XV
Jensen
No necesita mi protección, no aquí. No ahora. Pero eso no significa que deje de estar alerta.
Cada carcajada, cada mirada que le lanzan, cada movimiento de sus manos…, lo registro todo. Llámalo instinto.
Entonces se le acerca ese grandullón —Dante, creo que se llama—, la envuelve en un abrazo tan fuerte que puedo imaginar cómo se mueve entre ellos, cómo ella responde sin perder ni un ápice de su gracia.
Escucho que le pregunta por mí y, aunque no alcanzo a oír las palabras, puedo ver cómo se inclina hacia él, susurrándole algo al oído.
No hace falta que lo oiga. La forma en que Dante parpadea atónito por un instante y luego suelta esa carcajada ruidosa me dice todo lo que necesito saber. La manera en que ella lo mira, ladeando la cabeza, con esa sonrisa que solo yo conozco…, me atraviesa.
Ambos se ríen, pero la risa de Leyla…, esa ilumina la estancia. Todos la están mirando y, en cambio, ella parece ajena a ellos, como si estuviera en otra dimensión, y yo solo puedo seguir cada gesto, cada chispa en sus ojos .
Se gira de lado, con esa mirada provocadora. Jodidamente peligrosa. Mi respiración se vuelve más consciente; mis músculos se tensan ligeramente; aun así, me mantengo firme, sosteniendo su desafío sin necesidad de moverme.
Cruzo los brazos, aparentando calma, pero por dentro cada fibra de mi cuerpo está alerta.
Ella juega y yo la dejo…, por ahora. Cada pequeño desafío suyo, cada instante en que me sostiene la mirada, es un recordatorio de que no puedo confiar del todo, de que debo mantener la guardia, incluso mientras disfruto de este juego silencioso que compartimos.
Dante se gira hacia mí, aún con una sonrisa socarrona, mientras todos siguen sentados a la mesa.
—Entonces… ¿tú eres el tipo serio que se acuesta con mi prima y dispara cosas? —pregunta, con una ceja levantada y el tono ligero.
El silencio en la sala se corta de inmediato. Leyla se atraganta con una risa, su prometida ahoga un chillido y Luca niega con la cabeza como si no fuese su hermano.
Yo sigo observándolo en completo silencio, sin cambiar la expresión. Cada músculo de mi rostro permanece controlado, pero mi mente recorre toda posibilidad, evaluando la reacción de todos, midiendo la audacia de Dante.
Lejos de incomodarse, me da una palmada en el hombro.
—Relájate, hombre, estamos en familia. ¿Alguna vez te sacas el palo que llevas metido en el culo? —bromea con esa sonrisa socarrona.
—Si eso era tu intento de ser gracioso, no te ganes la vida como cómico, pasarías hambre —respondo secamente, cruzando los brazos y sin dejar de observarlo.
Dante me mira un segundo… y luego suelta otra carcajada que retumba en las paredes, contagiando al resto .
—Me gustas. Creo que seremos grandes amigos —añade, dándome un segundo golpecito en el hombro con la mano, un contacto casual que no puedo ignorar.
—Si ser amigos significa que hablarás menos, puede que lo considere —replico, y mantengo la calma mientras mis ojos no pierden de vista a Leyla. La observo reír detrás de Dante, ligera y desinhibida, disfrutando de la situación y del caos que provoca dondequiera que esté.
Su primo silba, como si acabara de escuchar una genialidad en lugar de una respuesta cortante. Este tío me saca de quicio con sus respuestas y esa sonrisa que parece desafiarme.
—Tú y yo vamos a llevarnos de puta madre, Terminator. Aunque si me sigues mirando así cada vez que hablo, igual lo nuestro acaba en crimen pasional —dice, asintiendo con la cabeza, con esa chispa de descaro que me obliga a no apartar la mirada.
—Creo que lo del crimen me suena bastante bien —aseguro, manteniendo la calma.
Él me analiza con una sonrisa traviesa.
—Pues entonces me apunto el no sacarte de quicio… no vaya a ser que me mates antes de que tengamos tiempo de ser amigos. —Me guiña un ojo con el descaro típico de él.
—Déjalo ya, Dante, y siéntate a cenar —interviene Enrico desde la cabecera de la mesa, con tono firme pero sin perder la calma.
Me siento con cuidado frente a él, manteniendo la postura tensa y alerta, vigilándolo todo a mi alrededor. Leyla se acomoda a mi lado, todavía sonriendo tras el pequeño espectáculo con su primo, pero noto cómo sus dedos rozan los míos cuando se acomoda más cerca. Sutilmente, le acaricio la mano.
La cena acaba de empezar, y ya puedo prever que la experiencia aquí no será precisamente aburrida. Las conversaciones, las risas, los gestos de complicidad entre los demás…, todo está cargado de dinamismo, sin embargo, yo sigo concentrado en ella y en cómo logra controlar la atención sin esfuerzo.
Cuando estamos a punto de terminar, Enrico nos invita a Dante, Luca y a mí a su despacho. Por un instante veo cómo Leyla se tensa ligeramente y mi mano se cierra con suavidad sobre la suya. Un apretón breve, tranquilizador, para recordarle que no está sola, que estoy aquí.
Sin mediar palabra, me levanto y sigo a los tres por la escalera que lleva al piso superior, dejándola atrás con la otra única mujer que hay en el salón. Recuerdo con cada paso mantener la guardia, aunque el ambiente familiar que hemos dejado abajo parezca distendido.
Al llegar, Enrico abre la puerta y nos invita a pasar con un leve gesto de mano.
El despacho es más sobrio que el resto de la casa, con paredes oscuras y una luz tenue que baña la estancia.
La decoración es escasa, aunque acogedora.
Nadie diría que es la base de operaciones de un líder mafioso. Todo aquí respira control y orden.
Nos acomodamos en el despacho sin decir mucho. Luca se queda de pie, firme, con los brazos cruzados. Aún no termino de descifrar su actitud, pero una cosa está clara: no se parece en nada a su hermano.
Dante, en cambio, se deja caer en la silla con su habitual ligereza, aunque esta vez no sonríe.
Intenta aparentar tranquilidad. Sus gestos, apenas perceptibles, lo delatan; quiere proyectar tranquilidad, pero la tensión bajo su superficie es evidente.
Al menos deja claro que, cuando se trata de la familia, sabe tomarse las cosas en serio.
Tal vez empiece a caerme un poco mejor…, solo un poco.
Pero jamás se lo diré: se le subiría el ego.
Enrico se inclina hacia atrás en su silla mientras yo termino de leer.
—Es sutil, pero el mensaje está ahí —dice con una calma medida—. Saben que Leyla está viva… y no tienen prisa .
Siento cómo la mandíbula se me tensa automáticamente.
No me gustan este tipo de amenazas. Típico de los Riina: disfrazar veneno con cortesía, con cada palabra estudiada y calculada, dejando la presión donde más duele.
Mi cuerpo se prepara sin que haga falta mover un músculo, listo para reaccionar si la situación se complica.
Dante se mueve un poco hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y esa media sonrisa que no termina de ser ni burla ni preocupación. Su mirada recorre la habitación, evaluando, buscando en nosotros reacciones que aún no revelamos.
—¿Alguna idea de qué tipo de jugada es esta? —pregunta—. Porque a mí me suena a «sabemos dónde está vuestra reina y tenemos paciencia» .
Antes de que pueda responder, es Luca quien rompe el silencio con una voz seca, contenida.
—Ellos quieren a la heredera —afirma Luca, mirando a Enrico primero, luego a mí—. ¿Qué hay más poderoso que el rey de un clan casándose con la reina del otro?
Hace una pausa, asegurándose de que hemos entendido el mensaje.
—Eric la quiere, no solo para jugar, sino para controlar. Para unir el poder… o para destruirlo desde dentro. —Aprieto los puños hasta que los nudillos me duelen, siento cómo la tensión recorre cada fibra de mi cuerpo.
Dante frunce el ceño por primera vez en la noche, dejando atrás la sonrisa burlona.
—Si quiere a nuestra reina, tendrá que pasar por encima de nosotros. Ya va siendo hora de que saque mis armas a pasear.
Enrico fija la mirada en la carta, luego nos observa a todos con ira contenida .
—Ya me quitaron a mi hija, no permitiré que me arrebaten también a mi nieta. No después de acabar de recuperarla.
Golpea la mesa con firmeza para remarcar sus palabras. El eco del golpe parece atravesar la sala, recordándonos a todos la seriedad de la situación.
—Eric mueve sus piezas con paciencia y sin escrúpulos, pero no es tan tonto como para iniciar una guerra entrando en territorio enemigo.
Hace una pausa, su voz es baja pero llena de amenaza contenida.
—Si no tienen prisa, esperarán a actuar en público. Quizá en el próximo baile. Tendremos que estar preparados.
Mis ojos recorren la sala y evalúan cada reacción: Dante frunce el ceño, dejando entrever que incluso él entiende la gravedad de la situación; Luca mantiene la misma postura rígida, calculando; y yo, en silencio, noto cómo mi mente empieza a moverse a mil por hora.
La amenaza está clara: quien quiera jugar con nosotros sabe cómo hacerlo y no dejará rastros hasta que sea demasiado tarde. Necesitamos estrategia, paciencia y preparación absoluta. Cada segundo cuenta y cualquier error podría ser fatal.
Sé que el próximo paso, el baile, será más que una simple reunión social: será un tablero, y nosotros tenemos que conocer cada pieza antes de que alguien mueva la suya.
Estoy a punto de decir algo más cuando la siento. Sabía que no iba a quedarse al margen. Nunca lo hace. Alzo la vista hacia la puerta con anticipación, preparado para discutir, para protegerla.
Porque, aunque esta también sea su guerra, mi única prioridad sigue siendo mantenerla a salvo.