XI
Leyla
La intensidad con la que me mira hace que no pueda centrarme en nada más. El resto de personas desaparece a mi alrededor. Mis piernas tiemblan. Tiene un efecto en mí que aún no logro entender, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.
Entonces una mujer se cuela en mi campo de visión.
Su mirada es fría como el hielo, de color verde con motitas marrones. Es preciosa. Tiene un aura magnética que parece contener a propósito, sabiendo exactamente cuánto mostrar y cuánto ocultar.
—Digna hija de tu madre —suelta al fin, rompiendo la tensión.
Su voz es firme, pero hay algo quebrado en ella.
—Encantada de volver a verte, Leyla.
—Igualmente, señora…
—Gina. Llámame Gina. Tu madre y yo éramos amigas… —Dolida, no llega a acabar la frase—. Si me disculpas, tengo que salir de aquí.
Se marcha del salón dejándonos a todos mirando el espacio vacío que ha dejado tras de sí.
Jensen aprovecha para acercarse a mí y deposita un beso casto en mis labios.
—Discúlpala. No suele comportarse así. De hecho, nunca la he visto tan afectada como en este momento —asegura con el ceño fruncido.
—Voy a ir a hablar con ella.
No le doy tiempo a responder y, mientras me alejo, escucho la voz de Morgana a mi espalda:
—Me gusta, Jensen. Cuídala.
Mis labios se curvan en una sonrisa involuntaria.
Encuentro a Gina en la biblioteca. Tiene una caja abierta sobre la mesa y decenas de fotografías esparcidas a su alrededor.
—Pensé que habías muerto en ese accidente —afirma sin mirarme—. Si hubiera sabido que seguías viva, no te habría dejado sola. Lo siento.
Sus ojos están llenos de lágrimas. No respondo, así que ella continúa, como si necesitara sacar todo aquello de una vez.
—Cuando tenía unos catorce años, mis padres me presentaron a los Grimaldi.
El día que conocí a tu madre, me miró y me dedicó la sonrisa más real y pura que había visto nunca.
En ese momento decidí que seríamos amigas para siempre y así fue.
Hasta que un día me contó que se había quedado embarazada del hijo del cocinero y que iba a huir con él.
Lejos del estricto control de su padre y la vida cruel en la que ibas a ser criada.
Por supuesto le di mi bendición y la ayudé con su plan de fuga.
Seguimos manteniendo la amistad durante años.
Hasta que dejó de contestar los mensajes.
Poco después me enteré de la terrible noticia.
Gina termina la historia mientras me muestra unas fotos en las que salgo con mis padres, fotos del día en que nací, de mi primer día de colegio, fotos de cumpleaños, vacaciones…, y un montón de cartas que intercambiaron durante este tiempo.
Tengo la garganta seca y ella sigue con lágrimas en los ojos. Acabamos fundiéndonos en un gran abrazo.
—Le prometí que, si algún día le pasaba algo, cuidaría de ti —susurra acariciándome el pelo—. Y he fallado.
—Pensabas que yo también había muerto —recalco, apoyando la cabeza en su hombro—. No hay nada de lo que disculparse.
Pasamos así lo que me parecen horas.
—¿Puedo preguntarte algo ? —digo al fin.
—Por supuesto. Lo que necesites.
—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Presentarme ante mi abuelo como si nada… y hacerme cargo de un puesto que no pedí? ¿Convertirme en la próxima reina de la mafia?
—No puedo darte una solución a tus problemas, pero sí. Si tu madre estuviera aquí te diría que elijas lo que elijas lo hagas con la cabeza fría. Tendrás mi apoyo decidas lo que decidas.
Me da un suave apretón con sus brazos, dejando un beso en mi frente. Después sale de la biblioteca y me quedo allí sola más desconcertada que antes.
◆◆◆
Ha pasado otra semana desde esa conversación con Gina. Después de aquello volvió a ser la misma mujer fría y distante que todos conocen. Incluso cuando le hablé a Jensen y Aria sobre aquella charla, no podían creérselo.
Hemos pasado toda la semana planificando cómo acercarnos a mi abuelo sin que Eric o su familia puedan enterarse. Y finalmente, Morgana ha tomado cartas en el asunto y conseguido un pase en barco hasta su isla privada.
Llevamos aquí desde entonces.
En una pequeña cabaña de invitados que hay al lado de la gigantesca casa principal. Decidimos quedarnos en esta cuando supe que la habían construido para mi madre.
Desde entonces llevo imaginando cómo habría sido estar aquí con ella. Las conversaciones que hubiéramos tenido en el pequeño porche sentadas hasta altas horas de la noche, los paseos por la orilla de la playa. Su melena rubia al viento mientras mi padre nos observaba desde la tumbona.
Los primeros días me invadió la nostalgia. Puede que no haya tenido esos momentos con mis padres, pero Jensen supo alejar esos pensamientos. Sustituyéndolos por recuerdos nuevos, creados junto a él.
Por supuesto, hemos tenido esas conversaciones en el columpio del porche. Aunque también hemos follado en la orilla del mar, nos hemos bañado desnudos al anochecer y hemos paseado en barco.
El sol se filtra por la ventana de la habitación haciendo que me despierte. Escucho murmullos fuera, lo cual me sorprende ya que se supone que estamos solos en la isla. Poco a poco me voy despejando, me levanto de la cama, me pongo las zapatillas y pego la oreja a la puerta.
Percibo claramente que hay varias personas fuera .
Abro la puerta y voy sigilosamente hasta la cocina. Observo a los tres hombres sentados tomando café alrededor de la isla; Jensen, Viktor y… al principio no lo reconozco, solo lo he visto en foto, pero ese pelo es inconfundible.
Enrico.
— Buongiorno, principessa. —Mi abuelo se levanta de la banqueta y se dirige hacia mí con los brazos extendidos.
— Buongiorno , Enrico —respondo, devolviéndole el abrazo.
—Llámame nonno . Quizá deberíamos sentarnos para hablar, ¿te parece?
Asiento y me siento en el enorme sofá blanco que hay en la sala.
Viktor y Jensen se sientan en los dos futones a juego que hay frente a nosotros.
Enrico por su parte acorta la distancia entre nosotros y toma asiento a mi derecha, toma una bocanada de aire y sin más dilación comienza a relatar su parte de la historia:
—Cuando tus padres tuvieron el accidente de coche y me aseguraron que tú ibas con ellos, entendí que os había perdido para siempre y juré que me vengaría de todos y cada uno de los responsables de vuestra muerte.
Pero, tras una larga investigación, mis hombres confirmaron que solamente había dos personas a bordo.
Después de varios meses de trabajo encontramos nueva información que nos llevó hasta ti.
Teníamos que ser precavidos, por lo que no quise que nadie se acercara a ti lo suficiente como para que te dieses cuenta.
Tengo que dar las gracias a que tu amiga comprase los billetes de avión a Nueva Orleans con vuestros verdaderos datos.
Hace una breve pausa.
—Gracias a eso encontramos tu dirección.
Aunque como todavía no quería acercarme a ti, seguimos tus pasos de cerca.
La verdadera incógnita llegó cuando de la noche a la mañana te ofrecieron un nuevo puesto y te mudaste a una nueva ciudad.
Mira qué casualidad que acabaste trabajando para uno de nuestros enemigos.
—Me asombro con la palabra, sin embargo, no digo nada—.
Después recordé que la empresa pertenecía también al nieto de…
Abro la boca para hablar, pero levanta la mano, pidiéndome silencio.
—Entonces recordé que la empresa pertenecía al nieto de…
No puedo más.
Me está empezando a dar un ataque de pánico. Siento que las manos me sudan más de lo normal y la visión está volviéndose borrosa. Le dedico una sonrisa a mi abuelo y salgo de la habitación lo más rápido que puedo bajo la atenta mirada de Jensen.
Corro hacia las escaleras hasta lograr encerrarme en la habitación. Me falta el aire, mis vías respiratorias se cierran y se me empañan los ojos.
Capto detrás de mí un ruido apenas perceptible, unos brazos me rodean por la cintura y unas palabras suaves son susurradas contra mi oído:
—Concéntrate en mi voz, zhizn’ moya —sus suaves manos trazan una línea desde mi cintura hasta mis muslos— y siente mis manos, ánclate a mí —me pide mientras éstas suben decididas por mis muslos hasta mis braguitas—.
Umm…, chica sucia, tu coño está listo para mí.
¿Te pone que quiera follarte mientras tenemos invitados abajo?
Si lo hago procuraré que no nos escuchen —ofrece, aún susurrando, y trato de concentrarme en sus manos que siguen acercándose peligrosamente a mi clítoris.
Un pequeño jadeo escapa de mi boca soltando todo el aire que no sabía que estaba conteniendo—.
Eso es, nena, ¿quieres jugar? —pregunta contra mi oído una vez más susurrando.
Excitándome con palabras sucias, dejando que su lengua trace el camino desde mi cuello hasta mi oreja.
Otro gemido escapa de mi boca .
—Shhh, tienes que estar en silencio o tendré que parar. Y, joder, estoy jodidamente caliente ahora mismo.
Roza su excitación contra mi culo y se cuela entre mis piernas dejándome ver lo duro que está.
Uno de sus dedos aparta el trozo de tela que le impide meter su polla dentro de mí. Con dedos expertos roza mi clítoris desde atrás haciendo que un jadeo tras otro escapen de mí. Pasa de excitarme con los dedos a hacerlo con la punta de su glande.
Cuando logro recuperarme me da la vuelta, lo beso y esta vez me la mete haciendo que me corra, con su mano sobre mi boca y mi cuerpo contra la puerta de la habitación.
Aún no se ha corrido, sé que está a punto.
Saber que nos pueden escuchar me excita.
Me pongo de rodillas quedando a la altura de su polla.
—¿Vas a metértela ya o vas a seguir mirándola? —dice enredando mi pelo en un puño.
Sigo sin poder hablar. Me la meto en la boca admirando cómo se le oscurecen los ojos.
Succiono desde la punta hasta la raíz. Disfruto de los pequeños gruñidos que se le escapan aun apretando los dientes.
Sigo chupando y succionando lento, y luego subo de intensidad cuando noto mi excitación.
Bajo una mano para tocarme y con la otra le agarro de la pierna.
Dejándome llevar, subo la mano y le clavo las uñas en el culo.
—La futura dama de la mafia arrodillada ante mí. Eres jodidamente sexy, mi chica sucia, y toda mía.
Me agarra del pelo tirando de mí hacia arriba.
Nuestras bocas chocan encontrándose la una a la otra al fin.
Con desesperación, me sube encima de él agarrándome por debajo del culo y pegándome contra la puerta.
Estoy tan excitada que su polla entra sin problema alguno.
Mi cabeza choca contra la madera cuando me golpeo contra ella una y otra vez.
Ya no me importa estar haciendo ruido, nuestros gemidos se han vuelto uno.
Sus dedos siguen estimulando mi clítoris mientras está dentro de mí.
Hasta que al final nos corremos a la par.
Me besa rudamente antes de poder hablar.
—Ahora vas a salir ahí y vas a aceptar tu destino. He visto el carácter que tienes, no te dejes asustar. Tienes madera de líder. Vas a tener a los hombres a tus pies, pero recuerda que tu cama es mía. Serás una dama en público y mi chica sucia en la cama.
Tengo que estar mal de la cabeza porque sus palabras acaban de ponerme cachonda de nuevo.
—Entendido, ahora vamos. No querrás que ese hombre que está abajo te meta un tiro por pervertir a su nieta, ¿verdad?
Deja escapar una media sonrisa al escuchar lo que le digo. Le doy un último beso, capturando este momento entre mis recuerdos favoritos.
—Podríamos tentar a la suerte una segunda vez —bromea, y me da un pequeño azote, ayudándome a vestirme de nuevo—. Ahora bajemos. Tu destino nos espera.