IX
Leyla
Un avión privado nos espera. Es la primera vez que viajo de manera tan ostentosa, pero creo que podría acostumbrarme.
Tras varias horas de viaje, aterrizamos en una pequeña isla llamada Ischia. Es una de las islas más bonitas del golfo de Nápoles y pertenece a la familia Cagliari desde hace siglos.
La puerta del avión se abre y, tras ella, nos recibe una mujer de pelo blanco vestida de traje chaqueta y rodeada de varios hombres que, por su postura, parecen ser sus guardaespaldas. Toda esta situación me pone los pelos de punta.
¿Dónde narices me he metido? , me pregunto .
—Buenos días, queridos. ¿Qué tal el viaje ? —dice la mujer, acercándose para darnos un beso y un abrazo cuando nos acercamos a saludar.
Los hombres vestidos de negro recogen nuestro equipaje y se dirigen hacia los coches que esperan detrás. Jensen y yo vamos en el mismo vehículo; el resto viajan en el otro .
Durante el trayecto permanecemos en silencio, así que aprovecho para admirar el paisaje.
Es un lugar realmente precioso. Entramos en un sendero sinuoso, las vistas al mar se ven entorpecidas por los árboles, pero aun así es digno de admirar.
Al final del camino, se puede ver un antiguo palacio; una fachada tallada en piedra con cúpulas doradas que brillan bajo el sol de la primavera, parece sacado de una película.
El jardín floral está lleno de esculturas y en medio hay una fuente que se extiende a través de un laberinto.
La contemplación se ve interrumpida cuando nos ayudan a bajar, para dirigirnos al interior de la casa hasta llegar a la habitación en la que dormiremos.
La estancia es amplia y luminosa. Tiene grandes ventanales desde los que se puede ver el jardín, y situada a la derecha hay una gran cama con dosel de encaje blanco y sábanas de seda.
Los muebles antiguos parecen restaurados y hay una cómoda con un espejo y un tocador.
Me recuerda a la habitación en la que estuvimos hace un par de meses.
Desde que hemos llegado, Jensen ha estado con el ceño fruncido, por lo que, una vez solos en la habitación, me acerco a él, le doy la mano y le arrastro conmigo hasta la cama.
—Creo que es hora de que me expliques qué hacemos aquí, quién era esa señora y de quién es esta casa —le pido, acurrucándome contra su pecho.
—Esa señora es mi abuela —responde, y ríe suavemente—. Hemos venido aquí porque es uno de los sitios más seguros en los que podemos estar. Y porque necesito poner algunos asuntos en orden.
—¿Walker no es tu apellido? —pregunto, alzando la mirada.
—A efectos de la empresa, sí. Pero soy un Cagliari. Pertenezco a una de las familias más antiguas y poderosas de Italia .
—Por eso eres amigo de un mafioso —murmuro, más para mí misma que para él.
—Técnicamente, nos hemos criado juntos. Su familia y la mía siempre han hecho negocios.
Asiento despacio, intentando asimilarlo todo.
—Entiendo que lo de la mafia te lo contó Jay —añade.
—Confirmó mis sospechas —respondo—. Entonces… ¿hay alguien más poderoso que tu familia y la suya? Quiero decir, ¿qué necesitan personas como Eric de vosotros?
—La respuesta a tu pregunta es a los Grimaldi.
La familia mafiosa más poderosa de todas son los Riina, la familia de Eric.
Vinieron a nosotros en busca de una alianza en caso de una guerra entre clanes.
Nosotros no pertenecíamos a ese mundo, pero ellos nos proporcionaron estabilidad y contactos. Y accedimos. Hasta ahora.
—¿Qué ha cambiado?
—Los Grimaldi perdieron a toda su familia por culpa de los Riina. Eso podría desencadenar una guerra. Pero si Jay tenía razón y la heredera está viva, necesitamos reunir toda la información posible antes de que la encuentren.
La información me golpea de lleno. Intento procesarla, aunque parece imposible.
—¿Soy… yo? —balbuceo en voz baja—. ¿Por eso Jay intentó atacarme? ¿Y por eso Eric se acercó a mí? ¿Es eso lo que me estás queriendo decir?
—Todavía no estamos seguros —responde con calma—. Por eso te he traído aquí. No quería contártelo hasta confirmar mis sospechas. ¿Confías en mí?
La pregunta es la misma que me hizo hace meses.
La respuesta también lo es…, au nque esta vez dudo antes de verbalizarla.
—Creo que no debería —confieso—, pero sí. Aunque aún estoy bastante confusa —digo, antes de bostezar.
—Mañana hablaremos con mi nonna . Ahora descansa.
Quiero discutirle, pedirle que sigamos hablando, pero el cansancio del viaje me vence. Me acurruco junto a él. Jensen besa mi frente y, poco después, el sueño nos envuelve a los dos.
◆◆◆
Han pasado días desde aquella conversación. Morgana desapareció al día siguiente, alegando que tenía una reunión en la otra punta de Italia y tardaría en volver.
Tengo un millón de preguntas por las que tendré que esperar para obtener respuestas, algo que está empezando a desesperarme.
No me gusta quedarme de brazos cruzados mientras los demás deciden cosas que, de algún modo, me pertenecen.
Quizá sean imaginaciones mías, pero ahora que saben quién soy —y el poder que conlleva mi apellido—, Viktor y Aria están más distantes. Más cuidadosos. Como si midieran sus palabras.
Empiezo a sentir que toda mi vida ha sido una farsa .
Aprovechando el día soleado, salgo al jardín a tomar el aire con mi libro en la mano. Justo cuando me siento a leer, Aria se deja caer en la tumbona de al lado con una tímida sonrisa en la cara.
—Siento que te debo una disculpa —dice mirando al suelo—. Estos días me he alejado de mi hermano y de ti.
—No te preocupes —respondo con sinceridad—.
Me gustaría tenerte cerca en estos momentos.
Tengo muchas cosas en las que pensar, preguntas que hacer, para mí todo esto es nuevo.
Estoy al borde de la locura. He pasado de ser una chica normal que fue a una fiesta y tuvo una aventura.
A ser la supuesta heredera de un imperio mafioso al que no estoy segura de querer pertenecer.
—Las palabras salen de mi boca, haciendo que me dé cuenta de todo el peso que conllevan.
Aria toma mi mano entre las suyas y la aprieta con suavidad.
—Créeme, tu abuelo da mucho respeto. Es un hombre mayor, aunque apuesto.
Tiene canas debido a la edad, pero se mantiene joven — explica—.
Todos creíamos que habías fallecido en el accidente…
, aunque nunca encontraron tu cuerpo. Nadie conocía tu aspecto.
Durante esos años, tus padres habían logrado esconderse para que nadie supiera quién eras.
No creo que fuera casualidad que fueses a aquella fiesta ni que estés hoy aquí.
Me suelta la mano para mirarme a los ojos.
—Lo siento. Estoy aquí para lo que necesites. Casi eres de la familia.
Siento una presión en el pecho. Una urgencia absurda por huir.
—Gracias —es todo lo que digo, antes de levantarme para volver a mi habitación.
La dejo allí sin mirar atrás. Necesito estar sola, pensar en qué hacer y en cómo reunirme con la poca familia que me queda .
Si mi madre pensó que era mejor alejarse de ellos tendría sus razones. Ahora seré yo la que tenga que arreglárselas por sí misma.
Preparo la maleta con movimientos mecánicos. Convencida de que huir de aquí es lo mejor para todos.
Me dirijo a la puerta para salir, pero todos mis planes se ven frustrados cuando me choco contra un duro pecho.
—¿Te marchas? —pregunta Jensen con voz dura.
—Creo que es lo mejor, ¿tú no, Jensen? ¿O ese tampoco es tu nombre? —Le empujo, evitando mirarle a los ojos. Así será más fácil.
Intento apartarme, pero me agarra del brazo.
—Ese es mi nombre. Y, no, no creo que sea buena idea.
—Qué tierno —escupo—. Quieres salvar a la dulce damisela. Tienes las manos manchadas de sangre, igual que todos los demás. No hay nada que te haga ser diferente a ellos. La única que va a salvarme seré yo misma.
Me libero de su agarre y vuelvo a intentar salir de allí. Esta vez me rodea el cuello con una mano y me estampa contra la pared.
Sus ojos se han oscurecido dejando ver su lado oscuro. Parece un animal enjaulado. La mano en mi cuello me reclama como suya al igual que sus palabras.
—Entérate —gruñe—, eres mía. Mía desde la primera vez que te vi en aquel maldito baile. Me da igual de quién seas hija o nieta. A partir de ahora, todo lo que hagas, lo haremos juntos. Y lo único que debería importarte de mis manos son las veces que te has corrido sobre ellas.
Sin soltar su agarre, besa mis labios con fiereza. Con brutalidad.
Nos quedamos jadeando, mirándonos fijamente… y soy yo quien lo besa esta vez .
Debo estar mal de la cabeza porque toda esta situación me ha puesto cachonda.
Me baja el vestido de un tirón y lo deja caer al suelo.
Juega con mis pechos, inmovilizándome. Me castiga sin tocarme donde lo necesito.
Sube su rodilla hasta mi humedad y me froto contra ella intentando aliviarme, sin pudor.
Noto como su pantalón se moja debajo de mí, pero no me avergüenzo. Veo lo duro que se está poniendo.
Me agarra las manos con una de las suyas mientras con la otra se desprende de la camiseta, quiero sentir su pecho contra el mío. Desabrocha su cinturón, dejando caer todo hasta quedar a sus pies. Su erección se sitúa a la altura perfecta para seguir restregándome contra él sin pudor.
Muerde mi oreja para después susurrar en ella.
—Creías que huir era la solución. No escaparás de mí tan fácilmente —advierte entre jadeos.
—Por favor, te necesito —gimo.
—¿Por favor qué, zhizn’ moya ? Ibas a abandonarme sin decir nada. No me necesitas.
Se sube los pantalones y me deja allí, desnuda e insatisfecha.
No lo pienso. Voy tras él. Esta vez soy yo quien lo agarra del brazo, quien se pone delante de él. Poso mi mano en su mejilla y me permito admitir en voz alta lo que guardo dentro.
—Tengo miedo —confieso—. Necesito respuestas y te necesito a ti. Aquí. Ahora. —La voz me sale temblorosa—. Entiende que todo esto es nuevo para mí, pero quiero que hagamos esto juntos.
Su mirada se encuentra con la mía. Veo dolor en ella.
—No soy buena persona —dice—. He matado a gente. Pero no tuve nada que ver con el accidente de tus padres. He intentado protegerte aun sabiendo que puedo estar arriesgando mi vida. Pensé que confiabas en mí.
Me da la espalda y comienza a marcharse. La ansiedad me comprime el pecho. No puedo perderle. Necesito que me mire. Consigo quedar frente a él, le abrazo hablando contra su pecho.
—Confío en ti. Arreglaremos esto juntos, te lo prometo.
Me agarra con fuerza desde el culo cuando me besa y entonces trepo hasta él.
Y allí, en medio del pasillo, terminamos lo que habíamos empezado.
—Creo que deberíamos discutir más a menudo, el sexo enfadada te sienta bien —bromea tomando mi maleta—. Vamos a vestirnos, no quiero tener que encontrarme así con mi madre.
Recoge del suelo mi vestido abandonado y volvemos a la habitación.
Esta misma noche voy a conocer a la madre de Jensen.
Quiero dar buena impresión. Maquillo mis ojos con máscara de pestañas, dejando mi rostro lo más natural posible.
Me pongo un vestido con corsé sin tirantes de terciopelo negro que realza mi figura, pero es ideal para una ocasión como esta.
Estoy terminando de prepararme, cuando de pronto la puerta de mi habitación se abre.
—Eres igual de hermosa que tu madre —oigo decir detrás de mí.
Me doy la vuelta para encontrarme con Morgana.
—¿La conociste?
—Era mi deber como matriarca conocer a los miembros de ambas organizaciones —responde.
—¿Cómo es él? —pregunto, refiriéndome a mi abuelo.
—Es un hombre temido y respetado por su posición. Pero que no te engañen, es leal a la familia. Jamás te haría daño, no tienes que preocuparte por eso. —Pone su mano sobre mi hombro en un intento por calmar mis nervios.
—No es a él a quien temo. Antes de venir aquí estaba sola sin familia. Y ahora soy la heredera de algo a lo que no creo querer pertenecer. No estoy a la altura. —Me siento en la cama y Morgana se deja caer a mi lado, acariciándome el pelo.
—También tienes su tenacidad. Es una gran responsabilidad, pero creo que podrás con ello —asegura, la miro con cautela y ella me sonríe.
Tras la charla nos abrazamos. Yo me miro al espejo, decidida, y camino hacia el salón para encontrarme a la pequeña familia reunida alrededor de la mesa.