XII
Jensen
Dos meses después…
Aquel último día en la isla, tras la visita de Enrico decidimos quedarnos unos días más explorando la isla, explorándonos el uno al otro.
Estábamos más unidos ahora, nos conocíamos mejor; entendía cuándo algo le inquietaba y sabía despejarle la mente cuando entraba en bucle.
Ella, por su parte, detectaba cuándo algo me atormentaba y alejaba mis demonios.
En poco tiempo, nos habíamos convertido en un equipo, y aún seguía sin saber si aquello era amor, pero estaba seguro de que si algún día lo sentía sería por ella.
Aún la recuerdo paseando por la playa en ropa interior, con el pelo mojado y lleno de arena .
Preparo el desayuno mientras se ducha, y cuando vuelve lleva una de mis camisas puestas. Parece más cómoda vestida con ellas que con su propia ropa.
—Qué hambre —dice, robando un trozo de queso de la encimera.
La agarro por el culo cuando se acerca a besarme y la estrecho contra mí.
—Qué bien sabes —murmuro.
Tiene la piel enrojecida por el sol, el pelo salvaje sin peinar y un aire de despreocupación que le sienta de maravilla. Necesitábamos esto antes de enfrentarnos al caos.
—Estás preciosa. ¿Te lo había dicho ya?
—Varias veces al día desde que llegamos —responde sonriendo entre mis brazos.
—Solo soy un hombre obsesionado… Quiero besarte, tocarte y hacerte mía en cada rincón de esta isla. Y más cuando llevas mi camisa puesta.
—Y yo quiero que lo hagas —afirma, antes de volver a besarme.
Su estómago suena y me echo a reír.
—Será mejor que desayunes primero. Ya sabemos cómo te pones cuando tienes hambre.
Me da una palmada en el hombro, riéndose conmigo.
Estar con Leyla es sencillo. Nunca había conocido a nadie como ella.
◆◆ ◆
Nuestro próximo destino había sido Atrani, un pequeño pueblo en la Costa Amalfitana.
Un lugar encantador con ambiente pesquero ideal para hacer pasar desapercibido todo el dinero que mueve la familia Grimaldi.
Como tapadera gestionan el famoso hotel Le Sirenuse en Positano bajo el lema: «Un lugar, una familia, una pasión».
Después viajamos a la pequeña isla de la familia que está a unos minutos en barco de Atrani.
El tiempo que hemos pasado aquí nos ha ayudado a conocer varias cosas sobre el negocio.
Además, Leyla está aprendiendo defensa personal mientras yo intento gestionar mis empresas desde aquí.
Es innegable que mi padre está haciendo todo lo posible en la empresa, y sé por él que Eric sospecha de nosotros.
Desaparecimos ambos a la vez y su hombre no volvió a dar señales.
Dudo que le dijera que Leyla era heredera de la mafia enemiga, aunque no tengo dudas de que acabará sabiéndolo y vendrá a por ella.
Ella sabe que estoy preocupado. «Sigues queriendo solucionarlo todo, y te lo agradezco, pero tenemos que esperar el siguiente paso. Una cosa cada vez», me había dicho ella en una de nuestras largas conversaciones.
Así que ahora tengo un nuevo topo en la empresa, lo cual nos ha dejado más tranquilos a los dos.
Estoy viéndola entrenar mientras respondo mails en el ordenador cifrado, y puedo jurar que no he visto una mujer tan preciosa en la vida.
Es fuerte, aunque siguen dándole ataques de ansiedad.
Cuando le pasa, ha empezado a confiar más en mí, a anclarse a mí.
Y eso ante mis ojos, le hace ser más fuerte.
Sus defectos le hacen ser más especial. Me encantan todas sus putas partes; las buenas, las malas y las que no todo el mundo querría ver. Esas a las que me está dando acceso sin restricciones .
Quisiera ser todo para ella; el hombro sobre el que llorar, el hombre que no necesite y con el que aun así quiera estar. Asesinaría a cualquiera por ella, incluso a sus propios demonios.
He visto cómo cambia el amor a la gente, solo tengo que mirar a Viktor y Aria para darme cuenta.
Nunca pude oponerme, lo suyo simplemente tenía sentido.
Sus ojos siempre se encontraban entre la multitud.
Aún recuerdo el día que se conocieron, eran como imanes que se atraían aún sabiendo que no podían estar juntos, y durante un tiempo yo también pensé que no lo lograrían. Aunque esa es otra historia…
Eso es lo que quiero para nosotros, estoy seguro de que lo conseguiremos. Lo que aún no sabemos es cuánto sufriremos antes de llegar a aquello.
—¿Qué me dices? ¿Me ayudas a entrenar y dejas el trabajo a un lado? —Leyla me rodea con los brazos por detrás apoyándose en mí.
—Prefiero un cuerpo a cuerpo en la cama —afirmo, y la hago girar hasta quedar cara a cara.
—Sabes que necesito aprender a defenderme. —Juega con los botones de mi camisa, desata el primero y me besa el cuello—. Puede que después te lo agradezca de la forma que te mereces —ronronea mientras se restriega contra mi erección.
Gruño quitándomela de encima y la acompaño a la base de operaciones.
La propiedad de Enrico tiene varias hectáreas que se dividen en: la mansión, una casa de invitados, la base de operaciones y unas pequeñas cabañas en las que viven los trabajadores con sus familias (los más leales).
Algunos disponen de habitaciones especiales en el hotel y otros simplemente tienen sus casas en el pueblo.
Leyla ha podido conocer a algunos de ellos y, aunque muchos están en contra de que una mujer sea su jefa, ella se los está ganando poco a poco.
Se había presentado ante ellos y luego tuvo un acercamiento con sus mujeres.
Quería asegurarse de que no les faltase de nada preguntándoles si les pagaban lo necesario, si les hacía falta algún arreglo en la casa o si había algo de lo que carecían…
Yo, en cambio, había amenazado a algunos con matarlos si herían sus sentimientos. Estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para ganarse su respeto, no iba a tolerar que su esfuerzo fuese en vano.
Entramos a la base y, a simple vista, parece un invernadero lleno de plantas en el que se pueden ver filas de plantas floreciendo.
Los cristales están humedecidos por el constante riego y el olor que desprenden las flores es dulce en el aire.
Quién diría que en la parte baja del mismo está la sala de reuniones de unos mafiosos, porque la trampilla se encuentra escondida bajo unas enredaderas densas.
Bajamos hasta encontrarnos con algunos de nuestros trabajadores que pasean por allí.
No os lo he comentado antes, pero las plantas se venden en grandes cantidades a organizadores de bodas o eventos, así que en realidad también limpian dinero con ello.
Hay cámaras de detección de movimiento camufladas entre los rociadores. Aparentemente, la familia Cagliari es conocida por las plantas y los hoteles, pero en alguna ocasión la policía merodea por aquí. Sobre todo, tras la noticia de que Leyla ha vuelto de entre los muertos.
La zona de reuniones se encuentra separada de la de entrenamiento, aunque sigue la temática floral. Una gran estantería las separa con plantas frondosas y una pared falsa integrada entre ambas.
Imagínate la escena: capos de la mafia sentados alrededor de la mesa de madera, discutiendo en voz baja estrategias bajo la luz tenue, con el murmullo del invernadero como telón de fondo.
Mientras que detrás de ellos se amortiguan por la pared y la vegetación los sonidos de los golpes de la gente entrenando .
Alejo los pensamientos del espacio mientras veo a Leyla preparar los guantes de boxeo, me pongo los míos y subo al ring .
—Al mejor de tres —me reta con expresión seria.
—¿Cuál es el premio? —pregunto mientras damos vueltas alrededor del otro.
—Lo ganaste el día en que me conociste.
—Qué obstinada, yo prefiero tu culito perfecto. Mi polla en él, más bien. ¿Qué me dices?
—Te digo que… bajes la voz. Pueden escucharnos —amenaza, pero me empuja medio divertida.
La agarro de las muñecas y le susurro al oído:
—¿No te encantaría que te follase aquí mismo mientras tus trabajadores están al otro lado separados solo por una pared y unas estúpidas plantas?
Apuesto a que la situación te pone bastante.
—Voy a besarla justo cuando me agarra del cuello y, con apenas un movimiento de pierna, me barre y me tira al suelo, poniéndose encima de mí.
—Primer punto para mí; tómatelo en serio o no habrá premio. Y para tu información la respuesta es sí, pero estamos aquí para otra cosa. —Se acerca a besarme estando en el suelo y aprovecho el momento para empujarla hasta que queda debajo de mí.
—Regla número uno, no bajes nunca tus defensas, ahora el punto es mío —afirmo, me levanto y la ayudo a ponerse en pie.
—Te crees muy listo, ¿verdad? Yo también sé provocar para bajar tus defensas, pero entonces será juego sucio y te quedarás sin el premio.
—No es justo, es un premio solo para mí, aunque disfrutemos los dos. Creo que más bien sería un empate.
—O te callas y peleas o no habrá premio para nadie —me advierte con determinación.
Leyla alza los guantes y me mira con determinación. Una que ya empiezo a reconocer como peligrosa.
—Empieza tú —dice—. Esta vez sin provocaciones.
Sonrío, ladeando la cabeza.
—No prometo nada.
Pone los ojos en blanco, pero me devuelve la sonrisa. Nos movemos en círculo, midiendo distancias. Sus pasos ya no son inseguros.
Anticipa mis movimientos, respira mejor, piensa antes de golpear. Cuando lanza el primer puñetazo lo esquivo por poco. El segundo me roza la mandíbula.
—Joder… —murmuro—. Estás aprendiendo rápido. Qué sexy .
—No tengo elección. He dicho sin distracciones —responde sin bajar la guardia.
Cuando ataco, me esquiva y contraataca. Durante unos segundos no somos nada más que cuerpos en tensión, respiraciones aceleradas y miradas fijas.
Cuando por fin consigo atraparla contra las cuerdas, no la beso. No la provoco. Simplemente apoyo la frente contra la suya.
—Pase lo que pase —afirmo en voz baja—, no voy a soltarte.
Asiente antes de rozar mis labios con los suyos.
—Lo sé.
Aprovecha el instante. Me pilla con la guardia baja, me empuja y vuelve a atacar.
—Creía que sabías que la primera regla era no bajar nunca la guardia —sonríe con picardía.
—Tenerte cerca ya es bastante distracción. No puedo evitarlo.
Acabamos la tarde peleando, besándonos y disfrutando de picarnos contra las cuerdas.