AZUL Capítulo 23
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Capítulo 23

Después de que Manuel y Elena les entregaran los papeles de la ferretería y del piso, Mateo estuvo callado durante toda la tarde.

Lucía no le pidió explicaciones. Se sentó en el sofá con una revista que no estaba leyendo y lo veía ir de la cocina al salón y del salón a la cocina repetidamente, como si necesitara comprobar que todo seguía igual.

Al cabo de un rato, Mateo se sentó a su lado con una mano cerrada.

—He hecho una cosa.

Abrió la palma. Había una arandela de latón, limpia y brillante. Por dentro tenía una frase grabada con letras pequeñas.

—No es un anillo de verdad —aclaró Mateo—, pero lo he hecho yo.

Lucía leyó la inscripción: «Entra quien tú digas».

—Es la frase que me dijiste cuando me diste el cerrojo de la calle Aranda.

—Ya. No se me ocurría otra.

—Es lo más bonito que me han regalado nunca.

Mateo bajó la vista. Parecía tener muchas cosas que decir, pero no encontraba el orden.

—Quería preguntarte si te casarías conmigo. Y, si quieres, podemos elegir juntos el anillo, la fecha, la iglesia y todo lo demás.

Lucía miró la arandela. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Antes tengo que preguntarte algo.

Mateo se puso serio.

—Nunca he sabido por qué veo así. No sé si será hereditario o algo genético, pero, si algún día tenemos hijos, puede que ellos también vean el mundo de esta manera. Y no sé qué pasaría.

Mateo pensó un momento antes de responder.

—Lo único que me importa es que, si les ocurre, tengan claro que no hay nada de malo en ello; que puedan contarnos lo que ven sin miedo y que nunca duden de que las vamos a querer con locura, vean el mundo como lo vean.

Lucía no dijo nada.

—Si ven todo azul, aprenderé a hablar de azul —añadió Mateo—. Y, si lo ven de otra manera, también aprenderé.

Lucía se puso la arandela en el dedo. Le quedaba demasiado grande y tuvo que sujetarla con la otra mano.

—Sí. Me caso contigo.

Mateo se levantó de repente, volvió a sentarse y acabó abrazándola. Lucía rio contra su cuello. Durante un rato no hablaron de vestidos, ni de iglesias, ni de invitados. Solo se quedaron juntos en el sofá, con la arandela entre los dedos de Lucía.

—¿Tú has tenido novias antes?

Mateo se quedó mirándola.

—Sí. Alguna.

—¿Y te enamoraste de alguna de ellas?

Mateo pensó su respuesta.

—Hubo una chica del pueblo donde estaba el orfanato. Se llamaba Mónica. Estuvimos juntos un tiempo. Entonces pensé que estaba enamorado, porque no sabía muy bien qué otra cosa podía ser. Cuando se fue a vivir a otra ciudad me dio pena, claro. Pero ahora sé que no era esto.

Lucía levantó la vista.

—¿Esto qué es?

Mateo la miró sin sonreír.

—Esto es pensar en ti cuando no estás. Tener ganas de verte y no saber qué hacer cuando apareces. Sentir que todo cambia cuando te acercas.

Lucía no supo qué decir. Miró el suelo que tenía delante.

Lucía quiso preguntarle otra cosa, pero no sabía cómo hacerlo.

—Y tú y Mónica… —no supo terminar la frase.

Mateo pareció entenderla.

—¿De verdad quieres que te cuente eso?

Lucía entendió enseguida lo que quería decir. Se puso todavía más roja.

—No. Perdona. No tenía que preguntarlo.

—No tienes que pedirme perdón. Es mi pasado, nada más.

Mateo esperó unos segundos y después habló con calma.

—¿Puedo preguntarte yo una cosa?

Lucía lo miró con recelo.

—Depende.

—Cuando nos besamos por primera vez… ¿era tu primer beso, verdad? —preguntó Mateo.

Lucía bajó la mirada.

—Sí. ¿Lo notaste?

Mateo sonrió.

—Entonces, cuando salías con Ramón, ¿estuvisteis más de un mes juntos, no?

—Sí.

—¿Cómo puede ser que no te besaras con él?

Lucía bajó la vista otra vez. Aquella pregunta no le dio vergüenza como la anterior.

—No lo sé. Alguna vez intentó acercarse, pero yo giraba la cara. No podía. Con él no me salía.

—¿Porque no querías besarle?

—Supongo que no. Pensaba que estaba a gusto con él, pero ahora no sé si era eso. A veces he pensado que entiendo que se cansara de mí. Ni siquiera le di un beso.

Mateo dejó de sonreír.

—Que él te engañara no tiene nada que ver con que tú no quisieras besarlo. Nadie tiene derecho a pedirte algo que no quieres dar.

Lucía lo miró. Mateo no hablaba alto, pero sus palabras se quedaron entre los dos con mucha claridad.

—Contigo es distinto —dijo ella.

Mateo no preguntó más. Le rozó la muñeca y Lucía dejó la mano junto a la suya.

—¿De qué color me ves? —preguntó Mateo.

Lucía se quedó callada. No porque la pregunta le molestara, sino porque nadie se la había hecho nunca.

—Hacía mucho que nadie me lo preguntaba.

Mateo pareció arrepentirse de haberlo dicho.

—Si no quieres responder, no respondas. Pero, por favor, no te enfades.

—No es eso. Es que no sé muy bien cómo explicarlo.

Lucía miró la cara de Mateo, su camisa y la pared. Después habló.

—No te veo de un solo azul. No veo todo como si alguien hubiera pintado el mundo del mismo color. El color de tu cara no se parece al de tu camisa. El color de tu mano tampoco se parece al de la pared. Hay muchos azules diferentes.

Mateo apoyó los codos en las rodillas.

—Pero mi piel no es azul.

Lucía sonrió.

—Eso es lo que me dicen. Para mí es tu piel. Cuando miro tu mano no pienso que sea azul. Pienso que es tu mano, igual que tú no miras la tuya y te paras a pensar en su color.

—No puedo imaginar mirarme y verme azul. Me parece extraño.

—Para mí no es extraño. Es normal. Yo sé que todo lo que veo es azul porque me lo han dicho. Porque lo han estudiado y me han explicado que los colores que yo veo son azules. Pero yo no puedo compararlo con lo que veis vosotros.

Mateo pensó un momento.

—Entonces, cuando alguien dice que mi camisa es verde, ¿qué haces tú?

—Aprendo que ese tono se llama verde. Si vuelve a aparecer una camisa parecida, sé que la gente dirá verde. Pero yo no veo lo mismo que tú cuando dices esa palabra.

—Son nombres que has aprendido.

—Sí. Los demás son solo nombres que he aprendido.

Mateo miró la pared.

—¿Y el azul de verdad, el que los demás llamamos azul? ¿Ese lo ves diferente?

—Sí. El azul que existe para vosotros también existe para mí. Pero hay muchos. Este sofá no es igual que el cielo. El cielo no es igual que una camisa azul. Una pared pintada de azul tampoco se parece a los otros. Yo noto todas esas diferencias.

—Entonces no hay un dibujo que puedas hacer para que yo lo entienda.

Lucía negó con la cabeza.

—Podría hacerte un dibujo, pero no sabrías si es el azul que yo veo. Sería otro azul puesto en un papel. No hay manera de comparar una cosa con la otra.

Mateo pensó un momento antes de levantar la vista.

—No quiero compararlo. Quería saber cómo lo vives tú.

Lucía sintió que aquella frase le quitaba un peso que no sabía que llevaba encima.

—A veces me gustaría entender cómo veis vosotros los demás colores. No porque mi manera de ver me parezca mala. Solo porque todo el mundo habla de ellos y yo no sé cómo son.

—No tienes que saberlo todo para que lo que ves tenga sentido.

—No siempre es tan fácil.

—Ya lo sé. Pero conmigo no tienes que explicarte mejor de lo que puedas. Si me dices que esto es un azul raro, será un azul raro. Y si no quieres hablar del tema, tampoco pasa nada.

Más tarde, Mateo volvió a mirar la mano de ella.

—¿De verdad te gusta?

—Me gusta porque la has hecho tú.

—Yo no sabía que eras tan fácil de convencer.

Mateo se rio. Lucía le cogió la cara entre las manos y lo besó. No fue un beso leve. Fue más largo. Mateo la abrazó por la cintura y Lucía se acercó a él hasta quedar sentada sobre sus piernas.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Sí.

Lucía volvió a besarlo. Le soltó el primer botón de la camisa y pasó las manos por su pecho. Mateo le besó el cuello y el hombro por encima de la blusa. Ella sentía nervios, pero no eran los mismos de otras veces. Quería estar allí. Quería seguir.

Mateo no hizo nada hasta que Lucía le agarró la mano y la acercó a ella.

—No tengas miedo —murmuró él.

—Tengo un poco. Pero no quiero parar.

Mateo la miró con una seriedad que a Lucía le hizo sonreír.

—Entonces iremos a tu ritmo.

Lucía lo besó otra vez. La chaqueta de Mateo acabó en el suelo y ella se dejó guiar hasta el dormitorio.

Allí todo fue nuevo y, al mismo tiempo, más sencillo de lo que había imaginado.

Mateo la besó, la abrazó y esperó cada vez que ella necesitó detenerse.

Lucía se dio cuenta de que podía decir lo que quería y lo que no quería.

Podía acercarlo, pedirle que siguiera o quedarse quieta entre sus brazos sin que él le pidiera nada más.

La primera vez no fue perfecta ni tuvo nada que ver con las historias que se contaban a escondidas en Santa Marta.

Fue torpe por momentos, intensa y muy suya.

Lucía tuvo miedo y también ganas de reír.

Mateo la miró como si no existiera nadie más en el mundo.

Cuando terminó, se quedaron abrazados, sin saber muy bien qué decir.

Al quedarse quieta, Lucía notó que la sábana tenía una mancha pequeña. Se le encogió el estómago. No había pensado en eso, aunque sabía que podía pasar. Mateo la vio casi al mismo tiempo y dejó de sonreír.

—¿Estás bien? —preguntó él al cabo de un rato.

Lucía se tapó la cara con una mano.

—Sí. Estoy bien.

Mateo le apartó la mano y se la besó.

—Yo también.

Él se quedó un momento mirándola, preocupado. Lucía apartó la cara de la almohada y le dio un pequeño empujón en el hombro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa cara.

—La de que estás preocupado por mí.

Mateo soltó una risa corta, aunque seguía mirándola con cuidado.

—Solo quiero saber si estás bien.

—Pues quédate aquí. Con eso me basta.

Él se levantó solo para traerle un vaso de agua y una toalla limpia.

Volvió enseguida y se metió otra vez en la cama.

Lucía apoyó la cabeza sobre su pecho. No tuvieron prisa por decir nada.

Se quedaron en silencio escuchando los sonidos de alrededor: una radio baja que alguien había dejado encendida en el salón y el ruido de un coche al pasar por la calle.

Después hablaron de otras cosas: de la arandela, de si Clara lloraría antes de llegar a la iglesia y de lo poco que confiaba Pili en los trenes.

—¿Te has dado cuenta de que vamos a tener que invitar a mucha gente? —dijo Lucía.

—Podemos hacer una boda pequeña.

—Con Carmen, Manuel, Elena, las chicas de Santa Marta, Clara, Emilio, Álvaro, el señor Valdés y su mujer… ya no somos pocos.

Mateo le rodeó los hombros.

—Me gusta que no seamos pocos.

Lucía estaba a punto de quedarse dormida cuando Mateo habló muy bajito.

—¿Sigues ahí? —preguntó él.

—Sí.

—Es que te noto muy lejos.

Lucía se giró hacia él. Mateo le pasó un brazo por debajo de la cabeza y ella apoyó la cara en su pecho.

Lucía rio y cerró los ojos. Se durmió sin quitarse la arandela, aunque le quedaba demasiado grande.

A la mañana siguiente llamaron a Loli, a Pili y a Clara.

Las tres se alegraron y dijeron que ya sabían que tarde o temprano iba a pasar.

Clara se ofreció a ayudar con el vestido.

Loli prometió que no lloraría antes de llegar a la iglesia.

Pili aseguró que llegaría el día anterior con el niño, aunque no confiaba demasiado en los trenes.

Los días siguientes se llenaron de visitas y llamadas. Carmen dijo que firmaría como testigo cuando Lucía se lo pidió y que llevaría pañuelos porque no pensaba fingir que no iba a llorar. Lucía hizo una lista de invitados y no cabían todos en una hoja pequeña.