XIV
Leyla
La luz que entra por la ventana es suave, dorada, cálida. Parpadeo despacio mientras me desperezo. Su brazo sigue rodeando mi cintura y su respiración tranquila se mezcla con la mía, justo en el hueco de mi cuello.
Por un instante, me permito fingir que solo somos dos personas normales. Que no hay sangre en nuestras historias. Que no hay peso en nuestros nombres.
Me giro despacio, queriendo verlo dormido.
Pero no lo está.
—Buenos días, zhizn’ moya —saluda, con esa media sonrisa que consigue que mi estómago se encoja.
No puedo evitar pensar en lo guapo que está recién levantado, sin traje y sin esa máscara de tío duro…, tan solo él. Con esa mirada tierna que guarda únicamente para mí.
—Buenos días… —contesto aún medio dormida, con la voz arrastrada por el sueño—. ¿Cómo debería llamarte yo a ti?
—Puedes llamarme tuyo.
El mundo entero parece detenerse en ese instante .
Mi corazón da un vuelco. No sonrío. No bromeo. Solo lo miro, sabiendo que esa palabra, dicha de esa manera, es mucho más de lo que parece.
Arqueo una ceja, sosteniéndole la mirada con descaro.
—¿Sabes que se me ocurren al menos tres formas de llamarte que no puedo decir en voz alta frente a nadie más?
Él suelta una carcajada, encantado por mi respuesta.
—¿Ah, sí? —pregunta, acercándose más—. ¿Y por qué no?
—Porque incluyen palabras indecentes y una combinación específica de tus manos en mi cuello y tu polla dentro mí —respondo con la cara más seria que puedo, aunque por dentro me estoy riendo.
Sus ojos brillan con diversión y deseo, pero su voz baja un tono, volviéndose más grave. Más suya.
—Entonces te exijo que me lo digas… en privado. Donde nadie más pueda escucharte, donde solo yo pueda tenerte. Porque esas palabras, como tú, me pertenecen.
Antes de que pueda responder, su mano toma mi nuca y me atrae hacia él con firmeza. Su boca encuentra la mía en un beso profundo, lento, posesivo.
Me río en medio del beso, empujándolo suavemente con ambas manos en su pecho.
—¿Y si no quiero pertenecer a nadie?
—Curioso —murmura, rozando mis labios sin llegar a besarme—, porque ayer me dio la sensación de que ya eras mía. Y aunque ahora quieras negarlo, lo eres desde la primera vez que te vi.
Le acaricio la mandíbula, provocándolo.
—Y tú eres mío —susurro—. No hay vuelta atrás.
Entonces suelta una carcajada suave, ronca, y sus manos aprietan mi cintura .
Y en ese instante lo sé con absoluta certeza: no importa lo que diga, lo que niegue o lo que tema…, ya no existe un «yo» sin él.
—Si eso es una amenaza…, espero que la cumplas. Porque no pienso huir. Nunca. Siempre te seguiré, incluso cuando no quieras que lo haga. —Sus ojos se oscurecen con una intensidad feroz.
Estoy a punto de responder cuando unos golpes secos suenan en la puerta.
Él cierra los ojos un segundo, exhalando molesto por la interrupción.
—Genial. La jodida realidad llama —masculla con media sonrisa. Parece molesto, y no me extraña, estábamos teniendo un momento íntimo, de esos que pienso atesorar hasta que tengamos arrugas y canas. Se deja caer de nuevo en la cama con una mezcla de resignación y fastidio.
Yo me levanto con un suspiro.
—El legado familiar no espera —bromeo, no sin antes darle un beso cálido en la comisura.
Luego me giro sobre mis talones y abro la puerta. Sintiendo cómo la atmósfera se corta con un golpe seco de la realidad.
Tras ella me espera Vinnie, uno de los hombres de mi abuelo, erguido como manda el protocolo, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada clavada en un punto indefinido por encima de mi hombro, como si no quisiera admitir lo que probablemente ha escuchado.
Lleva un sobre negro en las manos que extiende hacia mí con un gesto seco y preciso.
—Señorita Leyla —dice con su voz grave y neutral—. El Don solicita su presencia esta noche. Cena privada. Solo familia.
Tomo el sobre sin apartar la vista de él.
—Gracias, Vinnie. ¿Algo más?
—Solo un recordatorio —añade, bajando por fin la vista hasta mis ojos—. El Don aprecia la puntualidad.
Asiento en silencio. Cierro la puerta con cuidado y cuando me giro, Jensen sigue ahí, recostado contra la cabecera, el torso desnudo y la mirada fija en mí. Pero hay una sombra diferente en sus ojos, una sombra que antes no había visto, un filo de intensidad y deseo mezclado con posesión.
No dice nada al principio. Solo observa en silencio. Y en ese silencio siento cómo el aire entre nosotros se vuelve denso, casi palpable, como si cada respiración contara más que mil palabras.
—¿Y bien? —pregunta por fin, su voz es tan baja que casi parece un gruñido, un sonido que me hace inclinar ligeramente la cabeza y tensar cada músculo de mi cuerpo.
—Cena familiar. A las nueve. Puntualidad y etiqueta —respondo, alzando ligeramente el sobre negro que aún sostengo entre los dedos.
Es entonces cuando noto su mirada descendiendo por mi cuerpo.
Le sigo el gesto, y mi estómago se hunde en un torbellino de vergüenza y deseo.
El tirante de mi pijama de seda está caído, la tela arrugada, el pantalón se ha deslizado por la cadera y, peor aún, no llevo sujetador.
Mis pezones se marcan bajo la tela fina, revelando algo que no se puede ignorar.
Suelto un pequeño grito ahogado, cruzando los brazos instintivamente sobre el pecho, tratando de recuperar el control.
—Dios mío… —me sobresalto, siento que el calor me sube hasta las mejillas—, por eso Vinnie no me miraba a la cara…
Jensen aprieta la mandíbula y asiente. Sus ojos se han oscurecido, son tan intensos que se me corta la respiración. Cada fibra de mi cuerpo reconoce esa mirada, como si hablara sin palabras, reclamando lo que es suyo.
—Más le vale que no te haya mirado —murmura con voz grave—. Sería una pena que lo matase por mirar lo que es mío.
Mis pasos me llevan hasta él casi sin pensarlo. Mis manos se elevan y rodean su rostro, obligándolo a mirarme, y en ese instante, la intimidad se siente infinita.
—No quiero que mates a nadie más por mí…
, aunque saber que lo harías me hace sentir segura.
Poderosa. —Me acerco un poco más, dejando que las yemas de mis dedos rocen su mandíbula y siento cómo se tensa bajo mi toque.
Cada fibra de su cuerpo parece responder a mi cercanía, y sin darme cuenta, este pequeño acto, esta intimidad silenciosa, me da un control que nunca antes había sentido.
Su mirada sigue atrapándome, intensa y firme. Solo existimos nosotros, y la certeza de que somos necesarios el uno para el otro, de que podemos confiar el uno en el otro, me llena de una mezcla de calma y fuego que no quiero soltar nunca.
Siento cómo mi pecho se expande con cada respiración compartida, cómo cada latido se sincroniza con el suyo, y por primera vez, me permito disfrutar de este equilibrio extraño y perfecto: vulnerabilidad y fuerza, miedo y deseo, todo mezclado en una sola verdad que solo nosotros conocemos.
Él me sigue observando, y con cada segundo que pasa su intensidad me envuelve como un abrazo invisible.
Sus ojos no parpadean, fijos en mí, como si quisiera memorizar cada detalle: la curva de mi mandíbula, la forma en que mis labios se entreabren al respirar, la manera en que me mantengo firme frente a él, aun con el corazón latiendo a mil.
Su respiración se vuelve más lenta, profunda, y puedo sentir que incluso el aire entre nosotros parece cargado de electricidad. Y entonces habla :
—Esa es mi chica. Por eso me obsesioné contigo. Sabía que tenías esa oscuridad que despierta la mía.
Me dejo envolver por sus palabras, percibiendo la certeza absoluta de que somos las piezas de un puzzle imposible de separar.
Sin duda, él me complementa. En este mundo de sombras negras, somos el rayo que atraviesa la oscuridad del otro.
Y mientras lo miro, comprendo que no importa lo que venga ni lo que intente separarnos, juntos, somos un fuego silencioso que no puede apagarse.
◆◆◆
Enrico lidera la mesa con esa autoridad que irradia allí donde va, pero aquí con la familia parece bajar las defensas.
Por un instante, una pequeña mueca —casi una sonrisa disimulada— se dibuja en su rostro al ver que los dos hombres a su derecha discuten y se golpean como dos niños pequeños, algo en ellos me llama la atención.
Hay una mujer sentada frente a ellos, observándolos divertida.
La escena tiene cierta calidez, quizá porque es la primera vez que veo esta parte de familia que creí perdida.
Unos revólveres descansan sobre la mesa como si fueran un utensilio más. Debería ser un momento tranquilo y en cambio verlas ahí me tensa.
No hay amenazas explícitas, nadie parece darle importancia, pero su sola presencia ensucia el momento.
Decidido. No más armas en la mesa.
Me da igual quién mande aquí. Eso se acaba hoy .
Sin previo aviso, cojo las armas y las dejo en una mesa auxiliar que tenemos detrás. Cuando alzo la vista, todos los ojos están puestos en mí. Sin embargo, no me dejo intimidar.
—No me pienso disculpar —digo, firme—, esto es una cena familiar, no una guerra de clanes. Armas fuera a partir de ahora.
El silencio se estira por un segundo eterno… hasta que unos brazos enormes me agarran por la cintura y me levantan del suelo en un abrazo fuerte, cálido, completamente desproporcionado.
—¡Así se habla, principessa ! —exclama entre carcajadas uno de los hombres, con voz áspera y risa cálida.
Sus brazos son tan enormes que casi siento que me va a aplastar, pero la fuerza viene acompañada de un calor inesperado. Por cómo me abraza, entiendo que es alguien de sangre, quizá algún primo, y no puedo evitar sonreír ante la idea de que ya tenga un favorito en esta familia.
—Ups, perdona —dice, soltándome un poco—. Bienvenida a la familia, prima. Soy Dante, qué ganas tenía de conocerte.
Mientras lo escucho, noto la sinceridad en su sonrisa y en la forma en que sus ojos se iluminan al presentarme a los suyos.
—Estos son mi prometida, Alessandra —ella saluda tímidamente y su nerviosismo le da un aire entrañable—, y el tonto de mi hermano, Luca.
Siento que el ambiente se suaviza instantáneamente. Cada gesto, cada risa, cada mirada transmiten calidez y pertenencia, y por primera vez en mucho tiempo, me siento acogida, como si fuera parte de algo que no tiene que ver con tensión ni obligaciones, sino con cercanía, humor y afecto genuino.
Luego me mira de reojo con una sonrisa ladeada y añade:
—Y ese de ahí atrás… ¿es tu guardaespaldas o algo así? —me suelta, dándome un codazo ligero en el costado, como para enfatizar la pregunta con complicidad.
Le lanzo una mirada divertida mientras Jensen sigue apoyado contra la pared, observando la escena con ese aire de calma pero a la vez de protección. Cada vez que lo miro siento ese contraste que me derrite: seguridad contenida y deseo.
Decido que es mi hora de bromear. Me acerco despacio a su oído, con una sonrisa que él no ve venir, y le susurro:
—No es mi guardaespaldas… es el hombre que mata por mí y duerme en mi cama.
Cuando me echo hacia atrás, Dante parpadea, atónito por un segundo, y luego suelta una carcajada tan fuerte que todos los presentes giran la cabeza.
—¡ Santa Madonna , me caes bien! —exclama, dándome un leve empujón en el hombro con una sonrisa de oreja a oreja—. Sin duda nos vamos a llevar bien, principessa .
No puedo evitar sonreír, sintiendo cómo su energía desborda el ambiente.
Cada gesto suyo y cada carcajada me hacen sentirme más ligera, más segura…
y más consciente de Jensen. Él no ha dicho una sola palabra, aunque su mirada sigue clavada en mí, intensa, silenciosa, y sé que ha escuchado cada sílaba.
Si quisiera, podría azotarme por ello…, pero, por ahora, su silencio y esa mirada cargada de advertencia me dicen que está disfrutando tanto como yo.
Me inclino hacia él, desafiándolo con una sonrisa cómplice, disfrutando de este pequeño juego de provocación y posesión que solo nosotros compartimos.