AZUL Capítulo 21
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Capítulo 21

El juicio fue el quince de marzo, a las diez de la mañana, en una sala con el techo muy alto.

Lucía se levantó a las cinco. Aunque no tenía hambre, se obligó a comer un poco. Después se puso la blusa que Carmen le había ayudado a elegir y el chal de sor Teresa sobre los hombros.

Mateo la acompañó andando hasta el juzgado. No habló durante el camino. Cuando llegaron a las escaleras, se detuvo.

—Si no me dejan entrar, estaré aquí fuera.

—Vale.

—Y, si lo necesitas, mira hacia la puerta. Aunque no me veas, aquí estaré.

Lucía le sonrió.

Dentro del edificio, Carmen y Álvaro esperaban en el pasillo. Los dos tenían que declarar más tarde y no podían entrar antes en la sala. Lucía se sentó junto a ellos. Mateo se quedó cerca, sin hablar.

Al cabo de un rato llamaron a la mujer que había presenciado la agresión. Después entró el hombre que había acudido desde el comercio. Cuando volvieron a salir, Beatriz, la abogada que llevaba el caso, se asomó al pasillo.

—Lucía, ya te toca.

Lucía se levantó. Mateo le rozó la mano antes de que ella entrara.

La sala era más grande de lo que había imaginado. Había ventanas altas por las que entraba una luz fría. Cerca del juez estaban el fiscal, Beatriz y el abogado de Rubén. Un hombre escribía sin levantar la vista. Rubén estaba en el banquillo, con una camisa limpia y el pelo peinado.

Al verla entrar, levantó la cabeza.

Lucía lo miró un instante y después se sentó junto a Beatriz.

—Cuenta lo que pasó como lo recuerdas —le dijo la abogada—. No tienes que hacerlo perfecto.

Le ofrecieron un vaso de agua. Aunque llevaba en el bolso el cuaderno que había comprado para apuntarlo todo, no lo sacó. Había pensado que lo necesitaría, pero, cuando empezó a hablar, comprendió que lo recordaba todo.

Habló del almacén, de las llamadas, de las veces que Rubén la había esperado cerca de la estación de autobuses y de la agresión junto al portal. En la parte de la bofetada le tembló la voz, pero no dejó de hablar.

—¿Recuerda qué le dijo antes de golpearla? —preguntó el fiscal.

—Dijo: «No me hagas esto más difícil».

Cuando terminó el fiscal, habló el abogado de Rubén. Era un hombre alto, de voz suave.

—Señorita Lucía, solo quiero aclarar algunos detalles. Usted conoce a mi cliente desde hace meses, ¿verdad?

—Sí.

—¿En algún momento coincidieron en una comida, en una conversación o en un café?

—Una vez tomamos un café en la oficina. Estaban Carmen, Álvaro y más gente.

El abogado esperó unos segundos antes de continuar.

—En el informe médico incorporado a la causa consta que usted tiene una alteración en la percepción de los colores. ¿Es correcto?

Lucía notó que el vaso se quedaba inmóvil entre sus manos.

—No distingo los colores como los demás.

—¿Cómo los ve?

—Veo todo en tonos de azul. Unos claros y otros oscuros.

—¿Y eso puede afectar a su capacidad para reconocer a las personas?

—No.

—Pero aquella tarde estaba oscureciendo. Si no distingue los colores, ¿cómo puede estar segura de que el hombre que la agarró era mi cliente?

La sala quedó en silencio. Lucía sintió calor en el cuello. Durante un segundo pensó en todas las veces que alguien había dudado de lo que veía. Después miró al abogado.

—No lo reconocí por la chaqueta.

—¿Por qué lo reconoció?

—Por la voz. Por cómo camina. Por el olor de su colonia.

Porque llevaba meses siguiéndome y esperándome a la salida del trabajo.

Porque me habló antes de agarrarme. Y porque solo hay un hombre que me ha agarrado en un almacén, que me ha esperado cerca de la estación de autobuses y que me ha pegado.

No necesito distinguir los colores para saber quién es.

El abogado se quedó en silencio y respondió a los pocos segundos.

—No tengo más preguntas.

Lucía salió de la sala con el vaso todavía en la mano.

Mateo estaba junto a la puerta. Al verla, se acercó enseguida. Lucía le tendió el vaso. Él lo dejó sobre un banco y la abrazó.

—Le he dicho cómo lo reconozco —consiguió decir ella.

Mateo la apretó contra él.

—Y has dicho la verdad.

Lucía lloró en silencio, agarrada a su camisa. Mateo no intentó separarse ni decirle que dejara de llorar. Se quedó allí hasta que ella pudo respirar mejor.

Por la tarde declararon Carmen y Álvaro. Carmen explicó lo que había visto en la oficina y cómo encontró a Lucía después de la agresión. Álvaro habló de las veces que había visto a Rubén esperando cerca de la estación de autobuses.

Mateo declaró al final. Contó cómo había encontrado a Lucía después de la denuncia y también el encontronazo que tuvo con Rubén. Reconoció que le había dado un puñetazo y explicó todo lo que había pasado, sin intentar quedar bien.

Al final del día, el juez dio por terminada la vista. La sentencia se conocería unos diez días después.

Al salir ya era de noche. Lucía se detuvo en los escalones del juzgado y respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones.

—Ha terminado —dijo.

—Hoy ha terminado —respondió Mateo—. Ahora falta que el juez decida.

Lucía miró la calle. Le temblaban las piernas, pero ya no sentía la misma angustia que por la mañana. Después asintió.

Mateo le cogió la mano y bajaron juntos los escalones.