V
Leyla
Empieza a besarme mientras su mano recorre mi espalda desnuda, lenta, decidida, hasta detenerse en mi nuca. Se queda a medio beso.
— Zhizn’ moya… , eres tú —susurra contra mi oído.
Un escalofrío me recorre entera.
Sus manos descienden sin prisa, firmes, hasta mi culo. Agarra el dobladillo del vestido y, en un solo movimiento, se deshace de él. La tela cae al suelo como si nunca hubiera importado.
Se deja llevar. Aparta mis bragas a un lado y me toca por fin.
Me estremezco bajo su caricia, incapaz de contener el gemido que se me escapa.
—Mi chica sucia… Estás muy mojada, habrá que solucionarlo. Túmbate en el sofá con las piernas abiertas.
Hago lo que me ordena. Me quito la ropa interior en el proceso.
Se arrodilla ante mí y entierra su cara entre mis piernas.
Da breves lametones en mi clítoris y un gemido se me escapa sin poder evitarlo.
Hundiendo más la lengua, traza círculos lentos y precisos. Me agarro a su pelo, incapaz de pensar.
—Estar entre tus piernas es como estar en el puto paraíso —murmura, besándome el interior de los muslos y haciendo una breve pausa antes de volver a enterrar la cara en mí.
Mis gemidos se intensifican, hace tiempo que nadie me hacía sentir así.
—Jensen… —susurro su nombre, pidiendo más.
Se levanta para quitarse la ropa sin dejar de observarme.
—Dilo otra vez. Eso de señor Walker no me gustaba nada. He pensado en azotarte un par de veces sobre mi mesa por ello.
—Jensen —repito, y me levanto del sofá, contoneando las caderas a propósito.
Me observa unos segundos antes de cogerme y ponerme contra la pared junto a la cama.
Me sube una pierna a ella. Eleva mis brazos y envuelve mis manos en un agarre firme para penetrarme desde atrás.
Cuando creo que voy a caerme, me ayuda a tumbarme boca abajo sobre la cama.
De repente, me da un par de azotes suaves en el culo que consiguen que me moje más aún.
—Mírate…, qué mojada estás. —Mete dos dedos en mí—. Joder…, qué estrecho lo tienes —murmura—. Y es todo mío.
El ritmo aumenta y me dejo llevar. Vuelve a darme otra palmada en el culo, antes de darme la vuelta.
Me gira para quedar cara a cara. Me agarra por el cuello mientras me penetra sin piedad. Y yo me sujeto a sus brazos, moviendo mis caderas para acompañar sus embestidas y haciendo que me corra.
—He pensado en este momento demasiado tiempo, y por fin estás aquí… —dice, casi para sí mismo.
—Sea lo que sea que estás pensando…, no tengo nada que ver con Eric. Y si tienes un plan, te ayudaré —susurro con su cara entre mis manos antes de besarlo, sellando mi promesa.
Gruñe ante mis palabras y sale de mí para correrse sobre mis tetas.
Se deja caer a mi lado. Me levanto para limpiarme y me sigue hasta el baño. No hablamos. Aunque todavía hay mucho que decir.
De vuelta en la cama, me besa la frente y me rodea con un brazo. Me quedo dormida entre los suyos.
A la mañana siguiente encuentro una nota. Y sé que pasará mucho tiempo antes de que volvamos a vernos.
◆◆◆
Ha pasado un mes desde aquel encuentro con Jensen. Durante ese tiempo mantuve la esperanza de recibir alguna noticia suya, pero estaba equivocada. No ha quedado más que un corazón vacío y bonitos recuerdos.
Aun así, sigo firme en mi promesa: si forma parte de su plan, lo ayudaré.
Las cosas han cambiado mucho en la empresa. Ahora es Eric quien está al mando.
No deja de rondarme, insistiendo en tener esa segunda cita, preguntándome una y otra vez si sé algo de su querido amigo. Pero hay algo distinto en él. Algo que se ha oscurecido con el paso de las semanas. Su semblante es más duro, más amenazante. Siempre a la defensiva.
Una tarde, después de que vuelva a entrar en mi despacho con aquella oferta tan repetitiva como incómoda, decido aceptar.
Esta vez no pienso irme sin las respuestas que llevo semanas buscando.
Tengo la sensación de estar viviendo un déjà vu .
El mismo restaurante. La misma persona. Un mes después.
—Estás tan preciosa como siempre, querida florecilla —dice mientras posa sus labios sobre mi mano, dejando un beso lento antes de apartar la silla para que me siente. Después, ocupa su lugar frente a mí.
—Tú tampoco estás nada mal —contesto, repitiendo mis palabras de la primera cita, reuniendo todo el valor que me queda. Esta no va a ser como la primera.
—¿Quién diría que después de tanto tiempo aceptarías? —Inclina la cabeza y me observa—. ¿Es porque ya no está tu guardián acechando?
—Sigo sin saber de qué hablas —suspiro, cansada—. Y empiezo a hartarme de que no me creas.
—¿Crees que no me doy cuenta de que hay alguien siguiéndote a cada paso que das? —Se queda mirándome fijamente. Mi sorpresa debe reflejarse en el rostro, porque su expresión cambia—. Vaya…, entonces va a ser cierto que no tenías ni idea. Qué curioso.
—Ya te he dicho que no sé de lo que estás hablando.
—Jensen ha creído que soy estúpido. Me ha subestimado. —Su voz se vuelve más baja, más peligrosa—. Y eso no me gusta nada. Aunque ha sido listo…, ha dejado a varios de sus hombres cuidando su tesoro más preciado. Muy inteligente por su parte.
Sus ojos se oscurecen y una sonrisa torcida, casi diabólica, aparece en sus labios.
Un escalofrío me recorre la espalda. La boca se me seca. Bebo un poco de agua mientras asimilo cada palabra. Cuando hablo, ya no puedo contenerme.
—Sea cual sea el juego que os traéis entre manos, no quiero ser parte de él.
Estoy enfadada. Pero no se me escapa el dato de que aun estando lejos me está cuidando.
—Es tarde para decidir quiénes son los jugadores en esta guerra —advierte con calma—. Ahora queda elegir en qué bando quieres estar. Ganador o perdedor. Reina o peón. La decisión es tuya.
La amenaza retumba en mi cabeza, pero sé que estoy protegida.
Me levanto despacio, me inclino hacia él y, muy cerca de su oído, dejo un beso suave en su mejilla antes de susurrar:
—No me subestimes. Soy la reina en el equipo ganador.
Salgo del restaurante sin mirar atrás. Lo último que oigo es su risa.
Me subo al coche y cierro con seguro antes de arrancar. Dentro hay un móvil desechable y una nota escrita a mano. Reconocería esa letra en cualquier parte.
«Úsalo si me necesitas. Pronto estaremos juntos. Tengo asuntos que resolver. J.».
Siento un líquido caliente deslizarse por mis mejillas. Después de encontrarlo…, se fue. Y ahora reaparece como si nada, como si no hubiera dejado un vacío imposible de llenar.
Quiero enfadarme. Debería hacerlo. Pero no puedo.
Han sido demasiadas sensaciones para un solo día. Demasiadas emociones, demasiadas verdades a medias.
Conduzco hasta mi casa en piloto automático. Apenas recuerdo el trayecto. Al llegar, me dejo caer sobre la cama y, por primera vez en semanas, me permito llorar todo lo que he ido guardando.
Un rato después, decido encender el móvil.
Número desconocido: Veo que te lo has pasado bien en tu cita.
Hay una foto adjunta.
Abro la imagen. Aparece el instante exacto en el que beso a Eric en la mejilla.
Antes de que pueda responder, otro mensaje salta en la pantalla.
Número desconocido: Sé que tienes el móvil en la mano, zhizn’ moya . Como ese cabrón te toque un solo pelo, es hombre muerto. Eres mía.
Mis dedos se mueven solos por el teclado. Estoy enfadada. Cansada. Harta de esta situación.
Leyla: Si hubiera sabido que bastaba una cita con tu enemigo para que aparecieras, lo habría hecho mucho antes. ¿Quién dice que no sea yo la que quiere tocarle? Si fuera tuya, no me habrías dejado después de habernos encontrado .
La respuesta no tarda en llegar.
Número desconocido: Ya te lo dije una vez, ahora eres mía. No me gusta que toquen lo que es mío. Te compensaré. Deshazte del teléfono y deja que mis hombres te cuiden hasta que podamos vernos.
Siempre tuyo. J.
Apago el móvil. Lo tiro al suelo sin cuidado y me arrastro hasta la cama. Me meto bajo las sábanas, dejando que la oscuridad me envuelva por completo, hasta que el cansancio vence a mis pensamientos y caigo en un sueño profundo.