AZUL Capítulo 24
96%

Capítulo 24

Al salir a la calle vieron balcones con banderas y escaparates llenos de camisetas, gorras y muñecos de Naranjito. El Mundial estaba a punto de empezar y todo parecía preparado para una fiesta que ellas no terminaban de entender.

Pili llevaba un vestido azul claro y un ramo pequeño. Estaba embarazada y nerviosa, pero cuando entró del brazo de sor Matilde miró a Ginés como si el resto de la iglesia hubiera dejado de existir.

Del lado de Pili no había familia. En el último banco, sor Teresa lloraba sin disimular. Cuando Pili pasó junto a ella, le apretó el brazo un segundo.

Después de la ceremonia, Loli le dijo a Pili que ya podía presumir de ser la primera en casarse. Pili se rio y le dijo que el siguiente paso lo tenían que dar ellas.

Lucía miró a sor Teresa, que se sonaba la nariz con un pañuelo enorme.

—Algún día te tocará a ti —le dijo sor Teresa.

—Yo no pienso casarme.

—Eso ya lo veremos.

1985 · Presente

La boda de Lucía y Mateo fue el último sábado de junio, en una iglesia pequeña junto a la plaza. Lucía se despertó antes de amanecer. En la silla estaba el vestido, doblado. Para los demás era blanco. Ella lo veía de un azul tan pálido que casi parecía luz.

Loli llegó temprano con horquillas en la mano.

Pili apareció poco después con su hijo. Clara entró con una cesta de cintas y se echó a reír al ver que las otras dos estaban discutiendo por un botón.

Entre las tres vistieron a Lucía y hablaron de cualquier cosa menos de los nervios: de los zapatos de Clara, del niño de Pili y de si el cura recordaría el nombre de Mateo.

—¿Estoy bien? —preguntó Lucía al mirarse en el espejo.

—Estás como tú —contestó Pili, con la voz a punto de romperse.

Carmen también llegó pronto. Se quedó un momento en la puerta del dormitorio y luego se acercó para colocarle el velo.

—Estás preciosa.

—No me hagas llorar o no voy a ver nada.

Carmen la abrazó y le dio un beso en la mejilla.

En la puerta de la iglesia esperaba Manuel. Llevaba un traje oscuro y tenía las manos más limpias de lo normal. Le ofreció el brazo.

—¿Preparada?

—No, no lo estoy.

—Entonces vamos igual.

Dentro estaban Elena y Carmen, que firmarían como testigos; el señor Valdés y su esposa; Álvaro, su mujer y su hijo; Loli, Emilio, Pili, Ginés con el niño, Clara y su novio Daniel.

Sor Matilde se sentó cerca del altar, con el hábito bien colocado y un ramo de flores del patio de Santa Marta sobre las rodillas.

Mateo esperaba junto al altar con un traje azul. Emilio y Daniel se colocaron a su lado. Al verla llegar, Mateo la miró de una manera que hizo que Lucía olvidara todas las frases que había preparado.

—Hola —susurró él cuando Manuel le dejó la mano.

—Hola.

—Estás preciosa.

—Dímelo luego —lo interrumpió Lucía, toda nerviosa.

La ceremonia fue sencilla. Cuando les tocó responder, Lucía oyó su propia voz decir que sí. Le temblaba un poco, pero no dudó. Mateo le puso una alianza de oro en el anular y, en la otra mano, dejó la arandela de latón que había adaptado a su medida.

—Para que no se te olvide —le dijo muy bajito.

A la salida todos los abrazaron a la vez.

Loli lloró; también Pili. Clara intentaba disimularlo, y Carmen no dejó de llorar desde que entró a la iglesia, aunque después lo negó.

Pili le colocó el velo y le dijo que estaba muy guapa.

Clara consiguió que el niño dejara de tirar arroz al suelo el tiempo justo para la foto.

La comida fue en un restaurante pequeño cerca de la plaza. Hubo brindis, risas y una mesa larga en la que los amigos de Santa Marta se mezclaron con la gente de la ferretería y de Construcciones Valdés. El hijo de Álvaro terminó dormido en los brazos de su madre antes del postre.

Manuel levantó un vaso para brindar por ellos. Intentó decir algo corto, pero se emocionó antes de terminar y tuvo que seguir Elena. Lucía vio a Mateo bajar la vista y limpiarse las lágrimas. Después la miró a ella, como si todavía no pudiera creer que todo aquello estuviera ocurriendo.

Al anochecer, Lucía salió un momento a la puerta del restaurante. Seguía llevando el chal de sor Teresa sobre los hombros. Miró el cielo y pensó que le habría gustado que ella estuviera allí disfrutando de su día.

Mateo salió detrás de ella con la chaqueta colgada en el brazo.

—Te estaba buscando.

—Estoy aquí.

—Esposa mía —dijo Mateo, rodeándole la cintura.

—Todavía no me acostumbro —dijo Lucía, avergonzada.

—Tienes toda la vida para hacerlo.

Volvieron dentro para despedirse de los últimos invitados.

Cuando por fin llegaron al portal, ya era de noche. Venían cansados de la boda, de los abrazos y de tantas voces, pero ninguno parecía tener ganas de que aquel día terminara.

Mateo abrió la puerta del edificio y se volvió hacia ella.

—Espera.

Lucía lo miró sin entender. Mateo la cogió en brazos antes de que pudiera decir nada y cruzó con ella el portal.

—Mateo, ¿qué haces?

—Pasarte por la puerta como se merece una recién casada.

Lucía rio y le rodeó el cuello con los brazos.

—No me vas a soltar, ¿verdad?

—No, no tengo intención de hacerlo.

Subieron hasta el piso entre risas. Al abrir la puerta, Mateo la dejó en el suelo.

Lucía se quitó los zapatos y él hizo lo mismo con los suyos.

Mateo llevaba el traje azul, la camisa abierta por el cuello y la corbata todavía puesta.

Lucía seguía con el vestido, el velo algo torcido y las flores que le había puesto Loli un poco deshechas.

Mateo le quitó una flor del pelo y la besó. Lucía se fundió en ese beso al instante. Él la abrazó por la cintura, la levantó y la apoyó contra la pared del pasillo. Lucía soltó una carcajada entre un beso y otro, pero no le pidió que la bajara.

—Parece que estabas deseando llegar a casa —dijo Lucía.

—Llevo todo el día pensando en esto —admitió Mateo.

—Entonces no perdamos tiempo —susurró Lucía, tirando de su corbata antes de volver a besarlo.

Mateo intentó deshacer el nudo de la corbata. Lucía le cogió la mano.

—No te quites la corbata.

Él la miró, sorprendido.

—¿La dejo puesta?

—Quítate la camisa. La corbata se queda.

Mateo obedeció. Se desabrochó la camisa sin apartar los ojos de ella. Lucía aflojó el nudo de la corbata y pasó las manos por su pecho. Al buscar el cierre del vestido, Lucía se quitó el velo y lo dejó caer sobre una silla.

Fueron del pasillo al salón sin dejar de besarse. Lucía se dejó caer sobre el sofá y Mateo se sentó a su lado, pero ella se le sentó encima antes de que pudiera acercarse. Le besó el cuello. Mateo la abrazó con fuerza y Lucía le aflojó un poco más la corbata.

—Tú también estabas deseando llegar a casa —murmuró él.

—No sabes cuánto.

—Pues demuéstramelo, esposa mía.

La chaqueta y la camisa acabaron en el suelo. Mateo besó a Lucía en el cuello y en los hombros. Ella le tiró del pelo para acercarlo más. Ya no tenían nada que demostrar ni que preguntarse. Se conocían y querían estar juntos.

Lucía le agarró la cara y lo besó con fuerza.

—Llévame a la cama.

Él la levantó en brazos. Ella se rio porque él todavía llevaba la corbata puesta. Mateo dijo que ella tenía la culpa y volvió a besarla.

La noche de bodas fue larga, intensa y alegre. Dejaron de pensar en el vestido, en la boda y en los invitados. Se buscaron, se rieron y se entregaron mutuamente sin mirar el reloj. Cuando por fin se relajaron en la cama, Lucía tenía la cabeza sobre el pecho de Mateo y él le acariciaba el brazo.

—¿Sabes qué es lo mejor de casarse contigo? —preguntó Mateo.

—Que ahora puedes decir que soy tu esposa y hacerte el importante.

—Eso también —dijo él, sonriendo—. Pero lo mejor es que mañana vas a seguir aquí.

Lucía levantó la cabeza para mirarlo.

—Mañana, pasado y todos los días que nos dejen.

Mateo la besó. Pero aún tardaron un rato en dormirse.