XVI
Leyla
No puedo quedarme en el salón, no con esa conversación tan grave filtrándose desde el despacho. Sin que nadie me vea, me escabullo por el pasillo, acercándome con sigilo para escuchar mejor.
Las voces son tensas, cargadas de amenazas y decisiones que me involucran directamente. Siento cómo se me oprime el pecho. No puedo quedarme fuera de esto.
Con paso firme, abro la puerta de golpe y entro en la habitación.
—Sea lo que sea que esté pasando —digo con voz decidida—, tengo que estar aquí. Soy la heredera, esto me afecta a mí tanto como a vosotros.
Los cuatro me miran en silencio un instante, y sus respuestas no tardan en llegar.
—Por algo os dije que sería mi favorita. Tiene garra. Así se habla, principessa —suelta el pelinegro enorme, con esa sonrisa que parece imposible de borrar.
—Esa es mi chica…, siempre metiéndose donde no la llaman —murmura Jensen. Intenta mantenerse serio, pero esa media sonrisa lo traiciona, sabe perfectamente lo testaruda que puedo ser.
—Estoy de acuerdo con mi hermano. Será un placer ir a la guerra por ti —añade Luca con calma y una firmeza que transmite seguridad.
Enrico asiente lentamente, serio.
—Bien. Entonces estás donde debes estar. —Hace una pausa y mira a los demás—. Vosotros, fuera. Quiero hablar con mi nieta a solas.
Luca y Dante se marchan sin protestar, pero Jensen permanece en su sitio, firme. Enrico lo observa un instante y asiente con aprobación.
—Está bien, tú también te quedas. Leyla, siéntate.
Fija la mirada en mí, serio y decidido.
—Esto no es un juego tendremos que prepararnos… y tú, más que nadie.
Debería estar asustada, pero en lugar de eso siento una extraña calma.
Teniendo a Jensen y a mi familia a mi lado, sé que puedo con todo.
Cada fibra de mi cuerpo está alerta, pero la confianza que me rodea me hace sentir que, aunque lo que venga sea peligroso, no estaré sola.
Sé que ellos también tienen un as bajo la manga, y yo debo estar preparada para descubrirlo y jugar mi propia carta cuando llegue el momento.
◆◆◆
Han pasado varios días desde la conversación con Enrico, sigo repasando cada palabra. Necesito empezar a asimilar que esta es mi vida ahora.
No puedo permitir que los demás decidan por mí. Soy la heredera y eso conlleva muchas cosas; tener poder, asumir la responsabilidad y estar en constante peligro .
Tengo que empezar a pensar en quién quiero tener cerca, en quién formará parte de mi equipo, de mi círculo. Es algo que no he compartido con nadie. Ni siquiera con Jensen.
Pero tener aquí a Aria y a Viktor sería un buen comienzo. Una amiga con la que poder hablar y un guardaespaldas entrenado, letal y leal. Alguien que daría la vida por los suyos.
Y no es solo por lo que puedan hacer por mí. También quiero tenerlos cerca por si algún día van a por ellos. No pienso quedarme quieta si eso ocurre. Jamás me lo perdonaría.
Cojo el móvil. Mis dedos dudan un segundo antes de pulsar el botón de llamar.
Aria. Ella también estuvo metida en este mundo. Lo conoce por dentro, lo ha sufrido… y ha luchado para sobrevivir en él.
La necesito. No solo como aliada, sino como amiga. Se ha convertido en alguien que me entiende, porque sabe lo que es amar a alguien como Viktor… y tener que enfrentarse a su propio padre para poder hacerlo.
Cojo el móvil y la llamo. El tono apenas suena dos veces antes de que conteste.
—Espero que me llames para darle algo de vida a mi vida —dice Aria con un suspiro teatral—. Viktor se ha vuelto a ir y estoy oficialmente aburrida. No me hables de lo emocionante que es tu nueva vida o me dará algo.
Sonrío, aunque no haya mucho de que reírse últimamente.
—No prometo emoción, pero sí complicaciones. Necesito hablar contigo…
—¿Complicaciones? Perfecto, ¿a quién hay que matar? ¿Meto la pala en la maleta ?
—¿Te vendría bien viajar? —pregunto con cuidado—. Me gustaría que lo habláramos en persona.
Se hace un breve silencio al otro lado.
—¿Estás de broma? —responde, y puedo imaginar perfectamente su ceja arqueada—. Dame una excusa decente para escapar de este aburrimiento y cogeré el primer jet . Y si tú dices que lo hablemos en persona… entonces sé que es serio.
—Lo es —digo sin rodeos—. Te mando el avión. Esta noche si puedes.
—Vaya, así que vamos con todo —suelta con un tono más ligero—. Perfecto. Dame dos horas para hacer una maleta y estaré en la pista. Y no olvides el Sauvignon Blanc.
—Sabes que aquí no hay de eso, ¿verdad?
—Créeme, eso es porque no has buscado bien —replica con una risa—. Y si no, róbale a tu abuelo algún licor fuerte y dile a mi hermano que no nos moleste.
—Hablando de tu hermano… —contesto—, aún no sabe que vienes ni por qué. Por ahora, prefiero mantenerlo en secreto.
—Si me lo dices a mí antes que a él solo puede significar una cosa… que soy tu favorita —responde con ese tono travieso que tanto me gusta.
Me río porque me recuerda muchísimo a Dante, así que no puedo evitar decírselo.
—Sabes, me recuerdas un montón a mi primo. Creo que te caerá bien. —Hago una pausa y suelto con una sonrisa cómplice—: Dante tiene ese toque irreverente que también logra sacarle de quicio a tu hermano.
—Eso promete —afirma Aria riendo suave—. Estaré allí en unas horas y…, pase lo que pase, lo arreglaremos.
—Gracias por confiar en mí —aseguro, bajando un poco la voz—. Sé que aún no nos conocemos tanto, pero siento que puedo contar contigo de verdad.
—Espero poder contar yo también contigo —dice, y puedo imaginar perfectamente su sonrisa al otro lado del teléfono—. Porque ya te lo advierto… no vas a poder librarte de mí.
Horas después…
La brisa es suave, huele a jazmín —mi olor favorito— y a ese vino blanco que conseguimos —no te diré cómo ni dónde—. Sí, el Sauvignon Blanc no podía faltar.
El cielo empieza a oscurecerse, tiñendo el horizonte de tonos dorados y lilas. Nos hemos instalado en la terraza, con dos copas y una manta ligera sobre las piernas, disfrutando de este momento tranquilo.
Aria respira hondo, se vuelve a mirarme con esos ojos verdes tan suyos.
—Creo que podría acostumbrarme a esto —suelta con una sonrisa—. Aún no considero Gretna mi hogar y paso mucho tiempo sola.
—Ya que sacas el tema, y perdona que te lo pregunte, ¿me lees la mente? —tanteo, y rozo su hombro con el mío—. Quería que Viktor y tú os mudaseis aquí. Voy a necesitaros cuando Eric dé el primer paso.
—Con una condición…, bueno, dos. —Se frota la barbilla, creando expectación—. Primero, que Viktor no vuelva a viajar si no es para protegerte. Y segundo, quiero aquella casita en la colina.
—¿La del agujero en el tejado? —pregunto, riendo y recolocando la manta para ajustar nuestra posición más cerca una de la otra.
—Esa misma —confirma—. Está cerca de la casa principal y tiene ese algo que me llama. Presiento que ese puede ser mi nuevo hogar. A Viktor le encantará.
Nos quedamos un momento en silencio, con las copas de vino entre nosotras, sintiendo que, aunque el mundo siga siendo peligroso afuera, aquí podemos relajarnos un poco.