no os habéis dado cuenta, no nos estáis impresionando.
Aria se sacude un poco y, al mirarla, veo que se ríe en silencio, disfrutando del espectáculo. Admiro la facilidad que tiene de reírse incluso en los momentos más tensos.
—Pongámonos serios —digo, alzando la voz más de lo normal, lo justo para que todos se giren hacia mí.
Siento el peso de sus miradas, pero no dejo que me tiemble ni un músculo—.
He estado buscando información toda la noche, pensando en cómo dividirnos, y esto no es negociable; el trabajo en equipo, quiero decir.
Os dejaré hacer bromas, pero quiero que en el entrenamiento lo deis todo.
Pedí vuestros informes a Enrico y, en base a eso, quiero que cada uno os encarguéis de un área.
Doy un paso al frente, recorriéndolos con la mirada uno a uno:
—Dante, tú irás con el boxeo. Tu técnica habla por sí sola, y todos necesitamos aprender esa resistencia tuya.
—Viktor, te tocan las armas. Tu precisión es impecable y, sinceramente, no podemos permitirnos fallar en eso.
—Luca, disciplina y trabajo físico. Eres el único que puede empujarnos más allá del límite sin pestañear.
—Aria y yo nos centraremos en lo social: infiltración, coqueteo, lectura de microexpresiones, en cómo movernos en ambientes hostiles sin levantar sospechas y el juego psicológico.
—Y Jensen… —mi mirada se cruza con la suya, fija, sin temblar—, cuerpo a cuerpo. Control, técnica, precisión. Nadie aquí se acerca a tu nivel, y quiero que nos enseñes a todos.
El silencio que sigue pesa. Sé que no se lo esperaban, que quizá creían que iba a dejarles dirigir. Pero no. De ahora en adelante la que marca el ritmo soy yo.
Luca es el primero en reaccionar. Da un leve resoplido y arquea una ceja, como si todavía estuviera procesando que acabo de tomar las riendas. Luego, con una sonrisa torcida, suelta:
—Mira tú por dónde… resulta que la principessa tiene más liderazgo que todos nosotros juntos.
Dante estalla en carcajadas y le da un golpe en el hombro, divertido, mientras Viktor asiente, serio, aunque noto el destello de respeto en sus ojos.
Jensen me observa en silencio, el ángulo de su mandíbula tensa, pero hay algo más en su mirada…, algo parecido a la aprobación. Y entonces lo veo: una sonrisa apenas perceptible, orgullosa, que se curva en la comisura de sus labios. Es como si dijera sin palabras «esa es mi chica».
Aria sonríe como si acabara de presenciar el mejor espectáculo de su vida. De repente, da un par de palmadas, entusiasmada.
—¡Así se habla! —exclama, con esa chispa divertida tan suya.
Entonces Luca da otra palmada seca, rompiendo la tensión como si nada.
—Ya la habéis oído. Y si alguien quiere quejarse, que lo haga después de las flexiones. —Doy un asentimiento de cabeza en su dirección en señal de agradecimiento por el apoyo.
El entrenamiento arranca entre bromas y piques, pero también con esfuerzo real.
Jensen me corrige la postura más veces de las que puedo contar; Viktor no deja que nadie se relaje en el campo de tiro; Dante parece empeñado en hacer reír a todo el mundo incluso en mitad de los combates; Aria convierte cada pausa en una excusa para charlar, y Luca…
Luca simplemente observa, interviniendo en el momento exacto, como si tuviera un reloj interno que marca el ritmo.
Las horas pasan rápidas entre sudor, risas y algún que otro gruñido.
Y aunque haya sido solo el primer entrenamiento, algo dentro de mí se enciende.
Veo que podemos ser un equipo: torpe, imperfecto, lleno de diferencias…
, pero un equipo, al fin y al cabo. Y en lo más profundo de mí, puedo ver que, algún día, este equipo se convertirá en una pequeña familia.