AZUL Capítulo 22
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Capítulo 22

La sentencia llegó un jueves, a media mañana, por teléfono.

Carmen cogió el auricular en la oficina. Escuchó unos segundos, miró a Lucía y se lo tendió sin decir nada. Lucía reconoció enseguida la voz de Beatriz, la abogada.

—Lo han condenado —explicó Beatriz—. Dos años y seis meses de prisión por las agresiones y el acoso. Cuando salga tendrá además una orden de alejamiento durante cinco años. No podrá acercarse a ti, a tu casa ni a tu trabajo.

Lucía se quedó con el teléfono pegado a la oreja. Beatriz siguió hablando de papeles y de plazos, pero las palabras se le mezclaron. Miró la mesa, las facturas que había dejado a medias y el clip que estaba junto a la máquina de escribir.

—¿Lucía?

—Estoy aquí.

—¿Has entendido?

—Sí, sí. Gracias.

Cuando colgó, Carmen seguía frente a ella. Álvaro se había asomado desde el despacho.

Nadie parecía saber qué decir.

—Lo han condenado —repitió Lucía.

Carmen se acercó y la abrazó. Al principio Lucía se quedó tiesa.

Después se agarró a ella y lloró. No lloraba solo por la sentencia.

Lloraba por las tardes que había vuelto a casa mirando hacia atrás, por las noches en que no se atrevía a dormir, por cada vez que había pensado que Rubén podía aparecer en cualquier esquina.

A media tarde salió de la oficina. Necesitaba andar, aunque no sabía adónde ir.

Pasó por la farmacia, por la papelería y por el portal donde Rubén la había agarrado.

Se detuvo unos segundos. La pared tenía una grieta fina y una mancha de humedad en el rincón.

Era el mismo portal de siempre, pero ya no podía mirarlo sin recordar.

De pronto empezó a temblar. Se apoyó en la fachada y esperó a recuperar el aliento. Había deseado tanto que todo terminara que no se había preguntado qué sentiría después. Pensó que llegaría el alivio y no llegó así. Lo primero que notó fue un cansancio enorme.

Durante meses se había levantado pensando en lo que haría si volvía a verlo.

Había cambiado de acera, había tenido miedo de una llamada y había imaginado discusiones que nunca llegaban a producirse.

Ahora sabía que no podría acercarse a ella, pero su cuerpo todavía no lo entendía.

Su cuerpo seguía esperando que apareciera.

Se obligó a seguir andando. No quería volver al portal ni quedarse allí llorando. Necesitaba llegar a casa, quitarse los zapatos y sentarse en el sofá. Necesitaba hacer algo normal, aunque no supiera todavía cómo era una tarde normal.

Cuando anochecía fue hasta la ferretería. Mateo estaba cerrando la tienda. La vio desde la puerta y dejó la llave sobre el mostrador.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mateo.

—Ha llamado Beatriz. Lo han condenado.

—No sé si decirte que me alegro o que lo siento.

—Yo tampoco sé qué quiero oír.

Subieron al piso sin hablar. Lucía se sentó en el sofá con el abrigo puesto. Mateo calentó dos vasos de leche y se sentó a su lado, dejando espacio entre los dos.

—Creía que, cuando terminara, me sentiría bien —dijo Lucía al cabo de un rato—. Pero no sé qué hacer ahora. He tenido miedo tanto tiempo que parece que me falta algo.

Mateo no intentó convencerla de que ya estaba todo arreglado. Dejó una mano sobre el sofá, cerca de ella, con la palma hacia arriba.

Lucía la miró. Conocía esa mano: había puesto un cerrojo en su puerta, había limpiado la sangre de una herida y había esperado muchas noches al otro lado del pasillo sin obligarla a hablar. Le puso la suya encima.

Mateo le apretó los dedos con cuidado. La piel de su mano era áspera en la base de los dedos y tenía un pequeño corte ya cerrado en el pulgar. Lucía lo rozó con la yema del dedo. Se quedaron así mucho rato, oyendo el reloj de la cocina y los coches que pasaban por la plaza.

Después Lucía se inclinó hacia él y lo besó. Fue un beso breve, inseguro, pero elegido por ella. Mateo no se lo esperaba y no supo cómo reaccionar. Primero le acarició la mejilla, después la besó con ternura.

—No sé si puedo hacer más que esto —le dijo Lucía cuando se separaron.

—No necesito más.

—Lo digo en serio.

—Yo también. No tienes que demostrarme nada. Y no tienes que hacer nada que no te apetezca.

Lucía se acercó hasta apoyar la cabeza en su hombro. Olía a jabón. Esa noche no solucionaron nada más. Pero dejó de temblar antes de que se enfriara la leche.

Más tarde prepararon algo de cenar porque Lucía no había comido desde el mediodía.

Mateo puso pan, queso y una fruta sobre la mesa.

Lucía apenas tenía hambre y él no insistió.

Se sentó frente a ella y le contó que un cliente había pedido una llave que abriera todas las puertas de su edificio. La tontería la hizo sonreír.

—Le he dicho que, si tuviera una de esas, no estaría vendiendo tornillos —explicó Mateo.

—¿Y qué ha dicho?

—Que tenía razón. Luego ha comprado dos candados.

Lucía se rio. Por unos minutos hablaron de algo que no era Rubén, ni el juicio, ni la sentencia. Aquello no borró lo demás, pero le recordó que había un día después.

A finales de marzo, unos días después de la sentencia, Lucía cumplió diecinueve años. Mateo la besó al llegar al piso y sacó una cajita pequeña del bolsillo de la chaqueta.

—Felicidades.

Dentro había un colgante sencillo, con una piedra pequeña que Lucía vio de un azul claro.

—Mateo, no tenías que regalarme nada.

—Quería hacerlo.

—Yo no te regalé nada por tu cumpleaños.

Mateo le acarició la mejilla.

—Mi cumpleaños fue en octubre y la verdad es que no estábamos pasando un buen momento. Lo entiendo.

Lucía cerró la cajita entre las manos.

—Aun así, me da rabia.

—Pues ya me regalarás algo cuando quieras. No hace falta que sea hoy.

Mateo le puso el colgante y, al terminar, volvió a besarla. Lucía sonrió.

—Es precioso.

—Me alegra que te guste. Cuando lo vi, pensé en ti.

Los días siguientes no fueron distintos de repente.

Lucía siguió sobresaltándose al oír pasos detrás de ella y algunas mañanas se despertó antes de que sonara el despertador.

Pero cada vez que se lo contó a Mateo, él la escuchó sin decir que tenía que olvidarlo.

Eso le ayudaba más que cualquier frase bonita.

Una tarde fueron a pasear hasta la plaza.

Mateo compró dos napolitanas y se sentaron en un banco.

Lucía miró a los niños que jugaban cerca de la fuente y a las madres que los llamaban.

En ese momento se dio cuenta de que llevaba varios minutos sin buscar a Rubén con la vista.

No lo comentó. Solo se guardó aquella sensación como quien guarda una moneda en el bolsillo.

Durante la primavera, Lucía empezó a interesarse por la ferretería. Un sábado se rompió el tirador de un cajón de la cocina y Mateo bajó a buscar una pieza nueva. Lucía quiso acompañarlo.

—¿Para qué? —preguntó él.

—No me apetece quedarme sola.

En la tienda, Mateo le enseñó varios tiradores hasta encontrar uno que encajaba. Cuando volvieron al piso, Lucía se quedó a su lado mientras sacaba las herramientas.

—Quiero ver cómo lo arreglas.

—Es bastante aburrido.

—Pues me aburriré contigo.

Mateo le enseñó a medir la distancia de los agujeros, a escoger los tornillos y a apretar sin pasar la rosca. Lucía se equivocó dos veces y se pellizcó un dedo, pero no quiso dejarlo. Cuando el cajón volvió a abrirse y cerrarse bien, se rio con una alegría que le sorprendió a ella misma.

—Lo he arreglado yo —dijo.

—Lo has arreglado tú. Yo solo te he guiado.

Esa tarde Mateo le regaló un destornillador pequeño de mango de madera. Lo envolvió en un trozo de periódico.

—Para que no tengas que pedirme el mío.

Los días se fueron haciendo más largos. Lucía seguía trabajando en la oficina y Mateo en la tienda.

Cenaban juntos, hablaban de la jornada y algunas noches se quedaban sentados en el salón con la radio baja.

No necesitaban ponerle nombre a todo. Había besos, manos que se buscaban y silencios que ya no resultaban incómodos.

El cerrojo de la habitación de Lucía seguía en su puerta. Algunas noches lo echaba y otras lo dejaba abierto. Mateo no preguntaba.

En mayo, Lucía pidió a sor Matilde la dirección del cementerio donde estaban enterrados sus padres. Sor Matilde fue al archivo y volvió con una hoja doblada.

—Está a una hora de tren.

Lucía leyó los dos nombres y las fechas. Nunca los había visto escritos juntos de aquella manera.

—¿Quieres que te acompañe alguien? —preguntó sor Matilde.

—Sí. Pero quiero que sea Mateo.

Fueron el domingo siguiente. Mateo llevó una bolsa con flores y dejó que Lucía escogiera el camino. El cementerio estaba en lo alto de un pueblo pequeño, detrás de una tapia baja y unos cipreses. Encontraron la tumba al fondo, con una cruz sencilla y una maceta seca.

Lucía se quedó parada delante de la losa. Mateo dejó las flores sobre un banco y dio un paso atrás.

—No te vayas —le pidió ella.

Mateo volvió a ponerse a su lado.

Lucía quitó las hojas secas de la maceta y colocó las flores. La piedra, bajo el sol, era para ella de un azul apagado. Leyó los nombres y las fechas en voz baja.

—Hola. Soy Lucía. Perdonad que haya tardado. Nadie me había dicho dónde estabais.

Habló de Santa Marta, de Loli, de Pili y de su hijo. Les contó que trabajaba en una oficina y que vivía encima de una ferretería. Después miró a Mateo.

—Él es Mateo. Arregla cosas y ha venido conmigo.

Le tembló la voz, pero siguió.

—También quiero contaros una cosa que quizá no sabíais. Yo veo todo azul. No me duele. A veces me ha dado miedo ser distinta, pero ahora ya no tanto.

Se quedó callada. Mateo no la interrumpió.

—Volveré —dijo Lucía al fin—. No sé cuándo, pero volveré.

Mateo esperó a que ella terminara. Al salir del cementerio le preguntó si prefería volver directamente a la estación de tren o tomar algo antes. Lucía eligió una cafetería pequeña junto a la plaza. Pidieron dos vasos de leche y un trozo de bizcocho que Lucía apenas probó.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

Lucía pensó un momento antes de responder.

—Estoy triste. Pero no como antes. Antes estaba triste porque no sabía dónde estaban ni qué había pasado conmigo. Hoy al menos he podido hablarles.

Mateo le tocó la mano sobre la mesa.

—Has hecho muy bien.

—No sé si se hace bien o mal visitar una tumba.

—No lo sé. Pero has hecho lo que necesitabas hacer.

En el tren de vuelta se quedó dormida. Cuando abrió los ojos, el cielo de la tarde cruzaba los campos en distintos azules. Mateo tenía la mano abierta sobre el asiento, entre los dos.

—Mateo.

—Dime.

—Quiero quedarme contigo. En nuestra casa. No como inquilina.

Mateo la miró sin responder.

—Ya lo he decidido.

Mateo respiró hondo.

—Claro que sí, nunca te he visto como una inquilina.

—No quiero que pienses que porque hoy he venido a ver a mis padres ya se me ha pasado todo.

—Yo no pienso eso.

—Habrá días malos.

—Claro que los habrá.

—Y a veces voy a querer estar sola.

—Siempre tendrás tu espacio. Pero yo seguiré aquí.

Lucía lo miró.

—Eso ya lo sé.

Lucía puso su mano sobre la de él. El tren siguió hacia la ciudad y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que volvía a su hogar.

Unos días después, Manuel y Elena invitaron a Lucía y Mateo a comer a su casa.

Habían puesto la mesa en el comedor pequeño, con el mantel de los días de fiesta y un jarrón de flores de plástico.

Elena sirvió un cocido tan grande que no cabía en la fuente.

Manuel apenas habló durante el primer plato.

Tenía las manos juntas, apoyadas en el borde de la mesa, y se las miraba de vez en cuando como si no supiera qué hacer con ellas.

Cuando terminaron el café, Elena se levantó, fue hasta el aparador y volvió con una carpeta de cartón. La dejó delante de Mateo.

—Ábrela —dijo Manuel.

Mateo la abrió. Dentro había unos papeles gruesos, sellados, con firmas. Los leyó por encima y levantó la vista sin saber qué decir.

—¿Qué es esto?

—Es el traspaso.

—¿De qué?

—De la ferretería. —Manuel carraspeó—. Lo hemos hablado Elena y yo durante mucho tiempo. Yo ya no puedo con las cajas, y ella dice que lo que tengo que hacer es dedicarme a mis tomates. Así que… —Se encogió de hombros—. Es tuya.

Mateo no se movió. Tenía los papeles agarrados con las dos manos, tan fuerte que el borde se doblaba.

—Yo no puedo…

—Sí que puedes. Llevas más de un año trabajando con nosotros. Eres el único que sabe dónde está cada cosa. —Elena le puso una mano en el hombro—. Y el piso de arriba también, que ya es de los dos. Los papeles están a nombre de los dos.

Mateo se volvió hacia Lucía. Tenía la cara descompuesta, desprotegida. Ella le puso la mano en la espalda.

—Gracias —logró decir. Y repitió—: Gracias. Gracias. —Se pasó la mano por los ojos—. No sé qué decir.

—Pues no digas nada —dijo Manuel, que estaba tan emocionado que se levantó a recoger los platos sin que nadie se lo pidiera.

Elena se quedó mirando a Mateo con los ojos húmedos. Después, sin avisar, abrazó también a Lucía.

—Eres de la familia —murmuró—. Que no se te olvide.