Baile Anual de Mascaras (Máscaras y sombras 1) XIII
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XIII

Leyla

Lo estábamos pasando tan bien, que tres asaltos se habían convertido en siete. Hasta que la presencia de Enrico se percibe en la sala.

Ambos nos quedamos mirándolo, sudorosos y jadeantes.

—Veo que lo estáis pasando bien, me alegra —suelta con calma—. Leyla, mañana Vinnie te enseñará todo lo que necesitas sobre armas. Necesitas aprender a disparar y a neutralizar a tu rival si va armado. Solo quería pasarme a saludar.

Y se marcha sin obtener respuesta.

Mi pecho sigue subiendo y bajando con fuerza. Jensen me mira con una sonrisa ladeada, y yo quiero borrar esa maldita sonrisa besándola hasta quedarnos sin aliento.

—Ese hombre aparece como un fantasma cada vez que estoy a punto de arrancarte la ropa —dice, rompiendo el silencio con esa voz ronca.

—Eso te pasa por querer hacerlo siempre en lugares públicos —respondo, y echo la cabeza hacia atrás para soltarme el pelo del moño.

Me sigue hasta la habitación donde al fin puedo quitarme la ropa sudada. Su mirada sigue cada uno de los pasos que doy hasta quedarme totalmente desnuda.

—¿Quieres ducharte primero? —pregunto sin mirarlo.

—¿Eso es una invitación?

Lo observo desde la puerta del baño.

—Depende de cómo lo mires. ¿Vas a quedarte ahí parado o…?

—Termina esa frase si te crees tan lista.

—… a ver cómo me toco el coño mojado desde ahí, a través del cristal de la ducha, sin que puedas tocarme.

Entro al baño y dejo la puerta entreabierta. No le digo que pase, pero tampoco se lo impido.

El vapor empieza a llenar el cuarto. Soy consciente de su mirada, aunque no vea sus ojos. Mientras el agua cae sobre la cerámica, me giro para enfrentarme a él.

—¿Has decidido ser espectador? Disfruta entonces del espectáculo.

Sigue apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la camiseta aún pegada al torso por el sudor.

Hace una invitación con la mano, sin mediar palabra.

Es todo lo que necesito para bajar la mano hasta mi centro. Da un paso. Y luego otro. Se detiene frente a mí, sus ojos quedan a la altura de los míos. No puede tocarme, solo le queda observar. El cristal de la ducha es lo único que nos separa.

Quiero desafiar su autocontrol.

Deslizo los dedos hasta encontrar el punto, ese que hace que se me escape un jadeo entre dientes.

Jensen sigue observando, su mandíbula se tensa y sus fosas nasales se dilatan mientras yo sigo dándome placer.

—¿Así que te gusta mirar? —pregunto mientras con la otra mano masajeo uno de mis pezones.

Dejo escapar otro jadeo. Empiezo a mover las caderas y dibujo círculos sobre mí misma.

Seguimos con la mirada clavada en el otro, puedo ver su erección cada vez más dura contra el pantalón.

Mi cuerpo se tensa ante el poder de saber que no puede más.

Que me desea tanto como yo a él. Muevo las caderas más fuerte, el placer cada vez es mayor, tanto que no me contengo a la hora de decir su nombre.

Siento que el clímax se apodera de mí. Sigo hasta que llego al éxtasis, corriéndome bajo su atenta mirada.

Cierro los ojos, sintiendo que estoy a punto de caerme, cuando noto que la puerta de la ducha se abre y dos grandes brazos me agarran por detrás.

—Mi chica sucia… —susurra contra mi oído—. Qué guapa estás cuando te corres. Pero lo estás aún más cuando lo haces sobre mi polla.

Lo siento entrar en mí, y hemos hecho esto más veces, pero esta es sin duda una de las que no olvidaré jamás. Puede que esto no dure para siempre. Sean cuales sean nuestros sentimientos solo espero que no esté jugando a pasar un buen rato. Porque solo de pensarlo algo dentro de mí se resquebraja.

—¿Tienes idea de lo que me haces sentir? —pregunta mientras sus labios rozan la curva de mi cuello.

No puedo evitar estremecerme al oír sus palabras. Están cargadas de deseo y algo que no logro descifrar, algo que me da miedo preguntar.

Empieza a moverse, con ritmo lento pero decidido, y con cada embestida me reclama como suya. Mis manos están apoyadas en la pared mientras sus suaves gruñidos rozan mi piel mojada haciendo que me excite aún más .

—No estás jugando conmigo, ¿verdad? —me atrevo a decir en un susurro, casi sin darme cuenta de que mis pensamientos han decidido escapar de mi boca.

Él se detiene lo justo para darme la vuelta, quedando cara a cara, con el agua cayendo entre nosotros.

Por un momento, puedo oír a través de ella un silencio cargado de emociones.

Sus ojos se clavan en mi rostro, todo es más intenso.

Vuelve a entrar en mí mientras nuestras miradas siguen fijas, dos gemidos se escuchan al mismo tiempo.

—Puede que no tenga todas las respuestas a tus preguntas, pero lo que siento por ti no lo he sentido por nadie más. Esto no es un juego. Nunca lo ha sido para mí.

Su mano sube lentamente hasta mi cara, apartándome el pelo mojado para acariciarme suavemente la mejilla.

—Me estás volviendo loco, joder. No sé qué me hiciste aquella noche ni qué es lo que sigues haciéndome…, solo créeme cuando te digo que lo nuestro está predestinado.

Su confesión me deja sin palabras, no contesto.

Me pongo de puntillas y beso sus labios, vertiendo todo lo que siento en él.

Confesando sin evitarlo todo lo que no logro decir.

Suelta otro gruñido y empieza a moverse dentro de mí, esta vez más despacio, cada embestida es una declaración, una promesa.

Nuestros cuerpos encajan a la perfección, siempre lo han hecho.

—No dejes de mirarme —pide con la voz ronca por el deseo.

Alcanzamos el clímax juntos; no es solo físico, es emocional, puro. Me aferro a él mientras me corro por segunda vez. Él sigue apoyando su frente contra la mía gimiendo mi nombre. Con un susurro como si fuera un rezo. Ninguno dice nada, el vapor lo envuelve todo .

Terminamos de ducharnos en silencio. Y cuando salimos del baño, yo busco mi ropa interior mientras que él, aún mojado, se sienta al borde de la cama observándome.

—Ven —dice, extendiendo la mano hacia mí.

Me siento sobre sus piernas y me rodea con sus brazos, luego suspira apoyando el mentón contra mi hombro.

—Me asusta todo lo que está sucediendo. Tú, lo que está pasando, lo que estoy destinada a ser… —susurro, y siento que la garganta se me cierra. No encuentro la voz para hablar.

No responde con palabras. Me besa el hombro.

—Tengo miedo —añado—. De perderte. De no ser suficiente.

—Eres más que suficiente, Leyla —asegura con firmeza—. He visto cómo te esfuerzas desde que llegamos. De cómo entrenas cada día e intentas aprender sobre el negocio. En cuanto a mí…, ya me tienes. Desde el primer día. Eres mía y yo soy tuyo.

Sus palabras me desarman y me permito llorar. Las lágrimas escapan sin control mientras él me sujeta como si fuera todo su mundo.

—Gracias, por todo —le digo, rozando con mis labios los suyos.

Nos tumbamos en la cama, aún abrazados, un silencio cómplice se instala entre nosotros. Sus dedos dibujan círculos lentos sobre mi espalda, como si intentara memorizar cada parte de mí.

Cierro los ojos, me siento segura.

Cuando el sueño comienza a arrastrarme, le escucho susurrar contra mi piel:

—Gracias a ti… por hacerme sentir de nuevo. Por devolverme algo que creía perdido. No sé qué es exactamente esto, pero quiero descubrirlo contigo. Hasta el final. Sin miedo, sin frenos…, contigo.

Me hundo más contra su pecho, aferrándome a esa promesa como si fuera lo único real en todo mi mundo.